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08 de octubre 2021

Eduardo Minutella

LA ÚLTIMA COPA DE IKUO ABO

Tiempo de lectura: 7 minutos

El tiempo que pasamos en las redes sociales a menudo nos transporta a otro tiempo. La cuenta @RaroVHS, que recupera fragmentos borrosos de un pasado cada vez menos reciente, entiende esa operación con gracia y elegancia. Sin embargo, días atrás la sonrisa dio paso a la pena. Según informaba la cuenta, había muerto Ikuo Abo, “el ruiseñor de las calles de Tokyo”. En los diarios, por supuesto, no hablaban de él. Pero acá sí. La que sigue es su historia.

I. Una troupe improbable

El fervor de los japoneses por el tango tiene su prehistoria en la primera mitad del siglo pasado, cuando el barón Tsunayoshi Megata viajó a París para tratarse de una enfermedad de la piel y descubrió a los músicos rioplatenses que, por entonces, triunfaban en Europa. Gracias a Megata, el público oriental aprendió a conocer la música de Buenos Aires e, incluso, a estudiarla. La prohibición del jazz estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial contribuyó a la difusión de los tangos y las milongas, y en los años cincuenta ya había orquestas y tanguerías en el Pacífico. Una década después, los músicos argentinos ya viajaban en continuo hacia el país asiático, donde las figuras de Salgán, Pugliese y Piazzolla fueron conocidas y reverenciadas. Sin embargo, antes de la conquista del Oriente, la montaña vino a Mahoma. A partir de la década de 1950, algunos músicos e intérpretes japoneses comenzaron a desembarcar tímidamente en Buenos Aires. Ranko Fujizawa, la figura más conocida de aquel grupo, llegó a cantar acompañada por Aníbal Troilo y Roberto Grela, y hasta fue aplaudida por Perón. Entre aquellos pioneros se encontraba un japonés bajito y de rostro inexpresivo que tenía un lunar sobre la boca, en el mismo lugar que Marylin. Se llamaba Ikuo Abo. No entendía el español y tampoco conocía mucho sobre la Argentina, pero fue el mejor de aquella troupe improbable.

II. Cafetín

Detrás del secreto del cantor japonés se esconde una historia más triste. Sus comienzos con el tango fueron resultado de una parálisis facial que lo aquejó en su temprana juventud. Mientras sus compañeros se adentraban en los laberintos de la conquista amorosa, Ikuo luchaba contra el rictus impertérrito al que estaba condenado. No es otra la causa de la ausencia de fotografías de su primera época; Abo era coqueto.

El fervor de los japoneses por el tango tiene su prehistoria en la primera mitad del siglo pasado, cuando el barón Tsunayoshi Megata viajó a París para tratarse de una enfermedad de la piel y descubrió a los músicos rioplatenses que, por entonces, triunfaban en Europa

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Sin embargo, Ikuo no estaba dispuesto a rendirse, y viajó a Tokyo en busca de un especialista que tratara su problema. No lo encontró, pero en cambio descubrió el tango, una tarde lluviosa en la que decidió refugiarse en una cafetería en la que sonaba la música de Buenos Aires. Pronto comenzó a tomar clases con Ricardo Francia, un cellista y arreglador porteño afincado en el país oriental. Francia, que por entonces trabajaba para la orquesta Yumiuri, solo enseñaba Nostalgias, porque consideraba que, si un cantor podía con ese tango, podía con cualquier otro. Huelga decirlo: Ikuo pudo. Pero además, el estudio del canto rioplatense le ayudó a recuperar buena parte de la movilidad de sus músculos faciales. A sus indudables méritos estéticos, el clásico de Cobián y Cadícamo yuxtaponía una inesperada funcionalidad kinesiológica.

III. El milagro japonés

A comienzos de los sesenta, el milagro japonés de posguerra coincidía con el que parecía impregnar la vida del flamante cantor. Sus dotes pronto impresionaron a Shinpei Hayakawa, esposo de Ranko Fujizawa y director de la más que solvente Típica Tokyo. Por entonces, la reindustrialización del país oriental y el desarrollo de un próspero mercado de consumo beneficiaban a la industria del entretenimiento. Convertido en la segunda potencia industrial del mundo capitalista, la prosperidad de la hora incluso permitía que florecieran las grandes orquestas de música popular, mientras languidecían sus pares en la Argentina o en los Estados Unidos. Mientras que Miles Davis y Horacio Salgán se replegaban en formatos como el quinteto, en Japón las orquestas parecían tener su momento. Pero a Ikuo le faltaba la prueba de fuego. Aunque se había ganado al público de su país, todavía no había debutado en la ciudad a la cual le había cantado en los últimos años. Finalmente, en 1964, cantó en Buenos Aires y salió airoso.

Aunque se había ganado al público de su país, todavía no había debutado en la ciudad a la cual le había cantado en los últimos años. Finalmente, en 1964, cantó en Buenos Aires y salió airoso.

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Luego de su primera visita, en la que realizó algunas presentaciones y grabó Ríe, payaso y La última copa, Ikuoemprendió una gira latinoamericana y paseó por el continente sus dotes de cantor inigualable, aunque todavía de fama modesta. Los discos, sin embargo, empezaban a llegar: Bebamos juntos / bebamos porque quiero / con todo este dinero / hacer mi carnaval suplica la voz precisa del cantor en la grabación de la Típica Tokyo. Y le creemos, por supuesto que le creemos.

IV. El Gran Salto Adelante

Sin embargo, en la Argentina de los sesenta la medida de la popularidad comenzaba a pasar cada vez más por la todavía joven televisión. Y el nombre de la televisión parecía ser cada vez más el de Nicolás Pipo Mancera, el artífice del programa ómnibus pionero de la televisión argentina: Sábados circulares. La emisión era la gran vidriera del espectáculo nacional. Combinaba la presentación de artistas internacionales ya consagrados, como Charles Aznavour, con la promoción de figuras ascendentes, como Sandro, Palito Ortega o Leonardo Favio.

Hay que decirlo: los medios de Mancera no siempre eran los más elegantes. En una televisión en la que todavía estaba todo por hacerse, cualquier ardid parecía válido para ganarse a las audiencias: cámaras sorpresa, transmisiones desde las cloacas de la avenida Juan B. Justo o desde los casamientos de los famosos, e incluso la realización de pruebas que involucraban un riesgo para la salud del propio conductor, quien no dudaba en tirarse encadenado al Río de la Plata o en chocar un automóvil en vivo para probar la eficiencia del todavía novedoso cinturón de seguridad. Quizás haya sido aquel espíritu de kermese el que despertara en los productores del programa el interés hacia la figura del buen Ikuo, ataviado con el kimono de rigor y presentado como “el samurái del tango”. Y sin embargo, quienes buscaban exotismo encontraron arte. En pocos segundos, la voz abaritonada y la justeza de la entonación del oriental neutralizaron la mirada curiosa y la inminencia de la gastada. En las casas, en los cafés, en los televisores de las vidrieras comerciales de la Avenida Santa Fe, las audiencias se rendían ante lo evidente: el japonés era un cantor con todas las letras.

Quizás haya sido aquel espíritu de kermese el que despertara en los productores del programa el interés hacia la figura del buen Ikuo, ataviado con el kimono de rigor y presentado como el samurái del tango

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El éxito de la legión japonesa se tradujo en nuevos contratos, que permitieron que Ikuo, Fujisawa y la Típica Tokyo giraran por todo el mundo y fueran convocados para participar en Viaje de una noche de verano, una película musical caleidoscópica y despareja conformada por varios episodios. Al frente de cada número había directores tan heterogéneos como Rodolfo Khun, autor de la premiada Los jóvenes viejos, y Carlos Rinaldi, un cineasta ligero que en los sesenta firmó títulos como Pimienta y Pimentón, Al diablo con ese cura y El desastrólogo. El film incluía escenas protagonizadas por Atahualpa Yupanqui, Ramona Galarza y los arribeños, pero también números dedicados al ascendente Juan Corazón Ramón, y coreografías camp en el estilo del Club del Clan. En el número que precede a la presentación de los tangueros japoneses, una Claudia Mores á go-go cantaba “Antón pirulero, me gusta el twist y el tango ligero” antes de subirse a un descapotable que ingresaba al estudio en el que se montaba el acto. La apertura del número oriental es con Tato Bores aludiendo a las tintorerías y una voz en off que reemplaza las erres por eles. Con esos antecedentes, el número de Ikuo presagiaba lo peor. Se lo mostraba inicialmente entre sombras, al interior de una pagoda de cartón piedra. Mientras sonaba la introducción de La última copa, la figura enkimonada del oriental emergía entre un enramado de bambú. Sin embargo, cuando empezaba a cantar, los demonios del kitsch se rendían nuevamente ante sus pies. Eche, mozo, más champán que todo mi dolor bebiendo lo he de ahogar, ordena el cantor. Ikuo se toca el pecho, estira las consonantes, ralentiza los tiempos. Quizás no entienda del todo lo que canta, pero es un virtuoso y para él no hay obstáculos. Pueden verlo en el siguiente video en el minuto 1:14:40. Jaque mate.

En los años siguientes, Ikuo desarrolló una carrera que incluyó giras, grabaciones con músicos argentinos, y un paciente y autodidacta estudio del español, que le permitieron entender un poco más aquello que cantaba. Su versión de En esta tarde gris, filmada para la televisión española y disponible en YouTube, da cuenta de la calidad de sus primeros registros.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el cantor incurrió en ciertos manierismos, los mismos que aquejaron a muchos intérpretes a partir de los años setenta, y que tanto contribuyeron a alejar del género al público más joven. A finales de los noventa, la carrera de Ikuo tuvo un breve renacimiento, especialmente a partir de la grabación de Mañana zarpa un barco, el clásico de Manzi y Demare. Pero el éxito esta vez fue efímero: a comienzos del nuevo siglo, un ACV se ensañó nuevamente con su musculación facial e incluso con parte de su cuerpo. Contra el destino nadie la talla.

Sin embargo, con el paso del tiempo, el cantor incurrió en ciertos manierismos, los mismos que aquejaron a muchos intérpretes a partir de los años setenta, y que tanto contribuyeron a alejar del género al público más joven

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El primero de septiembre de este año de infiernos, una neumonía acabó con su vida. Tenía 84 años. En las últimas décadas, el cantor de Hirosaki vivió casi recluido y dependió de la ayuda permanente de su mujer. Paradójicamente, ese periodo confluyó con una creciente circulación mundial de la música de Buenos Aires. A nivel internacional, hoy el tango es casi una marca, una oferta económica tentadora para cualquier músico argentino con determinados conocimientos y dotes técnicas. Suecia, Finlandia, Francia, Holanda y Alemania son plazas fuertes. Y en el extremo asiático, donde los intérpretes tienen hasta clubes de fans, los coleccionistas disponen de discografías más completas que las que pueden encontrarse en Buenos Aires. Hasta el azote pandémico, decenas de músicos y bailarines visitaban anualmente aquel país en busca del reconocimiento y la retribución que muchas veces les falta a nivel local. Miles de argentinos se han presentado en teatros, locales y tanguerías de todo el Japón. Solo un puñado, poquísimos, han pasado a tomarse una última copa con Ikuo Abo.

*Una primera versión de este texto salió originalmente en la edición de Playboy Argentina correspondiente a agosto de 2017. El autor agradece la información de primera mano brindada por el fotógrafo uruguayo Daniel Machado y la iniciativa de Tomás Rodríguez Ansorena para contar esta historia.

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