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22 de enero 2024

John Bell

JULIÁN LÓPEZ, EL POETA QUE NO QUERÍA SER ESCRITOR

Tiempo de lectura: 13 minutos

Es el año 1975, y Julián López está sentado en el umbral de su casa del barrio Caballito. Tiene diez años y su mamá recién falleció: ha iniciado lo que llamará «la época de plomo», para él y para el país. De pronto se levanta y entra a su casa. Busca la máquina de escribir, marca Remington, que tiene su familia. Su madre escribió un poema para cada uno de sus hijos cuando nacieron; en lugar de cuentos les leía Gabriela Mistral. Ahora Julián va a anotar los versos que le llegaron en el umbral. Escribe:

Y aquellos que se fueron para siempre perdurarán

Y aunque la muerte los llame con nosotros se quedarán

Y nos guiarán en el camino de la vida para después no volvernos atrás

La relación que su obra entabla con el pasado – la memoria no como la mera evocación del pasado sino una manera de mantenerlo presente – está allí en su primer poema. Es un conjuro. Aquellos que se fueron perdurarán.

Siempre escribo lo mismo, dice el autor de los poemarios Bienamado y Meteoro, de las novelas Una muchacha muy bella, La ilusión de los mamíferos y El bosque infinitesimal. Son todas historias de amor.

* * *

Es octubre de 2023 y Julián López recién se instaló en su nuevo departamento. Por fin, a los cincuenta y ocho años, tiene casa propia. El edificio se halla en una esquina de San Telmo – en rigor pertenece al partido de Montserrat, aclara. El espacio tiene un aspecto despojado; hay pocos muebles y entra mucho sol por las ventanas. En la sala las plantas se amontonan como viajeros en un muelle. López ve que una está tocando la pared y la corre, alisando las hojas con un gesto suave. No se ha adueñado del todo de su nuevo hogar; no me di cuenta todavía, dice. En un rincón del estudio hay un aire acondicionado aún en su caja, esperando que lo instalen.

Es octubre de 2023 y Julián López recién se instaló en su nuevo departamento. Por fin, a los cincuenta y ocho años, tiene casa propia. No se ha adueñado del todo de su nuevo hogar; no me di cuenta todavía, dice

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Algunos detalles ya están. Su escritorio se encuentra debajo de una gran ventana; mientras escribe ve al Forjador de Gustave Eiffel, su martillo levantado sobre la cabeza, el hierro que trabaja torcido como una serpiente sobre el yunque. En el baño ha colgado una araña, un toque de lujo delirante: quiere sacar fotos de sus amigas allí, vestidas de gala, tomando el té. Sin embargo, las bombillas no lo convencen y hay que ajustar la altura: no le cierra todavía. La casa ya expresa la mezcla de precisión y fantasía que caracteriza a López como autor. Insiste en las palabras justas pero eso no implica la parquedad; su estilo es barroco pero es un barroco cuidado, prolijo, cada adorno deliberado.

De chico – habrá tenido siete u ocho años – fue a la boda de una prima. Se celebró en una iglesia católica; su familia no iba a misa y el ambiente, nuevo para él, fascinaba a Julián. Le encantaban los monaguillos, que tenían su edad; quería ser uno de ellos. Le pregunto qué le atrapaba. La liturgia, dice, la exactitud de los gestos. Y, claro, la vestimenta.

* * *

Tenía unos catorce años cuando comenzó a experimentar con la ropa. Le ofrecía otro modo de expresarse. Aprendió un nuevo lenguaje: como las palabras, cada prenda tenía su materialidad, su color, su relación con el cuerpo. Agregó parches coloridos a sus pantalones; encargó una camisa con cuello chino; ató una seda larga a un sombrero.

Como la poesía, la moda era un legado de su madre. Tengo ese lado tilingo de ella, López dice con una sonrisa. Regina Rousso creció en una casa con mucamas; quería ser actriz pero su familia no se lo permitía. Su matrimonio le daba otra manera de zafar sus expectativas: se casó con un obrero en una fábrica de piezas de auto. Sin embargo, conservaba ciertos gustos de su clase y sabía mimarse. Encargaba ropa; una vez por año sacaba turno con el mentado peluquero Josef en el barrio Retiro. Como la madre de Una muchacha muy bella, Regina llevaba a su hijo a la Casa Suiza para merendar rico. «Una vez por mes mi madre me ponía el trajecito celeste, un ambo de guayabera con botoncitos dorados y pantalones cortos que me había mandado a hacer para las ocasiones especiales, y me llevaba a almorzar a Bambi o al cine y después a tomar el té a Steinhauser o a la Casa Suiza. Ella decía que una vez por mes la dedicábamos a una salida como la gente», cuenta el chico, también huérfano, que narra la novela.

Ya adolescente, López salía a la calle con su nueva ropa llamativa. Eran los años de la dictadura y la idiosincrasia no era vista con buenos ojos. La policía le metía muchas veces en cana por su modo de vestirse y lo largaba unas horas después. Un día viajando en bondi los otros pasajeros lo echaron a patadas. Sin embargo, López insistía en sus colores, en su diferencia. Hasta cierto punto buscaba el peligro. Estaba metido en una profunda depresión, dice ahora, asustado de todo. Las salidas eran una manera de hacerle frente al miedo; la camisa con cuello chino era su armadura. Aún conserva una prenda de ese momento, otra camisa; la usa de tanto en tanto para mantenerla en circulación, para no perder el contacto con ese chico bravo.

* * *

Una muchacha muy bella, la novela que le cambió todo – que ya ha tenido once ediciones con Eterna Cadencia, la que la Revista Ñ eligió como novela del año y María Moreno llamó «un libro inolvidable» – salió en 2013. La frase titular – un mantra que el protagonista repite a lo largo del libro para evocar a su madre desaparecida – se le ocurrió a López un día en el bondi. «Mi madre era una muchacha bella», repitió a sí mismo; las frases que valen la pena son las que insisten de esa manera, no hace falta anotarlas. Se puso a escribir, pensando que fue el germen de un poema, pero lo que le salió fue una narración. Se reunía seguido con sus amigas Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara para compartir sus escritos y les llevó las primeras páginas, no sabiendo bien qué tenía. Su primer libro Bienamado (2004) fue un poemario; no pensaba escribir ficción. Ellas le daban ánimos a seguir.

Su éxito lo desconcertó. Un día una mujer se acercó para agradecerle el libro; de paso le preguntó cuándo saldría el próximo. Señora, esto es un hobby, le respondió. Es que nunca quería ser escritor.

Un poeta sí, pero para López ser poeta era otra cosa. No era menester pretenderlo: lo era de nacimiento, con la naturalidad de las palabras que le llegaron en el umbral de su casa. Con la poesía tengo una relación perpetua, dice. A los catorce años su padre lo puso en contacto con una autora de libros infantiles, para que le hiciera algunas devoluciones sobre sus poemas. Julián le entregó una carpeta de sus versos: su consejo, después de leerlos, fue que no hiciera ningún taller de escritura. Te van a quitar la voz, le dijo. Ya la tenés. López tomaba en serio el cuidado de esa llama. De adulto evitaba la educación formal; apostaba por la idiosincrasia del autodidacta, el que se deja guiar por su intuición.

Su éxito lo desconcertó. Un día una mujer se acercó para agradecerle el libro; de paso le preguntó cuándo saldría el próximo. Señora, esto es un hobby, le respondió. Es que nunca quería ser escritor.

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            Ser escritor, en cambio, implicaba pensar en una trayectoria, ambicionar. Un autor para él era una figura creída, arribista. Cualquier forma de soberbia le producía horror. De adolescente ya se maravillaba con “Las ruinas circulares” de Borges; su mejor amigo seguía con los libros escritos para los de su edad. López lo juzgaba por no estar a la altura de sus lecturas y ese esnobismo literario lo avergonzaba. Su padre era hijo de un socialista y rechazaba toda posibilidad de ascenso en la fábrica donde trabajaba porque no quería abandonar a sus compañeros. No le interesaba ni el prestigio ni la guita, recuerda Julián. No iba a traicionar esa tradición de solidaridad convirtiéndose en un autor ostentoso.

Volverse un escritor elogiado le provocaba sentimientos encontrados, entonces. Implicaba una suerte de salida del closet: tenía que asumir deseos que le incomodaban, que no cuadraban con su código personal. López seguía escribiendo narrativa, pero no lo abordaba de manera frontal. Su novela siguiente – La ilusión de los mamíferos, que salió en 2018, elegida por Random House como parte de su colección Mapa de las Lenguas – empezó, como Una muchacha muy bella, como otra cosa. Las novelas se acercaban a López furtivamente; lo sorprendían. Como ejercicio de escritura hacía un posteo cada domingo en su cuenta de Facebook; con el tiempo entendió que esos fragmentos formaban un todo. Otra vez había comenzado una novela sin querer.

La novela describe un mundo: el de dos hombres – amantes, uno de ellos casado con una mujer – que se reúnen cada domingo en el departamento del otro. Es ese hombre que narra; después de su separación intenta rescatar cada detalle de su rutina dominical. Su departamento se volvía un mundo para los dos porque su intimidad era posible sólo dentro de sus confines: su amante volvía después a su familia, a su vida oficial. Escribe, «Aunque me entregara directo al fracaso, aunque me aventurara finalmente a descubrir que eso mismo era una reacción conocida desde siempre entre los míos, yo estaba dispuesto a dejar el cuerpo ahí donde parecía querer estar el tuyo por entonces: en el pequeño departamento de dos ambientes con balcón que yo alquilaba.»

El chico «puro ojo» de Una muchacha muy bella que registra cada gesto y humor de su madre se vuelve, en La ilusión de los mamíferos, el hombre que recuerda cada momento que vive con su amante. Si los dos protagonistas no pueden participar plenamente en las vidas de sus seres amados, pueden al menos ser sus testigos. Sus evocaciones del pasado son a la vez cantos de amor y un reclamo: yo estaba, yo vivía esto con vos. El testigo – con su marginalidad y sus ganas de pertenecer – es una figura que aparece una y otra vez en la ficción queer, del Tom Ripley de Patricia Highsmith a la Loca del Frente de Pedro Lemebel. La mirada aparentemente privilegiada que tiene es el premio consuelo de la persona que se queda afuera.

Sin embargo, recordar con lujo de detalle es también un modo de lidiar con la pérdida. La ficción de López comparte esta pulsión con su poesía: como hizo en su primer poema, insiste en la presencia de los que no están. Lo que dijo de la poesía en una entrevista con Milena Heinrich describe las novelas también: «La escritura del poema es el gesto desesperado por conservarlo y, a la vez, por entregarlo. Por eso tiene que ver, en algún sentido simbólico, con la muerte: te apropías de eso que se fue, de la infancia, del amante, para tenerlo y a la vez para soltarlo y aceptar que ya está. En ese sentido, el poema es un testimonio. Es decir, es un testimonio de un pasado.»

Ser poeta y ser escritor no son oficios tan distintos después de todo.

Siempre escribe lo mismo. Son todas historias de amor.

Recordar con lujo de detalle es también un modo de lidiar con la pérdida. La ficción de López comparte esta pulsión con su poesía: como hizo en su primer poema, insiste en la presencia de los que no están..

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* * *

Es un domingo de 2023 y López va a presentar en el conurbano, en la Feria del Libro de San Martín. Los organizadores le mandan un auto; después el chofer pasa a buscar también a Natalia Kiako, autora del recetario Claves de cocina. Ella le pasa un ejemplar de su libro y mientras lo hojea empiezan a hablar de la comida, tema que le apasiona. Puede nombrar todas las variedades de mandarina y describir las cualidades de cada una, su jugosidad, su dulzura. Le encanta tanto la comida peruana que hizo un viaje a Lima solamente para comer: por unos días no hizo otra cosa que pedir chaufas y leche de tigre.

 La comida le provoca mucha nostalgia y comienza a hablar de su infancia. De chico su familia, a instancias de su padre, seguía una dieta macrobiótica. Mi viejo no comía nada de una lata, dice López; aún recuerda la textura blanda del arroz que dejaba cocinar por mucho tiempo. Sus compañeros de clase se burlaban de Julián por la comida rara que llevaba a la escuela; hoy come carne con las ganas de alguien que finalmente puede darse el gusto. Su padre no se daba cuenta de nada de eso. Eduardo López no registraba las opiniones de todos los demás. Siempre hacía las cosas a su manera, buscando la iluminación en una serie de disciplinas.

Empezó con el existencialismo; después, decepcionado, quemó sus libros. Pasaba por el lado del psicoanálisis; conoció a Regina, su futura esposa, en el gabinete de su psicólogo, en un tiempo cuando poca gente hacía terapia. Era discípulo de varios gurúes: leía las fábulas del swami Vivekananda a los chicos en lugar de cuentos, tomaba votos, se reunía con un grupo de estudios. Esa búsqueda de sentido duraba toda su vida. Sus hermanos lo veían con una mirada condescendiente, como si fuera un niño. Cuando Regina falleció los hermanos de Eduardo pretendían hacerse cargo de sus tres hijos. A mi viejo le decían, «Ahora yo me llevo a Julián y las chicas se van con otro», recuerda Julián. Lo veía resistir cosas muy brutales, movidas por la angustia y el amor. Eduardo se peleaba para quedarse con sus hijos. La familia seguía unida.

De tal palo tal astilla. Se ve al padre – su inquietud, su atracción por el esoterismo, la insistencia en el criterio propio – en la vida del hijo. Julián llegó a la mayoría de edad en los años ochenta, en la efervescencia del retorno a la democracia. Hacía un poco de todo: teatro particularmente. Hacía talleres de actuación y dramaturgia; actuaba. En 1989 se inscribió en un curso de astrología en la Casa XI: había encontrado trabajo como el ghost writer de un astrólogo famoso, escribiendo los horóscopos para la revista Caras. Fue su primer encuentro con un público masivo, aunque llegó disfrazado de otro. Ser ghost writer es una suerte de actuación: es hacer propia la voz de otra persona. Por varios años pagaba el alquiler con eso. López escribía por su cuenta también pero conservaba poco. No estaba listo aún para ser escritor.

Años después López dedicó buena parte de su poemario Meteoro – salió en 2018, también editado por Random House – a su padre. Eduardo se quedaba hasta el fin de su vida en esa misma casa de Caballito y Julián se dedicaba a cuidarlo. La vejez es muchas veces una segunda infancia y en varios poemas de Meteoro Lopéz evoca la casa de su infancia. Recuerda el modo en que su clima cambiaba con los humores volubles de su papá:

Cuando se enojaba salía

se iba a caminar, al café, a estar

con su devoción interrumpida

la toga anaranjada y los ojos

se le hacían peces afortunados.

Su mamá se lo bancaba «frunciendo el ceño y cumpliendo / como una condena su amargura / irreprochable»; Julián compartía el enojo y la amargura pero no podía expresarlos. Aprendió a no moverse: «tengo que estarme tanto como / los árboles quietos, en flor». Observaba todo; al chico puro ojo no le escapa nada. Su sensibilidad, su registro minucioso de todo, al principio salían de su indefensión del niño. Cincuenta años después prepara en la misma cocina la sopa de pollo que aprendió de su madre. El poeta tiene ahora cierto protagonismo: gracias a él la casa sigue funcionando. Lleva un plato a su papá, ya más tranquilo con la vejez:

Ya serví el plato de mi padre

a un costado de pan

la cuchara en el rincón que queda

libre en su mesa frente a la tele.

La comida es un hechizo que deshace el paso del tiempo, que «junta a vivos con espectros». Aquellos que se fueron para siempre perdurarán, en los platos heredados y en los hábitos que aprendimos de ellos. López se queda solo en la cocina después de dar de comer a su padre, tomando sopa directamente de la olla como hacía su mamá.

* * *

            Llega a la Feria del Libro una hora antes de su presentación y sale del predio buscando puchos. El kiosquero es un poco chanta y le cobra demasiado; Los precios se fueron a la mierda, dice con una sonrisa burlona. López le da la plata de todos modos pero después se arrepienta. Normalmente se habría ido a otro lado. Esas pequeñas injusticias le hacen mucho ruido.

            Vino a la Feria para promocionar su última novela – El bosque infinitesimal, que salió con Random House en 2022. Es una propuesta bien distinta de la de sus otros libros. Cambia una Buenos Aires evocada con lujo de detalle por un país inventado de Europa del Este; el pasado reciente por los principios del siglo veinte; la sinceridad un poco tristona de su narración por un tono satírico, grandilocuente, repleto de detalles grotescos. La novela es un sapo de otro pozo y no todo el mundo ha entendido el cambio de dirección: Se ha perdido el concepto del narrador, dice López.

            Igual que las otras novelas, El bosque infinitesimal lo sorprendió. Durante la pandemia se reunía con una amiga por Zoom para compartir lecturas. Buscando algo para leer, López abrió su antigua casilla de correo electrónico – la que usaba en los años noventa – y descubrió los primeros capítulos de la novela. La había empezado en esa época pero, desalentado por las perplejas devoluciones de unos amigos, después la abandonó.

En 1989 se inscribió en un curso de astrología en la Casa XI: había encontrado trabajo como el ghost writer de un astrólogo famoso, escribiendo los horóscopos para la revista Caras. Fue su primer encuentro con un público masivo, aunque llegó disfrazado de otro.

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            Ahora la retomó. Escribió divirtiéndose, dando rienda suelta a su sentido del humor. Es el payasito de su grupo de amigos, dice; por primera vez ese lado chistoso salió en su ficción. El protagonista del libro es un «boludo a pedal», un médico que se cree un gran hombre de la ciencia pero se cae cada vez más en la histeria. Realiza experimentos raros en el sótano de un colega; esas escenas tienen algo de la atmósfera hilarante de El joven Frankenstein de Mel Brooks. López llenó el libro con citas y referencias: a Madonna, Björk, la banda Virus, Toulouse-Lautrec, Alfonsina Storni, Tristes trópicos de Levy-Strauss. Su prosa, siempre densa, se volvió florida, extravagante. Como Julián de chico, el libro salió al mundo con sus parches de colores, llamativo, con un aire desafiante. Su rareza fue intencionada, una protesta en contra de la uniformidad.

            Esta vez no se encontró con hostilidad, pero sí con cierta incomprensión. Fue un chiste que no se entendió. La denuncia que encierra – de los hombres de ciencia que insisten junto con el protagonista que «El mundo necesita ser curado», de la implacable prepotencia de la cultura occidental ante cualquier desviación de lo común – quizás se perdió también. El hombre que lo va a entrevistar en la Feria le confiesa que no ha leído El bosque infinitesimal y le pregunta si pueden concentrarse en Una muchacha muy bella. López no hace drama. Vino para trabajar. La presentación sale bien; después consulta con una compañera sobre cuándo van a cobrar. A veces ser escritor es un laburo como cualquier otro.

* * *

Pasa una semana y López está en su casa. Está contento: en los últimos días ha escrito los primeros poemas del nuevo departamento, en su escritorio mirando el Forjador de Eiffel. En el baño un clavel de aire – un regalo de amigos en Entre Ríos – cuelga de la manija de la ventana. Ha echado una flor: en realidad un ramillete de florcitas lilas. Está suspendido y sólo el sol y el aire mismo lo nutren, pero aún así prospera. Es un buen augurio: en esta casa ya aparece nueva vida.

Salimos a caminar por el barrio. La próxima novela estará ambientada de nuevo en Buenos Aires: otra historia de amor, hacia la ciudad que lo define. Señala los puntos de referencia y cuenta sus historias. Allí, a la vuelta, estaba la pensión de Witold Gombrowicz; las cúpulas del Edificio Wolff eran un tributo al emperador austriáco Francisco José y su esposa Sissí. Las calles tienen una densidad de asociaciones impresionante: el acto de recordar las revive, las transforma en los versos de un poema. Los que se fueron perdurarán.

Pasamos en frente de un edificio antiguo; de los ladrillos de su fachada salen las flores amarillas de un palán-palán. Me las señala, emocionado: Las menciono en La ilusión de los mamíferos, ¿te acordás? Para el protagonista de esa novela son un símbolo de resistencia en una ciudad que a menudo es nada más que «un continuo de concreto agrietado»: «cada tanto le sale un brote de palán-palán, algo que no supieron cómo anegar, cómo derruir, algo que no pudieron desaparecer». Como el clavel del aire son plantas obstinadas que salen en lugares inesperados, insistiendo en sus colores, en su peculiar lógica.

Un señor nos ve mirando el palán-palán y empieza a hablarnos sobre sus flores, sobre otra planta cuyas hojas serradas cortaban a los ingleses cuando desembarcaron en el Río de la Plata, sobre el convento de San Telmo que auxiliaban a los invasores. Quizás Julián López siempre escribe lo mismo, pero Buenos Aires es una historia que se puede contar una y otra vez.

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