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06 de abril 2023

Bruno Reichert

LAS AVENTURAS DEL MISTERIOSO JACK BEE GARLAND

Tiempo de lectura: 10 minutos

El cuerpo que levantaron del piso era el de un hombre pequeño y afiebrado. La infección generada por la peritonitis aumentó la temperatura del cuerpo, pero la piel seguía blanca y ajada, cómo si la vereda de ese San Francisco de 1936 hubiese estado congelada. A esa altura, nada se podía hacer para salvar al viejo Jack Garland, o “Uncle Jack”, cómo se lo conocía entre lumpenes, voluntarios de la Cruz Roja y unos cuantos periodistas de trama urbana. Murió el día siguiente. Después vino la parte de desvestirlo en la morgue y lo inevitable: la primera plana de los diarios al grito de. “Jack Bee was a woman!”.

En realidad, no lo era, siempre había sido un varón que se acostaba con otros varones y que había nacido bajo el nombre de Elvira Mugarrieta. Hija o hijo del primer cónsul mexicano en San Francisco y nieta o nieto por vía materna de un miembro de la Corte Suprema de Luisiana, el cual sí era de apellido Garland. A Jack le sobrevivió una hermana. La pobre Victoria Shadburne, a la que se le apostaron en la puerta cuánto periodista californiano escuchó el chisme. Y ella, con dignidad de cuna explicó: “Elvira tenía altos y nobles ideales, supóngase -siguió, ya buscando una nobleza similar en los ojos del carnicero redactor- que quiere hacer cosas por su país. Supóngase que es mujer y que el hecho de usar falda le impida ayudar a su gente”. Sabías palabras de una mujer nacida en el siglo XIX que habrá dado su lucha interna para entender a un varón trans que fue su sangre por 67 años. La parte de contribuir a la nación tenía que ver con que nuestro agente secreto queer fue cabinboy, corresponsal, enfermero, agente de compras e intérprete en la incursión norteamericana en Filipinas de 1899. Victoria quiso que su hermano fuese enterrado con honores militares porque, aunque hubiera engrupido al ejército para meterse arriba del barco, ella tenía la medalla de oro que le fue entregada a su hermano. No hubo honor alguno.

Victoria no mentía, la medalla existía, pero no había registro alguno de Jack o Elvira o alguien similar en la cruzada imperial yankee. El lío para los periodistas era tan mayúsculo como apasionante. Al entierro fue un puñado de personas, la mayoría de clase trabajadora, que no podían dejar de sorprenderse viendo que el altruista Jack de repente se convertía en una anciana en ajuar funerario de satén blanco, con mejillas empolvadas y una mantilla al crochet sobre la cabeza. Además de su hermana, una viuda, Mary L. Haines, sabía del secreto de Jack Bee. Para perplejizar más a los periodistas, esta dama afirmó que, aunque él le había confesado su biología, ella jamás pudo verlo como una mujer. La especulación sobre el tipo de relación que unió a esos dos no podía ser escrita en esos años y no hubiera dado el tiempo tampoco. Entre tecleo y tecleo, los redactores se dieron cuenta que reconstruir a Garland no solo era el extraño caso de “a woman on man attire” sino una narración con tres personajes, cada uno tan intrépido cómo el anterior.

Después vino la parte de desvestirlo en la morgue y lo inevitable: la primera plana de los diarios al grito de. 'Jack Bee was a woman!?'.En realidad, no lo era, siempre había sido un varón que se acostaba con otros varones.

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Babe Bean 

En 1897 la ciudad de Stockton (centro norte de California) tenía unos 23.000 habitantes y vivía sus años mozos de relevancia económica. Pero pueblo, chico es pueblo chico y durante las dos semanas que la policía buscó a Babe Bean, el Evening Mail (1892-1917) siguió la historia de una chica de entre dieciocho y veinte años vestida de varón que misteriosamente se paseaba por la ciudad acompañada de un hombre. Con sombrero bombín y un abrigo de hombros anchos muy al tono de la época, Babe salió y entró del teatro, cafés y cuánto local estuviera abierto luego de la hora de la cena. Cuando el sheriff local dio con la chica (que en realidad ya pasaba los veinte hacía un buen rato) se encontró con un raro espécimen. Decía ser periodista y muda. “But I do can write”, dijo y fue redactando su alegato en una libreta: “No hay leyes en el Estado de California que prohíban mi vestimenta, la cual es la única manera que una chica sola que ejerce su profesión puede sentirse seguro viajando sola”. La última parte tal vez le importó poco como argumento al jefe de la policía, pero la primera era inapelable. No había cómo meterla presa. Alojamiento fijo tenía y estaba punto de hacerse de una casa flotante sobre el lago McLeod. La idea de seguridad a la que la falsa muda apelaba era la de la orfandad de tutelaje propio de la época. Pero el concepto de la ropa masculina como sinónimo de libertad de movimiento ya había sido un tema de debate en el primer congreso sobre derecho de las mujeres de 1850, al que asistieron figuras como la legendaria sufragista Susan B. Anthony. Falda y corsé eran, para algunas mujeres, sinónimos de un lugar asignado en el mundo.

Los días pasaron, y con la simpatía del jefe policial bien ganada, Babe se comenzó dejar ver en mangas de camisa recorriendo su vecindario de casas flotantes. Las especulaciones del Evening siguieron. El extraño hombre que decían que la acompañaba no era otro que un viajero que siguió su rumbo, pero sirvió para escribir unas líneas más. “Si el diario está tan interesado en mí, puedo escribir en él”, pensó un día y se convirtió en una especie de detective en pantalones de la sección sociedad. A falta de fotógrafo, Babe era acompañada por un dibujante que hacía de sus textos una novela gráfica de la ciudad. La chica en pantalones, levita y sacón de paño oscuro investigaba el robo a un tren, la vida de los enfermos psiquiátricos en un hospital o lograba una entrevista con el gobernador de California, de paso en la ciudad. Pero el corazón de Babe siempre estuvo más alojado entre los outsiders. Pequeño y sin hablar, Babe probablemente fuese tomado un punk (joven homosexual, según los términos de la época) y las calles estaban tanto llena de ellos como de prostitutas y migrantes en busca de trabajo en las minas de la región. Cada texto de Babe/Jack es un llamado a la piedad sobre quienes no tienen más que el cielo sobre sus cabezas. Frente al gobernador pedía indulgencia para presos con problemas de salud (su hermano había sido uno), frente a un vídeo que vivía en la miseria rodeado de diez hijos, retrataba la fortaleza de uno de ellos, que limpiaba la casa y cuidaba a sus hermanitos pequeños. En un mundo que desconocía la seguridad social, cada artículo era una mezcla de piedad cristiana con un llamado a la acción comunitaria. Pero también pudo disfrutar de su estatus de celebrity local. Los varones la hicieron socia del Club de Solteros Naomi, seguramente varios de esos hombres eran solteros por las mismas razones que bailaban “los 42” en México, pero el estatus social de esa gente le permitía pasar de retratar salas de apuestas clandestinas a concursos de regatas en el río San Joaquín. También tuvo que mostrar las garras y frente a las mujeres, eso le salía fácil. Las columnistas femeninas vieron a Babe un lobo solitario con el favor de los hombres que ellas, siguiendo patrones de feminidad de los que no desdeñaban, no conseguían. Babe respondía con el desdén que le generaba su género biológico. Para ella, el varón era simpleza y camaradería mientras que las mujeres eran, en su mayoría, un mundo de sensiblería superficial. En su soledad, en lo que suponemos era su incapacidad de sentir deseo por ellas, Babe podía caer muy fácilmente en posiciones que rozaban la misoginia. Y un día, vestida de mujer en elegante traje de dos piezas, botas y sombrero de fieltro, Babe se tomó un ferry a San Francisco. Tiempo antes había sufrido un accidente en un coche tirado por caballos que la hizo gritar de dolor y sirvió para volver a hablar en público. Les explicó a sus médicos que había perdido la voz originalmente en un ataque de angustia pero que el dolor le había devuelto el habla. El Stockton Evening Mail volvió a hacer de su redactora objeto de especulación ¿Volvería a su casa flotante en el lago? ¿Volvería a ponerse pantalones y chaleco? Sí, iba a volver, pero ya se había desatado la necesidad de seguir rodando y contando.

Beebe Beam y el “Teniente Jack”

En cada incursión militar se EUA, el puerto de San Francisco se convertía en una fortaleza militar. Es fácil imaginar lo que debe haber sentido un aventurero nato que ve llenarse de transoceánicos a vapor ir rumbo a lo desconocido. Y así, bajo la identidad masculina de Beebe Beam, nuestro héroe se subió como grumete al City of Para, con rumbo a Manila. Nadie supuso ni por un segundo que el flaquito vestido con pantalones caqui podía haber nacido mujer. Pero el mar es un ambiente complejo y, como la mitad de la tripulación, debió pasar por la enfermería a bajar la fiebre. Peor aún, una vez recuperada tenía que mostrar su delgado brazo para recibir la vacuna de la fiebre amarilla. No había mucha escapatoria, si no la delataba el médico, una vez que llegarán al trópico, iba a ser el único tripulante que siguiera tapado en trapos.

Decidió confesar: el veredicto fue detención y desembarco en Hawái. Las noticias volaban en telégrafo y allá también se escribió sobre la chica vestida de varón que venía en el Para. Pero Beebe estaba hecho para atesorar cómplices inocentes que se le fueron sumando a lo largo de sus días de detención. Bajó y volvió a subir a la bodega del barco, entre conservas y cerca del cuarto de máquinas. Más de uno de los que le llevaba a escondidas comida y agua habrá creído que iban a terminar bajando un cadáver deshidrato y masticado por las ratas que pululaban entre el acero naval transpirado. Pero no, en silencio y durante una cena de camaradería, Beebe se escapó por las calles de Manila. No había tiempo de buscarla. Estados Unidos creyó que enviando 40.000 hombres y luego de Cuba, Filipinas caía producto de una España debilitada. Pero la gesta nacionalista de Emilio Aguinaldo hizo que dos tercios de la población masculina local se involucrara en el conflicto. Beebe, devenido otra vez en mujer frente a los ojos de terceros, se reintrodujo en el ejército a través del Cuerpo 29 de Voluntarios. No antes sin una detención en la que se presentó como corresponsal de guerra, hablante de español y ducha en enfermería. No mentía en sus habilidades, pero ningún medio esperaba una sola línea escrita por un ella o un él. Todos los días hizo algo por alguien: curó una infección, tiró un tiro que salvó la vida de uno o dos camaradas, les sacó información provechosa a los locales y presenció la batalla de San Mateo para vender su historia al San Francisco Examiner: “My life as a soldier by Beebe Beam”. 

bajo la identidad masculina de Beebe Beam, nuestro héroe se subió como grumete al City of Para, con rumbo a Manila. Nadie supuso ni por un segundo que el flaquito vestido con pantalones caqui podía haber nacido mujer.

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El Examiner había sido fundado en 1863 con el nombre de Democratic Press. Sus dueños originales fueron férreos defensores del esclavismo, lo que devino que con luego del asesinato de Lincoln sufriera varios atentados y decidiera cambiar nombre y afinar la línea editorial. Pasó a ser el Daily Examiner y en 1880 fue comprado por el legendario William Randolph Hearst, quien le imprimió un sello amarillista pero también sumó colaboradores consagrados como Jack London. Para cuándo el conflicto bélico se desató, era uno de los diarios más leídos de la Costa Oeste. Beebe o el teniente Jack, cómo era cariñosamente llamado por sus camaradas, tenía una plataforma inmejorable. Los sobrevivientes del batallón juntaron 200 dólares para que Jack regresará a San Francisco con una medalla de oro. Él, además de aceptarla, se tatuó un águila y la bandera norteamericana en un brazo que ya podía ser mostrado al aire libre.

El altruista Jack Bee Garland

El San Francisco que fue hippie y hogar de nacimiento de la primera revista de temática homosexual en la década del 50 ya acumulaba antecedentes de un perfil progresista desde finales del siglo XIX y comienzos del XX. Años más tarde, 83% de la ciudad votó en contra de la prohibición del alcohol en California. Pero, para mala suerte de Jack, aparecieron restricciones a su forma de vida. El uso de vestimenta del sexo opuesto fue ilegalizado casi al mismo tiempo que nuestro héroe bajaba del barco. Esto la enfrentaba a dos opciones: ponerse una falda y mantener vivo su estrellato o convertirse en Jack y desprenderse de esa Molly Brown surgida en la selva filipina. Optó por darle vida definitiva a Jack, poner al periodismo en el lugar de hobby ocasional y trabajar para la Cruz Roja, dónde tendría su último destaque cómo enfermero luego del terremoto de 1906. Con aliados circunstanciales y algo de apoyo de las redacciones, “Uncle Jack” siguió patrullando las calles y repartiendo su magro capital para que los Tom Sawyer de principio de siglo pudieran pagarse una noche de pensión. Si entre sus cómplices hubiera estado algún médico frente a quien se hubiera animado a desnudarse en confianza, tal vez hubiera habido alguna aventura más.

El uso de vestimenta del sexo opuesto fue ilegalizado casi al mismo tiempo que nuestro héroe bajaba del barco. Esto la enfrentaba a dos opciones: ponerse una falda y mantener vivo su estrellato o convertirse en Jack.

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Su tiempo, su legado y el trabajo de Louis G. Sullivan 

Este cuento largo y carente de ficción fue posible gracias al trabajo publicado en 1990 por el escritor y pionero en el activismo trans Louis Sullivan (1951-1991). En From female to male, the life of Jack Bee Garland, Sullivan reconstruye el mito militar a través de las notas publicadas por este y terceros en los periódicos, el diario personal de Garland y epístolas de sus superiores en el ejército que dan fe de la valía de “the woman on man attire”. A mediados de los ’60, un muy joven Sullivan escribía en su diario íntimo: “quiero verme como las persona como yo se ven, pero no sé cómo lo hacen” (New Yorker, 2019). Ya como un adulto de casi cuarenta años, pública el libro sobre Garland en el que podemos ver a un personaje que no niega su biología, se llama así mismo “mujer” pero que entiende lo masculino como único espacio de construcción, así como posiblemente también de deseo. Jack con un nombre y otro, vivió sus primeras cuatro décadas en relativa libertad gracias a las hendijas legales de la sociedad norteamericana y su tendencia a refugiarse dónde la pobreza y la soledad igualan. Pero las cosas se volvieron un poco más difíciles hacia finales del siglo XIX.

En 1886, el psiquiatra alemán Krafft-Ebing pública Psychipathia sexualis. El uso del latín denota un sentido legalista y punitivo. Buscaba dar una herramienta tratar desviaciones sexuales frente al estrado. Muchas ventas, pero relativa aceptación, sus ideas se basaban en supuestas patologías ligadas a una inversión sexual generada durante la gestación. Mucho más aceptado fue la patologización freudiana de carácter mental. La rara avis alemana que fue el doctor Magnus Hirschfeld es historia más conocida.  Llegó a tener su propia película expresionista en la que se interpretó a sí mismo. Su visión implicaba una patologización, “una cuestión de índole hormonal”, pero no una moralizante. Las cosas sencillamente eran. Terminó exiliado luego de varios intentos de asesinato. La Inglaterra posvictoriana no mejoró lo que en ese periodo se había iniciado. Recién las leyes que penaban la homosexualidad se dieron de baja en 1967. Del otro lado del mar, dos años después, ocurrieron los disturbios de Stonewall y Jack Bee Garland hubiera cumplido cien años.

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