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20 de abril 2024

Juan Di Loreto

LO IDEOLÓGICO Y LO SAGRADO

Tiempo de lectura: 5 minutos

Gritar es un gran método cuando no se tiene nada que decir. Si todos hablan, gritar es salirse de escena. Cambiar el registro. En la conversación pública sucede algo similar. Pero no es un tema de registro alto o bajo en intensidad, sino de número. Llenar la escena, atiborrarla, desbordarla, atosigarla y demás sinónimos para nombrar el exceso de excesos, si se me permite la locución latina, a la que es sometido el argentino promedio.

Cansar a un ciudadano ya cansado. Lo mismo que sucede con los ingresos: están destruyendo salarios ya destruidos. Pero hay cansados que ven un desierto por delante y, sin embargo, sostienen alguna clase de esperanza, lo cual, se sabe, es la peor de las derrotas. Hay que aguantar, por ahí aclara, tiempo al tiempo.

Vivimos en un mundo de escépticos convencidos. Nadie cree en nada, pero todos (bueno, casi todos) nos aferramos a nuestras pobres coordenadas, nuestro mapa mental. Como el hecho murió, si alguna vez estuvo vivo, o al menos, el consenso de que una cosa es una cosa y otra cosa es otra cosa, la única que le queda al sujeto contemporáneo es transformar en material lo ideológico. No importa en realidad lo que pasa, lo importante es lo que creemos que pasa con lo que pasa.

La ideología no es el conjunto de ideas o una tendencia del pensamiento, sino que se transformó en un modo de percibir el mundo. Es lo que nos sostiene a pesar del desierto de lo real. Hacemos de la ideología una cosa y con esa cosa ideológica reemplazamos el mundo. La política algorítmica se conjuga perfectamente con esto: un círculo encerrado en otro círculo encerrado en otro círculo…

Un presidente que no se mete en la gestión y delega a ciegas, que vive en la macro, pero vivir en la macro es no ver la micro (“desde lejos no se ve”), no visita una fábrica y no conoce los sectores productivos. Todo ocurre en el plano de las ideas platónicas donde lo real no se concreta nunca

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Pero no hay un mundo preexistente sin ideología, desnudo y sin preconceptos. Caemos en el mundo con prejuicios, ideas, coordenadas, mapas ya trazados. Dios siempre existió y era la ideología. “La ideología -escribe Slavoj Zizek- no es una ilusión ensoñadora que construimos para rehuir una realidad insoportable: en su dimensión básica es una construcción fantástica que sirve para sustentar nuestra propia ‘realidad’: una ‘ilusión’ que estructura nuestras relaciones sociales reales efectivas y con ello enmascara un núcleo insoportable, real e imposible…”. Es gracias a la ideología que andamos por el mundo y no pese a ella. No nos podemos sacar la “ropa ideológica”, porque lo desnudo no existe. Por eso mismo es absurdo la noción de vanguardia política o de los que “la ven”. No hay nadie que esté por delante de nadie en la percepción de la realidad. Lo que hay es una lucha descarnada por significarla a lo sumo. Pero nadie nunca puede “verla del todo”. 

Por otro lado, lo que se quiere decir es que no existe una época más ideológica que otra, sino que los momentos históricos se expresan en forma diferente. Para el neoliberalismo de los 90, por caso, la ideología era algo pasado de moda por el simple hecho de que el Muro de Berlín había caído. No tenía sentido seguir hablando de izquierda y de derecha, al fin y al cabo ya todos nos habíamos dado cuenta que estamos acá para hacer negocios.

De aquel momento pos-ideológico (que era ideológico por excelencia) se pasó a que todo es absolutamente ideológico. Verdadero pornoshow de la ideología como forma de vida. Porno en el sentido de que no hay un ocultamiento, al menos en apariencia, claro. Todo es explicitación de una batalla por el sentido. Pero claro, explicitar algo brutalmente es también una forma de ocultamiento. Como siempre decimos, la mejor forma de ocultar, como en la carta robada del cuento de Edgar Allan Poe, es a plena vista. Y es la palabra libertad la que, en su inflación y explicitación, oculta el caos imperante. Donde dice libertad, debe decir unilateralidad.

Más allá de todo lo que pasa, hay un fondo común, casi obvio. A pesar de todo el pregón liberal, es un gobierno platónico, descarnado de las cosas mismas. Un presidente que no se mete en la gestión y delega a ciegas, que vive en la macro, pero vivir en la macro es no ver la micro (“desde lejos no se ve”), no visita una fábrica y no conoce los sectores productivos. Todo ocurre en el plano de las ideas platónicas donde lo real no se concreta nunca. Para Platón la realidad no era esto que tocamos, este mundo que se degrada, sino el mundo de las ideas, inmaculadas y perfectas. Lo mismo le sucede al Gobierno con lo financiero y la economía de la calle. Se festeja la baja del riesgo país (que no es malo, obviamente), pero se ve caer verticalmente el consumo de carne sin sustitutos. La gente no pasa de la carne de vaca a la carne de pollo, directamente deja de comer proteína animal.

La Universidad Pública, así, en mayúsculas, es una hierofanía en Argentina: una manifestación de lo sagrado en nuestra naturaleza

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La ideología de esta Argentina se ha convertido en un alimento. Sectores prefieren perder ahorros, consumo o la clase antes de volver a ser gobernados por el peronismo. La ideología también es un alimento simbólico en forma de contención, de ilusión contra el desamparo y de sacrificio. Si el Osvaldo Quiroga de los 90 pensó en “El refugio de la cultura”, en el siglo XXI bien podría conducir “El refugio de la ideología”. Si no hay lugar a dónde ir, bien podemos meternos en la caverna de nuestro sesgo reconfirmado. O mejor que las cavernas son los desiertos, ahí donde no hay nada; donde la vista se pierde de tanto mirar lo que no termina fue a parar Simón: sobre una columna, Simón vivió por muchos años, en la penitencia continua, en un modo de vida ascético, donde cualquier cosa era una tentación.

No tenía nada, sólo su sacrificio y su convicción; cuando no tenés nada solo te quedan dos cosas: cuerpo e ideas, y eso tenía Simón, era un cuerpo sobre una columna, y una mirada al desierto. Pero el secreto de Simón es que el sacrificio tenía un más allá; el mundo es un valle de lágrimas, pero El Señor nos espera en algún lugar. Pero nosotros no podemos ser Simón, el sacrificio sin utilidad no es una opción; ni la fuerza de religar que tiene Milei puede contra los bolsillos flacos.

Ante el vacío, el presidente mantiene cierto apoyo, porque nadie capitaliza nada. Pero los límites existen. La Universidad Pública, así, en mayúsculas, es una hierofanía en Argentina: una manifestación de lo sagrado en nuestra naturaleza. Lo sagrado es lo pleno, no lo que no se puede tocar, pero es lo que goza de una fuerza que no lo tiene otro ser. Y es, en nuestra Argentina de hoy, la forma en que el mundo se mete en esta entelequia de gobierno.

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