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LOS DÍAS EN ROSARIO

Tiempo de lectura: 9 minutos

Después de los cuatro asesinatos civiles bajo amenazas que atravesaron a Rosario durante marzo, el diario íntimo que arranqué al comienzo del año, mutó. El presente cambió de forma abrupta, entonces, su relación con él también. Esta es la publicación de algunos de esos días oscuros. Esta es una bitácora infectada por el dolor y la extrañeza que no quiere que la muerte se quede con la última palabra. Escribir un diario es vivir dos veces.

jueves 7 de marzo

Al mediodía abren las sesiones ordinarias del Concejo Municipal. El intendente dará su quinto discurso de apertura consecutivo. Antes de salir de casa, miro WhatsApp y veo los mensajes en los grupos. Mataron a dos taxistas en una noche. Salgo, agarro la moto y voy para allá.

Estaciono y en la puerta hay quilombo. Alguien le pega a un policía, una legisladora entra por la ventana, otra exagera una especie de llanto, los medios meten cámara y micrófono por todos lados, buscan testimonios entre los gritos. La seguridad cierra la puerta. El clima está caldeado. El personal, los políticos y algunos periodistas quedan encerrados dentro del Palacio, afuera un grupo de taxistas organiza la bronca hasta disiparse.

Las autoridades deciden suspender la ceremonia. Desde hace doce años, tal vez más, la política rosarina vive en un loop infinito de solemnidad. Un simulacro eterno. El extremo centro que se disputa la ciudad vive en un teatro permanente de acusaciones que llevan a la inacción y el malestar general de la gente, esa que le confía su voto cada dos años.

Ante la escalada de violencia, el oficialismo local construyó una lógica de no-gobierno, un discurso vecinal que propone la victimización como respuesta al crimen. Una parte de la oposición, desde su gloria comunicacional, ha construido su propia impotencia: un hilo de Twitter, un reel de Instagram y una salida en radio como respuesta a todo. Otra parte, juega a ver qué hacen los demás para tomar posición.

El intendente dará su quinto discurso de apertura consecutivo. Antes de salir de casa, miro WhatsApp y veo los mensajes en los grupos. Mataron a dos taxistas en una noche. Salgo, agarro la moto y voy para allá

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La realpolitik rosarina condensa tres modelos funcionales: Javkin puede ser intendente pero no quiere, Monteverde quiere ser intendente pero no puede, el peronismo, no tiene un líder que pueda romper ese espejo.

Por la tarde, alguien para un colectivo, sube y dispara contra un chofer. Vuelvo a casa y en el palier del edificio está Rosa, la vecina del sexto piso, una jubilada que vive sola. Petrificada, agarrada a su monedero, dice que tiene miedo de salir porque vio por la televisión que andan por la calle tirando tiros, ¿quién?, le pregunto, por los autores de los disparos, la televisión responde.

Si querés esconder algo

ponelo entre muchas cosas iguales,

¿cómo escondés una gota de agua?

la tirás al río.

Si querés esconder algo

mostráselo a todo el mundo,

¿cómo escondés un crimen?

inventás una guerra.

La paranoia es un campo de batalla,

detrás está la vida,

también se esconde,

como vos tiene miedo de salir.

No hay asesinos de izquierda,

No hay víctimas de derecha,

¿Cómo destruís una ciudad?

La llenás plata, la vaciás de poder.

domingo 8 de marzo

Al mediodía tenemos un asado familiar en Funes. La ciudad donde Messi y Di María están con sus familias cuando vienen a la Argentina. Los astros rosarinos brillan cada vez más lejos para la ciudad. Pido un remís y miro WhatsApp. Así me entero de la muerte de Bruno Bussanich, el playero asesinado a sangre fría por tres tiros cobardes.

Mi novia todavía no usó el celular durante la mañana. La noto feliz después de una semana de mucho encierro. Ceba un mate, sonríe y mira el viaje por la ventanilla. No quiero destruir su momento de tranquilidad. Trago la noticia y repito: querer también es callar.

Llegamos y el remís nos deja en la puerta. A lo lejos, se ve la sombra de un hombre que camina. Cuando se acerca, su mochila suena a herramientas. Vengo desde Rosario, dice, no hay colectivos, no puedo pagar un taxi y necesito trabajar para darle de comer a mi familia, agrega. Le devolvemos un silencio y una mirada.

Pienso en las circunstancias en las que alguien tiene que vivir para no poder decir que no. Decir que no a caminar por el costado de la ruta, bajo el rayo del sol, con casi cuarenta grados de temperatura, un día donde no hay colectivos, ni taxis, ni plata que alcance para moverse. Imagino también los ojos del patrón, los billetes, la complicidad. La dialéctica del desastre.        

Desde hace doce años, tal vez más, la política rosarina vive en un loop infinito de solemnidad. Un simulacro eterno

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Por la tarde, por suerte, llueve y salgo a caminar bajo el silencio de los árboles, necesito humedecer el cerebro, sentir el cuerpo, refrescar las ideas. Al rato, freno bajo el toldo de un kiosco. Un amigo que vive en Europa está preocupado por la situación y quiere llamarme. Charlamos media hora.

los amigos se fueron

y el silencio del barrio late

en un corazón que bombea lento

el deseo por vivir

en un lugar

donde la muerte no sea

la única moneda

con la que se paga las cosas.

miércoles 13 de marzo

Paz romana. Hace un par de días que nadie mata a nadie. Una compañera de trabajo me pide que la acompañe a Empalme Graneros, vamos a visitar una obra abandonada por el Estado nacional desde la asunción de Milei. Me pide que lleve el teléfono y registre el 30% en el que quedó el proyecto. Agarro la moto y salgo para el noroeste.

Saco el celular y tres adolescentes clavan sus ojos en mis manos. Un Iphone, un Iphone, un Iphone, repiten al unísono. Siento pudor. Se acercan y piden si pueden sacarse una foto. Les digo que sí y les apunto con el teléfono. Una selfie, una selfie, una selfie, repiten, otra vez, al unísono. Acepto y les presto el teléfono, por dentro, rezo para que no me lo afanen.

Cambian el modo a la cámara frontal y empiezan a posar. Primero apuntan sus dedos (índices y pulgar) mirando al cielo, sus manos forman pistolas, después, uno se saca la remera para taparse la cara, otro se pone unos lentes de sol y se arregla el flequillo, la estética criminal, los gestos de la bronca: gobernar el cuerpo es gobernar el alma, el deseo.

Los veo alejarse y los persigo. Se acercan hasta el auto de mi compañera estacionado en la calle y sacan una foto contra el reflejo del vidrio polarizado. Repiten la palabra Iphone tantas veces hasta agotarla. Uno de ellos me devuelve el teléfono y agenda su número, aclara que quiere que le pase las fotos contra el vidrio porque ahí se nota que el teléfono es un Iphone.

Se las mando y cuando les llegan sus caras de felicidad son reales. Las imágenes son de mentira. Sigo con mi trabajo, ninguna de las personas presentes entendió la secuencia.

Esa zona de Empalme Graneros es una zona primero olvidada, después peligrosa. A dos cuadras de la obra abandonada por el Estado nacional, fue asesinado por un bala perdida, Máximo Jerez, un pibe de once años que perdió la vida por vivir muy cerca de la muerte. Un pibe del que también, de mis épocas de militante barrial, tenía fotos en mi celular. Ahí, en el mismo lugar donde comenzó la obra, ahí donde hay un mural de él pintado sobre una estructura de cemento que sostiene un tanque de agua comunitario que no funciona.

Cuando vuelvo a casa veo las fotos de los adolescentes con extrañeza, las borro por respeto a ellos, a su intimidad, a su propia boludez, a la adolescencia, ese momento de la vida hecho para extraviarse y equivocarse mil veces.

Por la noche escucho el discurso de Marcelo Lewandowski, senador nacional por la Provincia de Santa Fe, donde comenta que el pibe que asesinó a Bruno Bussanich es un chiquito que andaba en pantuflas.

fumábamos porro y la tarde se hacía una ciudad enorme

todo era barato para nuestras vidas tan jóvenes

cruzábamos los bulevares, las avenidas, las calles, las cortadas

en búsqueda de imágenes todo era placer por placer

a un ritmo frenético los lugares tenían nombres

los momentos era únicos y el sol de la tarde pegaba mil birras

todos los días hacíamos cosas increíbles en un barrio que hoy

es sinónimo de nada en un país que ya no existe,

la ansiedad no era un problema de la noche creíamos demasiado

en el poder del palabras, queríamos capturar el tiempo,

congelar ese plano, no crecer jamás.  

martes 26 de marzo

Salgo de la pieza, voy a la cocina y ahí está mi novia, sentada en el escritorio con la notebook prendida. La miro confundido y me dice que, otra vez, hay paro de transporte. Le pregunto por qué y responde que hoy no murió nadie, sino que amenazaron en simultáneo a cuatro colectivos distintos a lo largo de la noche.

El intendente Pablo Javkin en su última campaña decía que había que terminar con el home office de la delincuencia, aludiendo al trabajo y la complicidad entre los presos de alto perfil, el auge del delito en las calles y el servicio penitenciario. Lo que hace rato comenzó en Rosario es el home office de la población.

Aprovecho la mañana y salgo a caminar un rato, hago compras en la verdulería y voy a la peluquería. El peluquero está con la radio encendida. Mientras corta, cuenta entusiasmado que, desde que llegaron los refuerzos de gendarmería y la bonaerense, se armó una linda clientela porque un par de efectivos se acercaron a cortarse el pelo por recomendación de un amigo que trabaja en la policía.

El silencio del salón se une con el sonido de los helicópteros que pasan una y otra vez por la zona. El peluquero dice que le encantaría viajar en uno de esos helicópteros, que la ciudad desde arriba se debe ver hermosa.

en la radio alguien dice

es más fácil

conseguir un arma

que un kilo de carne

los pibes sueñan

con matar pibes

las chicas sueñan

con un asesino

después de la Guerra Fría,

vino Vietnam,

después de Vietnam,

vino Vietnam,

La guerra infinita,

¿Qué preferís?

Comer todos los días

y un día morir por la explosión

de una bomba

comer cada tanto

y un día explotar

ser la bomba.

jueves 28 de marzo

Caminamos por la peatonal. Son las diez de la noche. Es muy temprano para tan poca gente. La economía, sí, también, la postal de una ciudad olvidada por Dios, a la misma que el Papa le mandó un mensaje para decirle: si me escuchan, es por acá.

El peluquero está con la radio encendida. Mientras corta, cuenta entusiasmado que, desde que llegaron los refuerzos de gendarmería y la bonaerense, se armó una linda clientela porque un par de efectivos se acercaron a cortarse el pelo

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La madrugada anterior alguien dejó una nota en un taxi con varias amenazas y un mensaje de felices pascuas. En un rato, mis amigos, Valentina y Martín, tocan en El diablito un tributo a Jhon Lennon: ese tipo que cantó por la paz hasta que lo mataron.

Nos sentamos, empiezan las canciones, por mi cabeza pasan, como fantasmas, las historias de esas personas que se llevó puesta esta mala racha de más de una década en la que Rosario no puede encontrar una solución rosarina a su problema: un lugar cada vez más grande y desigual, del siglo XV al siglo XXI en media hora de colectivo.

Pedimos una cerveza, un negroni, otra cerveza, mucha agua. Mientras, los músicos, tocan Beautiful boy, el lugar es tan chiquito que si afinás el oído se pueden escuchar los mocos, las respiraciones, las lágrimas del público.

Antes de irte a dormir/ Before you go to sleep.

Di una pequeña oración/ Say a little prayer.

4 de abril

Las amenazas fueron, por suerte, sólo eso. El fin de semana de la paz. Felices pascuas, la casa está en orden. Alguien dijo su oración antes de irse a dormir. A la noche, con un grupo de ex compañeros de la Facultad, cenamos en la casa de un amigo.

Cuando cruzás la avenida 27 de febrero, esa que divide el macrocentro de los barrios del sur y el oeste de Rosario, casi no hay alumbrado público, y si lo hay, es de ese color blanco hospital. Ese que destruye la vista e invita a huir. Son las mismas luces que usan las farmacias y minimarket 24 horas, las luces led que no permiten la existencia de la sombra. Otro relato del municipalismo, alumbrar la inseguridad.

Me encuentro con un operativo cerrojo de la policía. Miran la moto y no me piden papeles. Al lado, un tipo de cincuenta años, estaciona su 110 con un carro atado detrás. Un oficial alumbra con su linterna para ver qué lleva en el carro, son cartones, dice, y mira para un costado mientras les da sus documentos.

La situación me obnubila y otro de los policías me pide que circule. Acelero, freno en la esquina y prendo un cigarrillo. Quiero ver si dejan que el tipo se vaya. Pasan diez minutos, él tipo avanza, hace señas con las luces, frena, no sirven para nada, me dice. Lo miro y sonrío con cierta tranquilidad. Me manguea un cigarro, le doy el que tengo prendido. Doblo en la esquina y lo pierdo.

Son las nueve de la noche, en el Parque Irigoyen, entre la invasión de mosquitos, la suba exponencial de casos de dengue y el temor generalizado, no queda nadie. Dos pibes tiran pelotazos a la luz de la luna. Toco el timbre y subo al departamento. Cenamos pizza con el último bastión progre de mis amistades. Me piden que elija un CD para escuchar en Spotify, les pido Navega de Fandermole, y el primer tema dice así.

Cuando me convenza que la suerte

Me rige a la par que la pasión

Y no el temible arcángel de la muerte

Velando sobre el campo del reloj.

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