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01 de febrero 2024

Guido Bovone

LLAMARADA JAVIER

Tiempo de lectura: 7 minutos

La respuesta es aberrante, pero la pregunta necesaria. Quince de Agosto, 2023. Javier Milei se presenta en vivo en el funcional programa de Jonatan Viale. Esta entrevista quedará para el recuerdo cómo uno de los hitos del ascenso del primer presidente libertario de nuestro país. Si a los espectadores se les advirtiera tal futuro, las respuestas de muchos serían de sorpresa. Más aún cuando en aquel mismo programa, el hoy presidente se encarga de destruir teatralmente una pizarra que representa la estructura del estado nacional. No más educación pública cómo la conocemos, ahora son los vouchers. No más Ministerio de Salud, ahora depende del “Ministerio de Capital Humano”. No más Ministerio de las Mujeres, el estado no debe fomentar ideologías de género. ¿Cómo alguien que establece este tipo de afirmaciones en pleno canal de aire, jugándose su imagen y candidatura, logra un 54% de los votos?.

Hay en retrospectiva, no obstante, algo que hoy genera aún más intriga. Como que surgía otro problema, de algún modo más acuciante. Una especie de generalizada vaguedad y torpeza a la hora de responder a esa lectura del Estado y sus funciones, casi una incapacidad de retrucar al discurso neoliberal y/o de extrema derecha del candidato libertario. ¿Cuál sería el problema de los vouchers si la educación sigue siendo pública? ¿Que problema hay si el Ministerio de Salud no desaparece sino que pasa a ser parte del de Capital Humano? En diferentes sectores y comunicadores, parte del ala más progresista de nuestra sociedad, se notó dificultades para justificar lo erróneo y por momentos aberrante de las afirmaciones de Milei. ¿De dónde surge esa impotencia?

La intuición dicta que esta incapacidad brota de una falta de pregunta real. Es cómo si en los últimos años hubiéramos olvidado que las posturas políticas se forman al calor de un conflicto existencial. No alcanza con un debate exclusivamente racional, ni con adherir a fórmulas ya presentadas de antemano. No es posible realmente defender una postura si uno no recuerda o reinaugura el momento originario en que una pregunta abre dos posibilidades, y uno elige una. Pero si esto es así, quiere decir que ciertos sectores del progresismo y de la política en general han olvidado cómo hacer algo que Milei no.

Es poco sano pensar que tras el 54% de votos que finalmente acumuló La Libertad Avanza hay unicamente gente idiota o de derecha. Poco sano y poco democrático. Si a fines del 2001 el hartazgo con la política se cristalizó en la leyenda del “que se vayan todos”, algo de ello vuelve hoy a surgir en escena. No es simplemente un odio contra la política.

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Si a principios del Siglo XX Martin Heidegger llama a repetir de forma explícita la pregunta por el ser, algo de este gesto se repite en quien supo ser el candidato de la Libertad Avanza. Porque así cómo Heidegger, quien se ubica en contra de las respuestas reificadas que la filosofía de su momento daba a la pregunta filosófica por excelencia, Milei rechaza las cosificadas respuestas de la clase política argentina frente a una situación social cada vez más insostenible. Si el filósofo de Friburgo pide volver a poner en escena, antes que la respuesta, la pregunta misma por el ser, Milei logra reinaugurar la pregunta política fundamental, ¿cómo queremos vivir en sociedad?

En medio de la entrevista, antes de la pizarra, Milei toma lo que parece un desvío. ¿Es un grito de libertad, de guerra o es uno de hastío, de basta, de no me rompan más las bolas? pregunta Viale. Milei responde con una certeza espeluznante, casi cómo si la pregunta que se le hubiese planteado fuese otra. En lugar de la que hace Viale, bien podría haber sido, ¿qué sociedad queremos para Argentina? Responde cómo si además tuviera la certeza de que su electorado lo acompaña no tanto por los gritos, el “mensaje de la libertad” o su figura problematicamente carismática, sino precisamente por plantear esa pregunta, por sacudir ese terreno. Lo que está haciendo es poner en entredicho no solamente la “casta”, sino el status quo. Y lo sabe. Hasta lo dice, casi al final de ese interregno que va del minuto 10:35 (de la versión de la entrevista que está subida al canal de youtube de LN+), donde Viale pregunta, al 12:50, donde el mismo conductor lo hace seguir otro camino, no siendo consciente de la importancia de la respuesta que está dando el candidato. Todo esto, previo al acuerdo con Bullrich y al casi 20% de votos que ello le adicionó. Es decir, únicamente contando aún con el núcleo duro de su electorado, aquel en el que probablemente más resuene esta necesidad de poner en entredicho el status quo argentino.

Dentro de ciertos parámetros, cualquier interpretación o sistema de medición puede operar incluso con errores, despreciables por lo ínfimo de su participación en el hecho general. Pero cuando sobrepasa ciertos límites no es un error

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Hay una distancia entre lo que interpreta la política y lo que es, la realidad, una distancia demasiado grande para decir que es un “error” de lectura, dice Milei. Dentro de ciertos parámetros, cualquier interpretación o sistema de medición puede operar incluso con errores, despreciables por lo ínfimo de su participación en el hecho general. Pero cuando sobrepasa ciertos límites no es un error, sino una interpretación por completo mal orientada, y eso es lo que, afirma Milei, trasluce hoy en día la política Argentina. Hay que ser muy soberbio para decir que 7 millones de personas están equivocadas y la realidad es otra, dice Milei. Y en eso tiene razón. Muy soberbio y, agregaría, bastante antipopular. No es el voto que tradicionalmente se asociaría a un candidato de derecha el único que lo acompaña. No son sólo sectores de clase media/alta, mas o menos conservadores, liberales y cosmopolitas. En esas PASO en las que el candidato se acercó a La Nación para ofrecer su entrevista, su partido había cosechado alrededor de un 30% en las zonas más postergadas tanto de la Capital cómo de la Provincia de Buenos Aires. No eran todos gente de Zona Norte.

Otro dato significativo es la distribución a nivel nacional de aquellos votantes a los que se refería el entonces candidato. De las 24 provincias argentinas, Milei fue primera fuerza en dieciséis de ellas, virtualmente diecisiete si contamos Santa Cruz donde quedó en segundo lugar, muy cerca (28.96% vs 28.98%) de superar a la mayoría de votos en blanco. Pero el hecho a resaltar es que donde mayor cantidad de votos perdió nominalmente fue en Buenos Aires. Es decir, un mapa claramente dividido entre la provincia históricamente más rica y decisiva y la mayoría de las provincias del país. En lo personal, no puedo evitar ver esta distribución cómo otro claro signo de hartazgo con el status quo nacional, otra forma de poner en escena la pregunta política por la forma en la que queremos vivir cómo sociedad en la Argentina.

¿Hasta cuándo dejará la clase política que esa pregunta necesaria sea planteada sólo por quien peor la responde? ¿Cuándo se hará cargo de esa demanda popular de poner en cuestión el status quo, que evidentemente implora y demanda un cambio drástico? Un cambio que en este caso, con Milei a la cabeza, toma una curva peligrosa y que agrava su peligrosidad por la urgencia con la que se plantea. Además de por percibirse como la única respuesta posible. El problema es que para muchos la clase política argentina ha llegado a percibirse cómo simple administradora de lo social. El estandarte kirchnerista de cambiar el mundo con la política, que supo enarbolar en su apogeo, se ha apagado.

Incluso el discurso de cambio de la alianza PRO, que logró tocar esa fibra de necesidad de la pregunta por lo político que toda sociedad denota, ya no suena del mismo modo. A ojos de una sociedad cada vez más enojada, los políticos argentinos parecen ser más una especie de tecnócratas de la administración que líderes del cambio social. Ya no buscan mejorar la sociedad, sólo administrarla.

Esto es lo que el filósofo político francés Claude Lefort llamaría o asociaría con “la política”, es decir un campo de la actividad humana que podría quedar reservado para un sector de la población (cómo el esgrima o la equitación). En todas partes, Lefort piensa en esta “política” cómo los profesionales del ámbito, funcionarios que se dedican a llevar adelante las tareas del Estado. Tal vez el mejor ejemplo público reciente sea precisamente el de Sergio Tomás Massa, el más profesional de los políticos. Para quienes hemos seguido el desarrollo y desenlace de las últimas elecciones presidenciales en Argentina no es un análisis nuevo pero sí coherente, el que dice que a medida que Massa se fue mostrando cada vez más cómo el político profesional de pura cepa que es, más se hundía su imagen pública para aquellos sectores hartos del status quo nacional, y con ella su posibilidad de presidir la nación. Fenómeno que se evidenció en el debate mano a mano entre ambos candidatos previo al balotaje. La actuación de Massa estuvo cerca de ser impecable para los estándares de la política profesional. Y precisamente por ello, en lugar de sumar, restó votos.

A medida que Massa se fue mostrando cada vez más cómo el político profesional de pura cepa que es, más se hundía su imagen pública para aquellos sectores hartos del status quo nacional, y con ella su posibilidad de presidir la nación

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Así, la contracara de este concepto de “la política” es para el propio Lefort el de “lo político”, la pregunta existencial por el modo en que la sociedad quiere perpetuarse. En el caso de la Argentina, pareciera cómo si “lo político” hubiese sido degradado a la pura expresión de “la política”, haciendo coincidir a la perfección a las figuras más relevantes del arco político con meros funcionarios. De ahí, en parte, nace el concepto de “casta”. Porque más allá de los privilegios que denota, se ve como un gremio que trabaja sólo por mor de su propio oficio y no por las posturas existenciales por las que debería. Porque si para cualquier oficio dedicarse a su arte es su única preocupación, el oficio de la política debería estar orientado a algo más allá de sí mismo, a la justicia social sea cual sea la interpretación que de esta se tenga, uno creería. Y para colmo, quienes participan del gremio siempre son los mismos.

Es poco sano pensar que tras el 54% de votos que finalmente acumuló La Libertad Avanza hay unicamente gente idiota o de derecha. Poco sano y poco democrático. Si a fines del 2001 el hartazgo con la política se cristalizó en la leyenda del “que se vayan todos”, algo de ello vuelve hoy a surgir en escena. No es simplemente un odio contra la política. Más bien, ambos fenómenos, el de 2001 y el de Milei, son expresiones de una necesidad intrínseca a todo cuerpo social de que exista la pregunta por lo político, y de que sea constantemente respondida. Cuando se deja de plantear, se deja de responder, y cuando se deja de responder, nace el conflicto. Las respuestas propias de otro tiempo dejan de ser operativas para la nueva realidad y lo reificado no resiste. Entonces, cuando “lo político” queda subsumido a “la política”, un fusible salta. Y así, contra aquella política que buscaba meramente administrar lo social, Milei fue irónicamente quien propuso reactivar lo político. Ante una “casta” que ofrecía las mismas respuestas a una realidad social cada vez más compleja, Milei fue el único que supo reabrir la pregunta por lo político. Y la respondió de la peor manera.

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