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01 de septiembre 2021

Leandro Beier

LA OTRA CIUDAD

Tiempo de lectura: 2 minutos

El negro Pablo amanece viejo, canoso, la espina dorsal encorvada pero, sobre todo, sin el diablo en sus ojos.

Okupas entre otras mil cosas, fue la serie argentina que llevó a un nivel superior la tradición de ficción documental que arrancó con Pizza, birra y faso y mostró el paisaje ciudadano detonado y atravesado por el fin de la Convertibilidad. La trama se arma con cuatro personajes que parecen ser unos tipos sociales a lo Balzac: lúmpenes, pobres, clase media en descenso; puestos en escena de modo genial y estallados de capas de sentido. Basta escuchar la fineza de los diálogos, la potencia (a veces asfixiante como en el Docke) de efecto de realidad que hay en cada línea. “¿Conocés Palermo vos, che?” Okupas fue y es el centro de la tradición Tumbera que sigue presente hasta en El Marginal. Testimonio de época, realismo socialista y televisivo.

Este año volvió en forma de serie de Netflix y con canciones de Santiago Motorizado reemplazando las originales que por derechos de autor impedían el relanzamiento de la serie. En debates absurdos entre taringueros se decía que se perdía el sentido “original”, etc. No viene al caso. Ahora, ¿qué viene a hacer El mató a un policía motorizado con Okupas?

Testimonio de época, realismo socialista y televisivo

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La respuesta casi explícita es el nuevo video “La otra ciudad”. El Mató tira del hilo narrativo religioso que se trama en “El beso de judas” (el vitral, el reloj del chino, el pastor en la plaza, la explicación de Walter) y lo une a la idea de redención en las situaciones y las cosas que la banda planteó desde su primer disco en 2004 Navidad de reserva pero que con toda nitidez está en Día de los muertos (2008) y sigue en toda la discografía hasta La síntesis O’Connor (2017). “Sé qué el Cosmos cuida a todos por igual”.

El Mató inauguró el indie argentino por debajo del “rock chabón”, que con más o menos acumulación de metáforas ricoteras cantaba al barrio, la esquina, el aguante. Visto así parece que El Mató no vino a arrasar con eso, sino más bien a ampliarlo. Darle al barrio, los amigos, la juventud, las derrotas en nombres propios y situaciones concretas un aura que se expande hacia el universo. De las cosas a lo trascendente, no solo desde las letras, sino también, o sobre todo, desde la música: el colchón de guitarras ascendentes en “el fuego que hemos construido” o los sintetizadores y percusiones en “la casa de las luces” calzan con la voz de Santiago y elevan la canción hacia lo desconocido. No es solo una impresión: son recursos que la banda reformuló mirando hacia la tradición del indie norteamericano (Pavement, Dinosaur Jr, Sonic Youth, Daniel Jhonston) y combinando con el punk sentimental de Embajada Boliviana.

El Mató conduce al negro Pablo hacia otra ciudad, lo cuida en la derrota, como hizo con nosotros cada vez que los escuchamos.

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