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20 de abril 2024

Diego Labra

HISTORIAS DE FANTASMAS

Tiempo de lectura: 12 minutos

Quizás porque tuve una crianza laica, sin bautismo, catequesis ni comunión, nunca me asustaron demasiado las historias de exorcismos o fantasmas.Miedo le tenía a los extraterrestres, una amenaza más cercana gracias a los Expedientes Secretos X y el video de la autopsia que se pasó en el prime time de la TV abierta durante los noventa. Directamente no me dejaban dormir las películas de home invasion, casi thrillers donde los monstruos no son mitológicos sino tipos de carne y hueso que secuestran, violan y matan. Todas cosas terribles que, según el noticiero que mi abuela miraba sin falta durante la hora del almuerzo, pasaban incesantemente y sin paliativo posible a cuadras de mi casa. Hay una de Haneke sobre dos pendejos sádicos que torturan a una familia que nunca quise ver. Hace poco cometí el error de leer Bajo este sol tremendo de Busqued y me indujo pesadillas que no me animo a transcribir acá.

Justamente los fantasmas son el hilo conductor de la nueva colección de cuentos de Mariana Enríquez. Estos funcionan, independientemente del credo del lector, porque como toda buena historia de terror sobrenatural, y ella las sabe escribir, debajo de la pátina fantástica se encuentra un cimiento de ese temor visceral que alerta en mí las de lúmpenes sociópatas. En Un lugar soleado para gente sombría, disparejo como toda compilación, los relatos más efectivos son precisamente aquellos que se aventuran a entrar, como describe ella misma, “a los lugares que duelen”. O, ahora digo yo, a aquellos que nos da pudor admitir que nos lastiman.

Mi cuento favorito de Enríquez, “El chico sucio” (lo pueden leer acá), va de una joven mujer de clase media bien que vive en una casona heredada en Constitución y entabla una relación de tono maternal con el titular niño indigente. Tan pronto se establece el vínculo, el nene desaparece, y la culpa parece caer sobre su madre drogadicta y practicante de una imprecisa magia negra vernácula, con elementos que se asocian en el sentido común al umbanda y la santería popular. Los prejuicios de clase, y los miedos que en ellos echan raíz, son minados por la escritora con gran efecto. Después de todo, lo que más asusta es lo negado, lo reprimido. En este caso, en nombre de la buena conciencia y la corrección política. Desde la base de la columna suben las ganas de salir corriendo, y desde la cabeza baja la vergüenza por querer hacerlo. 

En uno de los relatos más fuertes del libro, “Ojos negros”, la autora vuelve a visitar ese lugar. Esta vez, la ambientación es la madrugada de Congreso, cuando un trío de jóvenes empleados por una ONG reparten comida, mantas y elementos de higiene básica entre la creciente población de personas sin techo que habitan el barrio porteño. La protagonista, quien narra en primera persona, por supuesto posee la empatía y vocación de servicio necesaria para llevar adelante esa tarea. Pero entiende que “no todo era dulce y pobre gente buena”. También estaban, según describe, el “par de hijos de puta [que] violaban de noche o toqueteaban”, las “brujas bien temibles que […] hacían trabajos detrás de la palmera” y los “tumberos ingobernables” a los que “a veces dudaba de darles de comer”. “Por mí se podían morir de frío”, concluye en un arrebato. El contraste a este realismo desencantado lo provee su compañera Flora, oriunda de Burzaco y “exageradamente comprensiva” producto de su “formación de militante en barrios”. Un “berrinche de superioridad moral” que le costará caro cuando el grupo se tope con dos nenes siniestros de ojos negros “sin esclerótica, ni pupila, ni iris”, ojos de insecto “relucientes y de obsidiana”.

Como no podía ser de otra manera, el ejercicio de miniturismo deviene en un descenso lovecraftiano hacía la locura. Nuevamente entran en foco como fuentes de horror la superstición y la religiosidad popular

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En la Argentina de crisis cíclicas es difícil no tenerle miedo a la pobreza. Incluso los de clase media parapetada, quienes tienen hasta abuelos universitarios, saben lo que es ajustarse el cinturón, pasar a consumir segundas marcas, que te cambien a un colegio más barato o directamente a la pública. El pobre como personaje literario encarna ese miedo. Pero este también representa un resquemor más sencillo y visceral. El miedo instintivo, físico a que la gente sometida por el azar de la cuna a condiciones de vida indignas y deshumanizantes efectivamente deje de ser humana para convertirse en bestia. A que la situación preapocalíptica permanente de nuestro país desintegre finalmente lo que queda del contrato social y el tipo que está durmiendo con su familia en la vereda se dé cuenta que puede llenarle la panza a sus hijos que lloran de hambre con la comida que vos tenés en la heladera. Un temor para nada infundado en una sociedad que somete a la mitad de sus integrantes a existir debajo de la línea de pobreza y experimenta olas de saqueos como un fenómeno estacional. En este sentido, el intento de dignificar esas condiciones de vida desde el lenguaje (de la villa al barrio popular), bien podría interpretarse como una canción de cuna que nos cantamos a nosotros mismos para dormir mejor.

El cine de Hollywood no ha tenido prurito en hacer terror con sus pobres. Así expresan (y lucran) con la ansiedad que generan en las clases medias intelectuales de las costas aquellos que viven entremedio, lo que ellos llaman flyover country, desde mucho antes que ganara Trump. Eso son las películas tipo La masacre de Texas o La casa de los mil cuerpos, donde una familia redneck incestuosa y bruta achura sin piedad a jóvenes rubios californianos que cometieron el error de perderse con su van en un red state. Acá, ese morbo ha nutrido mayormente producciones audiovisuales englobadas bajo el concepto de pornomiseria, en especial su variante carcelaria. Un costumbrismo voyeurista de la pobreza, que oscila entre lo pintoresco y lo grotesco. Justamente por eso creo que la literatura de Enríquez, con su gótico urbano que troca “castillos o abadías” por “las callejuelas laberínticas de las villas miserias”, se ha convertido en un fenómeno comercial. Tanto así que ya se está poniendo de moda decir que está sobrevalorada, termómetro infalible del éxito en un campo cultural argentino que perdona todo (pero todo), excepto vender bien. Al igual que la obra de otros autores contemporáneos de nuestra cultura masiva, como Damián Szifron  o la dupla Cohn y Duprat, estos relatos colman esa demanda insatisfecha de una ficción fantástica que sublime las miserias del consumidor mesocrático. Que los entretenga con un retrato crítico pero piadoso de su hastío ante la ineficiencia del Estado y ese cosquilleo en la nuca que los obliga a cruzar de vereda cuando ven venir de frente a dos pibes de gorrita.

Un claro ejemplo de esto es “Mis muertos tristes” (lo pueden leer acá), puesto primero en el índice cual banda de rock que abre su disco con el single más potente. Emma es una médica jubilada y divorciada que vive sola en un barrio obrero de casas bajas otrora aspiracional, ahora flanqueado por monoblocks y un asentamiento levantado sobre tierras tomadas. Ella sufre la inseguridad igual que cualquiera (“yo también vuelvo llorando cuando un adolescente enarbola un cuchillo y me arrebata el teléfono”), más por eso no quiere “matarlos a todos” como sus vecinos. Su ex la invita repetidamente a mudarse al más tranquilo sur con él y su nueva esposa, pero se niega. Aunque pone de excusa a su hija adulta, que vive en un departamento en el centro, la verdadera razón por la que no quiere irse es el fantasma de su madre que habita en la casa y con quien interactúa gracias a su sensibilidad especial. Con el tiempo, también comienza a ofrecer sus servicios de médium a los conocidos. El conflicto, un poco telegrafiado pero no por eso menos efectivo, se plantea cuando una aparición obliga a la gente del barrio a enfrentarse con su propia mezquindad y egoísmo. Básicamente igual a cuando, en la historieta de The Walking Dead, Rick mira al lector y dice, al final, “los muertos vivos somos nosotros”.

En ese primer cuento es donde quizá más se nota la mano editorial de Anagrama, que fuerza a sobre-explicar un contexto sociohistórico que se supone harto sabido por el lectorado argentino. El precio a pagar por quien escribe en español para poder gozar de éxito internacional y firmar contratos en euros. Vi pasar quejas en redes sobre pasajes con lenguaje neutro (como en un dibujo animado doblado, acá no hay valijas sino “maletas”). Yo pondría antes la lupa en el incentivo a la autoexotización que tienen artistas autóctonos que se saben produciendo para un público global. Por ejemplo, el aparente imperativo de atar cada historia al trasfondo de la última dictadura militar o la crisis del 2001, que rápidamente devienen en la selva tropical de nuestro realismo mágico suburbano, montado para el entretenimiento del lector europeo. Vamos escritor argentino, casi se escucha al editor español susurrar al oído, di lo tuyo.

El cine de Hollywood no ha tenido prurito en hacer terror con sus pobres. Así expresan (y lucran) con la ansiedad que generan en las clases medias intelectuales de las costas aquellos que viven entremedio, lo que ellos llaman flyover country, desde mucho antes que ganara Trump

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En este sentido, resulta entretenido un nuevo frente que abre Enríquez en Un lugar soleado para gente sombría, usando como insumo el conflictuado imaginario de la clase media argentina sobre el Primer Mundo y, más específicamente, Estados Unidos. En “Julie”, una familia porteña recibe a regañadientes a unos parientes cercanos que viven desde hace mucho en “ese otro mundo rico al que jamás nos invitaban” y hablan “en doblaje mexicano”. ¿La razón de su regreso? Someter a un tratamiento psiquiátrico a la titular prima, descrita como “bizca, obesa”, el “pleno abandono”, quien se revela luego afirma tener sexo con espectros. “Vienen a usar la salud pública de este país”, exclama caliente el padre de la narradora. El sentido común tilingo es desplegado para generar comicidad. La “familia gringa” se pone de “malhumor” porque “no les gustaban las veredas rotas” y “extrañaban el frío y el Nutella”, y el padre retruca que hay menos indigentes en las calles de Buenos Aires que en las de Nueva York y Los Ángeles. En el cuento que da nombre al libro, una escritora argentina que estudió y se enamoró en esa ciudad californiana regresa para enfrentar a sus fantasmas, y describe la decadencia que azota a un downtown tomado por cuadras de carpas donde apenas sobreviven decenas y decenas de esquizofrénicos adictos al fentanilo. A la inversa que el resto, este par de cuentos demanda del lectorado no solo conocimiento del inglés que se cuela en los diálogos, sino de la cultura estadounidense que, particularmente los subcincuenta, hemos mamado a través de series subtituladas que pasaban en la televisión por cable y el primitivo Internet.

Un lugar soleado para gente sombría también ofrece nuevos ejemplos de la variación folklórica o rural del miedo al Otro. En “Los pájaros de la noche”, la autora vuelve a esa Mesopotamia gótica sobre la que ya escribió en muchos otros cuentos y en su novela Nuestra parte de noche, la cual dice haber conocido de boca de su abuela correntina. “Un artista local” comienza, similar a la comedia de terror Finde, con una escapada de fin de semana a una localidad se reinventó como “parque temático de pueblo bonaerense” luego que dejara de pasar el tren, con obra de Salamone y todo. Como no podía ser de otra manera, el ejercicio de miniturismo deviene en un descenso lovecraftiano hacía la locura. Nuevamente entran en foco como fuentes de horror la superstición y la religiosidad popular. Al final del relato se encuentra un “gusano humano” sin huesos que se arrastra como una babosa, y pinta cuadros demoníacos con la boca cual pintor sin manos. La espeluznante visión recuerda a Ivana las historias que le contó su marido sobre el Cotolengo San Francisco, donde “recogían chicos con deformidades o retrasos” que “no tenían familias o las tenían en situaciones muy vulnerables”. Allí habría vivido “un interno que era como una pelota de carne”, un “cíclope” de “un solo ojo” que protagonizaba las pesadillas de los chicos que escuchan la “leyenda urbana”. Otro miedo que ya no se puede decir en voz alta: “Ojalá mi hijo no nazca así”.

Este y prácticamente todos los cuentos del libro ahondan en el body horror que evoca el temor a la enfermedad o al simple paso del tiempo y lo que este hace con nuestros cuerpos, esos delicados mecanismos de carne y nervio. En “Diferentes colores hechos de lágrimas”, la narradora sabe que no debe “decirlo en público y mucho menos sentirlo”, pero admite que no le “gustan los viejos”. “No sé qué haré cuando yo misma sea vieja: espero morirme antes”, desea para sus adentros. La profanación última al cuerpo es la maternidad. Tengo una amiga quien, ante la sugerencia de un embarazo, se le erizaron los pelos de los brazos y comparó tener a un bebé creciendo en su interior con lo sufrido por las víctimas de la araña incubadora de la saga de Alien. Esta es una preocupación íntima aunque explícita (además de muy estudiada) en la literatura de Enríquez, quién reconoce públicamente haber elegido no ser madre. También generacional, apareciendo como un tema central en Distancia de rescate de la coetánea Samanta Schweblin, quien al igual que su amiga decidió no tener hijos. Si bien solo un par de las mujeres que ocupan el rol central en los relatos de Un lugar soleado para gente sombría han parido, todas ellas se ven a la vez atormentadas y fascinadas por esa expectativa. Una demanda puesta dentro de su vientre como un fantasma esperando a hacerse de un cuerpo, indistintamente de su color de piel, su nivel educativo o sus ambiciones personales.

“Metamorfosis” es el único cuento del libro que prescinde de los espectros, abrazando en su lugar una marcada estética cronenbergiana y ecos de Hellraiser (pueden leer un borrador acá).Abre con una cita de la escritora y periodista Sonia Baudassi: “El cuerpo no es un castigo: el castigo es que se hable tanto de él hasta que duele tenerlo”. La narradora, quien se cuenta entre la “minoría deforme y acalorada y llorona” que sufre con particular encono los azotes del envejecimiento y la menopausia, siente tal atracción por un “hermoso” mioma que le extrae la ginecóloga junto con el útero (“un jengibre hormonado”, “una mandrágora gorda”), que decide llevárselo consigo. “No, no pensaba que era mi hijo”, aclara. “Un hijo se cuida y es persona” y esto “es algo que había creado sin personalidad ni vida, pero me parecía injusto que no me lo pudieran dar”. Mediante un procedimiento clandestino, vuelve a introducir ese tejido en su cuerpo dentro de cápsulas implantadas en su espalda. Gracias a su “falsa columna de saurio”, con relieve y tatuaje tornasolado, finalmente entiende “lo que significa amar el propio cuerpo”, ganando a la naturaleza mediante el artificio de la medicina y la modificación corporal.

No cumplí cuarenta y ya estoy hastiado de este stop-and-go infernal, de que la mitad de mi vida haya transcurrido en décadas perdidas. Una película de terror donde el protagonista se despierta aliviado para luego descubrir que solo está adentro de aún otra pesadilla más

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Capaz las mujeres de “cuarenta y muchos” que no “tienen grasa imantada” en las piernas, que lucen “caderas estrechas y pantalones que caen sueltos y vientres más o menos planos” logran esa figura porque se aguantan el hambre, reflexiona la mujer dragón al comienzo de “Metamorfosis”. Ella no puede y, “en cualquier caso las odio y quiero que se mueran”. “[N]o odies, todo vuelve”, le advierte una amiga, “y no la vi más y ya no es mi amiga”. “El pensamiento positivo es perverso, lo mismo la buena voluntad”, sentencia. Las protagonistas de Un lugar soleado para gente sombría son mayormente independientes, resueltas, y enfrentan el horror que desata Enríquez sobre ellas con estoicismo. Incluso cuando ya están resignadas al final con fundido a negro. “Mi vida es chiquita”, reconoce la protagonista de “La mujer que sufre”, pero aún así la defiende frente a los fantasmas que van ocupando su departamento. Varias aparecen como endurecidas por los golpes, mostrándose cínicas y hasta mezquinas. Alguien podría decir que un poco demasiado, sufriendo alguna de ellas del síndrome Fleabag, que parece condenar a las mujeres ficcionales “complejas” creadas tras la excelente serie de Phoebe Waller-Bridge a actuar con mala leche. También es cierto que, como en esa producción británica, predomina la narración en primera persona, habilitando el monólogo interno a exponer todas esas cosas crueles que se nos pasan por la cabeza y nunca diríamos en voz alta.

Podría decirse que la frustración, el resentimiento y la resignación capturada en la voz de las narradoras de estos cuentos sintoniza con nuestros tiempos, en los cuales la crueldad se vuelve de pronto un tema de interés sociológico. Se puede leer en redes a gente pasmada por la reacción descorazonada con que otros usuarios, el comerciante del barrio y hasta los amigos de toda la vida opinan sobre la coyuntura actual, pero acaso esa sea la reacción natural a la crisis como estado permanente. Si vivís apretándote los dedos con la puerta, eventualmente los nervios van perdiendo sensibilidad. Si nunca para de llover, hasta la sangre se empieza a diluir. Cuando los engranajes de la máquina crujen con vos y los que vos querés adentro, hasta quienes cantaban que el amor vence al odio empiezan a clamar por venganza.

El horror es un género que ofrece una catarsis ficcional a toda esa angustia, dándole forma de aparición, zombi o ser del abismo a nuestro miedo y ansiedad. Los fantasmas de Un lugar soleado para gente sombría aspiran a (no) darle corporeidad a algo aún más insidioso y siniestro, que son las fuerzas sociales que mantienen este mundo desigual y cruel funcionando día a día. La literatura de Enríquez hace exactamente eso, con el plus de la especificidad del caso. La Argentina es una casa embrujada atormentada por los espectros del pasado, claro, pero aún más por los de un futuro prometido que nunca termina de llegar. La proverbial condena al éxito que pesa sobre nuestro país como una maldición gitana que se pasa involuntariamente de padre a hijo, de madre a hija. No cumplí cuarenta y ya estoy hastiado de este stop-and-go infernal, de que la mitad de mi vida haya transcurrido en décadas perdidas. Una película de terror donde el protagonista se despierta aliviado para luego descubrir que solo está adentro de aún otra pesadilla más. Como al chico que hostiga a los vecinos desde más allá de la tumba al final de “Mis muertos tristes”, hoy más que nunca nos consume el rencor que genera no poder poseer todo eso que crecimos escuchando nos merecemos. Los fantasmas, al final, somos nosotros.

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