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27 de diciembre 2021

Marcelo Ohienart

LA GRAN ZULLY

Tiempo de lectura: 8 minutos

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Cuando yo era pibe, la actual línea de colectivos 166 era la 216, y su recorrido cubría desde Morón hasta Palermo, más precisamente hasta puente Pacífico, circulando por toda la avenida Juan B. Justo. En Ramos Mejía circulaba “del otro lado de las vías”, como le decían en aquellos años los que vivían, justamente, “de este lado de las vías”, o sea, Ramos norte y Ramos sur, partido al medio por el ferrocarril Sarmiento. Es curioso, pero por esos raros designios cartográficos y limítrofes, si te parás a cinco cuadras de la estación de Ramos del lado norte, estás en el Partido de Morón. Por eso es que llevaba a la confusión de mucha gente, por ejemplo, en los años setenta, los famosos boliches Pinar de Rocha y Crash,  el Centro Cultura CIR y el Rincón Vasco, pertenecían a Villa Sarmiento, estando a no más de diez cuadras de la estación. Curiosidades de pago chico. Pero volvamos al 216. Resulta que una mañana de vacaciones al abuelo Américo se le dio por ir a pasear en esa línea. Así que subimos en Ramos y por supuesto, sacó boleto hasta la terminal de Pacífico.

Aquella larga cuadra de Juan B. Justo entre Paraguay y Santa Fe, alojaba bajo las vías del ferrocarril San Martín a la vieja bodega Peñaflor, vecina de la bodega Giol del otro lado de la calle Paraguay, que recibía el vino a granel desde la provincia de Mendoza vía ferrocarril y se depositaba en grandes piletones para luego ser envasado, lo que se denominaba “envasado en destino”. Las disputadas entre vitivinicultores y el Estado logró que para mediados de los setenta el vino debía ser “envasado en origen”, dándole el golpe de gracia a las viejas envasadoras de Palermo, convirtiéndolas en un lugar sombrío y abandonado a su suerte. Pero, yendo de la mano del abuelo no había por qué temer. Así emprendimos el recorrido del barrio de Palermo, que por esos años eran dos: Palermo viejo y Palermo (a secas).

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Esos paseos con Américo por los barrios porteños y después de haber recorrido varios cafetines de Buenos Aires, hicieron que ya de grande empezara a recorrer distintos cafés de la ciudad, algunos con historia y otros simplemente porque si existe un lugar en el mundo en el que al café se le rinda culto, ese lugar fue, es y será Buenos Aires. En épocas pasadas, cuando el tiempo tenía otro valor para los porteños, el café fue la cita obligada de tangueros, poetas, enamorados y soñadores. Dicen que alrededor de un pocillo de café, los argentinos somos capaces de arreglar el mundo o de formar una selección de fútbol en cada mesa. Y ya que estamos por Palermo, hagamos un recorrido por la historia de algunos de sus cafés.

Los Amadori han amasado una fortuna, poseen una mansión en Martínez, un piso en la avenida Libertador, una casa en Punta del Este y otras dos en Santa Teresita y Mar del Plata. Es su época de esplendor. Cadillac, alfombra roja, teléfonos blancos

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En diciembre de 1908, en la esquina de Santa Fe y Serrano, se inauguró una “confitería, bar y casa de lunch” que sus propietarios, Boniforti y Sánchez, bautizaron “El Pedigree”. Las crónicas que sobre él se escribieron en 1908 en la revista PBT indican que “el personal era una paquetería. Mozos de camisa blanca, moñito negro, chaqueta negra y blanco delantal de la cintura hasta el piso que casi cubría sus zapatos charolados. Colgando del brazo izquierdo, la servilleta”.

“El Pedigree” es considerado por los historiadores todo un precursor: habría sido uno de los primeros en incorporar mesas con sombrillas en la calle. Apenas a unos cincuenta metros, sobre Santa Fe, en el solar donde actualmente se encuentra la sucursal del Banco Nación, estaba el café “Los Portones”. Era el lugar de reunión de los guardas de tranvías de la estación homónima. El nombre común para ambos lugares se debe a los portones que se habían instalado atravesando la avenida Sarmiento uniendo las veredas del zoológico y la Rural. Hoy, como vestigio de aquello, queda el viejo arco de acceso al zoológico. “Tres amigos”, el tango de Enrique Cadícamo, en una de sus estrofas se refiere así:

“Una noche allá en Portones

me salvaron de la muerte,

nunca faltan encontrones

cuando un pobre se divierte.”

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Rubén Derlis cuenta que en la esquina de “Canning” y Costa Rica estaba el “Café Maratón”, donde filigranó sus tangos el trío de Manuel Aróstegui, el autor de “El Cachafaz” y “El Apache Argentino”. Lamentablemente hoy es sólo un recuerdo de los anales porteños. En el actual cruce de Scalabrini Ortiz y Santa Fe, en su esquina suroeste, en un bar llamado “Atenas” se instaló el malevaje: pantalón bombilla y sombrero requintado. Dicen que ‘el rengo’ Santa Cruz, su hermano Juan al bandoneón, Carlos Machi en la flauta y Alcides Palavechino en el violín armaron un conjunto de “rompe y raje”, que rivalizaba con los del café “La Paloma” de Almeida y Santa Fe. El ‘Maco’ Milani y su ladera Joaquina Morán, bailaron en el “Atenas”, acompañados por el violín de Rocatagliatta. El café “La Paloma”, estaba frente al arroyo Maldonado antes de su entubado y sobrevivió a él hasta la década del sesenta, que se convirtió en la pizzería “Nápoles”. Justo en la esquina de Juan B. Justo y Santa Fe. Allí tocaron José ‘Pacho’ Maglio, Arolas y Bardi. Es famosa la anécdota que cuenta que las ratas se paseaban orondas por el salón mientras los músicos tocaban. Y desde ésta esquina, seguimos por Santa Fe, porque el abuelo me quería hacer conocer un lugar. Así, cuando doblamos por Bompland nos llegamos hasta el número 1987, predio de la Iglesia Nuestra Señora de Rosario, al sólo efecto de contarme que allí se había casado el General Juan Perón con su primera mujer, doña Aurelia Tizón y, vaya a saber por qué capricho del destino, una mujer que nació justo un 17 de octubre, pero de 1920, se casó en esa misma iglesia con Luis César Amadori: Zulema Esther González Borbón, conocida popularmente como Zully Moreno.

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Su papá, el gallego Rosendo González, no quería saber nada con la vocación de su hija Zully, pero la muerte temprana de éste, hizo que tuviera que salir a trabajar de muy chica, y así fue que se presentó en el Atelier de Ramón Both Deles en la calle Florida, un famoso vestuarista que hacía modelar sus trajes. La historia cuenta que fue éste quien la incentivó para que probara suerte en el cine. Y así lo hizo.

Participa en la película “Cándida” con el estelar de Niní Marshall, y es justamente ésta la que le pide a Bayón Herrera que le haga primeros planos, porque era muy bonita para darle ‘decoración’ a la película. Por esa recomendación es que Zully tomó a Niní como su madrina artística.

Último registro fotográfico.

Más tarde, en 1941 participa en la exitosísima “Los Martes Orquídeas” con el protagónico de Mirtha Legrand, Enrique Serrano y Juan Carlos Torry. Una comedia romántica dirigida por Francisco Mugica que es considerada uno de los clásicos de la época dorada del cine argentino, entre 1940 y 1960, asimismo marca el comienzo de la llamadas ‘comedias blancas o ingenuas’. Durante el rodaje conoce a Luis César Amadori. Su participación en “Orquesta de Señoritas” en la cual es dirigida por primera vez por Amadori. En 1943 se produce su consagración con su rol protagónico en “Stella”, una película de Benito Perojo. Allí se la bautiza como la “Greta Garbo argentina”. Zully destella con sus sugerencias, esa cosa medio oculta, allí comienza a construir su ‘mito’, pero será en “Dios se lo pague”, en 1947, lo que le permitirá dar el salto de calidad en su carrera de actriz. Con el coprotagonista, el mejicano Arturo de Córdova, que venía de triunfar en Hollywood, Luis César Amadori -el director- sacó lo mejor de ambos.

En 1948, la “Academia de las Artes y Las Ciencias”, es decir, los premios Óscar, la eligió como mejor película en idioma extranjero, pero, en esos años no era categoría de estatuilla, sino de diploma, sin embargo, en el revisionismo debería tomarse a “Dios se lo pague” como la primera película argentina galardonada con un Óscar. Es ese mismo año que contrae matrimonio con Amadori, y la película les abrió las puertas de Argentina Sono Film, siendo Zully artista exclusiva, hasta la compra por parte de éstos de la empresa, al mismo tiempo Amadori ya manejaba el teatro Maipo. Tal fue el suceso, que durante 1949 se pasó en tres salas de Nueva York, y por primera vez una película argentina se pasó en las salas de Londres. En Buenos Aires, una sala de cine, la mantuvo cien días en cartel.

Justo en la esquina de Juan B. Justo y Santa Fe. Allí tocaron José ‘Pacho’ Maglio, Arolas y Bardi. Es famosa la anécdota que cuenta que las ratas se paseaban orondas por el salón mientras los músicos tocaban

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Para 1950, Amadori vuelve a repetir la pareja exitosa de Zully con Arturo y filma “Nacha Regules”, logrando que la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Argentina le otorgue el premio Cóndor Académico como mejor película del año 1950 e incluso, Amadori es reconocido como mejor director del año. Fue también el año de tres películas en México, donde hace amistad con María Félix y recibe propuestas para filmar en EEUU que desestima.

Para 1951, los Amadori han amasado una fortuna, poseen una mansión en Martínez, un piso en la avenida Libertador, una casa en Punta del Este y otras dos en Santa Teresita y Mar del Plata. Es su época de esplendor. Cadillac, alfombra roja, teléfonos blancos. Luis Amadori tenía una gran amistad con Raúl Apold, subsecretario de prensa y difusión durante el primer gobierno de Perón, es por eso que, cuando sobreviene el fallecimiento de Eva Perón, éste le encarga que todo el velorio fuera filmado por él.  Respecto de Evita, solía decir Zully que “Perón amó a dos mujeres: Eva y Zully”, y se llegó a decir que Perón la “rondó” sin suerte.

Con el golpe del ’55, la vida les cambió para siempre.  En una nota del diario La Nación ella lo cuenta así: “Nunca nos habíamos metido en nada. Llegó un momento durante los días posteriores a la Revolución Libertadora, que mi casa estaba invadida por policías. Yo no entendía nada: mi hijo tenía fiebre, a mi marido se lo llevaron preso y yo sin comprender por qué. Me preguntaron chismes y cosas que yo no sabía, no entendía. Jamás tuve un solo puesto, nunca pertenecí a la Sociedad de Actores, no participé en festivales, no hice nada de nada”

Recuperada su libertad, los Amadori comenzaron su exilio. España fue el destino. Filmó una serie de películas, pero ya no era la misma y si bien recibió un ‘Goya’ como mejor actriz extranjera y tuvo propuestas para filmar con importantes figuras internacionales, sin haber cumplido los 40 años, se retiro definitivamente de la actuación. En 1970 la familia regresa definitivamente al país. Zully, Luis y su hijo se instalan en su departamento de la avenida Libertador. Amadori vuelva a administrar el teatro Maipo del que se haría propietario en 1975. Dos años más tarde, fallece y fue tan grande el amor que Zully tenía por él, que jamás pudo superar la pérdida. No podía nombrarlo sin ponerse a llorar. Se encerró en sí misma y desapareció para siempre de la escena nacional. Una de las mujeres más admiradas por los argentinos de pronto pasó a ser un fantasma. Así como en un hospicio vivió hasta su muerte en un geriátrico: sufrió de Alzheimer hasta que en la navidad de 1999, con 79 años, dejó este mundo para siempre.

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Quizá sea Horace Lannes, modisto y vestuarista, quién mejor la describió como ‘Diva’ durante su época de esplendor. Así la recordaba: “Teníamos un contrato de confidencialidad, al punto de que era un secreto su talle: media 1,72 de altura y 53 cm de cintura. Pagaba ella misma el costo de la extravagancia de su ropa y usaba sus propias joyas, poseía las pieles de las casas más caras de París. Nunca permitió otro iluminador más que el suyo en los sets de sus películas. Se marcaba el pelo ella misma y había aprendido a maquillarse en Hollywood. Era muy generosa con sus compañeras, llevaba valijas con plumas, guantes y vestuario para que todas las mujeres alrededor suyo lucieran bien.”

En definitiva, como decía el abuelo Américo, pero sin que se enterara la abuela: “fue la mujer más hermosa que vi en mi vida”.

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