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28 de agosto 2021

Juan Di Loreto

INDIFERENCIA Y CAÍDA

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Me entorpeció el temor de multiplicar ademanes inútiles…”.

Borges, Funes el memorioso

“En el fondo, la trama de un relato esconde siempre la esperanza de una epifanía”.

Piglia, Formas breves

Dime en qué encuentras virtud y te diré qué es lo no hay en tu época. O al menos qué es lo que escasea. En el último tiempo se evidencia un clima de absurdo, de pérdida del sentido, que nos muestra la falta de un relato que nos contenga y nos de forma. No es que no hay ideología, ni siquiera Historia, no se trata de “el fin de”, sino de alguna clase de agotamiento. Para usar una imagen gastada: es un tiempo de ruina, donde lo viejo agoniza pero no hay nada nuevo que termine de nacer.

En ese sentido, se puede entender que se hable demasiado, se escribe mucho, se expresa hasta el hartazgo, pero el discurrir no tiene un norte. No hay relato que termine de anudar los fragmentos, no hay un Dios por quién sufrir; solo memorias del subsuelo.

No hay relato, pero sí realidad cruda. El incesante río sin orillas de las redes sociales. Imposible seguir un hilo de todo lo que acontece. Somos como taquígrafos ciegos: enconvardos en nuestro propio Yo, registramos y olvidamos en el mismo acto. No se permite tener un poco de conciencia. No hay tiempo. Ya está pasando algo de nuevo. Obligados a levantar la roca inútil de la novedad, como Sísifo, yacemos casi dormidos, casi despiertos, repitiendo como Funes: “Mi memoria, señor, es como vaciaderos de basura”.

Somos como taquígrafos ciegos: enconvardos en nuestro propio Yo, registramos y olvidamos en el mismo acto. No se permite tener un poco de conciencia

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Estamos llenos de palabras, pero la capacidad de trabajar la ilusión literaria del mundo se nos escurre entre los dedos. Hemos perdido la brújula. ¿A quién le contaron un buen cuento últimamente? En qué partido, unidad básica o comité quedo el último vestigio de épica. Necesitamos ser narrados, sentirnos parte, para no andar como personajes en busca de un autor. Aunque más no sea sospechar que allá, detrás de ese túnel oscuro rodeado de aguas amargas, somos un poco más que motas de polvo rodando por las pampas.

Pero esta misma letanía demuestra nuestra falta. La era de la razón cínica parece carcomer toda posible narración que haría posible un sueño colectivo (hasta esta frase resulta trabajosa de escribir, nos muestra como ingenuos). Estamos tan inmersos en esta racionallidad, de la que no podemos escapar porque es una estructura de pensamiento. Peter Sloterdijk decía que el cinismo era la última forma de una falsa conciencia de esta modernidad. El antiguo cínico era indiferente del mundo, despreciaba las convenciones sociales. Pero llevaba eso a su vida práctica. Ser cínico era vivir como cínico. No había separación entre hacer y decir. El cínico de hoy se sabe desengañado, indiferente, inmune a la vieja crítica ideológica, pero es arrastrado por la fuerza de las cosas. En la acción propia nadie es cínico: hay que trabajar nueve horas diarias, hay que dirigir los correos con la cordialidad de la función aunque nada de eso se crea.

Hace rato que se vive en un mundo donde el fin de las cosas es más plausible que la emancipación del hombre. Sin muchas vueltas: es un mundo en crisis, quizás total. Un relato maravillosamente canallesco como Los siete locos, hoy no nos resulta tan fuera de lugar. Está ahí afuera: “Pero él ya estaba vacío, era una cáscara de hombre movida por el automatismo de la costumbre”, escribe Roberto Arlt. Por eso una ilusión, cualquiera que uno pueda cazar a vuelo, es mejor que este estado perpetuo de indiferencia y caída.

El cínico de hoy se sabe desengañado, indiferente, inmune a la vieja crítica ideológica, pero es arrastrado por la fuerza de las cosas

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