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07 de abril 2024

Daniel Chao

Investigador de Conicet y docente de la Universidad Nacional del Nordeste (Chaco).

MILEI Y MALVINAS (O GENEALOGÍA DE LA CASTA PRESIDENCIAL)

Tiempo de lectura: 10 minutos

La relación de Javier Milei con la cuestión Malvinas tenía en su pasado discursivo algunas tensiones que lo hacían verse como un candidato un tanto cipayo o, al menos, poco malvinero. La piña que le propinó su padre colectivero en 1982 por poner en duda la guerra o su admiración “política” hacia Margaret Thatcher —a quien comparó con Cruyff—, ambas declaraciones hechas por televisión antes de ser candidato, debieron ser equilibradas con el apoyo de su vicepresidenta, Victoria Villarruel, hija de un veterano de guerra, ex comando subalterno de Aldo Rico y, como este, plagado de tensiones en su relación con la Constitución Nacional y el pasado reciente de las Fuerzas Armadas. En el mundo malvinero, Victoria se lleva la marca y junta apoyos de numerosos exsoldados, oficiales y suboficiales presentes en aquel otoño de 1982 en las islas australes.

Pero estas líneas no tratan acerca de la dupla que comanda el Ejecutivo ni tampoco abordan el papel de cada uno en el 42° aniversario de la guerra. Me interesa concentrarme en Milei y en la construcción de su discurso el pasado 2 de abril. Si hiciéramos un análisis de sociología espontánea, centrados únicamente en aspectos de orden simbólico, podríamos decir que la performance del presidente y su equipo de comunicación y gestión intenta ser rupturista atacando a íconos de gobiernos anteriores, especialmente radicales y peronistas. Universidades, Centro Cultural Kirchner, pueblos originarios, mujeres y diversidades, organismos de DDHH, entre otros, forman parte de las listas de tópicos a los que el gobierno agrede de manera pública, como si hiciera el mal sin pasión, en palabras de Sarmiento. Sin embargo, y a contramano de esta línea de acción, durante su primer discurso pronunciado como jefe de Estado el día de los veteranos y caídos en la guerra de Malvinas, el liberal libertario se plegó a una tradición de cuatro décadas seguidas por la genealogía de la casta presidencial desde 1982, tras la caída de Puerto Argentino. Es decir que, a pesar del esfuerzo por otorgar un sentido nuevo a la causa nacional por excelencia, Milei repitió palabras, fundamentos y argumentos seguidos por todos los presidentes (y la dos veces presidenta) de la República Argentina. Este calco responde a un problema que, a mi criterio, se anudó en junio de 1982 y que no ha encontrado uña que lo pueda aflojar: la causa Malvinas es, ante todo, una plataforma para hablar de política interna.

El presidente Javier Milei echó mano a recursos repetitivos y ampliamente utilizados por más de cuarenta años para hablarle a veteranos, las FFAA y de Seguridad, y al pueblo argentino en general

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En su discurso, el presidente enterró la salida diplomática, atacó a sus predecesores —los defolteadores— por impostar un “falso amor por el país”, señaló el ninguneo internacional hacia la Argentina por no formar parte protagonista de la economía mundial, reivindicó a Julio Argentino Roca como el padre de la acción militar soberana y, de paso, remarcó la necesidad de reconciliar a la sociedad con sus Fuerzas Armadas y dotarlas de recursos para defender lo propio. Este puñado de elementos sería suficiente para afirmar que nos encontramos ante una orientación novedosa que, sumada a la invitación a las FFAA y las organizaciones de veteranos al mentado “Pacto de Mayo”, nos llevaría a pensar en que estamos ante un discurso distinto y disruptivo. No obstante, si comparamos los basamentos de estas palabras con las utilizadas por quienes ocuparon la presidencia en la posguerra, veremos que no hay tal novedad. Todos utilizaron a Malvinas para mostrar sus puntos de vista sobre la geopolítica, la economía y para señalar a sus adversarios internos. Todos, además, se presentaron como los primeros y más importantes reconocedores de los veteranos y excombatientes, y los usaron como respaldo para hablar de la sociedad que buscaban construir.

En cada uno de esos actos performáticos que involucran la palabra del jefe de Estado para decir “he aquí el Estado” frente a los VGM, ya no quedaba nada por reconocer, pues al final del discurso estaba todo dicho. En ese sentido, la fobia de Milei hacia el Estado se contradice con su manía por abundar en acciones que muestren la potencia de su palabra productora de estatalidad.

Foto: Archivo Télam

La casta está en orden

No por conocido resulta menos importante señalar que los lugares de homenaje a los caídos y a los veteranos han ido modificándose a lo largo del tiempo, así como también su carácter oficial, sus cantidades y sus protagonistas. A la vez, como han señalado investigadores como Rosana Guber o Federico Lorenz, las interpretaciones sobre la guerra en el espacio público han variado, aunque mantienen una suerte polarización: o reivindicadores de la “gesta patriótica” más allá de los crímenes de la dictadura, o bien replicadores de la “guerra absurda” en la cual el conflicto del Atlántico Sur no deja de ser un crimen más de lesa humanidad del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional. A pesar de esto, mi lectura del pensamiento presidencial intenta rearmar ese poliedro argumental repetitivo estimulado por la causa Malvinas, si bien reconoce que los sentidos se han ladeado de un lado a otro y hasta han tomado elementos de las dos posturas.

Empecemos con el padre de la derrota: el 15 de junio de 1982, unas horas antes de su eyección de la presidencia, el dictador Leopoldo Galtieri le anunciaba al país que el combate en Puerto Argentino había finalizado. El teniente general decía entonces que no podíamos permitir que la unidad lograda durante 74 días sea perturbada por una “minoría descalificada”, que debíamos sostenerla en nombre de quienes lucharon y ya que estos fueron olvidados durante la lucha “codo a codo” en Malvinas. Sus palabras, además, conectaban a los combatientes con el “bronce de las antiguas glorias” libertadoras y afirmaba que América Latina y el mundo reconocía ya la importancia y validez del reclamo argentino por la soberanía de su territorio insular. Poco menos de dos años después, el presidente electo por voto popular, Raúl Alfonsín, en su primer acto conmemorativo de la recuperación en 1984, usaba algunos basamentos similares: la dictadura militar no había reflexionado sobre las trágicas acciones, lo que no quitaba méritos a los “ciudadanos de uniforme” que jalonaron con sus actos la “grandeza de la vida republicana”, a la vez que anunciaba estar alineado con los países que luchan contra el colonialismo y, desde ese foro, solicitaba a Gran Bretaña desmilitarizar el área. El mismo Alfonsín llamaría en 1987 “héroes de Malvinas” al grupo de militares sublevados denominado “carapintadas”.

Durante el interregno de Eduardo Duhalde, la causa Malvinas volvió a erigirse como plataforma para la reconstrucción de esa Argentina post-2001

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Carlos Saúl Menem, el prócer, tampoco escapó de esta retórica. El 5 de abril de 1990 fue la primera oportunidad del riojano de hablarle públicamente a los veteranos de Malvinas en el marco del inicio de una serie de programas para atender su problemática laboral. Allí Menem los llamaba “héroes de la Patria” y los comparaba con Juan Domingo Perón, a quien traía como ejemplo por preferir siempre el reclamo diplomático por las Islas antes que el derramamiento de sangre. El presidente les decía que el olvido había terminado, que ya no “deambularían por las calles”, y que el pueblo había aprendido a revalorizarlos bajo marcos pacíficos al igual que los que emprendía el gobierno en sus relaciones restablecidas con Gran Bretaña. Unos meses después, en la inauguración del cenotafio de la Plaza General San Martin de Buenos Aires y en presencia de algunos veteranos afines, aparecía la palabra “reconciliación” en el marco de un acto por Malvinas, para que, sin rencores, “nunca más ningún argentino mire para otro lado cuando se trate de rendirle homenaje a nuestros héroes del presente”. Esos héroes podían inspirar a otros compatriotas ubicados en distintos puestos de combate como la oficina, el tractor, el pupitre, el taller, la fábrica, “para no dejarse vencer, ante el desempleo, la falta de oportunidades, o la pobreza”, y en el mismo movimiento rechazar a aquellos escépticos que fomentaban la discordia. Basta recordar que Menem finalizó su segunda presidencia recibiendo en 1999 al actual rey (entonces príncipe) Carlos III en su visita a la Argentina.

La breve estadía del radical aliancista Fernando De la Rúa no fue ajena a la posibilidad de usar la causa Malvinas para hablar de su actualidad. En la localidad bonaerense de Lomas del Mirador, “Chupete” tomaba a los excombatientes como ejemplos de rescate de la dignidad de la República y entrega por las causas de la Nación, mientras que su ministro del Interior, Federico Storani, firmaba la intervención de la Comisión Nacional de Excombatientes de Malvinas por denuncias de corrupción y alteración de padrones de veteranos. Ese acto fue, a la postre, el único en el que el ex presidente participó antes de tomar su histórico helicóptero. Por su parte, durante el interregno de Eduardo Duhalde, la causa Malvinas volvió a erigirse como plataforma para la reconstrucción de esa Argentina post-2001. El 2 de abril de 2002, el presidente elegido por la Asamblea Legislativa tuvo una doble jornada intensa: participó del acto en Ushuaia para luego formar parte de la conmemoración llevada a cabo en el Regimiento de Infantería 1 en la ciudad de Buenos Aires. En la capital más austral, el ex gobernador bonaerense pedía mirar a los héroes y comprender que los argentinos podían ser mejores sin depender de nadie, y que la Islas al igual que el país podrían recuperarse con solidaridad, “reinsertando a la Argentina en la economía mundial” y respetando compromisos. Por otro lado, ante los “Patricios”, reclamó gloria y honor a los “últimos héroes del siglo XX” que podían enseñarnos a transitar los duros momentos que se avecinaban con una “acabada recuperación de la conciencia nacional”.

Néstor Kirchner y Cristina Fernández no fueron ajenos a esta larga tradición. El 2 de abril de 2004, en la capital de Tierra del Fuego, Kirchner encabezó su primer acto conmemorativo del Día del Veterano separando la gesta de los dictadores que habían mirado “con la nuca al pueblo argentino”, y rescatando de “una vez y para siempre” a los héroes y mártires. Incluía a los oficiales que combatieron con honor, de quienes se debía tomar los valores necesarios “para construir el país que nos merecemos”, vinculados con lo nacional y con la protección del excluido. El presidente señalaba la soberanía territorial como un ejemplo de disputa comparable a las presiones que él mismo sufría de “lobbies o grupos monopólicos del país” por querer recuperar lo que otros habían regalado. Esas mismas convicciones permitirían que Argentina vuelva a formar parte del concierto de naciones desde bases de dignidad soberana e integración nacional. Cristina, por otro lado, tuvo que esperar hasta 2009 para encabezar un acto del 2 de abril, ya que un año antes el conflicto político-económico con los sectores patronales agrarios por la resolución 125 se había robado todo el espectro público. En Inglaterra, Fernández de Kirchner habló de las “contingencias del destino” que la llevaron hasta ese lugar como una “señal de la historia” y decidió conectar a Malvinas con la figura de Raúl Alfonsín, “el primer presidente de la democracia”, fallecido el 31 de marzo de ese año, y con el general José de San Martín, “nuestro Libertador”. La presidenta habló, como sus colegas, de que muchos quisieron ocultar a los veteranos, y que sin embargo, para ese gobierno, quienes vistieron “uniforme para luchar por la patria” eran motivo de orgullo como también una razón para seguir con los reclamos ante la ONU por la soberanía territorial. En los años que siguieron a este acto, Cristina Fernández ampliará su repertorio discursivo —y el tiempo insumido— al desclasificar el Informe Rattenbach, los archivos de las FFAA respecto a la guerra o en el inicio de las conversaciones internacionales por el reconocimiento de los 123 soldados enterrados sin placa (aquellos solo conocidos por Dios), pero sus bases argumentales serían similares: historia, FFAA, geopolítica, presente y reconocimiento.

El 2 de abril de 2004, en la capital de Tierra del Fuego, Kirchner encabezó su primer acto conmemorativo del Día del Veterano separando la gesta de los dictadores que habían mirado “con la nuca al pueblo argentino”, y rescatando de “una vez y para siempre” a los héroes y mártires

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Sin la profusión de su antecesora, Mauricio Macri se subió al trampolín malvinense para usarlo como ejemplo de diálogo y reconciliación con el mundo. Al recibir a un grupo de veteranos durante 2017 (el año previo no hubo acto con actividad presidencial, aunque una parte de los VGM participaron del desfile por el bicentenario de la declaración de Independencia) el presidente señaló a los veteranos como ejemplo de humildad y respeto, sostenes para demostrar que “si mejoramos todos los días nos va a ir mejor”. Consciente de sus limitaciones históricas y fiel a su background futbolístico, Macri rescató la figura de Osvaldo Ardiles, primo de José Leónidas Ardiles, piloto de la Fuerza Aérea derribado el 1 de mayo en Malvinas, aunque el primer mandatario prefirió tomar la experiencia del futbolista que jugaba en Inglaterra y que “apostó por la reconciliación” para volver a sentirse bien. Finalmente, a raíz de la pandemia de coronavirus, Alberto Fernández recién podría hablar por primera vez frente a veteranos de Malvinas en abril de 2022, espacio que aprovechó para destacar el desempeño de las FFAA durante la emergencia sanitaria y repetir fórmulas: orgullo y reconocimiento para héroes y heroínas, rechazo a la dictadura militar y convencimiento de la vergüenza que sienten las nuevas Fuerzas Armadas ante aquellos “camaradas de armas”. Nada nuevo bajo el sol.

Máscaras del Estado

A excepción de su triple y triste ¡Viva la libertad, carajo!, el presidente Javier Milei echó mano a recursos repetitivos y ampliamente utilizados por más de cuarenta años para hablarle a veteranos, las FFAA y de Seguridad, y al pueblo argentino en general. Más allá de apelar a algún insultillo pueril para interpelar a sus seguidores, las palabras del actual jefe de Estado pasaron por el relé de lo que Malvinas es para nuestra élite dirigente: un púlpito, una tarima, un megáfono, una plataforma para hablar de ellos y su visión política.

Ahora bien, ¿existen otras formas de referirse al tema que no sean conectándolo a un programa o idea de gobierno o a los lugares comunes que he descrito? Con estas condiciones quizá la respuesta sea que no. Es decir, los portavoces del Estado devenidos presidentes podrían hablar más de la guerra si la entendieran o si acaso le dieran el lugar correspondiente a ese enorme y diverso fenómeno humano, sin caer en sensiblerías o frases hechas. De esta forma los veteranos abandonarían esa homogeneidad que a veces parecen tener en la interpretación que hacemos de sus palabras. O también, pienso, deberían mostrar o explicar algún plan posible para la recuperación de las islas o siquiera una hoja de ruta diplomática, aunque sea de largo plazo, que no parta de las recurrentes vociferaciones vacías que suelen recalar en el binarismo “Gran Bretaña sí, Gran Bretaña no”. Quizá, no sé, tendrían que dejar de usar la fecha para aprobar más y más pequeñas enmiendas legislativas en todos los niveles estatales de reconocimiento por goteo. O, mejor aún, les sugiero aprovechar ese día y agradecer con laconismo y simplicidad a quienes protagonizaron la guerra y a sus familias. Pero esto no va a ocurrir nunca en nuestro país porque la causa Malvinas sigue siendo el papel maché con el que se fabrica una de las tantas máscaras del Estado argentino.

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