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26 de abril 2022

Bruno Reichert

LAS MUCHAS VIDAS DE UN CAMALEÓN

Tiempo de lectura: 12 minutos

Encantador casi siempre, cruel si lo quería, mitómano, con un talento envidiable tanto para escribir novelas como para ser el propagandista mimado de Mussolini. Curzio Malaparte fue admirado y odiado (más lo último en la posguerra). Pero entre entre el mito que él mismo ayudó a crear y la realidad que siempre supo moldear, dejó una obra vasta, a veces irregular y con dos novelas fundamentales para la literatura europea moderna: Kaputt (1944) y La Piel (1949).

El primero es un testimonio descarnado de la Segunda Guerra, que pasa del campo de batalla en el frente oriental a los suntuosos salones de la corte sueca, la ocupada Polonia, la Alemania que se piensa infranqueable, la Rumania de los pogroms. La narración pasa de interiores de luces bajas a un compendio de escenarios naturales que van desde Laponia, el Adriático y la fértil llanura ucraniana. La Piel se centra en el Nápoles ocupado o liberado, según como se mire, por las tropas norteamericanas. Ambos libros lo tienen a él en plano central y muestran sus vaivenes como figura pública.

 Kaputt fue un libro escrito en viajes como corresponsal estrella del Corriere della Sera y Malaparte ostentaba el cargo de capitán del ejército italiano, lo cual no implicaba que tuviera que empuñar un arma ni estar obligado a estar en el teatro de operaciones más tiempo del que él considerara necesario. Durante el fascismo los diarios eran propiedad privada, pero eso encubría que desde el director hasta el redactor del pronóstico debían tener la bendición del gobierno. Malaparte fue director de La Stampa, de Turín, el gran competidor del Corriere y propiedad del fundador de Fiat, Giovanni Agnelli. El rol de director del diario convirtió a Malaparte en casi un funcionario del gobierno. Probablemente, no había manera posible que un lugar que hoy consideraríamos mainstream en el periodismo no fuese tomado como tal cosa en la Italia de esos años.

"Entre el mito que él mismo ayudó a crear y la realidad que siempre supo moldear, dejó una obra vasta, a veces irregular y con dos novelas fundamentales para la literatura europea moderna: Kaputt (1944) y La Piel (1949)."

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En La Piel, el corresponsal pasa a ser un Oficial de Enlace entre la Italia que levantó la bandera blanca y el ejército norteamericano. Así, el escritor se convierte en un enemigo declarado del norte de Italia fascista, que resiste sostenido por la Alemania nazi, que también pende de un hilo, pero aún nutrida de los campos de petróleo rumanos, tiene el poder de bombardear la Nápoles que sufre desde la caída de su leve reino. Malaparte debía justificar en el plano público esos cambios de bando. Ponerse como principal personaje de sus novelas le permite justificaciones generales. No obstante, un hombre de su talento sabe que ese es un espacio para construir el mito, no para hacer un relato que le permitiera sortear los resultados de la caída del fascismo.

Antes de meternos de lleno en el fondo de Kaputt y La Piel, echemos un vistazo al surgimiento de Malaparte como sujeto social. Para tal cosa, tenemos Curzio Malaparte, vida y leyenda, el invaluable trabajo del escritor y diplomático italiano, Maurizio Serra. Tal vez un poco plagada de explicaciones psicoanalíticas, la investigación de Serra tiene un cuidado obsesivo de las fuentes y nos ayuda a entender este emergente generacional de una Europa que se vio a sí misma como presa de la decadencia estallada con la Primera Guerra. Malaparte, nacido Kurt Zuckert en la Toscana de 1898, hijo de un inmigrante burgués alemán y una italiana, peleó la Gran Guerra alistándose en 1917.

De esa experiencia, y con solo veintidós años, su impresión sobre Italia y la guerra se plasmó en un grito de odio: ¡Viva Caporetto! Más tarde renombrado La revuelta de los santos malditos, para evitar la censura oficial. La batalla de Caporetto o de Kobarid -ya que actualmente es territorio de Eslovenia- fue uno de los hechos más humillantes de Italia en el frente alpino. Más de diez mil muertos, miles y miles de soldados capturados por los austriacos, oficiales italianos (entre ellos Bodoglio) dándose a la fuga y muchos etc. Para el joven ex combatiente (Malaparte no participó de este enfrentamiento, sí lo hizo en Francia donde Italia también tuvo un muy pobre papel) fue el momento para que su generación gritara que la vieja dirigencia política liberal había convertido a Italia en un baño de sangre en el que morían los jóvenes y sus ilusiones.

La historiografía actual debate si los regímenes corporativos fueron la respuesta al obrerismo que se alzó victorioso en Rusia o si fueron una verdadera opción revolucionaria por derecha. Allá ellos y ellas, pero sin dudas Malaparte supondría lo último. Él representó la línea izquierda del fascismo ligado a concepciones filoanarquistas con raigambre republicana. Muchos de quienes se alinearon dentro de ese espectro ideológico fueron los primeros en volverse opositores internos de Mussolini. Pero Malaparte jamás lo hizo, aunque infructuosamente intentara luego hacerle creer a sus lectores que así fue.

Esperemos. De la relación de Curzio con el padre padrone, como lo llama Serra, hablaremos después. Lo cierto es que esa generación encontró en el concepto de hombría nietzscheana y virilidad una idea superadora del obrerismo soviético. El soldado raso era hijo del terruño, del campesinado anterior al decadente mundo burgués e industrialista del Norte de Italia. Se supone que Malaparte no participó de la Marcha sobre Roma, pero sí estuvo entre los fundadores del Fascio de Florencia y, si de algo tomó parte, fue de esa rabia testoronizada que llegaba a tantos italianos jóvenes.

Serra, con un admirable despojo de pasiones sobre su objeto de estudio, nos recuerda que Malaparte arranca separado de cualquier análisis histórico viable. Caporetto fue un desastre sangriento, pero también la manera que el ejército italiano se rearmó, bajó de los Alpes y logró una mejora logística combatiendo en el llano. Así y todo, Curzio va a conformando lo que será un rasgo esencial en su personalidad: la historia va a ser un dato al margen, incluso, un inconveniente que la literatura puede corregir. La misma ahistoricidad estaba presente en todos los regímenes corporativos europeos, solo que Malaparte podía llevar todo al más impensado extremo. A su vez, la seducción que le producían el poder y la fuerza, hacía que expresara la misma admiración por la maquinaria bélica alemana como por los niveles de orden que los obreros soviéticos devenidos en soldados mostraron en el frente oriental. Aún falta tiempo para eso. Los fascios fueron un espacio donde encausarse, el poco tiempo que logró ser lineal en su conducta.

"Él representó la línea izquierda del fascismo ligado a concepciones filoanarquistas con raigambre republicana. Muchos de quienes se alinearon dentro de ese espectro ideológico fueron los primeros en volverse opositores internos de Mussolini. Pero Malaparte jamás lo hizo, aunque infructuosamente intentara luego hacerle creer a sus lectores que así fue."

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El estilo malaparteano es parte de esa construcción social de las primeras décadas del siglo XX, pero si nos atenemos a los elementos formales en su escritura vemos presencias anteriores. Malaparte siempre quiso reflejarse en la obra de François-René Chateaubriand y tanto en Kaputt como en La Piel la presencia del padre del romanticismo es evidente. Podemos decir que Kaputt es un mural cuadriforme conformados por girasoles, caballos, hierros de material bélico y bosques. Los girasoles y los fierros retorcidos conforman el campo, el terruño real de cada pueblo avasallado por la guerra, que también es un defecto urbano. Los caballos, y a veces también los perros, son víctimas de la guerra casi en igualdad con los judíos. Malaparte ve en los ojos de un caballo moribundo esa decadencia del ser humano, que se aleja de la bondad intrínseca del ser primitivo. Y en los bosques de Laponia, Curzio nos dan un respiro de la sangre.

Elementos que ya estaban presentes en Atala y René de Chateaubriand, donde el hombre primitivo roussoneano es agente de los valores más puros y las descripciones geográficas son sinónimo de patria. Ambos autores son viajeros, pero entienden bienaventurados a quienes nunca conocieron otra cosa que la mesa de su familia. Otro eje que une ambas obras es la falsa polifonía: en Kaputt aparecen muchísimos personajes, reales en su mayoría, irreales un puñado. Sean lo que sea, muy pocos cumplen un papel esencial. Es el personaje central (él mismo autor) el que lleva la totalidad de la narración. Como dijimos, Malparte podía llevar todo a extremos que solo le eran propios. Mientras que el estilo de Chateaubriand es sobrio y efectista para sus objetivos -restablecer una relación con una Francia posrevolucionaria que solo encuentra su pivot central en la autoridad militar- Malaparte nunca encontró un verdadero espacio en la Europa corportativista. Es cierto que el romance de Chateaubriand con el bonapartismo también duró poco. Pero la necesidad de tocar extremos de Malaparte, lo convirtió en un camaleón político que lo obligaba a moverse con la misma rapidez que Chateaubriand saltaba de la cama de una mujer a otra.

¿Y qué lugar tiene la verdad en la escritura del hombre que en su vida pública fue un mentiroso compulsivo? En este punto tal vez sea recomendable desdoblarse como lector. El Curzio antipático de la política es, como escritor, un narrador cínico y casi desprendido de las emociones que suponemos que nos debe generar el horror de la guerra. Pero su registro del gueto de Varsovia tal vez logre una de las más detalladas cristalizaciones del desprecio a la vida al que llegó el nazismo.

Y, por momentos, Malaparte puede llevar la fantasía a lugares que rozan el surrealismo, pero da igual si no existe un fenómeno natural llamado “el viento negro de Ucrania” o si es posible que haya visto decenas de cabezas de caballos congeladas sobre la superficie de un lago en Finlandia. Malaparte es un hijo del realismo europeo y su forma de contarnos las cosas se encuadra en una visión experiencial que da, como dijimos antes, una pintura impresionista. Si nos alejamos, nuestra vista puede decodificar las gruesas pinceladas, vemos cada detalle de una visión nutrida por lo vivido, y por sobre todo, por lo alguna vez sentido.

En 1957, un nacionalista bosnio le pegó dos tiros a Ante Pavelic en las calles de Ciudad Jardín, Gran Buenos Aires. En Dos balas para Ante Pavelic, el libro que recoge el testimonio del ejecutor del carnicero croata (Pavelic muere dos años después en España, pero a consecuencia de esas heridas), se ve como los medios argentinos se remitieron al perfil del líder de los ustasha que Malaparte hace en Kaputt. Ese capítulo del libro malaparteano termina cuando Pavelic corre la tela que cubre una fuente que Malaparte cree llena de ostras del Adriático. Pero lo que hay en ella son ojos humanos recolectados por los ustashas en sus persecuciones a la población judía. La anécdota hoy la sabemos falsa. Fue desmentida por otros corresponsales presentes en Croacia. Aun así ¿hay otra mejor forma de describir al responsable de la muerte de miles de ciudadanos judíos y bosnios? Sí, seguramente, pero la esencia del horror está ahí. Como lectores, le perdonamos a Curzio la búsqueda del golpe de efecto.

La Piel es una novela que por momentos es mucho menos lograda que Kaputt. Lo cual no obsta a que lo malaparteano explote, cubriéndonos por completo. La visión decadentista sobre Europa de su generación se convierte en una profecía autocumplida. Aunque Malaparte ya no es joven y su narcisismo no le permite hacerse cargo de sus culpas. Para justificar su visión vuelve a echarle mano al falocentrismo político. Los jóvenes homosexuales, a los que detesta y prefiere llamar “pederastas”, son la representación del declive del hombre y como el varón lleva en sus hombros a la sociedad, todo está perdido.  

Malaparte nunca se llevó bien como su padre y jamás quiso verse reflejado en su origen alemán, pero cae en cada trazo del posromanticismo germano. En Kaputt parece fascinarse con la fría y misteriosa belleza de un nazi que acompaña a Frank, el gobernador militar de Polonia. En La Piel, la belleza feminizada de los querubines marxistas le resulta asqueante. Europa es una mujer prostituida, vencida y humillada. Los gays son el resultado juvenil y snob, que se fascina la idea de un mundo por venir, uno en el que él no puede creer. Así, el rubio y delicado héroe maqui, que llega a Nápoles desde Francia para participar de los aquelarres pederastas, es la antinomia del camarada de la Primera Guerra, sujeto que alguna vez Curzio creyó que representaba la revolución por venir.

"¿Y qué lugar tiene la verdad en la escritura del hombre que en su vida pública fue un mentiroso compulsivo? En este punto tal vez sea recomendable desdoblarse como lector."

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En la posguerra Malaparte intentó sostener un relato de censurado por el régimen mussoliniano a partir de la distancia ideológica que comenzó a tener en la década del ´30. Algo que, según él, desató el confino, su encarcelamiento en la isla de Lipari. La coartada la armó en base a la publicación en 1931 de Técnicas de Golpe de Estado, un ensayo sobre la debilidad del régimen liberal. En el texto Malaparte considera que las diferencias doctrinarias entre Lenin y Mussolini no evitan que su estrategia de movimiento sea muy similar. Mientras estos dos últimos eran ideólogos exitosos que ponían en movimiento a las masas, Trotsky era un técnista en una torre de marfil. El libro se editó en francés y no se tradujo en vida de Mussolini. Esto, y cierta censura selectiva en ciudades de Alemania, le permitió a Curzio decir que fue la razón de un confino de cinco años. La realidad es que no llegó a cumplir dos años de condena y las verdaderas razones fueron apostar por la caída del héroe de la aviación italiana, Ítalo Balbo, quien lo acusó de difamación. Al padre padrone no le quedó más opciones que autorizar el castigo. A Trotsky, no le quedó otra que putearlo donde hubo un interlocutor.

Sus intentos de justificación cayeron, al menos en Italia, en saco roto. Nunca hizo un mea culpa sobre las leyes fascistísimas que restringieron las libertades individuales en Italia, ni pudo justificar su silencio sobre las leyes raciales (en las que nunca creyó, como no creía en un antisemitismo de corte alemán el propio Mussolini).

Malaparte, no obstante, no fue un tipo tan despreciable como Céline o alguien como Drieu La Rochelle, cuyo suicidio nos pareciera un lógico mea culpa. Pero aun si hubiéramos cubierto mejor sus pasos, en La Piel no puede dejar de venderse como un hombre que ve rota esa Europa corporativa en la que creyó. Su decadentismo está intacto, pero, aunque nos diga que Nápoles es un pueblo noble, notamos que no puede compadecerse realmente de los derrotados. Ama la fuerza y a los vencedores. Esa seducción gana siempre la partida y sus años en un mundo de embajadas y cenas de gala hacen que brote por todos lados su sensación de estar rodeado por una sociedad embrutecida, reducida a una clase de animalidad que no tiene la honorabilidad de los caballos de Kaputt.

Cuando La Piel se editó, irritó a toda una ciudad hablando de mujeres de tetas flácidas y desdentadas que prostituían a sus hijos, vendiéndoselos a soldados negros del ejército yenkee. En el mundo no literario, los casos de prostitución infantil fueron aislados y el uso de la figura de los soldados negros no es otra cosa que racismo. Por más lógica que nos parezca la irritación de los napolitanos de 1949, debemos entender que Malaparte no juzgaba a esas mujeres, hayan sido muchas, pocas o solo un puñado. Malaparte creía profundamente en la valentía de las mujeres en la guerra, que siguieron siendo sostenedoras de todo lo que se caía a su alrededor (otra razón más para detestar a los desviados). El libro cae en repeticiones y por más difícil que nos resulten de digerir esas imágenes, el narrador está por fuera de una sentencia moral. Si algo debe ser juzgado, piensa él, será en la Europa que nazca. Aunque pocas esperanzas tienen de que sea mejor.

Luego de La Piel, vinieron más escritos sin demasiado brillo, obras de teatro y una incursión como realizador de cine con El Cristo Prohibido (1950). Pero también el desprecio de la izquierda, del movimiento existencialista de París y una constante guerra con sus críticos, personajes citados en sus libros y sus descendientes. Nada duró mucho: falleció en 1957, antes de cumplir los sesenta años. Curzio Malaparte murió justificándose, pero sin esconderse un segundo. Tal vez suponía que bastante condena era una derrota que lo hizo un eterno escéptico. Debió traicionar al padre político al que terminó odiando, tanto por haber llevado a Italia a la guerra como por nunca haberle prestado la debida atención.

Salió indemne de esa traición que se llevó la vida de Galeazzo Ciano, el mismísimo yerno de Mussolini fusilado luego del Proceso de Verona. El Conde Ciano había sido el protector de Malaparte durante años, tal vez una de las pocas cosas de su vida pública que Curzio contó de manera sincera en Kaputt. Pero el escritor y periodista, que tanto quiso hablar de igual a igual con Mussolini, tuvo que conformarse con una traición sin enfrentamiento. En La Piel utiliza largos pasajes que construyen un soliloquio de odio hacia los muertos: los ve como eternos perseguidores. No hay distancia posible para poner entre ellos y uno. Claro está, Malaparte dejó de ser una persona que creyera que su lugar era morir por una causa no tanto tiempo después de Caporetto. Su rol de observador implicaba hacer hablar a los muertos, convivir con ellos, sentir la piedad (que dejó escrita) por un Mussolini colgado de la cabeza en Milán y por un Ciano que no murió en el acto y debió ser rematado en el piso.

"Luego de La Piel, vinieron más escritos sin demasiado brillo, obras de teatro y una incursión como realizador de cine con El Cristo Prohibido (1950). Pero también el desprecio de la izquierda, del movimiento existencialista de París y una constante guerra con sus críticos"

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Con un arma o una máquina de escribir, Malaparte mostró el mismo valor. A la distancia su trabajo es un testimonio sin un gran valor historiográfico, pero es obligatorio para entender cómo se escribe desde las entrañas del horror. Ese dandy de todas las cortes, para quienes lo queremos abordar sin prejuicios, puede ser tan detestable como una lección contra el bienpensantismo. Las causas pueden ser buenas o mala pero solo sin olvidar a otro, al más débil, al eventualmente caído o sencillamente sin alguien que nos cuidó el lomo, no somos nada. Malaparte quiso pertenecer como quieren pertenecer casi todos los periodistas que este treintañero que escribe conoció. Pero él no pudo consigo mismo. La genialidad es una forma de rebeldía. Generalmente torpe y que nos enreda la comodidad.

Cayó siendo parte, fue expulsado por propios y ajenos, mintió las razones y nos enseñó que, a la larga y aun cuando las cosas vayan bien y no lo parezca, el semen más difícil de tragar es el propio. Si Malaparte tenía razón en decir que los muertos son una convivencia insoportable, imaginemos convivir con nuestro propio cadáver. Aun cuando nos lo cubran de flores y medallas. El narcisismo hace mal y a diferencia de los buenos tiempos que él supo vivir, nosotros no vamos a tener la suerte de poder comprar una casa sobre los acantilados de Capri.

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