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16 de marzo 2024

Diego Labra

MI PAPÁ NO ME ENSEÑÓ A JUGAR A LA PELOTA

Tiempo de lectura: 9 minutos

El siguiente texto apareció publicado originalmente en la desaparecida revista digital La Broken Face en junio de 2015. Lo escribí en medio de la irrupción del #NiUnaMenos, que me llevó a sentarme con planteamientos que siempre tuve presentes mas nunca había ensayado sistematizar. Algunas puntos, como la referencia a Louie, envejecieron mal o, por lo menos, cobran hoy otra resonancia. Otros, como la tensión entre la producción audiovisual por privados y el Estado, o una tímida apreciación sobre el rol de Internet en la crianza de los jóvenes, aparecen como muy actuales. Mi opinión sobre algunos de los productos culturales discutidos ha cambiado, y la prosa me genera rechazo, como suele pasar cuando volvemos a un texto viejo. Pero me pareció un ejercicio interesante reponerlo en el contexto de un debate renovado acerca de las masculinidades, que cobra nueva relevancia en el contexto de la Argentina gobernada por La Libertad Avanza. Se siente como si algunos problemas, tanto como individuos como sociedad, los vamos a arrastrar toda la vida.

La revolución ha muerto, y si se la escucha nombrar sale de la boca de cínicos o ciegos. La mayoría de las grandes bandas de rock ya se habían disuelto, o peor aún, envejecido, mucho antes de poder comprar una entrada para un recital. Demasiado joven para disfrutar la primavera del dólar a un peso menemista (salvo por algunos juguetes importados). Apenas tarde para la edad de oro de los presupuestos K en CONICET y la universidad, para cuando llegó mi turno en la cola la puerta se estaba entornando. Llegar a destiempo es una sensación recurrente, que sospecho es más bien parte de la experiencia colectiva argentina. Pero con los vientos que soplan, donde el género se discute en la cola del supermercado, en sobremesas y escuelas, creo que es la primera vez que deseo haber nacido un tanto después.

Género, cultura e identidad se cruzan constantemente en nuestra configuración de nosotros mismos. En mi caso particular siempre he tenido una relación incómoda con mi masculinidad. Por decisión o por incapacidad no toqué mucho de los hitos de mi género asignado, y por esta razón a lo largo de mis primeros años sentí una cierta alienación con respecto a mis pares. Desde siempre he sido más bien tranquilo y cerebral, hecho subrayado porque me recetaron anteojos a los tres años de edad. También ordenado, prolijo, puntual, bastante temeroso, acercándome más al espectro femenino del “deber ser” genérico. Durante la primaria eso me hacía un excelente alumno y el amiguito buen ejemplo que todas las madres querían que sus hijos tuvieran. Me sentía relajado y cómodo en ese lugar, y creo eso se refleja en que era una persona más agradable y graciosa de lo que soy hoy.

El éxito de los nuevos reyes del capitalismo como Bill Gates y Steve Jobs habilitaron a que ser nerd sea atractivo, como mejor ejemplifica el éxito de la sitcom The Big Bang Theory

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Un psicoanalista buscaría explicaciones en mi casa, y sin duda las encontraría. Si bien mi madre era ama de casa, era claro de alguna manera que ella era quien llevaba los pantalones, por lo menos en lo correspondiente a nuestra crianza. Muchas cosas nos estaban prohibidas. Algunas las accederíamos con el paso del tiempo, como el chicle, Los Simpsons y los videojuegos, pero nunca se vio demasiada televisión argentina en casa, particularmente de la variedad Porcel y Sofovich. Mi madre odiaba esos programas con ganas, y siempre que podía los denostaba. Esto me dejaba en ocasiones fuera de la discusión en los recreos, sobre todo durante el furor de Brigada Cola, pero no faltaron alternativas de consumo cultural en una infancia marcada por las importaciones noventistas. Cuando los nenes se peleaban en el patio por quién sería el Power Ranger rojo, a mí no me importaba. Yo quería ser el azul, el miembro intelectual del equipo que usaba lentes. También mentía al decir que no miraba Sailor Moon.

La angustia empezaba cuando aparecía una pelota. Los chicos esperaban todo el día, toda la vida, para poder salir a patear un rato, pero para mí era todo lo opuesto. La enemistad por clubes, los golpes y el triunfalismo del fútbol me generaban rechazo. Pero por sobre todo lo odiaba porque nunca fui una persona muy física, y todo mi éxito en los otros ámbitos de la escuela era revertido en la canchita, donde era el último que se elegía, salvo que hubiese algún gordo. Me han contado que mi padre era un muy buen jugador, y mientras pudo jugó un partido de papi por semana. Por alguna razón, nunca compartió ese amor conmigo. Es fácil olvidar lo integral que es a la identidad de un niño el fútbol, pero lo es. Al día de hoy, luego de entrar como profesor a un aula nueva, la primera pregunta que hacen los alumnos es “¿de cuál cuadro sos?”. Así el rechazo al futbol, esa parte tan fundamental de lo que significa ser hombre en Argentina, se convirtió en el pívot sobre el que se articuló la ansiedad por mi identidad de género.

Cuando la pubertad inundó mi cuerpo con hormonas, las reglas cambiaron. Ahora, la demanda de los pares para acreditar la hombría ya no dependía sólo de tirar una gambeta y meter un gol, sino también levantarse una mina. La transición preadolescente, campo fértil para la discordia, se vio empeorada por un cambio de escuela. De una privada donde los padres buscaban a sus hijos en autos con el baúl llenos de juguetes pasé a una pública donde los alumnos volvían solos caminando a su casa y ya transaban en la plaza. Un repetidor aventurado incluso alardeaba de haber ya debutado en un prostíbulo. Teníamos doce años. 

En los bailes escolares, donde se transitaban los últimos estertores de los lentos, el cambio de tempo en la música paralizaba mis músculos con un pánico que se sentía tan real como cualquier otra enfermedad. Recuerdo envidiar, en la oscuridad de la pista y ensordecido por la voz de Ricky Martin, el rol pasivo de las chicas, que sólo debían esperar a que las sacaran a bailar ¿Por qué recaía en mí la responsabilidad de la iniciativa? ¿Por qué yo debía arriesgarme a sufrir el fracaso y la ignominia si rechazaban mi invitación? Probablemente alguna de mis compañeritas inversamente deseaba la agencia que me traumaba. Sólo una vez invité a bailar una chica. Fue un minuto poco memorable.

Los modelos que me ofrecía la televisión, la estrella de fútbol o el argentino canchero, no me hablaban. Los superhéroes yankis tampoco. Fue en los alienados héroes adolescentes japoneses que encontré un anclaje para mi identidad en desarrollo. Al igual que yo, tenían una dificultad casi clínica para relacionarse con las mujeres, eran nerds empedernidos y sacaban excelentes notas en la escuela, azuzados por una sociedad convencidamente meritocrática. En particular, Shinji Ikari, protagonista de Neon Genesis Evangelion, era un espejo donde me veía reflejado.

Sí, dibujos japoneses. Los mismos que saben tener mujeres con medidas tan desproporcionadas como el tamaño de sus ojos. Al mismo tiempo, ¿cuántos padres argentinos eran conscientes mientras sus hijos miraban Card Captor Sakura en Cartoon Network que la serie incluía relaciones homosexuales tratadas con naturalidad? La industria cultural japonesa es inmensa. Produce figuras aspiracionales como Goku, pero también protagonistas similares a sus consumidores, a los que apelan desde la identificación. Produce cantidades ingentes de animé pornográfico, pero también una serie sobre la preadolescencia de alguien que sabe que es una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Todo vale mientras venda, verdadero capitalismo animado.

La pausa en la edición sostiene incómodamente la disyuntiva. Si pelea “como un hombre” es un idiota, pero si decide no pelear es un cobarde

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Los años pasaron. Logré sobrevivir el secundario pisando sólo una vez un boliche y, en ocasiones, fabulando acerca de una ficticia pérdida de la virginidad. Claro está, no fui el alma de la fiesta. Por otro lado, la cultura mainstream, que en nuestro país está compuesta por la producción importada tanto o más que por la local, comenzó a cambiar lentamente. El animé es más exitoso que nunca a nivel global, e incluso los jóvenes norteamericanos lo consumen por sobre sus propios superhéroes. Series como Los Soprano y Mad Men deconstruyeron al macho estadounidense. El éxito de los nuevos reyes del capitalismo como Bill Gates y Steve Jobs habilitaron a que ser nerd sea atractivo, como mejor ejemplifica el éxito de la sitcom The Big Bang Theory. Una película de acción como Mad Max: Road Fury genera un debate masivo en Internet sobre el rol de las heroínas en el cine y en la sociedad. Sin embargo, en Argentina y el mundo también rompe la taquilla Rápido y Furioso 7, que intercala autos que salen arando y peleas a trompadas con paneos al azar de culos que ni siquiera están incorporados en forma coherente a la trama.

Parece que todos estamos de acuerdo en lo nocivo del programa de Tinelli desde un punto de vista de género. Sin embargo, sigue siendo el programa más visto del país. Yendo más lejos, ¿qué otras opciones tiene un niño o adolescente que no concuerda con esos estereotipos? ¿El chico un poco más introvertido e incómodo, que no quiere crecer para ser Marcelo cortando una tanga en vivo y en directo? Hoy existe Internet, pero es un lugar inmenso que sin guía desinforma más de lo que instruye. Puede, como hice yo, consumir productos culturales de otros países. Sin embargo, la mayoría de la población prefiere productos generados por su propia cultura, o que estén hablados en su idioma.

Ni siquiera existen héroes tradicionales para deconstruir. Por virtud de la lectura vigente del pasado reciente, el militar que protagoniza las películas de Hollywood es lo peor que le pasó a la historia argentina, y la “juventud maravillosa” armada que estos combatieron son víctimas desaparecidas sin agencia. El policía es un corrupto que “se pone la gorra”, némesis de los sectores populares. Los días del gaucho como estrella de la cultura masiva vernácula se terminaron hace un siglo. ¿Qué nos queda? Pepe Argento, que trata a la mujer y a sus hijos como idiotas, y los astros del futbol, quienes constantemente recorren los programas de chimentos acusados de infieles, golpeadores, malos padres o son ridiculizados por tener sexo con “una travesti”.

Paka Paka ha llenado un espacio vital para los más chicos, pero se debe pensar en contenidos inteligentes para otras edades más allá de la didáctica de Canal Encuentro. Además, estas son producciones estatales, cuando debería ser un espacio ocupado por la iniciativa privada. Me hace sentir una falsa nostalgia por los tiempos de El Eternauta que nunca viví. Incluso desde el punto comercial tiene mucho sentido querer llenar el vacío en el mercado, cuando a Dragon Ball le va bien en las salas, y las películas más taquilleras en nuestro país son animadas o dirigidas a un público adolescente. Hoy, el dibujo yanki más exitoso en términos de merchandising es Adventure Time, tan cargado de filosofía y personajes profundos debajo de los colores brillantes que los niños lo tendrán que volver a verlo de grandes para terminar de entenderlo. Se debe crear una cultura que problematice a la masculinidad, y a los roles de género, pero no una película que se exhiba dos semanas en los Espacios INCAA, o un unitario que se emite Canal 7 a las doce de la noche, sino productos apuntados a adolescentes y concebidos con esos lenguajes. Este debate también es parte del #NiUnaMenos. Debe sostenerse si queremos dejar de criar machitos que conceptualizan a las mujeres como objeto, que sólo pueden interpelarla mediante prepotencia callejera. O mismas mujeres que deseen a este estereotipo.

Con este alegato estoy lejos de suponer que hay soluciones fáciles. El género es un término complejo, cambiante. Especialmente cuando se deja de discutir en lo teórico para examinarse a sí mismo. En lo particular, después de años de angustia adolescente encontré mi lugar en la universidad, y con muchas tribulaciones logré llegar hasta hoy sin nunca pagarle a un psicólogo. A los veinte, durante unos meses, sinceramente examiné mi sexualidad y contemplé alternativas a la heterosexualidad. Una duda que supongo muchos ha tenido, pero de la cual no se puede hablar entre machos. Hoy me siento  más cómodo con mi piel, pero la identidad nunca es un problema cerrado. Como muchos hombres conscientes del género y sus estereotipos, navego la masculinidad como aguas peligrosas. Louis C.K. lo ilustra perfectamente en el noveno episodio de la primera temporada de su serie homónima, donde una primera cita con una mujer que está conociendo se ve interrumpida por jóvenes patoteros. La pausa en la edición sostiene incómodamente la disyuntiva. Si pelea “como un hombre” es un idiota, pero si decide no pelear es un cobarde. Dicho de otra manera, no podés ganar.

Así terminaba el artículo original, abruptamente y sin resolución. Un final de seguro acorde para lo que sentía hace casi una década y que resuena todavía hoy, cuando abundan los diagnósticos, las “yo la vi” y “no avivo más”, pero escasean los enunciados propositivos ante una problemática compleja. En mi escrito pedía por consumos culturales aggionardos que ofrecieran modelos alternativos de masculinidad y celebraba el lugar que los dibujos animados japoneses habían ocupado en mi vida, mas la controversia du jour ejemplifica a la perfección que los espectadores hacen lo que quieren con lo que miran. Uno ve Dragon Ball y encuentra en Goku un libertario, otro mira la misma serie y lo asume peronista.

Hace unos meses, mi hermano fue padre de mi primer sobrino. Me puso a pensar en cómo criaría yo a un niño. ¿Qué haría diferente con respecto a lo hecho por mi padre y mi madre conmigo? ¿Buscaría que se amolde más a lo que se espera de él para ahorrarle la angustia adolescente que viví yo? ¿Propiciar enseñarle a jugar al fútbol que yo nunca aprendí? ¿O lo contendría y afirmaría en la espera que los tiempos hayan cambiado lo suficiente? Sigo intentando cerrar este texto, pero no importa cuanto escriba, solo me surgen preguntas abiertas.

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