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Los primeros meses del gobierno de Macri una funcionaria usó un argumento de defensa que descolocó a su interlocutor. Eran los días del verano del año 16 y en redes sociales se había activado el “despidómetro” que contaba los despidos en el Estado como bajas de una guerra. El macrismo nacía auditado por el progresismo empoderado. Iba a haber una cámara de C5N para transmitir en vivo cada despido, cada quiebre de una PyME, como la cámara fija frente al glaciar Perito Moreno. La funcionaria se quejaba del tratamiento “excepcional” que le daban al nuevo gobierno, lo concebían como un cambio de régimen. Y entonces dijo: “dennos el derecho a hacer un gobierno mediocre”.

La frase podía tener variaciones: “Ser un gobierno más”, “otro ladrillo en la pared”, “qué le hace una mancha más al tigre”. Pero era un reclamo dramático que pedía que desdramaticen. Si se estiraba el argumento quería decir: Sí, quedaremos en la Historia por nuestras deudas, escándalos de corrupción, victorias y derrotas parlamentarias, represiones, manejos de los Servicios, y todo eso que en la Argentina hace al promedio de las ilusiones que terminan mal. Como dicen los chicos ahora: tenía un punto. Tan así, que los que formaron el gobierno que sucedió al de Juntos, el del Frente de Todos, hoy firmarían ese resultado si lo dejaran gozar de ese estatus en la Historia: un gobierno mediocre. Uno más en la lista.

No sabemos si Milei podrá soportar el ingreso a ese camino tedioso, lento, ripioso de los gobiernos. Esos parques temáticos que, al final, termina su temporada y van a parar al galpón de las industrias en desuso. A esta altura nadie sabe cómo le irá, todo pronóstico es más o menos verosímil. Y el gobierno se dispone a tratar de aprobar algo que ya ni Milei sabe qué es. Tal vez cuando le presenten la ley Bases, él diga en la intimidad lo que dicen que dijo Einstein tras rebajar al máximo su explicación sobre la teoría de la relatividad: “esa no es la ley Bases”. Pero el contenido no es el mensaje. La ley es el mensaje. Cualquier ley, tener una, la que sea, es el mensaje. No es la debilidad de ceder, es la debilidad de no tener una ley ni cediendo. Milei tiene que hacer algo que odia en su pasión por lo excéntrico: dar señales de conducir un gobierno normal.

¿Se bancará eso? ¿Hay en el gobierno margen para “no hacer Historia”? ¿Preferirán la tragedia? Gobernar también es aburrido y tiene meritocracia de casta: que te voten leyes, que no te volteen decretos, tener resultados modestos, de mitad de tabla, que cuando solucionaste algo -la inflación- a la gente le importe lo que sigue -la pobreza- (democracia es gobernar a la gata flora), y con todo eso construir pedacitos de un “orden”. Que los trenes no choquen, que la comida llegue a los comedores, que haya gas. La mitad de la gestión es el triunfo silencioso de las cosas que la gente naturaliza y no agradece. Por cada tren que llega a Retiro la gente no aplaude. Cada taxista que carga el gas no se abraza con el playero. Lo bueno es meteorológico y lo malo es tu culpa. Eso es gobernar. Donde casi todos los temas “de base” son aburridos. Y en el medio, el intento de embocar “la tuya”, de ir metiendo tus leyes, tu repertorio del para qué te votaron. Ir del dicho al hecho y del hecho al derecho. Estos días parecen vivirse bajo esa expectativa: que Francos entregue cualquier cosa con tal de tener la victoria concreta de, aunque sea, una ley aprobada.

Gobernar es un trabajo fordista. Repetir una acción mil veces. Y Milei parece decir: si me quedo quieto me transformo en casta

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Milei nos vende el viejo loop de estos largos años de fracasos: no nos quieren felices, nos quieren intensos. El kirchnerismo fue la versión del peronismo que trocó “felicidad” por “intensidad”. El macrismo quiso, en sus dos primeros años, desdramatizar la Argentina, pero los últimos dos años fueron de un Macri sincero convocando batallas y plazas. Pasó de “abrir procesos” habilitando el debate del aborto a besarle los pies a una evangélica. A Marcos Peña lo reemplazó la Intensidad en mitad del río.  

Pero Milei llevó las cosas más lejos: a seis meses de asumir parece haber decretado que la presidencia es un puesto menor. Nos esnobea. ¿Gobernar? Cosa de mediocres. La presidencia parece la excusa para su gira mundial. El modo mileísta de un clásico de estos años: “desertar el poder”. Pero por arriba: salir de gira y dejarlo delegado. Si Cristina dijo que el poder lo tienen las corporaciones, si Macri dijo que el poder lo tiene el peronismo, si Alberto dijo que el poder lo tiene Cristina… Milei, ¿qué dice? ¿Dice que no le importa? ¿Que lo tiene la casta? Pareciera decir que si no le sirve para ser líder de opinión, no le sirve. Porque así deshoja las cosas: si la realidad le demanda respuestas concretas, no le sirve; si a las palabras hay que agregarle hechos, no le sirven; si los hechos no entran en un reel, no le sirven. ¿Y qué le pasa? Tras cada gira por el mundo para conocer a sus ídolos lo recibe una crisis. Un ministro que confirmar. Un problema que resolver con algo más que un tuit y cinco minutos de atención.

El poder te enloquece. Te saca de tu locura y te pone en otra. De la Rúa se quedaba quieto. Debía contar los minutos que pasaban sin que nada pase como un niño: cerrar los ojos, contar hasta mil, abrirlos, ¿pasó algo? Se hablaba de su pasión por el bonsái, miniaturas botánicas en las que hacer foco. El poder enloquece con voces que no te dejan oír la tuya. Le pasó a Alberto. Que nunca entendió su hilo, la voz interior: comprender su misión trascendente. Y, paradójicamente, también lo otro: la tarea aburrida, vivir en el embotellamiento de expedientes que requieren saber de cada cosa. Beatriz Sarlo en 2008, para desgracia del fervor del Buenos Aires de ese año, usaba una frase que nadaba como el salmón: “la democracia es gris”. Esa era su carta abierta, ¡breve!, contra la pasión de viejos compañeros de ruta generacional entusiasmados con el kirchnerismo. Pero la frase de Sarlo traducía muchas ideas, y una tenía que ver con la burocracia, con la tarea aburrida, con la necesidad de traer especialistas para temas concretos que te duermen la audiencia, con aprender a romper prejuicios y ver matices. Tal vez, la democracia sea una paleta de grises. Uno de esos grises implica la fijeza en la tarea. Gobernar es un trabajo fordista. Repetir una acción mil veces. Y Milei parece decir: si me quedo quieto me transformo en casta. Me muevo y juego otra liga. Pero la presidencia es ese trabajo que alguien tiene que hacer. El bonsái de Milei: su ego. Cuidarlo, darle luz a la mañana, agua, tierra.   

Puertas Pentágono

Así, entre improvisaciones y escapadas, en Sandra Pettovello se revela este drama. Es víctima de un diseño roto: Milei se excitó y le dejó algo que le queda enorme. Y mientras se ordena eso, vendrá bien recordar una historia de ese lugar que le dieron a Sandra. De cuando le dieron el ministerio infinito al entonces joven funcionario Sergio Berni.

Por esos años Berni era un desconocido, íntimo de Kirchner, con formación militar y dispuesto a todo: infiltrarse, negociar, sacar la sartén del fuego, cumplir acuerdos, lo que sea necesario. Así, en 2003 ingresó al Ministerio de Desarrollo Social. En esa misión Kirchner imagina que se pueden incorporar los movimientos sociales al sistema político. De a poco. No los convierte ya en funcionarios y empleados, los va aceitando como interlocutores, voces que necesita oír en ese primer tramo de gobierno a ciegas. ¿Qué poder tienen? Saben algo que no sé, pensaba Kirchner. Porque cuando llegó al poder no dimensionaba la magnitud de la pobreza. A Berni le tocó continuar eso que había empezado Duhalde (él y Chiche): abrir la maleza y vincular al Estado con cada organización de cada provincia. Desde Chimbas hasta Villa Fiorito, desde el Gran Rosario hasta los indios del Chaco. Un Pentágono de la Paz Social.

El argumento fiscal, que es el que domina la mentalidad de esta época, encuentra en el “gasto social” lo que más ama odiar

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Tenía su oficina en el 8vo piso del edificio ANMAT, y cuando no estaba de gira por el país, se lo veía ir y venir por los pasillos, o estar con los pies sobre la mesa a grito pelado en reuniones con secretarias y personal subordinado que ya tenían hacia él no se sabe si amor o síndrome de Estocolmo. “¿Me trajiste el reporte?”, decía a trabajadoras sociales que no se habían preparado toda la vida para eso: para que sus informes se lean. Colgaba un mapa argentino de fondo en que estaba señalizado cada grupo y organización por ciudad o pueblo, con su referente en birome y el número de celular, la mesa llena de expedientes. Jugaba a ser un Patton en su guerra imaginaria. Todo era vértigo. “Lo que Berni promete, cumple”, cuchicheaban esperando el ascensor los referentes de grupos piqueteros que no querían ser K, y metían quilombo en puentes o rutas por comida o planes. Lo odiaban y querían a la vez. La AUH estaba lejos porque la “elite kirchnerista” la consideraba una “política liberal”. En eso, Elisa Carrió estaba adelantada. Pero si el primer problema de un gobierno ante un conflicto se resume en una pregunta: “¿tenemos con quién hablar?”, Kirchner le fue agregando otra: “¿tenemos alguien nuestro ahí?”. Berni usaba la palabra territorio con aura castrense y mística. Y aceptaba a los no nuestros. De allí quizás nació uno de los vicios kirchneristas: no tener conciencia del límite de los recursos. Tener que tener respuesta a todo era como dar la orden de emisión monetaria todos los días: cash y expectativas. 

En 2007 el macrismo se lo quiere llevar a la ciudad. Kirchnerista, pero no progresista, lo imaginaban adaptable para el orden urbano. Berni ya operaba fundando su leyenda puertas adentro del palacio. Pero era otro tiempo sin esta adicción mediática que también él “padece”, donde casi todos los funcionarios de cualquier gobierno sueñan con ser influencers. Había que hacer la tarea, había que aburrirse, cumplir promesas, hacer operaciones, traicionar, no dormir, tomar alplax y tener el teléfono encendido toda la noche. La cosa sana, pero adentro de las cuatro paredes mentales de una política que necesitaba ir ganando márgenes: de gobernar minuto a minuto para que no estalle a alcanzar un día a día. Sino, el Estado argentino iba a tener un ACV. Porque eso es la política social: cuidar que no estalle la bomba.  

Esa pata de Estado con olor a oveja, ese Ministerio de Desarrollo Social mantiene aún la huella y el aura que institucionalizó allá lejos Rosas para una naciente “cuestión social”: el Negocio Pacífico de Indios. Una institución que Silvia Ratto cuenta en su gran libro “Indios y cristianos”. Los Catriel, Cafulcurá y caciques que llegaban del sudoeste con sus familias, levantando polvareda en caravanas barrocas. Se los recibía en el Once. Se los atendía. Caña, dulce, carnes, cama limpia. Y se venían días de conversación, carajeadas y mapas hasta hacer las paces. El Estado y su tarea de frontera perpetua para lo que siempre queda del lado de afuera: negociación personalizada llena de asados, café y pipas de la paz, regalos, palabras de honor y traiciones.

De Rosas a Roca

¿Y ahora? ¿En qué convertirán esa mole de cemento, ese hormigón de expedientes? ¿Ahora se trata de terminar con el sistema de negociaciones y pasar a la “guerra”? ¿Cambiar unos intermediarios por otros? Los movimientos sociales mal, bien, apoyados por la CGT y la Iglesia, con claroscuros muchas veces insalvables, sostuvieron en el tiempo un diálogo sobre la pobreza. (Dije claroscuros y nombro más los claros. Lo oscuro está en difusión permanente.) Toda esa “política social” que hoy entra en palabras como planeros, pobrismo, gerentes de la pobreza nombra una de las herramientas de “solución” de la crisis veinte años atrás. Como ocurre en Argentina: hay algo de enamorarnos del instrumento y convertir el método en un fin. Pasó con la convertibilidad, pasó con el aislamiento preventivo. El argumento fiscal, que es el que domina la mentalidad de esta época, encuentra en el “gasto social” lo que más ama odiar. Hay que ajustar, sacar a los intermediarios, sacarles la silla a las organizaciones sociales, que no se sienten en la mesa del poder. Hace unos años le advertimos a un dirigente: pueden a ir presos. Sus intentos por pasar a la política recibieron incluso el rechazo y señalamiento de los dos líderes de la grieta: Cristina y Macri. Con Milei iban a ser el cordero a sacrificar.

Raúl Castells, Toti Flores, Emilio Pérsico, Margarita Barrientos, Daniel Menéndez, Juan Grabois y la Vicaría de Villas de la Iglesia (que sostuvo la urbanización de barrios todos estos años), y las iglesias evangélicas, y miles de comedores sueltos, todos esos nombres (y otros) fueron, a su modo, un plantel informal de “hombres y mujeres de Estado del siglo 21”. En el imperativo realista de gobernar la crisis. Una constante desde hace décadas en el que toda militancia es social. Repito siempre: Jorge, antiguo puntero radical de Villa Soldati, ladero del Beto Larrosa, sostiene hace años un comedor donde todos los días comen cientos, armó una cooperativa cartonera, tiene su local que organiza fiestas, días del niño, distribuyó “planes”. Y además de todo, participa de las internas del partido de la Lista 3. ¿En qué se separa su práctica de una organización social? Un local de la UCD de Abasto presta servicios vecinales: asesoría jurídica, apoyo escolar, clases de karate. “Todos funcionamos un poco como movimientos sociales”, dice un militante del poderoso peronismo de La Matanza.  

Que los trenes no choquen, que la comida llegue a los comedores, que haya gas. La mitad de la gestión es el triunfo silencioso de las cosas que la gente naturaliza y no agradece

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Los movimientos sociales fueron todos estos años parte de una negociación infinita que los mareó, auspiciantes también de esos peligrosos “dos lados del mostrador” en que cayeron tantos. Cualquier observador cauto sabe que además se sobredimensiona bastante la presencia de estos movimientos. ¿Tanto poder tienen? Los sobredimensionan quienes los defienden “románticamente” y también los que imaginan en ellos una máquina de multiplicar pobres. Los movimientos son piantavotos en parte porque nacieron para lo contrario que los partidos políticos: nacieron para estar con los últimos. Algo irrompible que se funda en una tradición argentina: la máquina de religar pedazos rotos. Los chanchullos denunciados, los afanos repudiables e inventados, los métodos hartantes no empañan la tradición en cuya raíz hay sindicalización, campamentos salesianos, círculos de obreros católicos, sinagogas con bolsa de trabajo y mutualismo infinito. Estas noches frías se puede ver ONG’s y grupos parroquiales llevando frazadas o viandas para los que duermen en la calle. Llevan y escuchan historias. Esa chispa, la acción constante y silenciosa. Estos movimientos sociales hoy acorralados fueron también algo inorgánico que existe desde siempre: movimientos subterráneos que hacen algunas personas para agarrar a otras. La luz de esos peregrinos de fiebre de sábado por la mañana: -¿Adónde vas, hijo, un sábado tan temprano? -A alfabetizar al barrio. Esa rueda gira hace décadas, desde el corazón del siglo 20. ¿Culpa de clase? ¡Claro! La culpa es otro motor de la Historia. Lo supo Belliboni y lo supo Monseñor D’Andrea. En Argentina las personas se rozan, se buscan, se acolchonan, se rompen a veces los diques de clase. Algo de eso, en otra clave, dice Gustavo Carrara acá: “La situación económica le pega fuertemente a la clase media. La clase media es una gran dadora de trabajo para los sectores populares. Muchas personas de clase media, cuando tienen la oportunidad, contratan personas de clase más obrera y humilde para el cuidado de adultos mayores, también para trabajos de pintura, de albañilería, de jardinería”. Espasmódicamente, con epoc, en Argentina aún respira la posibilidad de un destino común para todos. Hay una concesión histórica a eso que, aunque se debilite, no deja de existir.