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15 de marzo 2021

Daniel Wizenberg

LOS MILLENIALS VERSUS LA DICTADURA SUPERSTICIOSA

Tiempo de lectura: 5 minutos

“Tenemos que obligar a la realidad a que responda a nuestros sueños” dijo Cortazar alguna vez en una entrevista y solemos hacerle caso, la post verdad también tiene buenas intenciones. Han proliferado algunas notas en las últimas semanas sobre las protestas en resistencia a la dictadura birmana, se habla del empoderamiento de las mujeres y del carácter revolucionario de quienes protestan. Antes, hace muchos años, salían notas así sobre Aung San Suu Kyi: tantas que le dieron el Nobel de la Paz. Sobre una base de realidad montamos una superestructura de ilusión. No podríamos vivir de otra manera pero el problema de la ilusión es cuando no se cumple. Entonces queda sólo lo concreto, lo estructural, desapasionado, gris, formal, contradictorio, complejo. Ahí está, y muy a la vista en Myanmar, la geopolítica: los puertos chinos, el puerto indio, la ruta de la seda, el opio, los hidrocarburos, el eje viario de la ASEAN, las obras con financiamiento japonés y la tristeza de una certeza: no hay manera de sacarle el poder a una minoría de uniformados supersticiosos en los que Beijing confía.

Las protestas de las últimas semanas en Myanmar explotan el costado cabulero de los milicos y los manifestantes arman barricadas tendiendo pareos de lado a lado de la calle: da mala suerte pasar debajo y los soldados no pasan. Pasan por encima de cubiertas de auto en llamas, derrumban muros de piedra, entran a las casas y secuestran activistas, ocupan hospitales matan militantes después de torturarles, pero por debajo de la barricada de pareos no pasan. No lo podemos entender pero aquello con-lo-que-no-se-jode es inherente a cada comunidad: no lo tenemos que entender.

Las revoluciones en el extremo oriente son lentas, el tiempo es mejor aliado que cualquier país. Al proceso de escasez de bienes e insumos como consecuencia de la caída de la Unión Soviética a principios de los 90 que en Cuba  llamaron “período especial”, en Corea del Norte le imprimieron taoismo y lo denominaron “la Ardua Marcha”. Mao buscó la revolución más largoplacista, la cultural. Vietnam le ganó una guerra al número 1 del ranking por cansancio. Suu Kyi aceptó ser la líder del Estado sin tener el poder, “había tiempo para eso”. Aung San Suu Kyi era la resistencia pero no era Mandela, es una occidentalizada pero es tan nacionalista y budista como los militares y como la mayoría en su país. Todas las medidas que tomó, como su gestión del problema rohingya, fueron condicionadas por dos factores: las reglas de juego que impusieron los militares y el frentetodismo budista democrático de su base electoral. Ninguno de esos factores es el externo, que quedó relegado a un plano menor.

Las protestas de las últimas semanas en Myanmar explotan el costado cabulero de los milicos y los manifestantes arman barricadas tendiendo pareos de lado a lado de la calle: da mala suerte pasar debajo y los soldados no pasan.

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Quizás el momento de la ruptura con los militares, tras ganar por mucho la reelección a fines del año pasado, se aproximaba. Y por eso la bajaron, por eso dejó de ser la líder del Estado. Técnicamente no fue un golpe porque juró una constitución que daba la potestad a los militares de sacarla. Intentó reformarla y cuando no pudo, en vez de renunciar, dijo: “ya volveremos a intentarlo”.

Las manifestaciones en las calles de estos días son la expresión de esa estrategia de continuar la lucha por otros medios. Ahora, parece, es sin Occidente, que no propone más aislar al país con embargos hasta que liberen a “la dama”. A Suu Kyi no la idealizamos más, estamos indignados porque no frenó el genocidio a los rohyngas, pero idealizamos en cambio a su base electoral, al mismo pueblo que Suu Kyi sigue y lidera. “La dama” tuvo que elegir entre ser la Nobel o la líder. Ser una Nobel para afuera, como Rigoberta Menchú, que va a muchas conferencias pero no gana una elección, o como Obama que va a la guerra con el nobel de la paz en la mano.

Desde lejos todo nos parece un fenómeno nuevo, le damos F5 a la realidad esperando el mesías: cada irrupción popular nos entusiasma, desde Bielorrusia hasta Ucrania, desde los Indignados hasta la revolución de los paraguas en Hong Kong, es una esperanza de libertad, de despertar democrático. Pero cada despertar sucede a un sueño distinto. Lo que estamos viendo en Birmania no es la emergencia sino la continuidad de algo: es la misma mayoría que presionó durante 20 años a los militares para que libere a Suu Kyi, para que se vayan todos, para que vuelvan las urnas. Solo que hubo un recambio generacional y los activistas ahora, sí, tienen celular y a través de él acceden a más información y tienen otro intercambio cultural: vieron los Juegos del Hambre y reproducen la señal de lucha que se hace ahí con 3 dedos en alto, vieron que en Tailandia, al lado, protestan así, saben que en Occidente denuncian el golpe, son conscientes del fantasma del feminismo recorriendo el mundo, buscan en Google cómo hacer escudos, y sí, toman, adaptan, reproducen, inventan, luchan por la democracia. Pero son las mismas mayorías que siguiendo el nacionalismo anti musulman fueron cómplices de un holocausto digital contra los rohynga posibilitando el real, los mismos muros que hoy piden libertad son los que difundían fake news sobre minorías étnicas. Conocen las supersticiones de los militares porque son sus propias supersticiones. El líder de los militares llegó al poder gracias a una superstición, lo eligió el general supremo basándose en parámetros numerológicos, sin mirarle el CV. Y ahí está, desplazando a Suu Kyi, metiéndola otra vez presa. Entre los bandos que luchan a favor (54 millones) y en contra (menos de 500 mil) de la democracia, hay algo familiar, que como diría Freud, se vuelve ominoso.

Lo que estamos viendo en Birmania no es la emergencia sino la continuidad de algo: es la misma mayoría que presionó durante 20 años a los militares para que libere a Suu Kyi, para que se vayan todos, para que vuelvan las urnas.

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Los militares tienen organización y vencen el tiempo. La correlación de fuerzas se tensiona en suelo birmano entre el establishment budista, la influencia externa liderada por China, el poder militar y las masas democráticas de la Dama. La etnia mayoritaria batmar segrega a decenas de minorías étnicas en las provincias de kachin, shan y rakhine mientras defiende la democracia en la ex capital Yangon. El ministro de Defensa de Japón piensa que boicotear 100% a los militares “solo va a fortalecer sus vínculos con los chinos, alejándose de las naciones libres”: entonces no les venden más cerveza Kirin ni motos Suzuki pero no suspendieron el financiamiento de los proyectos de infraestructura del proyecto Kaladan.

Los militares siguen oliendo a rancio, los manifestantes huelen a nuevo y a todos nos gusta el olor a nuevo. Lo nuevo entra por Internet, ahí se explota nuestra avidez de novedades y por eso los militares cortan frecuentemente la conexión, norcoreizan el país de a ratitos, cuando lo abren proponen una “democracia disciplinada”. Son los millennial versus la dictadura supersticiosa sí, pero no. Porque la única manera de que, adentro, una minoría consolide el poder en contra de una inmensa mayoría, es con apoyo externo. En algún punto las luchas terminan cuando Myanmar se vuelve solo un lugar de paso entre India y China, un ítem de negociación en escritorios de salas de reuniones muy lejos de Yangon, un sitio en el que todo termina siendo al revés de lo que pedía Cortazar, ahí los sueños son obligados a responder a la realidad.

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Comentarios

  1. Silvia

    el 20/03/2021

    Estuve en Tailandia, en 2002, con un grupo de mediadores de Cruz Roja Internacional observando los procesos de migraciones y la ayuda a refugiados en Myanmar. Este articulo hace un aporte sustancial en la explicacion contextual del proceso.

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