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25 de enero 2021

Pablo Cano

LOS DOS CRISTINISMOS, CRISTINA Y EL (DES) EMPATE

Tiempo de lectura: 7 minutos

“Una minoría intensa” fue el rótulo con el cuál Marcos Peña -verdadero factótum de la experiencia política macrista- etiquetó al kirchnerismo cuándo éste tuvo que emprender su derrotero en la oposición. Asimismo, privilegió a Cristina Kirchner como contrafigura de Macri en una diada sumamente efectiva y que dio entidad cultural a la grieta: “pasado/futuro”, “corrupto/honesto”, “populismo/república”, fueron vectores en los cuales se apoyó un eficiente relato de época que contó con todo el soporte comunicacional que -ya con el manejo del Estado- se hizo más potente aún.

La historia es conocida, esa minoría intensa eligió un territorio como trinchera –el conurbano bonaerense-, sostuvo con intransigencia sus banderas aún en la derrota y funcionó como esa bolita pesada en el colchón que por el propio efecto de su peso atrajo todas las bolitas similares, llevando al Peronismo y a Alberto Fernández a la presidencia de la Nación.

Ahora bien, ¿eran una minoría intensa? La pregunta tiene hoy otras implicancias porque, por un lado, lo que se desanda de la misma es auscultar la amalgama de la coalición gobernante. Y por otro lado parece necesario preguntarse si ese conjunto abroquelado ante la adversidad del tiempo amarillo sigue siendo lo mismo hoy que enfrenta otra realidad.

la proporción de aquellos que tienen imagen positiva de CFK y acompañan la gestión de AF es mayor que a la inversa

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Datos, percepciones, intuiciones

Ya transcurrido el primer año de gestión del FdT, las encuestas -que sirven de poco para adivinar melodías pero bastante si uno opta por seguir el ritmo- mostraron una constante: la imagen de Alberto Fernández estuvo siempre por encima de la de Cristina Kirchner. Para aquellos que gustan de ver métricas, el primer dato es que el universo de acompañamiento de AF es más grande que el de CFK. El segundo se colige un poco de husmear los Excel y otro por aplicación del sentido común: la proporción de aquellos que tienen imagen positiva de CFK y acompañan la gestión de AF es mayor que a la inversa (hay quienes teniendo buena imagen de AF no la tienen de CFK). A veces lo simple suele ser cacofónico, pero no por ello menos cierto.

 Esto no implica que exista, por lo menos en la opinión pública, un “albertismo” superador del “Cristinismo/Kichnerismo”. Pero sí da la pauta de que esa minoría intensa del 2016/2019 hoy no es patrimonio exclusivo de Cristina y que prácticamente la totalidad de ella -aún con matices- está ordenada sobre el acompañamiento a la gestión de AF. Parece una obviedad irrelevante este señalamiento, pero es necesario resaltar este dato porque impide cualquier ejercicio racional de acción política que implique abandonar el gobierno. O incluso, de tensionarlo más allá de los señalamientos epistolares y/o presenciales que Cristina ha jalonado en los últimos meses.

Podríamos decir que existe un “Cristinismo Pragmático” que sigue reconociendo la autoridad política de CFK pero sobre el cual no parece prudente exigirle estadios revolucionarios que pongan en riesgo la causa común. Esto que ocurre en la ciudadanía de a pie también tiene correlato en la nomenclatura de los espacios de poder. Hacer nombres propios de funcionarios en esta línea parecería forzar un checklist respecto de quién está de cada lado, pero va de suyo que aquellos que ocupan lugares en la gestión se entroncan en esta línea a la cual podríamos otorgarle cierta fecha de nacimiento con -aquí sí hacemos nombre a mérito de reconocimiento- aquel hilo de twitter con el cuál Agustín Rossi en julio del año pasado lustró su chapa de kirchnerista paladar negro y al mismo tiempo pidió bancar a Alberto.

existe un “Cristinismo Pragmático” que sigue reconociendo la autoridad política de CFK pero sobre el cual no parece prudente exigirle estadios revolucionarios que pongan en riesgo la causa común

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Sin embargo -sin embargo-, la gestión del Presidente cruzada por pandemia, herencia y funcionarios que no funcionan dejan un resquicio para aquellos que, ante la falta de resultados de bolsillo, reclaman resultados políticos y demandan resultados económicos. Si Rossi tiene la partida de nacimiento del “Cristinismo Pragmático”, el gafe de “Vicentín” abre el tiempo de cuestionamientos desde el lado más radicalizado sobre la impericia y/o tibieza del Presidente para poner en caja a los poderes reales del país en beneficio de las mayorías populares. La inflación, o mejor dicho, la incapacidad para contener los precios de alimentos, está siendo el llamador de aquellos menos politizados. La reforma judicial/presos políticos funciona como aglutinante de los que se sienten “más” militantes.

Este “Cristinismo ortodoxo” luce también en los pliegues de las encuestas. Más marginales estadísticamente pero existentes en la realidad a fuerza de su “intensidad” crean un clima de ambivalencia que emerge en memes, grupos de whatsap y pequeños ámbitos de discusión, por lo general cercanos geográfica y/o espiritualmente a la zona de Rodríguez Peña al 100. No son el preámbulo a una ruptura, puesto que su incondicionalidad los hace incapaces de esbozar en público una definición política que le compete en exclusividad a “La Jefa”. Tampoco son representativos de algún plano de poder real (sindicatos, territorios, medios, etc.). Pero sí permiten sostener una tirantez que puede mutar de funcional a disruptiva en cualquier momento configurándose como un activo de riesgo en la jerga de los traders.

Ambos “Cristinismos” tienen este año en la lapicera de los cierres de listas un evento principal y probablemente a medida que corra el calendario esa discusión alejada del termómetro de la realidad los ponga en un limbo que hará las delicias de los comentaristas pero que aportará poco a la resolución de ese particular conflicto de poder.

La inflación, o mejor dicho, la incapacidad para contener los precios de alimentos, está siendo el llamador de aquellos menos politizados. La reforma judicial/presos políticos funciona como aglutinante de los que se sienten “más” militantes

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Cristina

“Cuando Cristina parece ser racional en lo político, está siendo táctica”, dice a modo de elogio y crítica un peronista del interior del país que compartió con la vicepresidenta varios momentos de su gestión.

La centralidad de CFK a veces suele confundir sobre los términos de esa percepción. Sin quitarle mérito a Cristina, debe ponerse en perspectiva lo que su figura expresa para entender que su preponderancia en el escenario político es la continuidad del “empate hegemónico” señalado hace varias décadas por las ciencias sociales locales y que, en términos de proceso histórico, se empieza a cocer después del golpe del 30 y se cristaliza desde la caída de Perón en el 55. El modelo de acumulación y distribución que propone CFK es la continuidad de ese legado que comienza a fraguarse a partir del proceso de migración interna e industrialización de los grandes centros urbanos sucedido hace mas de 80 años. Y la oposición a tal modelo es la resiliencia del modelo agroexportador del S XIX… Quizás la apetencia de las clases acomodadas chinas por la carne vacuna esté prologando un neo Roca Runciman (no se apresure a putear y vea la evolución del capitalismo para reconfigurar los toma y daca de hace 100 años).

Cristina le agrega a ese lugar que ocupa la impronta de su estilo y de su forma de comprensión respecto de las alianzas necesarias para lograr “el desempate”. Y en eso determina que su principal alianza es el voto de las clases populares, donde incluye desde el enorme universo de personas que viven de su vinculación con el Estado hasta asalariados formales de ingresos medios/bajos combinados con pequeños cuentapropistas. Un universo que va desde el que no le alcanza hasta los que apenas pueden vivir al día. Respecto de los que puedan ahorrar, reserva para ellos la interpelación desde lo ideológico llamando a una alianza de las clases medias con las populares expresando que las mismas comparten destino en un país que se enfrenta a la desigualdad como mayor tragedia.

SI hubiera una ambivalencia entre pragmatismo y ortodoxia en Cristina, ésta quedaría saldada por un “son los votos, estúpido” dado que ella demuestra que la única fiabilidad sobre la que se recuesta en defensa de su presente y su legado es el caudal electoral. Quizás sea esto lo que más incomoda al peronismo tradicional que siempre se tienta en sintetizar la representación popular a partir de acuerdos de cúpula y de roscas de caciques que sueñan con una Moncloa constante.

La elasticidad de Cristina fluye por abajo mientras que por arriba, fiel a la tradición instalada por Néstor Kirchner, emite señales que remiten más al patio de las palmeras de sus años de Presidenta que al cómodo despacho de la Presidencia del Senado. En el por abajo asienta poder real por todos los lugares que le interesan dentro de la botonera de la gestión. En el por arriba dispara la munición gruesa que su público mas enfervorizado festeja y, al mismo tiempo, lleva la única batalla que viene regularmente perdiendo, la que la tiene a tiro de sentencias firmes dictadas por un poder judicial que mayoritariamente la aborrece y que homogéneamente comparte el bando contrario del “empate”.

La elasticidad de Cristina fluye por abajo mientras que por arriba, fiel a la tradición instalada por Néstor Kirchner, emite señales que remiten más al patio de las palmeras de sus años de Presidenta que al cómodo despacho de la Presidencia del Senado

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Difícil es imaginar la ruptura de ese empate en el corto plazo y quizás aquí se encuentre la tragedia de estos tiempos. Ni unos ni otros lograron en el mejor momento de acumulación de fuerzas sentar la base de ese desempate. A su modo, Macri y Cristina creyeron protagonizar el momento bisagra y ambos encontraron, en lo que pensaban que era su base de apoyo social, un recule-a su juicio -inmerecido.

Por eso, la preocupación que CFK luce en público -el reclamo presentado en La Plata luce a ruego si se lo desarropa de los modos de la vicepresidenta- también debe extenderse a una salida oblicua a ese empate, lo que sería que el peronismo pierda su base electoral no a manos de una derecha “moderna” como le sucedió en el 2017, sino que surja una atomización de esa representación en caudillajes antipolíticos que sean funcionales a esa derecha por llevar hacia el nihilismo a un grueso de ese par de generaciones cuyo trayecto vivencial en la marginalidad, aún con la asistencia del Estado (pero sin luz al final del túnel),  empieza a juntarse con los adultos mayores de 50 años que empiezan a solidificar la desgracia de las clases medias bajas. Las que en vez de pegar el salto, se hunden.

Hace casi 15 años un cómico italiano empezó a enterrar el sistema político de la bota lanzando el “vaffanculoday” con el trasfondo de las promesas incumplidas de un sistema político europeísta para mejorar la vida de la gente. Sin el plafond de la UE, el temor a que un Dipy de ocasión aguarde a la vuelta de la esquina para quebrar la historia en favor de los que siempre la escriben podría ser el desvelo mayor que aqueja no solo a Cristina, sino también a aquellos que se convencen de que la salida de la pandemia, aquí y en el mundo, va a dejar un mazo nuevo para jugar un juego hasta ahora desconocido.

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