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23 de agosto 2021

Santiago Sena

MERCADO LIBRE Y LOS OLIGOPOLIOS: UNA MIRADA DESDE LA OTRA ORILLA

Tiempo de lectura: 17 minutos

La velocidad con la que consumimos noticias, la tentación de la simplificación y la grieta –aquel mecanismo hermenéutico por el cual decodificamos la realidad cual representación fenoménica kantiana- arrastran al sentido común a considerar que los cruces en redes sociales entre Juan Grabois y Marcos Galperin resumen dos visiones, paradigmas o modelos de país que son absolutamente antagónicos. La representación maniquea de Cristinistas vs. Macristas es una trampa que impide reconciliar lo valioso de la economía de los sectores populares con los méritos de la empresa más importante de América Latina, a la vez que inhabilita tanto a criticar los manejos discrecionales de cajas multimillonarias de algunos movimientos sociales –y de sus referentes, que son, a la vez, funcionarios públicos-, como a denunciar prácticas crecientemente monopólicas en el país de una empresa que mientras más crece, menos honor le hace a su nombre.

¿Se puede habitar en esta contradicción? La grieta no sólo es funcional al statu quo sino que también y, sobre todo, es cómoda. La respuesta de trinchera es que no: no se puede adorar a Dios y al dinero. Hay que elegir… ¿de qué lado estás? Y una vez adentro asumir el combo completo. El pensamiento crítico nos quedará siempre como un lindo recuerdo de la reforma educativa, y que allá quedó. La grieta, aquella trampa, constituye una forma muy práctica de evitar la tarea de pensar, al ofrecer un espacio contenedor que reconfirma la propia identidad al rodearnos de muchos iguales y prefijar el espacio simbólico que ocupan diferentes actores sociales. Si sos del PRO, Mercado Libre es groso y Grabois es malo. Si estás del otro lado, la UTEP es buena y Galperin es garca. Say no more, diría Charly. El lado B de estos horizontes de pre-comprensión es que inhiben la posibilidad de construir un país para todos. En el marco de denuncias altisonantes y de rasgadura de vestiduras cruzadas ante hechos análogos hay que aguzar bastante los sentidos para reconocer voces (a veces, susurros) que proponen transitar los grises. Lamentablemente, cada vez quedan menos puentes que nos crucen de orilla, lo que hace crecientemente difícil tener posiciones críticas. Tan imposible parece ese diálogo que Galperin bloqueó a Grabois en Twitter.

"Desde esta orilla, la de un profesor de escuela de negocios que fue funcionario público para Cambiemos, estos temas son tan urgentes como para el progresismo. Aunque quizás por otros motivos. Las prácticas oligopólicas y monopólicas afectan la calidad y la eficiencia de los mercados."

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Un mundo que no sabe qué hacer y que debate

 El árbol nos hace perder de vista que hay mucho bosque para descubrir, porque más allá de las fronteras de nuestro país y de los límites de nuestras anteojeras ideológicas, el mundo debate fuertemente sobre la relación entre los países y los grandes oligopolios tecnológicos. En menos de dos décadas un número pequeño de empresas tecnológicas se coronaron como la nueva élite global, desbancando a casi todas las grandes marcas de consumo masivo, petroleras, tabacaleras, bancos y automotrices del ranking de las empresas más valiosas del mundo. Son empresas cuyos valores no tienen antecedentes en la historia reciente, al punto de plantarse como actores geopolíticos con una capacidad de negociación equivalente a la de algunas naciones.

Tan es así, que se puede comparar la cotización bursátil de algunos de estos gigantes contra el PBI de países enteros. Por ejemplo, a principios de año, Apple, la empresa más valiosa del mundo,llegó a valer casi 2,4 billones de dólares (los anglosajones denominan trillón a lo que nosotros, hispanoparlantes, llamamos billón… pero para que no haya errores, el número equivale a 2.400.000.000.000 dólares). Un valor superior al PBI de países como Australia y Canadá. Peor aún, el efectivo total y las inversiones a corto plazo de esa empresa en septiembre de 2019 fueron de 100.000.000.000 de dólares, lo que es equivalente el máximo valor alcanzado por Mercado Libre, la empresa más valiosa de la región. Esto, que parece técnico, equivale a decir que Apple podría comprar Mercado Libre con la plata que lleva en el bolsillo. Para tomar una magnitud de los datos, alcanza con señalar que las reservas del banco central brasileño (la décima más grande del mundo) fueron de 379.000.000.000 a fines del 2018 -el equivalente al PBI de Argentina pre-COVID y con tipo de cambio oficial-. O sea que la mejor valuación de Mercado Libre (100.000 millones de dólares) vale el equivalente al trabajo de todos los argentinos durante el primer trimestre de un año (lo que motivó furibundos tuits de Juan Grabois)… mientras que para Apple es un vuelto.

¿Quién controla lo que hacen estas mega-corporaciones y su poder de influencia en la vida de millones de personas? El documental The Social Dilemma muestra una verdad incómoda: hay máquinas que nos conocen mejor de lo que nosotros nos conocemos a nosotros mismos y son efectivas para manipularnos con el objetivo de que permanezcamos frente a la pantalla el mayor tiempo posible, pudiendo incluso afectar nuestro estado anímico. ¿Este poder de manipulación debe permanecer auto-controlado por las mismas empresas? ¿Se supone que tienen que regularse solas? El escándalo de Cambridge Analytica puso sobre la mesa el mal uso que las grandes tecnológicas hacen de los datos personales, habilitando un proceso de manipulación colectiva de la mano de la utilización de fake news. Para colmo, cuando la Unión Europea modificó las regulaciones sobre la protección de datos personales, Google reubicó sus oficinas en Irlanda, dadas las flexibilidades regulatorias e impositivas de ese país. Mientras el poder de polarización de las redes es motivo de debate global, el tema permanece ingenuamente ausente en la discusión pública argentina, marcadamente escindida por una grieta que polariza a todo o nada y particularmente vulnerable a la manipulación a través de noticias falsas, trolls y corrupción.

"Si sos del PRO, Mercado Libre es groso y Grabois es malo. Si estás del otro lado, la UTEP es buena y Galperin es garca. Say no more, diría Charly. El lado B de estos horizontes de pre-comprensión es que inhiben la posibilidad de construir un país para todos"

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La Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (VOC, por sus siglas en flamenco) fue la primera multinacional de la historia, allá por el 1600. Algunos estiman que la valuación relativa de la VOC es hasta el día de hoy la más alta de la historia, cuadriplicando y hasta octuplicando el valor de Apple y Google, respectivamente. El antecedente es inquietante: su poder e influencia eran análogos y, en muchos casos, superiores a los de muchos “países”, reinos y territorios de la época. Su poder llegó a ser tal que podía acuñar moneda (atención al fenómeno cripto), establecer colonias y hasta incluso declarar guerras. Que los oligopolios de las tecnológicas no hagan geopolítica de esta manera no quiere decir que no tengan posturas, intenciones o estrategias geopolíticas. Google no le va a tirar un misil a nadie (por ahora), pero fue usada por el gobierno de los Estados Unidos para frenar el avance de la instalación de redes de 5G en países occidentales por parte de China, que usa a Huawei como caballito de batalla. Un poco más acá, Argentina se está debatiendo si aceptar esa tecnología china en este preciso momento.

Tanto poder convierte a cualquiera en conservador. Como dice el politólogo Ronald Heifetz, la gente no se resiste al cambio, sino a las pérdidas que suponen los cambios. Y estas empresas tienen mucho para perder: ¿quién querría abandonar el dominio de una industria? ¿Para qué cambiar? Una manera de mantener una posición dominante es a través de la adquisición de potenciales competidores. Y con billeteras kilométricas, ¿para qué asumir el riesgo de que un innovador de garaje amenace una situación de privilegio? La regla dice que a menor competencia, mayor capacidad para determinar las reglas de juego en un mercado. Es un concepto básico de estrategia: si hay baja competencia y los proveedores, los trabajadores y los clientes tienen poco poder de negociación, una empresa puede imponer sus condiciones con relativa facilidad. Para muestra basta un botón: Apple compró más de 100 empresas en los últimos 6 años. Todos los oligopolios (Microsoft, Google, Amazon o Facebook) hacen exactamente lo mismo. De hecho, WhatsApp e Instragram son adquisiciones de Zuckerberg, mientras que LinkedIn, la red social profesional, es una adquisición de Google. A contramano, Mercado Libre no usa esta estrategia ni en Argentina ni en la región. La última adquisición de la empresa en el país fue la de Lagash en 2020, con el objetivo de capturar su equipo de desarrolladores.

Mercado Libre, ¿mercado libre? Y otras preguntas que incomodan

No comprar a la competencia no salva a Mercado Libre de responder algunas preguntas incómodas. Además, ¿habría competencia a la cual comerse? Lo que sí hay son prácticas que son discutibles. Como lo indica la palabra y antes de tomar postura: son prácticas que implican y suponen una discusión o que están sujetas a ser debatidas. La grieta nos lleva a los extremos y aquí la propuesta es que transitemos el gris. No son pocos los debates nacionales alrededor de la empresa, que fue reconocida como el mejor lugar para trabajar entre las empresas de más de 1.000 empleados (del ranking de “Great place to work”), ya que el 91% de sus empleados la considera un lugar excelente para trabajar. La primera pregunta es: ¿todos sus empleados la consideran así? Los Moyano, a pesar de no ser dirigentes ejemplares, disienten. Palazzo, desde la bancaria, también. La metodología de Camioneros prácticamente anula la legitimidad de su reclamo: ¿a quién se le ocurre bloquear un centro de distribución logística en el marco de una cuarentena fase 1, inhibiendo la llegada de productos en un contexto de restricciones y afectando la cadena de pagos de las pymes durante meses de vacas flacas? Para peor, este año el incumplimiento de la decisión judicial de liberar el parque Ader puso a los Moyano del otro lado de la ley. Pero la zoncera (o la violencia) de la forma no anula totalmente el cuestionamiento de fondo. Con otro tono y otras formas, desde la Asociación Bancaria se preguntan si los trabajadores de Mercado Pago están correctamente encuadrados como trabajadores de comercio. Mercado Pago no es un banco, pero definitivamente tampoco es un comercio. La envergadura de la unidad de negocios plantea si se la puede seguir entendiendo en el marco del objeto social de Mercado Libre o si tiene independencia. El dinero electrónico, al final, es dinero y la empresa se embarca en actividades reguladas por el Banco Central, al proveer servicios financieros. Si jugamos al juego de las 7 diferencias, los trabajadores de Mercado Pago se parecen mucho más a los bancarios que a los vendedores de un shopping. El asunto no aplica sólo a Mercado Libre, sino a todas las fintech, en general. Desde la grieta, el tema se plantea sólo y exclusivamente en términos de “el modelo sindical que atrasa” o “los beneficios subrepticios y oscuros que le dieron los funcionarios macristas a una empresa que le hizo favores políticos”. Pero el asunto amerita una discusión tan desapasionada y técnica como política y sistémica, comenzando desde una pregunta abierta, que habilite diferentes posibles respuestas: ¿de qué manera armonizamos las nuevas modalidades laborales, los cambios tecnológicos y la innovación, con el respeto de los derechos de los trabajadores? ¿Cuál es el punto de equilibrio entre las demandas sindicales, el cuidado de los trabajadores y los incentivos para la promoción, el desarrollo y la inversión de las empresas, que son generadoras de empleo?

Otra pregunta tiene que ver con los algoritmos de búsqueda de su plataforma. ¿Favorecen la concentración? Inevitablemente, ante una búsqueda cualquiera, el algoritmo posiciona a los vendedores ponderándolos en un orden determinado. ¿Con qué criterio quedan posicionados? Según la empresa, la lógica es “meritocrática”, en función de la eficiencia del vendedor, que se mide con indicadores de performance como: volumen de ventas, reputación, tiempo de despacho o respuesta al cliente. La forma de mejorar el posicionamiento sin cumplir con los indicadores es a través de publicidad. El problema es que una billetera gorda cumple con todo: puede pagar la publicidad pero, además, estadísticamente, es más probable que las empresas más rentables obtengan mayores volúmenes de venta y mejores tiempos de despacho y respuesta. La buena performance del vendedor será premiada con mejor posicionamiento en las futuras búsquedas, lo que redunda en futuros volúmenes de venta. Así, los de arriba quedan más arriba, en un loop constante. Para romper esa lógica, hay que pagar publicidad, cosa que también hacen las empresas más ricas. ¿La cancha no estará demasiado inclinada? ¿Cuántos emprendedores y pymes pueden jugar ese juego? Ni hablar de ciertos segmentos, como el de tecnología y electrónica, a la que sólo se puede acceder con una categoría exclusiva de líder y en la que se compite por precio o condiciones de venta. La denominada buybox es la Premier League del comercio minorista online: solo los grandes puedan jugar con los grandes. Mercado Libre anunció recientemente el lanzamiento de tres marcas propias de artículos electrónicos y de hogar. Y surge la pregunta del millón, ¿estas nuevas marcas propias tendrán un posicionamiento privilegiado en la plataforma? ¿Les aplicará la misma lógica de posicionamiento que determinaría el algoritmo que rige el destino de las demás marcas? ¿O serán sellers con beneficios, por ser hijos del dueño de la empresa?

"El síndrome de Estocolmo es una constante entre las pymes que dependen exclusivamente de la plataforma para su comercio digital. La relación de amor/odio es razonable. Mercado Libre cumplió un rol fundamental durante la larga cuarentena decretada en Argentina, habilitando a (literalmente) cientos de miles de familias a mantener un flujo de ingresos"

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El problema no es que Mercado Libre busque su propio lucro al favorecer a los vendedores que mayor retorno le generan, sino que la plataforma sea la única alternativa de comercio digital para emprendedores y pymes chicas, que quedan “más abajo” en las búsquedas y, por tanto, venden menos. Y la gran pregunta es… ¿cómo se resuelve? El problema parece análogo al de la góndola de un supermercado, donde es sabido que los productos de las empresas chicas no llegan, dados los tiempos de pago de los retails… La Ley de Góndolas, aprobada por unanimidad, parece soviética. Forzar la visibilidad de los más chicos supone otros problemas: ¿a cuáles le dan lugar si el orden no es por mérito? Se cola la discrecionalidad. Pero lo digital plantea otro horizonte de posibilidades, ¿no se puede democratizar el criterio y darle voz al comprador, con opciones de “compre nacional”, “compre a un emprendedor”, “compre a un trabajador de la economía social” o “quiero ser el primer cliente de un usuario nuevo”? ¿Por qué esas opciones están ausentes?

El síndrome de Estocolmo es una constante entre las pymes que dependen exclusivamente de la plataforma para su comercio digital. La relación de amor/odio es razonable. Mercado Libre cumplió un rol fundamental durante la larga cuarentena decretada en Argentina, habilitando a (literalmente) cientos de miles de familias a mantener un flujo de ingresos, mientras que también fue la puerta de entrada al mundo online para muchísimos emprendimientos productivos. Democratizar es una palabra con mayúscula -demasiado grande, para mi gusto- pero es innegable que la empresa amplió el acceso y acercó a oferentes y demandantes en el marco de una plataforma amigable, intuitiva y práctica. Sin embargo, los motivos del enamoramiento no anulan los rasgos de toxicidad en el vínculo: los tiempos entre el pago del cliente y la acreditación del pago en la billetera del vendedor son inexplicablemente altos para una plataforma online, que ya tiene su costo hundido y que sólo funciona como espacio de intermediación sin la necesidad de reposición de stock de un supermercado, por ejemplo. A su vez, la empresa invierte fortísimamente en pauta digital. Si una pyme quiere llegar a su cliente de manera directa, apostando por Google, la barrera de entrada es alta. Por eso muchos vendedores se sienten relativamente cautivos. Además, las comisiones no sólo son altas, sino que además son “regresivas”. Los montos de comisión fijos pesan más para quienes comercializan por volúmenes más chicos, ya que representan un porcentaje mayor sobre el precio de venta. Con menor cintura financiera, sin capacidad para llegar de manera directa al cliente en igualdad de condiciones y con costos de comisiones regresivos, ¿estas políticas empresariales favorecen la democratización o la “oligarquización” del comercio? No se trata de aplicarle categorías de política tributaria a las políticas comerciales de una empresa, así sin más. Pero la pregunta igual tiene vigencia y validez. Es vox populi entre trabajadores de “Meli” que los avances en la política de trato con vendedores o de “experiencia del vendedor” vienen generalmente de la imitación de prácticas de los mercados donde la empresa tiene que competir con otras. Sin competencia, ¿la eficiencia pasa por apretar para abajo?

"La buena performance del vendedor será premiada con mejor posicionamiento en las futuras búsquedas, lo que redunda en futuros volúmenes de venta. Así, los de arriba quedan más arriba, en un loop constante. Para romper esa lógica, hay que pagar publicidad, cosa que también hacen las empresas más ricas. ¿La cancha no estará demasiado inclinada? ¿Cuántos emprendedores y pymes pueden jugar ese juego?"

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Regulación, competencia y transitar la incertidumbre de no tener todas las respuestas

Jurídicamente, es muy discutible que Mercado Libre sea un monopolio en Argentina o en la región. El market share (porcentaje de mercado) de la empresa en Brasil y Chile es de alrededor del 35%, mientras que araña el 40% en México. Argentina está en esos mismos niveles. Desde la empresa argumentan que el porcentaje de comercio digital representa menos del 10% del comercio total del país, lo que es un argumento falaz, dado que –más allá de que el 10% de todo el comercio del país es un disparate de mucho- a la hora de establecer si se trata de un monopolio el volumen del mercado es contingente. También afirman que compiten contra cadenas de supermercados y electrodomésticos, entre otras. Pero no está bien comparar peras con manzanas: en Argentina no hay otras plataformas como Mercado Libre, que concentren tanta oferta y demanda, como sí existen en Brasil y México, por ejemplo. También es cierto que la empresa abarca mucho pero no aprieta tanto, ya que no domina todos los segmentos: Tiendanube tiene mucha mayor presencia y dominio del segmento de tiendas virtuales que Mercado Libre. Pero más allá de si se trata o no de un monopolio en términos legales, el punto es que se comporta, en sus prácticas, parecido a uno. Mercado Libre tiene un poder de negociación con los vendedores que es incuestionable e intenso. El vendedor que usa la plataforma no sólo se apalanca sobre un “espacio digital”, sino que opera con Mercado Pago (y sus tiempos de pago), usa los centros de fulfillment de la empresa “para mejorar los plazos” y la empresa termina administrándole hasta el inventario. El poder viene del combo que la empresa impone que, para una pyme, es onmi-comprensivo. Así como griegos decían “el Kronos nos devora”, las pymes argentinas pueden decir lo mismo respecto a Mercado Libre. Quizás ese sea el motivo por el cual la empresa mide el Net Promoter Score (NPS, o la factibilidad de que “recomiendes” Mercado Libre a otros) de los compradores hace años, pero hace muy poco tiempo mide el NPS de los vendedores. ¿Esos vendedores tenían, acaso, otra alternativa? Como no la tenían, su satisfacción era secundaria.

 Más allá del debate teórico, si la empresa favorece la concentración, entonces cataliza la desigualdad y, al reducir la rotación de empresas, impacta en la capacidad de innovación del país. Y esto se da en un país donde el problema de la rotación empresarial ya es dramático: Argentina tiene 25% de las empresas cada 1.000 habitantes que tiene Chile y un tercio de las que tiene Uruguay. Somos el país de la región con menor tasa relativa de empresas registradas, llegando al escándalo de que en el norte del país haya sólo 7 empresas cada 1.000 habitantes, y de escala mayormente pequeña. Eso deriva en otros problemas de índole social y político, además de económicos. Curiosamente, si no hay un mercado con varios oferentes de plataformas de comercio electrónico –o, en su defecto, sin intervención estatal-, se ataca la destrucción creativa schumpeteriana, uno de los pilares del mundo capitalista. Se da una autodestrucción del capital por el capital. Para combatir al capital, al final, no había que ser peronista, sino libertario. El gobierno de Estados Unidos, al que nadie denominaría socialista, inició la mayor demanda antimonopolio de la historia reciente contra Google, justamente para defender los intereses del capitalismo (y la democracia), de las pymes y de los trabajadores.

Desde esta orilla, la de un profesor de escuela de negocios que fue funcionario público para Cambiemos, estos temas son tan urgentes como para el progresismo. Aunque quizás por otros motivos. Las prácticas oligopólicas y monopólicas afectan la calidad y la eficiencia de los mercados. Por eso vale la pena preguntarse si falta más regulación o si, por el contrario, falta más competencia, ya que los mercados libres suponen, también, la multiplicidad de oferentes. Un marco regulatorio más cerrado, ¿favorece la llegada de potenciales competidores de (otras plataformas como) Mercado Libre? Quizás el remedio regulatorio termine siendo peor que la enfermedad. No se trata de una apología de laissez faire, sino de una mirada crítica de los procesos regulatorios y de la capacidad de llevarlos adelante del estado argentino en las últimas décadas. ¿Los efectos buscados fueron alcanzados? Rara vez: es muy discutible. Más acá en el tiempo, que de un día para el otro se defina que Mercado Pago no puede cobrar comisiones a determinados segmentos de empresas es arbitrario e injusto. Quien construye una autopista lo hace asumiendo que va a poder cobrar peaje para repagar la inversión y llevarse una ganancia. La empresa fue pionera en el desarrollo de una economía más digital y ese trabajo cuesta. Como el dinero es fungible, ese costo es mensurable: es una inversión. El cambio de reglas de juego de manera intempestiva rompe la confianza en un país que ni siquiera durante la gestión de Macri alcanzó ¿una garúa? de inversiones. No quiere decir que las comisiones sean adecuadas, progresivas ni justas. Una cosa no quita la otra. Que los extremos del debate no nos enceguezcan. De nuevo, surge de manera imperativa la pregunta respecto al cómo. Entonces, ¿de qué manera resolvemos este tema?

No podemos importar recetas acríticamente: hay que pensar. ¿Desde dónde partimos? Argentina representa sólo el 15% de las operaciones de Mercado Libre. En un mundo global, mal que nos pese, la “argentinidad” de la empresa es muy relativa. Así como Google se movió en Europa hacia un país que lo presionaba menos, Mercado Libre puede hacer lo mismo en la región, mudando progresivamente su operación hacia Uruguay o Brasil. De hecho, cuando se discutió si la empresa había entrado adecuadamente en la Ley de Software desde la AFIP presidida por Abad en la gestión kirchnerista, la respuesta fue una amenaza de desinversión. Mercado Libre no es Techint. Puede mover sus activos con facilidad y dejar al país sin miles de puestos de trabajo y con una menor recaudación impositiva, en el contexto de un déficit estructural y (es muy probable que, por ser un año impar, alarmantemente) creciente. Estatizarla, declararla servicio público o desmembrar sus diferentes unidades estratégicas de negocios son soluciones viejas para un problema nuevo: los conceptos de regulación de competencia pensados para algunas industrias no necesariamente aplican en otras. Las plataformas dependen de economías de red y no es trivial la forma que se establezca para regularlas de manera óptima. Destruir las condiciones de rentabilidad de la empresa no es la solución: Mercado Libre agrega valor, por eso la elige tanta gente, incluso a pesar de que las críticas realizadas estén bien fundadas. El crecimiento de su valuación bursátil es un reflejo de que la organización crea valor. Los compradores encuentran productos de manera ágil y efectiva. Y, a pesar de las críticas, le agrega valor también a los vendedores, abriendo un universo de compradores que antes estaba atomizado y cuya llegada era esquiva. La empresa genera empleo, tributa y desarrolla nuevos mercados, como el caso de Mercado Pago, que fue clave para el desarrollo del mercado del dinero electrónico en el país.

La forma como abordemos los puntos mejorables no es inocua. La competencia no llega porque las condiciones de Argentina ahuyentan a los inversores. Es muy difícil tener una empresa en la Argentina actual. De hecho, muchas empresas llevan adelante procesos de desinversión porque el contexto es hostil. Tener una de las inflaciones más altas del mundo, pobreza arriba de los 40 puntos (INDEC, 2021), prácticamente 70.000 regulaciones, más de 160 impuestos y una carga impositiva que supera el 106% de imposición total para las empresas medianas (Banco Mundial, 2019), entre otros desajustes, no es gratis. El país está diseñado para obstaculizar la creación de valor no sólo económico, sino general. Por eso desde los deportistas a los científicos, muchas personas buscan un mejor horizonte de desarrollo. Por lo dicho, como el tema no se va a resolver desde el lado del mercado en el corto plazo, queda la opción de la regulación. Pero con un historial preocupante, la Argentina no se destaca por acertar en esta línea y una mala regulación puede generar mayores desincentivos para la inversión en el país, con un consecuente impacto en el empleo y, por tanto, en la mejora de la calidad de vida y en el desarrollo de todos. Avanzar “solos” en la línea de la regulación puede ser contraproducente porque si ajustamos mucho acá, las tecnológicas pueden moverse con facilidad hacia países más laxos en su normativa, como Uruguay. Las posibles soluciones implican acuerdos multilaterales a nivel regional. No va a haber una solución “a la argentina”, sino que habrá que apuntar a un diálogo sostenido, coherente y que convoque a los actores de los diferentes espacios políticos nacionales, para poder darle continuidad al abordaje del tema, como con cualquier política de estado.

"Curiosamente, si no hay un mercado con varios oferentes de plataformas de comercio electrónico –o, en su defecto, sin intervención estatal-, se ataca la destrucción creativa schumpeteriana, uno de los pilares del mundo capitalista. Se da una autodestrucción del capital por el capital. Para combatir al capital, al final, no había que ser peronista, sino libertario"

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Una crítica desde el corazón del capitalismo: el debate está abierto

Nadie tiene la receta mágica ni la verdad absoluta. El desafío pasa por definir el problema colectivamente, escuchando las voces de los compradores, los vendedores, los funcionarios, los representantes de la empresa, la academia y de otros sectores sociales, preguntándonos cómo corregir los desbalances que genera Mercado Libre, manteniendo todos los puntos positivos que tiene. El debate está abierto.

Vale la pena repasar el Manifiesto de Davos del 2020, que dejó definitivamente atrás las enseñanzas económicas neoclásicas (o neoliberales) del premio Nobel de Economía Milton Friedman, cuando afirmó que: “el propósito de las empresas es colaborar con todos sus stakeholders en la creación de valor compartido y sostenido, a través de la competencia leal y en igualdad de condiciones, tratando dignamente a sus trabajadores, brindando las mismas oportunidades a los nuevos participantes en el mercado, usando de manera segura los datos, favoreciendo una economía circular, compartida y regenerativa, y entendiéndose a sí misma como más que una unidad generadora de riqueza, al atender las aspiraciones humanas y sociales en el marco del sistema social en su conjunto”. No fueron ni el Papa Francisco ni Pepe Mujica, sino la élite económica global reunida en el Foro de Davos quienes definieron a la empresa en estos términos. Quizás éste sea un buen espejo donde mirar no sólo a Mercado Libre, sino a todos los grandes oligopolios tecnológicos.

El mundo está recién aprendiendo cómo relacionarse y convivir con estas mega-corporaciones. La empresa más valiosa de la región todavía tiene preguntas incómodas por responder. Y sería bueno que buscara respuestas sinceras, atendiendo y entendiendo que no la interpela un colectivo que desconoce las dinámicas del mercado o que está ideológicamente sesgado o cegado, sino que la consulta surge del corazón del capitalismo global: ¿crean valor para todos? ¿Usan nuestros datos de manera adecuada y segura? ¿Favorecen dinámicas de economía circular y son ambientalmente responsables? ¿Les dan las mismas oportunidades a los nuevos participantes? ¿Fomentan una competencia en igualdad de condiciones? ¿Aspiran a la mejora continua de las condiciones de trabajo y al bienestar de los empleados? A la luz de los párrafos anteriores, algunas respuestas ameritan ajustes y replanteos por fuera de todo análisis maniqueo, polarizado o desde las trincheras de la grieta.

*Santiago A. Sena (PhD), Prof. y Lic. en Filosofía. Consultor y profesor en el IEEM, Escuela de Negocios de la Universidad de Montevideo.

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