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28 de abril 2024

Martín Rodríguez

LA SOCIEDAD NO EXISTE, PERO SE SABE DEFENDER

Tiempo de lectura: 8 minutos

Uno

Si el peronismo es el hecho maldito del país burgués, la clase media es el hecho maldito del país peronista. ¿Qué fue 1983 y esa automática “mitad más uno” perdida? Un resultado para el nuevo siglo: no habrá patria peronista, ni patria socialista, ni patria procesista. Para la posguerra sucia, ¿qué te prometerá la Argentina? Ser de clase media. Aunque no haya economía para eso. Pero te promete ser, parecer, llegar, no caer. De clase media queremos ser todos, General. Incluso, los jóvenes que se suben a sus torres de marfil con libros de Arturo Jauretche. La clase media se odia a sí misma en reuniones de consorcio.   

Dos

¿La movilización del martes “ya pasó”? ¿Nada dura más que 48 horas en la conversación? Puede ser. Pero la bala entró. Porque el discurso temerario del presidente que llama casta o comunista a lo que se le ocurre, que promete ajustes salvajes y vaciamientos presupuestarios, en toda esa imprecisión, hizo que muchos más que los que calculó se sintieran amenazados. Dicho rápido: fueron muchos los que vieron amenazada una herramienta para cumplir su promesa de movilidad ascendente del siglo 21, o sea, la movilidad ascendente por mano propia. Abrirse paso, tener tres laburos, estudiar de noche, romperse el culo. Y para eso muchos cuentan con el arma blanca de la meritocracia criolla: las universidades públicas. Y así, tras los millones que poblaron las calles, vimos el primer “recalculando” de Milei: pasó de “lágrimas de zurdos” a “causas nobles con motivos oscuros” en una noche. Algo pasó en el medio: no la vio. E interrumpamos por un rato la larga etnografía de su votante para decir que si a Milei le mostrás los dientes, entiende el lenguaje de los dientes. Y, a la vez, como apuntó Esteban Schmidt en su newsletter: el protocolo anti piquete hizo agua en un punto ciego clasista. “Una marea humana de blancos con todos los dientes disipa a la policía y no al revés. Ahora le va a costar a la ministra de Seguridad retomar el perfil más heavy”, dice Esteban.

Tres  

Escribió Florencia Angilletta acá: “La generación del ochenta es una generación universitaria. No porque todos fueran a sus universidades, no porque haya sido necesariamente la década saliente de la masificación de los claustros, sino porque los universitarios –ese sujeto social– resultaba inseparable de la promesa democrática”. Entre el ingreso irrestricto universitario y los créditos a tasas ceros, entre Alfonsín y Menem, entre el Padre y el Tutor de un orden que consiste en domar el potro de una sociedad que no vive sólo alimentada a “derechos” (oh, juicio a las juntas, congreso pedagógico, ohhh fin de la colimba, derogación de edictos policiales, matrimonio igualitario o aborto). Pero falta el oro. Democracia entre el sueño republicano y el clóset de monedas, entre ambiciones griegas y dólares guardados en el colchón. Somos esa navaja que cada tanto lo despluma para sacar los dólares, somos lo que rumia: “Alfonsín, la democracia, ¿con qué se come?”. Ese desequilibrio entre bronce y oro nos acosa. Y Milei no es que discute la democracia, sino que cree que la hicimos mal. Hicimos un Plan Primavera, ¡un festival latinoamericano de la canción!, pero no un Plan de Negocios que dure más que una buena cosecha. Así y todo, Milei logró quizás la tercera gran movilización de la Historia Argentina… en su contra. Después del pueblo en busca de la Scaloneta hace dos años o la vuelta del General Perón en la Ezeiza del 73 (la marea humana más alta del siglo 20), otros millones en 2024 salieron a decir que la sociedad existe, que la universidad es pública y gratuita o cosas así. El ajuste los pone solemnes. Una docente pampeana puntualizó así la marcha en Santa Rosa: “Ayer la marcha fue la más importante de la historia del Pueblo”. Otro de Bahía Blanca dijo: “Somos una ciudad universitaria, no creo que haya otro tema que pueda convocar a más sectores acá, aunque también había gente de ciudades vecinas, pero fue la marcha más grande desde el escuelazo de 2001”. Igual, sabemos que Milei y los suyos al final responderán en piloto automático con la frase más insoportable: lo gratis no existe. Es como el dueño de un salón de fiesta en cada fiesta ajena: “Disculpá que no me emocione, pero, ¿yo a quién le cobro?”.

Para la posguerra sucia, ¿qué te prometerá la Argentina? Ser de clase media. Aunque no haya economía para eso

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Cuatro

Por ahora todo el que dé un paso al frente y diga “yo represento” será llamado casta. Desde el cura hasta el político, desde el rector hasta el periodista. Milei ocupa el centro de la escena como quieren casi todos los comentaristas. Detrás, el resto de la política en su nada. La marcha del 23 le devolvió aire sólo a la gente. A los que resisten, a los que disienten, a los que tuvieron miedo y mostraron los dientes y se volvieron a la casa, a los que lo votaron pero no le dieron un cheque en blanco. Fue bueno para una parte de la sociedad que sabe lo que se sabe desde siempre: que al final se tiene a sí misma. Ahora, puede, en cualquier caso, desempolvarse un relato opositor de a poco. Porque se tiene uno a mano: se llama Educación. La política está tan mal que el síntoma se hizo visible en ese palco. “Dos referentes de Derechos Humanos” podría ser la fórmula inocua para ocupar cualquier vacío político. La gente fue adelante de la política una vez más, más allá de lo que dure el efecto. Si coordinara un taller literario elaboraría esta consigna complicadísima para la imaginación: “Ubíquese en la cabeza de un cristinista y desarrolle argumentos en los usted que se diferencie de Kiciloff”. La interna antropofágica que años atrás se veía en el discurso de Cristina despotricando contra el presidente que eligió ella misma o contra organizaciones sociales cuyo estatus patentó el kirchnerismo, ahora llega a un fondo completamente inesperado: el nuevo mandamiento militante de odiar a Axel. Esa interna nepotista se los consume. También, el dilema de Llaryora que no puede desmarcarse tanto en una provincia que aún apoya a Milei (si habla mal del presidente baja en las encuestas, dicen algunos), y el empantanamiento en el narco de Rosario que atenaza a Pullaro a ser un Bukele pobre; coloca dificultades en la emergencia de un político nuevo que abrigue una nueva e incipiente esperanza nacional. Ni hablar el macrismo, que está en un gran cuello de botella tratando de ser parte de un gobierno que los atiende a cuentagotas. Así, la mejor noticia política de la marcha es su debilidad: que nadie la capitaliza. Fuerza social sin autor. Fuerza que puede reabsorberse, vaciarse, pero que está ahí, al toque de ese nervio. Porque hay más vitalidad en ese dato de orfandad que en cualquier clase magistral que sigue reproduciendo al infinito la teatralidad de la casta.

Cinco

Brilla el testimonio de Ignacio Budano, docente de escuela primaria en Floresta: “El viernes le pregunté a los chicos quiénes tenían hermanos en la universidad y levantaron la mano dos (solo cuatro tienen hermanos en edad de ir a la universidad). En un caso se trata de una familia de clase media y en la otra de media baja. Cada tanto me encuentro un exalumno que me cuenta que está cursando en la universidad. La última era una chica que vivía en una casa tomada en Flores. El gobierno se sostiene en la promesa de un futuro venturoso ante un presente adverso, pero tocó la verdadera víscera sensible: la posibilidad de estudiar. Una promesa simbólica que hasta nos sirve de ayuda a los que trabajamos en otros niveles. Se metió con nuestra Moncloa tácita: que podemos ir a la facultad, vengamos de donde vengamos. Después el sistema excluirá por otras formas, pero la promesa está ahí. Y saco por emoción del arcón de los recuerdos la vez que había unos runflas peronistas de Lugano en casa, eran amigos de mi viejo, yo tenía veinte años, una cosa así, y se ve que temían por mis pensamientos ‘de izquierda’ y uno me dice: ‘lo que pasa es que el movimiento más importante de la Argentina es el peronismo’. Y yo supongo que enojado con algo le dije: ‘no, el movimiento más importante es la escuela pública’. El tipo me mira, se queda callado y me dice: ‘bueno, en esto tenés razón, pibe’. Y me quedó eso: si vos ponés una línea temporal, podrías encontrar un nexo común entre los primeros conservadores, el radicalismo, el peronismo, el socialismo, en la defensa de la escuela.”

Seis

El problema que extrae Milei contra las universidades no está en el peronismo histórico (ni en el progresismo de los últimos veinte años kirchneristas), está en la Argentina pre peronista. La marcha del 23 conmovió a Nelson Castro, a Mirtha Legrand. Movilizó a Tetaz y De Loredo. Fue a la raíz de algo que también le devora los papeles, tocó algo que es anterior a las discusiones pendientes del modelo educativo. Diríamos: no es el artículo 14 Bis, es la ley 1420. Un punto de arranque que nos hizo nación. No es contra la clase, es contra la ciudadanía. Esa vieja tarea de Estado: hacer argentinos. Eso que tradujo en un solo idioma nacional a turcos, polacos, italianos, españoles, judíos y diaguitas. Así, la marcha del 23 restableció por un rato el piso frente a un gobierno que quiere discutir todo. No es que la mayoría del pueblo argentino de golpe se hizo radical, es que se mostró ese sedimento del que también está hecho. La educación (la intransigencia de mantener las escuelas cerradas) fue el agujero que descosió el consenso de la cuarentena durante el gobierno de Alberto Fernández y CFK.

Siete

Hace más de diez años la UNSAM difundió un estudio sobre la autopercepción argentina. Una amplísima mayoría se percibía de clase media. En todos los frentes se es, se quiere ser, se aspira a la clase media. Como diría Menem, si viviera: “andá a convencer a un argentino de que no merece un Iphone”. La década del noventa también se tradujo en ese solo derecho reforzado: el derecho al consumo. Llamativamente o no, fue la CGT la que produjo la mejor convocatoria a la marcha universitaria, la más sincera. “La marcha del ascenso solitario”: el hijo del trabajador que hereda y amplía el conocimiento del padre, el que lleva el primer título a una familia, la hija de una familia paraguaya que marcha con su universidad. Todos eran evocados en ese spot como otro de los fondos verosímiles de la marcha, y con menos gusto a relato de Hernán Casciari y más movilidad por mano propia. Dejame defenderme a mí si no me vas a defender. Para mucha gente el Estado no es el Mapadre que te ayuda (como en la fantasía populista), sino un conjunto de herramientas disponibles para este mundo sórdido. El presidente “de la libertad” se encontró con una marcha de los libres. Contrario a otras, ésta tuvo aunque sea en mínima dotación, el primer ingrediente del fuego electoral amigo: “hice campaña por su candidatura, pero marché contra usted”. Si no hay proyecto común, ¿por qué me sacan mi proyecto personal?

“En la fábrica tenemos pegados siempre muchos cursos de robótica, PLC se le dice, todas cosas que son para mantenimiento, más que nada tecnología nueva, así que van muchos pibes jovencitos que la tienen más clara. Y a veces salen cursos en la concha del mono, en Zona Sur, a veces sale algo por acá de Seguridad e Higiene, de un montón de cosas, la verdad que está piola, yo hice algunos. Acá en Pacheco hay una UTN, grande, linda. Y los del sindicato nos dijeron esta semana: ‘che, loco pongámonos las pilas y vamos para allá’”. Esto cuenta Facundo, trabajador de la planta de Volskwagen. Así vivieron la movilización del martes, convocados por la conducción de SMATA, y por lo que muchos trabajadores de la planta decidieron ir por su cuenta. “No había micros, la onda era que la gente fuera sola”, dice. ¿Qué sentían amenazados exactamente? Las carteleras, las propuestas, la relación entre la Planta y las universidades de la zona que ofrecen cursos para sumar mérito. Ese paisaje mínimo, habitual, de golpe, en la imprecisión bravucona de Milei, se vio amenazado.

Es como el dueño de un salón de fiesta en cada fiesta ajena: “Disculpá que no me emocione, pero, ¿yo a quién le cobro?”

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Ocho

No dejar los ideales en la puerta de la Casa Rosada. No dejar a la Argentina en la puerta de la Casa Rosada.

Nueve

Escena porteña de las 7 y pico de la mañana en la semana más autonarrada del mundo: llueve a cántaros, un padre (separado) busca al hijo por la casa de la madre para acompañarlo al colegio. El nene sale del fondo, cruza el pasillo del PH, los separados se echan la última mirada (el campo de fuerza de ese pasillo es la última Franja de Gaza matrimonial), el padre es puntual, pero se está meando. Y como el trayecto entre la casa materna del hijo y la escuela es largo, le dice resignado: “hijo, no mires, papá va a mear”. Y mea en el hueco entre un auto estacionado y la campana gris de basura. Los padres mean, hijo. Y el hijo se queda quieto, frío, duro como un palo, mirando para otro lado. Otros padres con otros hijos pasan. No hay brillo en el pis dorado, más bien vergüenza. Siguen camino a la escuela que deberá enderezar su educación, y un día llegar a la secundaria, y después a la universidad, y ese día, con lágrimas en los ojos, recordará bajo una cortina de agua al padre solitario meando, porque los padres son eso: roña y entrega para que el hijo llegue. La educación es la marcha del futuro, los millones que caminan desde sus casas hasta sus escuelas. Un presidente puede ser cualquier cosa, hasta un paseador de ánimas por los jardines de Olivos, pero siempre deberá ser el que les dice a los que estudian: no tiren la toalla.

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