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07 de junio 2024

Paula Alvarado

LA FE EN ESTE SUELO

Tiempo de lectura: 10 minutos

Hace unos años me propuse traducir y editar en español un texto sobre biofobia y biofilia de la década del ‘90 que me había impactado cuando lo leí, en 2017. El proyecto quedó en pausa por maternidades y pandemias, y me encontré dispuesta a hacerlo ahora, cuando me fue imposible evadir la pregunta de qué sentido tenía hacerlo en la Argentina antiprogre-retropostmoderna de Milei.

¿Podemos hablar de cómo nos relacionamos con la tierra que sostiene la existencia de Karina, de Cristina, de Macri y compañía por fuera de los círculos ambientalistas de siempre? Si nos guiamos por la avanzada libertaria o por la indignación del peronismo resentido, tema prohibido. No seas anti desarrollista. En ambos lados se autoperciben promercado, pero la oportunidad impresionante de financiamiento internacional para regeneración ambiental que presenta la transición verde es Satanás vestido de “opresiva agenda 2030”. En ambos lados también se reivindica la fe religiosa, pero la conexión entre Dios y la creación no la ven. Poco importa que se exprese en la biblia que el mundo fue entregado en préstamo a la humanidad o que el Papa Francisco incluya al ambientalismo en sus encíclicas. (La única excepción que vi a esto en el streaming es un comentario de Sebastián Porrini en “Proyecto Porrini” #1, cuando dice: “la Tierra no me pertenece, yo pertenezco a ella”. Sí señor. Es curioso que no aparezca más seguido en las conversaciones sobre el “sentido” que se están dando en esos espacios)

A priori parece ridículo que alguien admita no tener interés en el ambiente; es como decir que no tiene interés en tomar agua o en respirar. Es especialmente tragicómico que puedan decirlo en Argentina quienes profesan algún interés en política o economía: nuestro PBI depende de la salud del suelo y del equilibrio climático para cultivar granos que luego puedan venderse en dólares, o de las bellezas naturales que atraen turistas con verdes en el bolsillo. Como dice Pablo Canziani: “exportamos riqueza ambiental”. ¿No nos importa conservar sus condiciones para que podamos seguir haciéndolo?

Puede haber ‘culpa’ del activismo ambiental por haber adoptado discursos que tienen más que ver con la realidad de países desarrollados (el decrecimiento, por ejemplo), y por habernos concentrado más en el “qué” que en el “cómo”, pero los movimientos van evolucionando de acuerdo a los tiempos, al contexto y a la información disponible. No es tan extraño que haya habido una década de “capitalismo malo” y culto a la frugalidad después del crack de las hipotecas en Estados Unidos o una posición crítica con la actividad agropecuaria en Argentina después del “conflicto con el campo” de 2008. Y la idea de límites planetarios y economía de la dona, que son buenos caminos para plantear desarrollismos responsables, datan recién de 2009 y 2017, respectivamente.

También es parte del trabajo de la cultura ambiental expresar nuestra relación con el planeta en mejores términos. Por eso últimamente me gusta más hablar de “los sistemas naturales que permiten la vida en la Tierra” que de ‘naturaleza’, que remite a ideas de paisajes o actividades al aire libre sobre las cuales se puede expresar una preferencia.

Nuestro PBI depende de la salud del suelo y del equilibrio climático para cultivar granos que luego puedan venderse en dólares, o de las bellezas naturales que atraen turistas con verdes en el bolsillo. Como dice Pablo Canziani: “exportamos riqueza ambiental”

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Pero ¿por qué alguien puede expresar estar “a favor” o “en contra” de un interés por esos sistemas naturales? ¿Cómo se redefinen esas relaciones de forma tal que podamos desarrollar nuestras vidas sin comprometer a los sistemas que sostendrán la vida de nuestros hijos?

Incomodidad natural

El profesor y escritor norteamericano David Orr define a la biofobia como una aversión por la naturaleza y una necesidad culturalmente adquirida de afiliarse a la tecnología, a los artefactos humanos y al mundo natural solamente en tanto interés humano. Es difícil ubicar cuándo empezó a plantearse como dicotomía hombre/naturaleza porque cada sociedad tuvo su camino particular, pero el avance de la urbanización a partir de la revolución industrial es un momento clave, y, sobre todo, el pasar de entretenernos al aire libre a hacerlo en entornos cerrados profundizó el fenómeno. Un estudio (Kesebir, S., & Kesebir, P.; 2017) ubica la desconexión con la naturaleza expresada en la cultura a partir de la década de 1950 y la asocia a la masificación de la televisión (sucedida por los videojuegos, la computadora, internet, los teléfonos inteligentes y ahora el entretenimiento a demanda). Más que nunca muchos vivimos en espacios diseñados por humanos, en entornos de confort extremo, y estamos cada vez más incómodos tanto frente a fenómenos naturales (clima cambiante, multiespecie) como frente a la posibilidad de que la naturaleza escape al control. Digamos que, si no salís de la silla streamer, es difícil que te interese el mundo natural.

La manifestación de la biofobia deriva en un mundo menos sano para la humanidad, y en el que es cada vez más fácil ser biofóbico. A menor contacto con naturaleza en “buen estado”, más propicia es la biofobia a desarrollarse: si lo único que vemos es contaminación, rellenos sanitarios, terrenos desmontados y ríos contaminados, el mundo natural no excita la imaginación. Y mientras menos excite la imaginación, más fácil decir que no pasa nada si la empresa contamina el río o que a la cordillera hay que “agujerearla” por todos lados. De esta desconexión sale el término “Yes/Not in my backyard” (“Sí/No en mi patio”): ¿te daría lo mismo si la naturaleza que se destruye es la plaza de la esquina, si la exploración de petróleo está literalmente en la puerta de tu casa?

Orr se pregunta si la biofobia debe ser tomada como un problema, como la misantropía o la sociopatía. La sociedad, ¿tiene que aceptar que algunas personas no quieran a la naturaleza o les guste solo como una abstracción? Quienes se jactan de desdeñar lo ambiental, ¿no viven gracias al trabajo de otros por preservar esos sistemas naturales que sostienen tanto su vida como la de los demás? Hay una discusión (en el microcosmos de X, al menos) sobre la reformulación o la vuelta a las bases del peronismo, y varios citan un fragmento del punto 5 de las Veinte verdades: “es justo que cada uno produzca por lo menos lo que consume”. ¿No es justo que cada uno haga el mínimo indispensable para asegurar sus condiciones de agua limpia, oxígeno y suelo fértil para el cultivo de alimentos?

A priori, a todos “nos importa” el medio ambiente de la boca para afuera, eso dicen las encuestas. Pero el 56% del país votó a alguien que niega el calentamiento global y está impulsando un “régimen de grandes inversiones” que pone condiciones nulas a la explotación de recursos clave.

A veces parece que la naturaleza es algo abstracto, un cuadro de un jardín, un parque de diseño versallesco con árboles en línea, pasto corto y arbustos geométricos. Es decir, una intelectualización de la naturaleza o la expresión de nuestro control sobre ella. Pero esas naturalezas no le sirven al ambiente: para sostener la vida, el planeta necesita ecosistemas complejos y diversos, que estén sanos y se regeneren cíclicamente. Amigarnos con preservar y propiciar esas condiciones es clave.

Intelectualismos biofóbicos

No está claro si la biofobia y su opuesto, la biofilia (que Edward O. Wilson definió como una necesidad o propensión a vincularse positivamente con otros organismos vivos) son cuestiones de clase. Pero sí pareciera que hay una ensalada rara en cómo se plantean las relaciones de las personas con el equilibrio natural de acuerdo a ciertos lugares intelectuales (lo que viene no es un estudio sociológico, sino mi subjetividad).

Primero, en ciertos sectores esnob prevalece un sentimiento de superioridad del ser humano que inclina a la biofobia: la naturaleza y las demás especies son meros elementos para uso y abuso del hombre. Según esta línea de pensamiento, esta supuesta superioridad se expresa con desprecio (Woody Allen se jactó de “odiar a la naturaleza”), como si el desdén implicara una ilustración, haber adquirido un nivel de conocimiento que te separa de lo salvaje.

Quienes se jactan de desdeñar lo ambiental, ¿no viven gracias al trabajo de otros por preservar esos sistemas naturales que sostienen tanto su vida como la de los demás?

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Por otro lado, en algunos sectores del progresismo que quizá podrían asociarse a lo esnob y por lo tanto oponerse a lo salvaje desde su lugar socioeconómico, se reconoce el valor de la naturaleza, muchas veces a través de una valoración sobreactuada de lo autóctono y ancestral. Las razones son variadas y dependen de motivaciones personales: a veces hay una cuestión moral (vergüenza histórica); otras un interés utilitario por lo que el conocimiento de estos temas pueda aportar a sus propósitos; y otras un interés genuino basado en la noción de bienestar. Esto último también es utilitario, pero más loable: el cuidado de los sistemas naturales que permiten la vida en la Tierra y la regeneración ambiental traen beneficios para el bien común en lo económico, laboral, en salud, esparcimiento y desarrollo emocional. Por más que a algunos no les guste, es innegable que tener más contacto con entornos naturales complejos (más reserva natural que parque urbano) nos hace bien física y psicológicamente; que subirse a la transición verde puede generar trabajo y riqueza; y que la mala administración de recursos puede ser trabajo para hoy y pobreza para mañana.

En paralelo a estas corrientes, es transversal a todas las clases y sectores el sostén de la biofobia por entender el avance sobre la naturaleza como progreso. Tanto las clases altas de country con doble cochera, las clases medias urbanas y los pobres prefieren esa idea de naturaleza que mencionaba antes: pasto corto, árboles con manicura y calles sin yuyos. En el caso de los pobres, seguramente porque en sus conurbanos ruralizados ya están hartos de descampados. Entendible. Para las clases altas y las medias, porque el avance de lo salvaje les remite a pobreza, y dios no quiera que el country o la cuadra parezcan un monte. Ignorancia. No hay estatus en entornos naturales complejos salvo para un pequeño sector del progresismo ambiental; sí en el ‘orden’ de la urbanización.

A la naturaleza compleja, desordenada, sana, genuinamente, la quieren muy pocos. Me animo a decir, solo quienes tienen una fe que no es hipócrita. Porque creer en que se puede proteger algo de lo que queda o regenerar lo que se fue es la antítesis del nihilismo, para involucrarte con temas ambientales es imprescindible creer. Sobre todo, creer en que hay un orden superior a nuestra voluntad inmediata. ¿Hay ambientalismos científico y tecnócrata? Sí, pero hacer las cosas bien sigue siendo tanto más difícil y costoso, que sostener el involucramiento sin un factor afectivo o vínculo genuino es casi imposible (cuando eso cambie, quizás el ambientalismo ya no sea necesario)

Un gran problema de la ensalada conceptual que tenemos con la naturaleza y de la cancelación del ambientalismo en este presente extraño es que, como bien expresó Alejandro Galliano, “este es el siglo que ve cumplirse casi todas las proyecciones climáticas y ecológicas de los últimos 50 años, pero en el que es más legítimo que nunca negar esos problemas y atacar a quienes los enuncian. No es una paradoja, es una tragedia”.

Entonces, hablar de cómo nos relacionamos con la naturaleza, con el ambiente, con los territorios hoy quizá no sea tan mala idea. Ser menos hostiles, mejores amigos con “los sistemas naturales que permiten la vida en la Tierra”, no tanto porque haya innumerables consensos científicos sobre la pérdida de biodiversidad, el cambio climático y el avance de la contaminación, sino porque si no redefinimos esas relaciones, no vamos a poder asegurar buenas condiciones de vida para toda la población argentina ni con este gobierno ni con ninguno de los que vengan.

Hace unos meses, en una seguidilla de lluvias fuertes circuló un video de una mujer tirando una bicicleta que le había regalado el Estado a una calle inundada. Me parece perfecto que el Estado se ocupe de lo material, pero, ¿de qué sirve lo material si las condiciones ambientales no están? ¿Los chicos van a andar en bici bajo 50 grados en plazas de cemento? ¿A usar una computadora con el agua hasta las rodillas?

A la naturaleza compleja, desordenada, sana, genuinamente, la quieren muy pocos. Me animo a decir, solo quienes tienen una fe que no es hipócrita

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En su texto, David Orr hace alusión a una serie de puntos para cultivar una biofilia que derive en actitudes positivas hacia los sistemas naturales y el ambientalismo en las sociedades. Hay tres ideas que me parecen especialmente relevantes en esta actualidad.

Una es transmitir una cosmovisión positiva de la naturaleza a los chicos, porque eso fomenta actitudes biofílicas hacia la adultez. No es que todos vayan a ser biólogos, pero si son arquitectos o ingenieros, al menos no van a ver su trabajo en un vacío sin conexión con el mundo natural en el que están insertos. Otra es la importancia de conocer los territorios que habitamos para desarrollar vínculos con ellos. Especialmente en esta era en la que la globalización y la estandarización hacen que todos los sitios se vean iguales y se borren marcadores de identidad e historia. Conozcamos el pastizal, el litoral, las yungas, el chaco, el espinal; cómo es, cómo era, cómo puede ser el territorio que habitamos y cómo podemos usufructuarlos en términos más justos para todos. Conectado con ello, es esencial el vínculo entre biofilia y patriotismo: concebir el amor por el país como una conexión con sus biomas, con su biodiversidad. ¿Querer a tu país es destrozarlo por unos años de prosperidad? ¿O aprender a usar lo que te aporta de forma que pueda regenerarse, volviendo en cada ciclo y para el bien común?

Desde 2021 trabajo con temas de economía regenerativa y hay, afortunadamente, personas “viéndola”. Nuevas generaciones que están tomando los negocios agropecuarios familiares e inyectándoles tecnología para disminuir el uso de insumos (herbicidas, fertilizantes), para ahorrar agua, para regenerar el suelo; también se están “produciendo” otros bienes: bonos de carbono o de biodiversidad, a través de la conservación o la regeneración. Un amigo agrónomo me contó el año pasado que un cliente estaba convirtiendo 17.000 hectáreas de suelo deteriorado por producción sojera a bosque nativo, para entrar en el mercado de carbono (que tiene muchas incógnitas, pero sigue siendo una herramienta concreta para el pago de servicios ecosistémicos). Es clave el concepto de paisajes multifuncionales: sumar biodiversidad a producciones agropecuarias con varios beneficios económicos y productivos. Para responder a esas demandas nuevas harán falta muchos insumos y servicios que se podrían estar impulsando; viveros de plantas nativas en todo el territorio, por ejemplo. Se está desarrollando toda una industria en torno a la adaptación climática: desde equipamiento urbano para frenar la incidencia solar hasta indumentaria para el calor. Todo esto está pasando y es beneficioso para todos, le guste a los anti ambientalistas o no. Es cuestión de dejar sesgos tontos de lado y empezar por desear que crecer signifique que se multiplique la vida.

(Fotos: Paula Alvarado y Magalí Saberian)