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JULIÁN PLAZA Y LA GENERACIÓN DEL 55

Tiempo de lectura: 4 minutos

El mundo del tango muchas veces se ha caracterizado por difundir las expresiones más tradicionales del género dejando más de lado lo que se subleve a ese conservadurismo. Por supuesto que esto no es patrimonio del tango: ya hemos hablado de otros Gerentes de la tradición que tanto daño hicieron para el desarrollo de la música popular. Si el funcionamiento reaccionario de ese “ambiente del tango” destrató a figuras célebres como Piazzolla o Salgán ¿qué se podía esperar del tratamiento que le dispensaría a talentos que cometían el pecado de negarse a transitar los caminos trillados y buscar nuevas sendas creativas?

Hay una camada de grandísimos músicos que fue ninguneada mediante la sutileza de no mencionarlos o no pasar sus creaciones, esta camada que se conoció como “la generación del 55”, y que reunió a Atilio Stampone, Osvaldo Berlinghieri, Leopoldo Federico, Osvaldo Requena, Ernesto Baffa; Raúl Garello y al gran Julián Plaza, ese autor y arreglador, cuya virtud fue encontrar un sonido, un estilo y una forma de abordar el tango absolutamente propia. Plaza demostraba en cada arreglo las influencias innegables de los grandes maestros pero lograba un producto nuevo, un sonido distintivo, lo más difícil de lograr en la música. Ponga usted a sonar el tango “La mariposa”, de Pedro Maffia, por Osvaldo Pugliese y verá que es quizá junto a “La yumba” una de las obras que identifican a don Osvaldo como marca inconfundible. Bien: el arreglo de esa obra es de Julián Plaza, y es un muy buen ejemplo de la importancia vital del arreglador, figura que por suerte en el ambiente del tango sigue figurando entre las actividades más estimadas y valoradas.

El arreglo en muchos casos puede ser comparable a la composición. Hay muchas obras que recién encontraron resonancia a partir de un buen arreglo y otras que aún siguen esperando justicia. Desde este punto de vista, una de las virtudes de músicos como Aníbal Troilo con su famosa goma (con la que borraba la mayoría de los arreglos que le preparaba en una época Piazzolla pero dejaba los que consideraba necesarios) es sin dudas la encarnación del compositor indispensable pero también del arreglador. De ahí que ser arreglador de Pichuco es un trofeo que pocos elegidos han tenido. Julián Plaza fue arreglador tanto de Troilo como de Pugliese. y además, estando con Don Osvaldo se sentó al piano las veces que el maestro no estaba presente, con lo que está todo dicho.

El Sexteto Tango profundizó líneas ya sugeridas por Pugliese, pero con mayor profundidad y sofisticación. Ahí jugó un rol central Julián

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no está de más recordar que muchos creen que Piazzolla fue lo más evolucionado del tango y ahí siempre es fundamental aclarar un error conceptual. Astor -de quien no vamos a discutir su obra- desarrolló un camino (“su camino”), que por supuesto nadie podría transitar mejor que él, y mucho menos continuarlo, porque su música fue algo absolutamente irrepetible, pero además de Piazzolla, hubo muchos creadores que realizaron su aporte al desarrollo evolutivo del tango y que eligieron otros caminos.

Julián Plaza, fue bandoneonista, pianista y arreglador, nació en General Manuel Campos, provincia de La Pampa, un 9 de julio de 1928 y a los 11 años se mudó con su familia a Buenos, donde se entregó de lleno al mundo del tango. Se fue formando en orquestas como la de Edgardo Donato, Miguel Caló y Carlos Di Sarli, hasta que en 1959 se incorporó a la orquesta de Osvaldo Pugliese, en la que estuvo durante 10 años, y luego, junto a algunos compañeros, se marcharon para conformar una agrupación de excelencia… el Sexteto Tango. Aquel seleccionado integrado por el gran cadenero Osvaldo Ruggiero, Victor Lavallén, Emilio Balcarce, Oscar Herrero, Alcides Rossi y el propio Julián Plaza. El Sexteto Tango profundizó líneas ya sugeridas por Pugliese, pero con mayor profundidad y sofisticación. Ahí jugó un rol central Julián. Que dejó el bandoneón para hacerse cargo nada menos que del piano hasta 1992, cuando abandonó el Sexteto para crear su propia orquesta.

En paralelo a este camino, Julián se supo vincular a Aníbal Troilo para quien arregló quizá su composición más emblemática que es “Danzarín”, inmortalizado por la versión que el gordo clavó en aquél inolvidable álbum “Troilo For Export”, de 1966 donde Pichuco le confió los arreglos de todo el disco.

Como todo músico de su generación abrevó en los grandes popes del género pero logró desarrollar un estilo donde se percibía una fuerte reminiscencia afro -es autor de milongas maravillosas como “Nocturna” y “Payadora”- y un sonido a medio camino entre la nostalgia y la vanguardia, dejando muy claro en su música que toda aventura creativa en la música popular no tiene límites, siempre que mantenga la esencia. Eso que Piazzolla llamó genialmente “olor a pizza”. Ahí está la marca de Julián Plaza y eso es lo más importante en la música popular, donde se valoran los estilos y las improntas personales en términos de aportes a un género particular. Su música coloreó la ciudad de Buenos Aires de los años setenta y ochenta que, por supuesto, ya no tenía que ver con aquella imagen reiterada hasta el hartazgo del guapo, el funyi y el farol. Contra ese resabio conservador tan afincado, la capacidad de Plaza para colorear la Buenos Aires moderna le costó, como a tantos otros, quedar afuera del mundo conservador que rodeó la difusión del tango.

un sonido a medio camino entre la nostalgia y la vanguardia, dejando muy claro en su música que toda aventura creativa en la música popular no tiene límites, siempre que mantenga la esencia. Eso que Piazzolla llamó genialmente “olor a pizza”

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Julián Plaza compuso la banda de sonido de “La Tregua”, el film inolvidable dirigido por Sergio Renán y también arregló un disco fundamental en la historia del tango y de la propia Susana Rinaldi como lo es “A Homero”, grabado en 1969 y donde aparecen figuras como Fernando Suárez Paz en violín, Osvaldo Berlingheri en piano y Ernesto Baffa en bandoneón. Entre otras virtudes de esta placa, además del lápiz de Plaza aparece una Susana Rinaldi en su punto justo desde el punto de vista expresivo e interpretativo.

Quizás, como dijimos, el trabajo donde mejor sonaron las composiciones y arreglos de Julián Plaza es “Troilo For Export, vol 1”, donde se pueden disfrutar  “Nocturna”, “Nostálgico”, “Danzarín” y “Melancólico”, compuestos por Plaza junto a obras como “A mis viejos”, de Belinghieri o “Lo que vendrá”, de Piazzolla. Este álbum constituye uno de los peldaños más importantes de Plaza pero también de Troilo, porque al grabar un disco con esta selección de obras nuevas, que expresan una ruptura con ese tradicionalismo, mostró la apertura artística de Pichuco.

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