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06 de agosto 2023

Martín Rodríguez

JUEGO DE LA SILLA

Tiempo de lectura: 9 minutos

Uno

La democracia es tan democrática que votan los indiferentes. A esta altura se calcula, se especula y se prenden velas sobre la existencia de una masa de personas que votará como quien se saca algo de encima. Algún candidato supone que ese voto gris, inexpresivo, inocuo, con el deseo de no hacerle ni bien ni mal a nadie, que va a votar como a sacar el perro, lo beneficiará. El larretismo come de ahí, de esa “idea”. Después están los otros, que no son indiferentes, que los podemos imaginar así, al menos una parte, la televisada: los trabajadores golondrina de la economía de servicios, las bandadas de mal pagos que gritaban “¡Milei!” para decir algo “contracultural” en los treinta segundos de la televisión con el Pelado. ¿Qué era eso? Los que laburan mal, viajan parados, comen de parados, los que hacían horas extras para ahorrar y ahora las hacen para llegar a fin de mes. Dicen que votarían a Milei por el efecto “chupame la pija”: oponerle a la mímica del Estado de estos años la mímica de su terror. Los que alguna vez o por un segundo quieren que les tengan miedo a ellos. Hay que ver qué secreto se llevan a las urnas. Son diez, son cien, son millones, fueron suficientes, y a lo mejor eso fue todo y la etnografía de ese votante para ese candidato quedará como pie de página de otra presidencia que no fue. Bullrich también pucherea de ahí, de eso.  

Dos

El boom de los jingles mejora un poco el clima: si no hay esperanza, habrá bandas de garaje.

Tres

¿Qué pasa con Massa? A siete días de las elecciones vimos todo de él menos lo principal: al “Sergio de la gente”. Que Massa sea Massa, parece no ser la consigna (alguien que le diga: sé vos). ¿Sigue dando examen de progresismo, playback de frases con las que no se puede no estar de acuerdo? ¿Ya entró en el juego de las compensaciones como otro candidato inquilino que no puede enojar a los dueños de la casa? Que Massa sea Massa antes que sea demasiado tarde. La cornisa finita del país por un candidato que a la vez es ministro de economía, un juego arriesgadísimo al que se tiró de lleno. Y es tan difícil el equilibrio en el que está metido (en el que estamos metidos) que encima, de ganarlo, no lo ganará por equilibrista. La película del “manager de la unidad” ya se vivió.

Algún candidato supone que ese voto gris, inexpresivo, inocuo, con el deseo de no hacerle ni bien ni mal a nadie, que va a votar como a sacar el perro, lo beneficiará

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Cuatro

Pero ningún frente está “cómodo”. “¡Compañeros, el que gana conduce, el que pierde acompaña!” no dice nadie. Los candidatos llevaron lejos las diferencias internas. En Juntos por el Cambio se discutía si iban a compartir un mismo bunker. “Fin de la novela”, tituló LN. Lo harán. Además, como decía Durán Barba, los electores son libres. Y con esa verdad muchos respiran. Lo “ganador” se palpa del lado de Patricia Bullrich. Propone poner primera, ir a fondo, hacer lo que hay que hacer. En su recetario la autocrítica critica la velocidad, pero no el rumbo que tuvo Macri. Entonces, a juntar fuerza. Pero, como siempre ocurre, las elecciones tienen la paradoja del votante: “levantémonos y vayan”. El voto es secreto, tira la piedra y esconde la mano. Y ocurre la gran verdad de Ringo Bonavena: “Cuando suena la campana, te sacan el banquito y uno se queda solo”. Porque una cosa es el like, la selfie, firmas Change.org, y otra es después quedar solito tu alma, cumplir el mandato del voto, la sangre prometida. La vieja democracia pide que la sangre no llegue al río. Hace poco, un texto en Seúl, resumía un llamado sincero ante este vacío, lo parafraseo así: “hagamos las reformas necesarias y banquémonos las bardeadas en el chat de ‘mapadres’ de la escuela adonde mandamos los chicos”. La sociología compartida de nuestras elites que se cruzan en pasillos de universidades, en asados de editoriales, en las puertas de los colegios. Pero Bullrich es veterana de guerra. Desde el año 2000 apunta a los sindicatos. Un estudio de la consultora “Sentimientos públicos”, publicó en mayo entre muchas cosas la actualización de un dato continuo en el que se respalda la cruzada: el 70 por ciento de los encuestados está de acuerdo en que los sindicatos son uno de los principales problemas del país. El principal spot de campaña de Bullrich propone una serie de imágenes que empiezan con Moyano, sigue Baradel, después movimientos sociales, y llega hasta la vieja guardia cristinista de sus dirigentes y empresarios de la obra pública. Pero en la “cuestión sindical” clava el ojo, es un tema más de fondo que las miserias de la corrupción. Sacar la silla sindical de la mesa de discusión del país que viene, con quién NO negociar más.

¿Hay una trampa en la radicalidad? Esteban Schmidt escribió en un Parte de Inteligencia de su gran newsletter, que finalmente en el todo o nada de Patricia, ella elegirá NADA. Dice Schmidt que “que le digan que capituló en su cruzada purificadora es poco costo al lado de quedar automáticamente impedida de avanzar y con problemas de legitimidad”. ¿Un halconismo selectivo a temas simbólicos? “A lo sumo mantendrá su halconismo cantando Aurora con los Granaderos o mandando a construir más cárceles, el fetiche de su vice Petri”. Hernán Vanoli, director de “Sentimientos públicos” dice que “Milei subperforma mal por su política”. ¿Qué sería eso? “Si en lugar de dolarización hubiera dicho convertibilidad y en lugar de venta de órganos hubiera dicho todo el presupuesto a educación, ganaba…”. El título de este interesante artículo de Vanoli funciona como menú de los consensos simultáneos. Un país tramposo; así lo escribió y simplificó para provocar: “valores progresistas, votantes libertarios”. El informe que “Sentimientos públicos” acaba de publicar a su vez tiene otro dato en línea: sobre 3.500 compatriotas consultados acerca de durante qué presidencia sentiste que vos y los tuyos tuvieron mejor nivel de vida, por escaso margen, pero la más votada, es la de Carlos Saúl Menem (le sigue la de Kirchner). La “estabilidad” pulverizó a los otros carapintadas: los remarcadores de precios. Dice Vanoli que “a la hora de rankear los productos donde la inflación más se siente, Alimentos quedó en primer lugar, Alquileres y Servicios en un segundo lugar, Electrodomésticos en tercero y Calzado e Indumentaria en cuarto”. Los últimos resultados de la consultora “Escenarios” también indican que “el principal problema que afecta hoy a la Argentina sigue siendo la inflación”. Qué le pasa a esa “sociedad que va a las urnas”, se preguntan sus directores Pablo Touzon y Federico Zapata. Pero no nos perdamos de sacar esta conclusión. ¿Dónde buscarán un blanco fácil? En la “Argentina sindical”. El mundo del trabajo se retuerce, se fragmenta, tiene la ebullición de una estación en hora pico, y los representados bajo convenio viajan también en esa caravana.

Testigo y parte, el libro se abre con la negociación en la manga. Un poema manual sobre la pulseada (con el funcionario del Estado)

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Cinco

Un delegado del sindicato de ladrilleros (UOLRA) dice que le quedó rebotando una idea mencionada alguna vez: que sindicato es civilización. Al menos esa civilización que captó la película Las aguas bajan turbias: a la esclavitud de los mensúes la rompió el sindicato. “De la nada, iba caminando y me resonó lo del sindicato como civilización y me vino a la cabeza que algunos compañeros de comisión directiva, algunos delegados regionales y delegados de fábrica, a través del sindicato viajaron por primera vez en ascensor y conocieron el mar”. En la mesa del poder los sindicatos tienen una silla. Hay una fantasía eterna en el juego de las sillas. Dejar los sindicatos sin la suya. Afuera. Mala prensa les sobra, mala praxis también, la obviedad de que no mean agua bendita, son cerrados por reflejo, algunos tienen hoteles y campings de lujo y a mucha honra pero su comunicación la manejan con una commodore 64. Pero el país es una mesa con varias sillas y una es sindical… En octubre del irrepetible año 2020, el secretario general de la UTEP, Esteban “Gringo” Castro, fue parte de la reunión entre el FMI y la CGT. Para el FMI en la Argentina la silla de un “piquetero” existe. No se sientan con los que quieren, se sientan con los que están, con lo que hay. La CGT llevó al referente social ahí. Héctor Daer, Gerardo Martínez y Andrés Rodríguez le pusieron una silla al lado de la de ellos.

Seis

En resumidas cuentas y sin ánimo romantizador voy hacia la lectura de un libro que este año publicó la editorial “Eloísa Cartonera” y que se llama ni más ni menos que “Proyecto Sindicato”. Es el primer libro de poemas de Pablo Juárez (Esquel, Chubut, 1972). Así, con cartón reciclado, este poeta de cincuenta y un años y veintitrés de trayectoria gremial, golpea la puerta de la poesía política para hacer entrar en ella al “mundo sindical”, un mundo probablemente sub-narrado en la literatura argentina. Digo probablemente, y no faltará el que encuentre diecinueve camellos en El Corán. Anoto algunas de las veces que sí se representó, varias sopladas por un amigo. Momento superior del “mundo sindical” en la novela “Responso”, de Juan José Saer, donde el personaje principal es un sindicalista que echan cuando en el 55 intervienen el sindicato. “El traductor”, la novela de Salvador Benesdra, “cuando el tipo está vencido y va al sindicato”. La película “Los Traidores”, ficción de Raymundo Gleyzer, visión rígida desde la izquierda, desde el conflicto organizado en clases, que obviamente coloca las cosas de este modo: en la mesa del poder de los años setenta, los sindicalistas tienen una silla.

En los poemas de su “Proyecto sindicato” Pablo Juárez remite a algo del realismo que funda la poesía de los años noventa. Pero es el libro de un delegado. Su sindicato es ATE, no el más poderoso de los estatales (que es otro gremio, UPCN), aunque sí más antiguo, de naturaleza policlasista como toda la extracción estatal (capas medias y capas bajas), y lleva un vínculo aceitado en sangre con la izquierda, la militancia social, la Iglesia, sectores progresistas, el peronismo, con sus idas y vueltas. Juárez habla como militante, y el militante va a la universidad, y entonces la universidad habla en el delegado, y el delegado recorre suburbios, y los suburbios hablan en el poema. La política es movilidad, cruce de mundos. De hecho, un poema se llama Marcelo T (calle que menciona una sede histórica de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA), empieza diciendo que “Santi es marxista…”, y también estará en otro poema un tal “Puchero que trabaja en el ENACOM con las antenas”. Juárez escribe sobre un presente histórico mega familiar: los veinte años que van de la crisis del 2001 hasta hoy, que son también los años del Gran Buenos Aires como contraseña de pertenencia o de “viaje a la frontera”. Dirá que un tal “Nico es el Munra del conurbano / en Guernica / hay muchos como él”. Y ese podría ser el lado más previsible del libro. Pero el poeta conoce otros dos lados del mostrador. Conoce al funcionario. Conoce la pulseada. La victoria y la derrota. Conoce el Estado.

Para el FMI en la Argentina la silla de un “piquetero” existe. No se sienta con los que quiere, se sienta con los que están

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Uno encuentra lo que esta poesía recoge del viejo realismo. Leerla bajo el árbol del enorme poeta Alejandro Rubio, peronismo y vanguardia, de quien Martín Baigorria define muy sintéticamente su poesía así: “Varias perspectivas que se ramifican y vuelven a confluir en su escritura: percepción del deterioro social, manejo plástico del estereotipo, negación al nivel sintagmático, juego con la repetición y el absurdo”. Pero de mínima diría que en Juárez no hay pesimismo, ni un manejo plástico del estereotipo. Testigo y parte, el libro se abre con la negociación en la manga. Un poema manual sobre la pulseada (con el funcionario del Estado). Leemos: “(…) En un conflicto gremial / cinchás y rebotás al mismo tiempo / la bronca sirve como impulso / pero si es un espasmo / te quedás sin aire. (…) La lluvia antes de las asambleas / es una bendición / así decía el Pastor, mi compañero (…) y yo no sé por qué / pero si llueve / te llaman para negociar. / Cuando suena el teléfono / quien piense listo ganamos / se equivoca / ellos tiran mil trampas / si hasta cuando ganás se la rebuscan / para hacerte creer que perdiste. / Levantar despidos / es una pelea de fondo / los tiburones huelen la sangre / si pasa esa, pasan todas. (…) Lo siguiente de caer / es levantarse / lo que nos define / es lo que sostenemos / cuando estamos en el piso.”

El poeta Martín Prieto plantea la temporalidad de la literatura política así: “Una temporalidad, que es la del presente. Pero que involucra tres tiempos a la vez: el del acontecimiento, el de la composición del poema y el de la lectura del poema”. ¿Ejemplos? Desde Tuñón a Perlongher. “La literatura política prescinde del protocolo de la literatura histórica. Leemos, en el momento de su composición, los poemas de Cardenal y sabemos quién es Somoza. Leemos a Leónidas Lamborghini o a César Fernández Moreno y sabemos quién es Perón. Leemos a Roque Dalton y sabemos quién es el general Martínez”. Así habla Prieto. Dice: “Pero entonces sucede un fenómeno: qué pasa cuando ya no sabemos quiénes son Somoza, Perón, Martínez. Qué pasa con la poesía política cuando pasa el tiempo político que la propició, ¿adónde van las palabras que no se quedaron?”.

Este proyecto de Pablo Juárez se amasa también con las palabras de una estructura que vence al tiempo. ¿Cuál es el acontecimiento? Diremos que un sindicato los reabsorbe a todos. O que el acontecimiento está en el futuro. Como Charly Parker, Juárez podría decir: “esto lo estoy escribiendo mañana”.

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