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27 de diciembre 2022

Andrés Mainardi

MAR DEL PLATA MON AMOUR

Tiempo de lectura: 7 minutos

Para Ana

Uno nunca escribe solo, uno nunca escribe para uno.

Le cuento a Dora, profesora, editora y amiga, que tengo un texto imposible. Viene a mi casa, tomamos tereré y leemos en voz alta. Al comenzar, el tono se cae por su peso. Naturalmente. Ella dice: el cuerpo del escritor no está. Mi cuerpo no está. Porque el tono es la única pista para saber si un escritor estuvo ahí cuando lo hizo. Igualmente ella pide que siga. Terminamos. Me propone arrancar de cero. Hoja en blanco. Pero teniendo en cuenta tres advertencias.

La primera es que no me olvide a quien le estoy escribiendo, su dedicatoria. La segunda, es que si quiero escribir íntimamente, tengo que hacerlo con total sinceridad. La tercera y última, me pide que antes de irnos, leamos Salvame, un texto de Leila Guerriero. Salvame de necesitar la mirada de los otros. Salvame de ambicionar el camino de los otros. No me salves de mí. De todo lo demás: salvame.

La nota inicial iba a ser sobre el viaje al Festival Internacional de Cine en Mar del Plata. En un primer intento, quise unir todas las películas que vimos, lo que pasaba en la ciudad, lo que nos pasaba y lo que me pasaba a mí. Todo en un solo documento. Fue tal la ambición que me olvidé lo más importante: recordar es omitir, elegir qué decir es olvidar.

Un paréntesis alrededor del mundo.

Fue en esta misma revista que hace unos sábados leí Somos novios de Juan Di Loreto. Los amantes son ciegos, invisibles para la vorágine cotidiana. Hay que estar atentos para encontrarlos. Nadie los ve pero ahí están. Entonces, pienso en sentido inverso: ¿cómo hago para volverme invisible en estos días donde todo está sobreexpuesto?, ¿cómo se le gana a la demanda de la vida cotidiana?, ¿cómo hago para escribir con el fin de año en los talones? ¿cómo hago para decir algo después de salir campeón del mundo?

Elijo refugiarme en mi guarida. Ser amante. Destapo un vino, corro las cortinas y abro las ventanas. Es de noche. La temperatura baja diez grados. Aunque esté en Rosario, una brisa fresca, casi como de la costa, trae el perfume del mar. Inhalo. Una pila de imágenes entran en mi cabeza. Confecciono un álbum mental. Las fotos de un viaje son su recuerdo. Recordar es imaginar. Así que elijo un día. La condensación. El corazón es un recorte. La captura. Ese destello de luz que ilumina la oscuridad de la memoria.

"¿cómo hago para volverme invisible en estos días donde todo está sobreexpuesto?, ¿cómo se le gana a la demanda de la vida cotidiana?, ¿cómo hago para escribir con el fin de año en los talones? ¿cómo hago para decir algo después de salir campeón del mundo?"

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Los días que aprendimos a querernos.

Llegamos el domingo pero hoy es lunes. El desayuno es un ritual. Frutas cortadas con paciencia, tostadas a fuego lento, pasta de maní untada a la perfección, mate a temperatura ideal, dos vasos de agua fresca con hielo.  Bocados y sorbos. Nuestros cuerpos reviven después de una primera noche en la cama de un hotel.

Salimos y avanzamos por la ciudad. Todo lugar es una batalla por el lugar. Guerra de símbolos. Bricolaje de sentidos. Muchas épocas dentro de un mismo presente hablando. Todas al mismo tiempo. Mar del Plata tiene eso. En veinte cuadras uno puede ver aristocracia, populismo, modernidad, posmodernidad y decadencia. Todo lo sólido se materializa en lo sólido. De la casa de las Ocampo traída en barco desde Inglaterra, pasando por los hoteles de los sindicatos con vista al mar, hasta la peatonal abandonada, hay un tiempo. Y en ese tiempo, su combinación, eso que también juega. El aire.

Entramos al Teatro Colón. En las vacaciones el reloj se da vuelta. Creo que nunca entré a un cine por la mañana. Le toca a la cara bonita. El homenajeado del festival. Leonardo Favio. Florencia Angilletta, escribió sobre su persona el sábado anterior a que aprendiéramos este viaje. Cuando entramos a la sala una de las máximas de ella se me viene al cerebro. Favio, simplemente es capaz de mostrar la belleza en el dolor. ¿Te duele? Pero te gusta. Y así. Arlt le escribió al resentimiento; Favio no: le escribió a la devoción.

El dependiente es una historia en blanco y negro que abre otras historias. Leonardo Favio supo en este film  -y en todas sus otras películas- retratar el amor en todos sus vórtices. Pero también pintó el paisaje de un país. Tan profundo como largo, tan ancho como hondo.

La película explica mejor lo que es una familia que un congreso de psicoanálisis. Y de esa manera retrata los sueños de un pueblo. La historia inconsciente del Interior. El anhelo de un pueblerino argentino, tener una ferretería, un boliche propio. El deseo de una mujer de pueblo, ser la mujer del dueño del boliche. Ser alguien más allá del padre. Hacer algo más allá de la madre. Formar otra familia para irse de la familia.

Además de drama, Favio es comedia, porque además de lentitud, Favio tiene gracia, picardía. No es un tango llorón. Es un cantautor, un coplero de canciones tristemente alegres. Y a su vez, un gran director de fotografía. El esteta de una idiosincrasia. La plástica cinematográfica de un país peronista. Su obsesión. Contar con planos. La pantalla grande argentina la hizo un hombre ciento por cien argentino.

"Además de drama, Favio es comedia, porque además de lentitud, Favio tiene gracia, picardía. No es un tango llorón. Es un cantautor, un coplero de canciones tristemente alegres."

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Salimos y el día está a nuestro favor. Quedan dos horas para la siguiente película en las salas del Paseo Aldrey. Un shopping que antes de transformarse en un centro comercial iba a ser un centro cultural. Pero algo pasó en el medio. Business are business.

Antes de entrar a la sala, admitimos, no sabemos de dónde es la directora, ni tampoco el origen de su producción, por eso, desde el comienzo hasta el final, nos cuesta identificar el acento, ¿Colombianos? No, muy dulces, ¿Venezolanos? No, muy entonados, ¿Entonces? Ninguno se imaginó un acento costarricense.

La temática familiar se torna más oscura. Más dolorosa. Un Edipo sin velo, porque tal vez, lo que no tuvo la película de Favio, fue el color que tiene la ópera prima de Valentina Maurel, Tengo sueños eléctricos.

La película es una piña en el estómago pero sin golpes bajos. Un aprendizaje. Ni el exceso de figura paterna, ni el exceso de figura materna le hacen bien a ninguna infancia. Y en el dolor, la verdad. Más allá del principio del placer. La agonía de una niña que desea la oscuridad de su padre, pero que allí, sin advertencias, se encuentra con un hombre que le propone un mundo excesivamente hostil, sin límites, con un amor tan intenso como voraz. Pero al mismo tiempo, una madre que ve en su hija la competencia por un hombre que no la supo querer.

Y entonces, la soledad, el camino que le toca a Eva para hacer un camino.

El proyector desprende imágenes tan hermosas como monstruosas. La contradicción se hace nudo en la panza. Porque maldigo y a la vez admiro a esos tipos que creyeron que escribir bien era pasarla mal. Mentes brillantes que no supieron construir familias que se amen. Ese es el padre de la protagonista. Un hombre que no puede superar sus vanidades. Que quiere tanto a su hija que la quiere mal.

Es tarde pero la temperatura es ideal para caminar. Damos una vuelta y terminamos frente a los Lobos de Fioravanti. Mientras fumo, Ana mira el mar. Ninguno de los dos habló desde que salimos de la sala. Ella llora a mi lado. Es un ruido inconfundible. Ese temblar del otro que se percibe antes de girar la cabeza. Entiendo y a la vez no, el efecto de una película que tarda en golpear. El llanto contenido. El nervio óptico hecho pedazos. Tengo los ojos secos y el alma estrujada. La abrazo y decido no hablar. Largo el humo del cigarro apuntándole a la luna.

Hay momentos en los cuales lo único que hay que hacer es no hacer nada. Aguantar, suspirar. Dejar que el otro se hunda en sí y poner una red. Ahí donde está el vacío, tejer algo, como la tela de una araña, sútil, en silencio. Mientras las olas avanzan sobre la playa, una pregunta vuelve sobre mí.  ¿Con  qué se llora una película? Con los ojos pero también con el corazón. Con ese tiempo que tarda una lágrimas en recorrer la mejilla.

"Muchas épocas dentro de un mismo presente hablando. Todas al mismo tiempo. Mar del Plata tiene eso. En veinte cuadras uno puede ver aristocracia, populismo, modernidad, posmodernidad y decadencia. Todo lo sólido se materializa en lo sólido."

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Caminamos. Avenida Colón, donde está el hotel, es la cuadra más ventosa de la ciudad. Ana me pide por favor que no vayamos por ahí y elegimos una calle paralela. Creo que el amor es eso, escuchar al otro y tomar un atajo. Salir de la calle principal y darle una vuelta al destino. Descubro. Ir contra el viento es más fácil si se hace de a dos.

 Nos acostamos. Ella se duerme al instante. Tanteo la mesita al lado de la cama. Abro uno de los libros que traje. Me quedo leyendo un rato. La luz del velador pega sobre la pared y la habitación parece estar dividida en dos mitades. Cuido su sueño. Respiro despacio. Leo un poema de Irene Gruss. Dejo mi mano sobre su espalda. Siento en sus exhalaciones la calma después del desahogo. El movimiento de sus pulmones me generan un alivio incomprensible. Vuelvo al poema.

Película

Campos donde el pasto

o el trigo se mueven

al mismo tiempo que la música,

el mismo sonido -grabado fielmente- del viento que los

mueve, yo querría

ver y oír el mundo así,

es de noche, ha empezado a llover – posiblemente en mitad

de la película-, todavía sigue cayendo una llovizna

insulsa, la gente se mueve por la peatonal, al mismo ritmo

decirme: “por suerte y otra vez, el cine

no me ha decepcionado,

¡ese actor, esa actriz! Valió la pena”

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