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En medio de las negociaciones con el FMI, la tecnología neoliberal se vuelve grotesca y descarnada en el plano económico, pero no es menos potente en otras esferas. Se trata de una forma civilizatoria con pretensiones hegemónicas que se ha filtrado en nuestras subjetividades con narrativas tan atractivas como petrificantes y que dan lugar al desacople. Los feminismos, y no sólo ellos, se postulan como un dique de contención frente a su fuerza abrasiva. Sin embargo, está a la vista que se nos escapa la perdiz. ¿Por dónde mete la cola el diablo? ¿Por dónde nos come?

Desde que Argentina fue reinsertada, bajo la gestión cambiemita, en el circuito de endeudamiento con el FMI, buena parte del esfuerzo gubernamental se orienta a extenuantes negociaciones que incluyen aplazamientos de los pagos, revisiones de programas económicos y recomendaciones de la entidad. Se trata del compromiso financiero más importante de la historia del país y del organismo internacional, siendo su definitiva resolución determinante para el futuro de ambas partes. Estas deliberaciones ocurren con la urgencia como trasfondo nacional y con una coalición de Gobierno que se plebiscita cotidianamente entre sus miembros. En el año del loco, el primer mes terminó mostrando la magnitud de una tensión que no es nueva, ni de un tenor diferente a la post-PASO. Tampoco es unicausal, ni es responsabilidad de un solo socio, sino que vino a indicar que todos los accionistas del Frente de Todos están implicados.

" El primer mes terminó mostrando la magnitud de una tensión que no es nueva, ni de un tenor diferente a la pos-PASO. Tampoco es unicausal, ni es responsabilidad de un solo socio, sino que vino a indicar que todos los accionistas del Frente de Todos están implicados."

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En medio de estas tiranteces, cualquiera advierte que las dificultades para el entendimiento no giran, exclusivamente, en torno a cuestiones técnicas, sino más bien a la posibilidad de construir un acuerdo político con los acreedores de afuera y de adentro. Eso supone desarrollar una destreza que mitigue el daño recetado al tiempo que concilie los intereses internos. Si en Washington proliferan los eufemismos para exigir austeridad y control trimestral de las cuentas argentinas, en Balcarce 50 se mezclan las apelaciones a una reminiscencia nestorista,  a que “los muertos no pagan” y al optimismo del “milagro argentino” con las denuncias a la ominosidad del crédito y las dificultades para compatibilizar el pago con el desarrollo. Ahora, la expectativa está en el tratamiento que le de el Congreso Nacional y el poroteo palaciego entre apoyos, abstenciones y detracciones.

Evidentemente, la acechanza neoliberal es palpable en esta controversia económica, pero no por eso menos perceptible en otros planos de lo social. Se trata de una tecnología con aspiraciones hegemónicas, de una alternativa civilizatoria que pretende ser única y unívoca. Con una narrativa tan atractiva como petrificante, fundamentada en las nociones de individuo, consumo, libertad, racionalidad y mérito, se ha filtrado en el yo. No hay nada en esa fórmula que cueste ¿quién puede estar en desacuerdo?, ¿quién puede ser detractor de estas formas de ser? Este programa hace mutar al Estado para vaciarlo e imponer la abstinencia, para socializar el riesgo mientras garantiza la concentración del capital alcanzando niveles siderales, mortíferos, de desigualdad. Una parte de los feminismos -así como los movimientos sociales y el movimiento ecologista, entre otros- se ofrecieron como diques de contención frente a la fuerza abrasiva del neoliberalismo: la pulseada feminista ha venido a dinamizar lo comunitario y lo político construyendo redes que dejan atrás la lógica individualista; a corromper la apatía, la quietud y la anestesia que impone la mercantilización y el consumo; a polemizar sobre cada desacuerdo hasta idear nuevas formas de vivir juntes. En definitiva, a pelear por construir un orden nuevo con justicia. Está a la vista el tamaño del desafío. Y en este devenir, se nos escapa la perdiz. ¿Por dónde mete la cola el diablo? ¿Por dónde nos come?

Como escuela de pensamiento económico, el neoliberalismo comenzó a organizarse después de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la época dorada del capitalismo de bienestar, que se extendió en la última mitad del Siglo XX, aplacó estas voces. Fue recién con la crisis del petróleo en 1973 que estos análisis se empezaron a extender, hasta tener representantes en diferentes administraciones. El primer caso fue Chile donde, tras el golpe de Estado a Salvador Allende y con el respaldo de Henry Kissinger, desembarcó la Escuela de Chicago. También en Argentina, cuando militares y civiles interrumpieron la democracia para iniciar un ciclo represivo orientado a la desindustrialización y la valorización financiera. El avance neoliberal continuó su expansión con otras dictaduras militares de América Latina durante la década del setenta. En el siguiente decenio se concretó en Inglaterra y Estados Unidos bajo formas democráticas. Tiempo después, mientras caía el Muro de Berlín, mostró sus límites en el centro del sistema mundo pero se reinició en nuestra región, extendiéndose hasta principios del nuevo milenio.

Lejos de intentar historizar puntillosamente el devenir global de esta corriente económica, sí se advierte que no resulta novedosa y que desde su irrupción se ha ido configurando como un tecnología que intenta gobernarlo todo -las instituciones y lo íntimo-, aunque en esta pretensión hegemónica también encuentra resistencias. ¿Cómo funciona? Verónica Gago (2014) postula que en el presente, el neoliberalismo debe ser pensado como operando desde arriba y desde abajo. Para la autora, el primer sentido se refiere a la estatalidad neoliberal, al desarme de las estructuras del bienestar para garantizar la expansión de la acumulación de capital. El segundo término apunta a las prácticas y saberes de la comunidad que se desarrollan más allá del signo del gobierno y que implican entronizar “el cálculo como matriz subjetiva primordial”. En otros términos, formas de ser mercantilizadas hasta los huesos, donde todo es consumible y descartable.

Primera alerta: el enemigo también está en nosotres.

No se trata solamente de ellos los neoliberales, sino de revisar qué de esto se nos filtró y por dónde, qué de esto anida en nuestras subjetividades en forma de cosmovisiones, prácticas, discursos, valoraciones y conocimientos con los que nos conducimos, con los que pretendemos vivir juntes. ¿Cómo es esa estructura yoica neoliberal? Como primera aproximación, se trata de un individuo solitario y ahistórico. En ese sentido, Fredric Jamenson (2012) argumenta que “ninguna sociedad previa ha tenido tan poca memoria funcional, tan poco sentido del pasado histórico como ésta y resulta evidente que la desaparición del pasado conlleva también, a la larga, la desaparición del futuro”. Es un sujeto voraz, ansioso y ocupado en lo inmediato. No hay tiempo y en la urgencia no hay goce. Además, es autosuficiente, racional, voluntarioso, meritocrático, consumidor e insaciable en una tierra que siempre es fértil, que siempre se presta para él. Así, el éxito está asegurado, depende de cada quien. Este es el homo economicus y, como señala Constanza Michelson (2021), es hablado con el lenguaje empresarial -valor propio, gestionar el talento, debilidades y fortalezas- obviando nuestra interdependencia, así como la necesidad de brindar y recibir cuidados.

Para este ser en el mundo la escena que tiene valor es la pública. Es allí donde, precisamente, se valoriza el capital. Más allá de su descomposición, todavía persiste la segmentación sexual del trabajo que determina mayor presencia de varones en la arena de la potencia, la producción y lo político. Tras bambalinas, en las casas, las mujeres sostienen las condiciones de posibilidad de las vidas, así como el bienestar físico y emocional, con múltiples tareas de cuidado. Algunas se cargan full time con estos quehaceres propios de una ama de casa. Otras también trabajan por fuera del hogar, sin por ello desentenderse de lo doméstico. Una doble tarea que implica renunciar al tiempo para sí por el ser para otros. Naturalmente, entre ellas hay diferencias. La mayoría debe enfrentar esta hazaña en soledad, mientras las más pudientes delegan estas actividades en otras mujeres -generalmente, precarizadas-. Sin embargo, ninguna logra renunciar a la conducción de la gestión hogareña: de la carga mental no se salva ninguna. Estas ocupaciones se han visto abultadas como efecto del neoliberalismo que corrió al Estado de actividades de cuidado, sobrecargando a los hogares. Está a la vista que el bienestar se rompe fácil. Lo arduo es reconstruirlo y en este sendero nos encontrábamos cuando estalló la pandemia. El aislamiento -que concentró en las casas a todos sus miembros, con todas sus actividades, todo el tiempo- mostró con crudeza la infinidad y desagradabilidad de las acciones necesarias para garantizar la vida. Entonces, se hicieron visibles las tareas y quienes las ejecutaban en soledad, en silencio y sin nada a cambio. La ausencia de una responsabilidad es estatal, pero también colectiva y esa doble vacancia se expresa en la falta de políticas y en la desvalorización del problema.

Frente a la opacidad de los hogares, cuando se trata de polemizar sobre estos asuntos, los feminismos progresistas y liberales se emparentan. Ambos proponen que las mujeres dejen sus casas – por tratarse de lugares retrógrados de los que hay que prescindir, de obstáculos para la autonomía- y se inserten en el mercado laboral. Si se mira con detenimiento, este llamamiento al empoderamiento femenino no zafa de la atractiva narrativa neoliberal para ser en el mundo, de esa subjetividad individualista, consumista y meritocrática. Es precisamente por acá por donde se puede meter el diablo. ¿Cómo ocurre? En primer lugar, estos discursos omiten que alguien se queda en los hogares mientras las emancipadas se ausentan: se trata de otras mujeres, generalmente empobrecidas o que forman parte de la población económicamente inactiva (hijas adolescentes o abuelas). Asimismo, estas posturas condenan a quienes no cumplan con este nuevo mandato, un mandato feminista. Se las señala como parias: la que elige quedarse o no pudo salir, hizo algo mal, falló, es detractora o víctima. La libertad nos carga una nueva exigencia. Además, se pretende que todas elijamos lo mismo -salir de casa- con una vocación totalizante. Y, más aún, presupone que siempre se puede elegir libremente cuando a veces la hostilidad puertas adentro es tan sofocante que inmoviliza o cuando el afuera se presenta más peligroso que el adentro. Finalmente, se omite que la inserción en el mundo laboral se produce bajo el doble condicionamiento de la segmentación y la precariedad. Hoy, mientras crecen los derechos individuales, los derechos laborales colectivos consagrados en el siglo pasado están siendo severamente atacados. Así, se reclama ser iguales, sin advertir que se trata de un sistema que ataca/descarta la vida.

"Frente a la opacidad de los hogares, cuando se trata de polemizar sobre estos asuntos, los feminismos progresistas y liberales se emparentan. Ambos proponen que las mujeres dejen sus casa y se inserten en el mercado laboral."

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Segunda alerta: universalizar el mundo de los varones es perpetuar la lógica del capital por sobre la vida.

Este programa de algunos feminismos es, en definitiva, persistir en la idea de que lo productivo/masculino es superior y, por tanto, hacia lo que hay que aspirar, mientras que lo reproductivo/femenino es de lo que hay que emanciparse. En el trasfondo figura que el mundo por el que hay que pelear es el de los hombres, cuando en realidad se trata de hacer uno nuevo. Lo problemático es que desde los feminismos entronicemos esas mismas ideas. Si el neoliberalismo propone un individuo que se deglute al otro, el grito de emancipación no puede ser “mirá que te como”.

Las conquistas de las mujeres en el plano comunitario y político son un hecho trascendental. Argentina es, definitivamente, un faro para las mujeres de la región y el mundo. Sin embargo, aborrecer las casas y lo doméstico es desconocer que allí anida una ética del cuidado, una forma de ser para otro, una subjetividad que en medio de la brutal acechanza neoliberal se torna tan necesaria como revolucionaria. De lo que se trata es, justamente, de volverla común, colectiva y así apostar a que lo político no sea bajo una lógica que exalta el yo mercantilizado, consumista, productivo, desacoplado de lo social y fan del descarte.

"En el trasfondo figura que el mundo por el que hay que pelear es el de los hombres, cuando en realidad se trata de hacer uno nuevo. Lo problemático es que desde los feminismos entronicemos esas mismas ideas."

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Mientras el FMI insiste en viejas y fallidas recetas que atentan contra la vida, reafirmar que “los muertos no pagan” se vuelve tan central como definir a qué señor servir. En tiempos adversos y hostiles, donde nos debatimos entre Guatemala y Guatepeor, los feminismos se ofrecen como dique de contención frente al neoliberalismo voraz. La apuesta es poner en el centro una ética de ser para el otro -y no sólo para sí-. Más que intentar renunciar a las tareas que son ineludibles, por ser fundantes de la existencia, se trata de darle la jerarquía que tienen y de volverlas comunes, recíprocas.

Justo cuando el blanco de ataque de los buitres es la vida misma, cuando la desigualdad tiene forma de muerte, cuando la concentración de la riqueza es alarmante, el llamamiento es a politizar el cuidado. No hacerlo es neoliberal.

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