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18 de marzo 2023

Juan Di Loreto

LA REPÚBLICA DEL SILENCIO: OBRA, AUTOR Y CANCELACIÓN

Tiempo de lectura: 3 minutos

La querella clásica del autor y su creación retorna como lo reprimido: una y otra vez. ¿Debe objetarse una creación ante diversos aspectos que involucran a su creador? Por contigüidad parece ser que sí. Si tal cometió un delito, dijo una barbaridad (?) o votó a alguien que no queremos su obra pasa a ser parte de ese universo que se objeta. Este procedimiento social lo que hace es identificar: lo mismo es la obra que el autor. No hay distinción y allí comienza todo.

En primer lugar, hay que decir que la obra está de hecho separada del autor. Lo escrito, filmado, musicalizado… es parte de una ejecución en un momento y lugar por parte de un individuo. Una vez dada a conocer la obra deja de pertenecer al autor. Él está inscripto en ella, porque lleva su nombre, pero la obra ya tiene vida propia: es leída, interpretada, citada, olvidada, exagerada, copiada. La obra discurre por el sendero infinito de las lecturas; de la recepción, como se dice. El autor o autora acompañan ese circuito pero desde el comentario, la presentación, porque la obra es algo “exterior”, un objeto que puede leerse, pero no es el autor. Un autor nunca se lee, aunque digamos que leemos autores. Siempre leemos textos y a veces ni siquiera. Tal vez, y exageramos, lo que leemos son momentos de recepción de la historia de la lectura.  

Aunque se los confunda, la “bio” y la “grafía” no son la misma cosa. Porque es ésta última la que sobrevivirá a cualquier existencia que la produzca. Lo que queda del autor es un nombre, un signo, una huella que se va borrando. Pero más allá de lo que se vive y lo que se escribe hay una terceridad que entra en juego: la objeción de un particular hacia el nombre y toda la red de significados que lleva unido. Porque la cancelación es sobre todo un intento de querer suspender lo imposible: la semiosis infinita que producen los discursos sociales. 

Se secuestraba toda la tirada de la revista Humor Registrado y chau. La distribución era la clave. Muy de tiempos sólidos. Pero ahora eso es casi imposible en nuestras autopistas digitales cotidianas. Lo que queda son las marcas o los silencios

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Los algoritmos mismos trabajan un poco con la lógica de una “exclusión inevitable”, ya que intentan ordenar el caos que puede llegar a ser el contenido incesante de una red como Twitter (si seguís más de 2 mil cuentas, por ejemplo). Pero una cosa es la pretensión de orden por afinidades y otra es cierto etiquetado de contenidos o de personas (o marcas llegado el caso) con un estigma. La reputación online es un activo muy buscado, clave cuando la circulación no puede detenerse.

Pero todo va más allá. Tiempos extraordinarios vivimos en que la  noción de censura quedó obsoleta. La censura era un hecho material si se quiere. Se secuestraba toda la tirada de la revista Humor Registrado y chau. La distribución era la clave. Muy de tiempos sólidos. Pero ahora eso es casi imposible en nuestras autopistas digitales cotidianas. Lo que queda son las marcas o los silencios. Marcas porque se estigmatiza o se etiqueta al medio o persona y, por efecto, se invalida cualquier cosa que diga. La censura se ha vuelto una operación que parte del mismo creador: una de las pautas para escribir es ver cómo no ofender a tal o cual para que el mecanismo de caza no se desate (la paranoia de la que hablaba Alan Pauls en Encuentro Itinerante). Luchamos para que no se nos malentienda desde siempre, pero sobre todo para que no nos objeten, no invaliden lo que estamos haciendo. Porque los que verdaderamente tienen discursos extremos (para simplificar) no les “importa nada”, no buscan matices. Quieren anular al otro directamente. No son esos casos en lo que estamos pensando en este texto. Sino en aquellos que intervienen en el discurso público matizando ciertas posturas, apostando a lo gris que muchas veces tienen las cosas, pero son atacados con la saña inédita.

Aunque se los confunda, la “bio” y la “grafía” no son la misma cosa

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Se paga más caro el tratar de pensar los temas que el simplificar y vivir con slogans y etiquetas. Es un rasgo muy de esta época el decir que no espera respuesta: “Que la cuenten como quieran”, se escucha. Silenciar, ignorar, bloquear (o el shadow banning como anota Paula Puebla), todos procedimientos que obliteran a los otros. Un amigo decía, y con mucha razón, que había más Twitter fuera de Twitter que dentro. Porque en la circulación en redes es difícil practicar el desenfado si uno pone su nombre, por ejemplo; entonces esas expresiones terminan en otros lugares, más privados, menos visibles y se los expulsa de lo público. Pagan cara la expresión y gana el silencio.