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24 de julio 2021

Juan Di Loreto

LA REPETICIÓN

Tiempo de lectura: 3 minutos

“La filosofía de todos modos llega siempre demasiado tarde… Solamente aparece en el tiempo después de que la realidad ha completado el proceso de su formación…”

“El búho de Minerva solo inicia su vuelo al atardecer”.

G. W. F. Hegel

Con la llegada de los 100 mil muertos por covid-19 se comprobó una hipótesis que se sospechaba: vivimos una época sin sorpresas ni asombros. Un número dramático por la dimensión estadística y humana que no causó mayor asombro. Por ejemplo: toda la semana el periodismo vino narrando que pronto llegaría ese número y la tragedia que eso significaría. Era cuestión de tiempo. Pero en la víspera ya estaba todo narrado. Un caso más banal es el del hot sale, esa especie de oferta masiva de productos. Los mismo precios son aumentados y rebajados, hay página para adivinar estafas… todos hacen lo que tienen que hacer.

Una aclaración: no es que la sorpresa es una virtud a la que aspirar, sino que la realidad está lo suficientemente programada para que nada sorprenda. Incluso algo tan trágico como los muertos de una pandemia global. La realidad se ha transformado en una comedia mecánica. Sabemos con exactitud qué van a decir los personajes, por eso es mecánica. Y nosotros, los consumidores, justamente, vamos a buscar el sentido consumado, hecho, que nos entregan. Llega el número redondo y se despliega la inercia simbólica: tapas de diarios en blanco o en negro (según el gusto editorial), los hasta take away, los sesgos, la colección de fotos, la frase de aquel, de este, de aquellos.

Para qué leer lo que ya sé que me va a decir. Para qué recaer en esas lecturas, para qué ver eso de nuevo

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Vivimos una época sin sorpresa, es decir, vivimos una época en la que ya sabemos pero lo hacemos. No por nada han surgido términos como los de “consumo irónico” (que siempre es consumo como me repite mi amigo Pablo Fisher), donde “no consumo consumiendo”. Tomo la lógica que refería el mismo Slavoj Žižek: el mundo del café que no es café, carne que no es carne…

Si bien hay una gran parte de nosotros mismos que se nos escapa, como bien enseñó Freud, ése cachito que llamamos “conciencia” está teñido del más ejercitado cinismo. Y es un cinismo que parece haber agotado sus formas. Vivimos en la eterna repetición de cierto discurso público. Es como aquella frase que citaba Derrida de Flaubert: “Tenemos demasiadas cosas y no suficientes formas”.

Pero lo que se vive no es una repetición kierkergaardiana, donde la repetición es un ejercicio de la libertad. “La primera forma de lo interesante es el cambio, la segunda es la voluntad de repetición”, escribe Kierkegaard. Y agrega: “Pero como algo que se basta a sí mismo, sin intervención del dolor”. La repetición que queremos mostrar es la que vuelve a lo mismo. Un movimiento que olvida la diferencia, que vuelve al punto de vista de lo mismo una y otra vez. Es la repetición de la que hablaba el viejo Deleuze. Es una repetición que es lo opuesto al pensamiento. Pensar es (casi siempre) diferir.

Tomo la lógica que refería el mismo Slavoj Žižek: el mundo del café que no es café, carne que no es carne…

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Hay que quebrar esta repetición que nos acecha. Y algo de eso está ocurriendo. Se está escribiendo mucho, se está pensando mucho. Hay analistas, pensadoras, filósofos que están trabajando justamente estos nudos donde nada es tan claro. Es decir, donde hay que ponerse a pensar en serio, donde impera la neblina, más que el recitado de verdades.

Después están los de la repetición, que son casi un chequeo de lectura. Lugares donde se (re)trabaja el convencido y el convencimiento. En lo personal, la repetición produce cierto desgano e indiferencia. Para qué leer lo que ya sé que me va a decir. Para qué recaer en esas lecturas, para qué ver eso de nuevo. Salvo que, en ese recurrir, se cifre un modo de ser en este tiempo. Un modo repetido a desgano, lo mismo de lo mismo. Pero eso lo sabremos al atardecer, que es cuando el búho de Minerva toma vuelo.

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