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08 de junio 2022

Bruno Reichert

HIJOS DE UNA LARGA NOCHE

Tiempo de lectura: 10 minutos

Mal que le pese a las teorías oceánicas, no hay un hombre nuevo, hay muchos. Los nuevos sujetos sociales parecen diseminarse como perdigones en el aíre. Como en parte ya dijimos la anterior nota sobre obra y vida de Curzio Malaparte, la Gran Guerra de 1914 dejó un reguero de jóvenes furiosos, incomunicados con el mundo civil que no vivió la experiencia del frente de batalla. Algunos decidieron que el cambio era por izquierda, otros, como los tratados en este texto, soñaron un mundo corporativo de camaradas. Hubo quienes reivindicaron la guerra como un fin en sí mismo, otros retrataron el horror para encerrarlo dentro de un libro y que no vuelva a escaparse. En la Francia de la entreguerra, Louis-Ferdinand Céline y Pierre Drieu La Rochelle surgieron como dos exponentes de intelectuales que percibimos con el alma algo rota, pero cuya pluma podía ser tan peligrosa como el obús que derribaba sus trincheras.

Celine: un fascinante misántropo

En 1932, Viaje al final de la noche fue un cimbronazo editorial pocas veces visto. Una novela cargada de un lirismo vertiginoso y escrita con tanto modismo de calle que representó un desafió titánico para los traductores de un lado y el otro del Atlántico. El protagonista, Ferdinand Bardamu, solo pasa un par de capítulos en el frente de batalla, todo lo posterior es un camino hacia ningún lado por tres continentes: el África colonial, el industrioso Estados Unidos y un poco acogedor regreso a casa. Es el recorrido de un desterrado entre desterrados, que se aferran a la vida bajo las sensaciones del cuerpo. Después de la guerra, son las tripas y los genitales los que avisan que el cuerpo es una realidad en el mundo.

En este último punto, el libro tiene similitudes con profundas con Sin novedades en el frente (1929), de Erich María Remarque. El Ferdinand de Céline y el Paul de Remarque nos cuentan lo que sienten sus intestinos porque es común a todo ser humano. No así, la vida del frente, la cual es un no lugar para quien jamás la enfrentó. La diferencia está en que Remarque reivindica la camaradería en el frente, incluso hasta llevarlo a escenas de un homoerotismo infantil. Céline nos construye un protagonista que está demasiado roto y paranoico como para querer estar con alguien que se parezca a él.

"En la Francia de la entreguerra, Louis-Ferdinand Céline y Pierre Drieu La Rochelle surgieron como dos exponentes de intelectuales que percibimos con el alma algo rota, pero cuya pluma podía ser tan peligrosa como el obús que derribaba sus trincheras ."

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Y, sin embargo, no debemos caer en espejismos. Viaje al fin de la noche es lo que el propio autor denominó “representación emotiva”. No es una novela biográfica sino una narración donde el estilo lo cubre todo. Como su personaje, Céline sobrevivió a la guerra, vivió en Estados Unidos y en las colonias africanas, para volver a Francia y convertirse en un médico suburbano. Pero su recorrido real después de la guerra estuvo más cerca de la de un pequeño burgués que la del paria descrito en el libro.

La ensayista búlgara-francesa Julia Kristeva ve en ese triunfo la efectividad de una convocatoria a sentir todo lo perceptible: desde la herida más grande, a la más nimia. Él es en ese trayecto lo único real y lo seguimos hasta el final de la noche en una sátira de la vida donde lo que importa es lo que se siente: la piel.  Pero en cuanto al hombre detrás de la pluma, debemos decir que solo una parte es real, su condición de hombre paranoide y escurridizo. Lo peor lo trajo el escritor de no ficción: un antisemita panfletario que alguna vez condenó a Vichy por no tomar medidas más drásticas frente a “la cuestión judía”.

¿Cómo se entiende que una novela subversiva y a todas luces profundamente antibélica, sea el producto de un hombre que va a ser un defensor de la ultraderecha francesa? El biógrafo de Céline, Damian Catani, nos cuenta que el éxito de Viaje estuvo ligado sin dudas a su rupturismo. Pero la inmediatez con la que circuló fue el producto de un trabajo de relojería. Su editor, Robert Donoël no solo quedó maravillado con el manuscrito desde el minuto cero, también comenzó una campaña publicitaria poco común en la época para construir un escritor anti-establishment. Trabajo que comenzó con un selectivo envío de copias a escritores y críticos. Los resultados fueron positivos casi de manera unánime. A su vez, Donoël aprovechó al misántropo médico para venderlo como una voz autorizada que surgía sin interés en fama y reconocimiento.

Las ganas de esa nueva generación de romper con la visión positivista decimonónica no cambiaban lo subyacente. El naturalismo que prendió en Alemania con la figura completamente distinta de Jünger, también funcionaba en Francia. Así, el doctor Céline se convirtió en un singular espectador, que, desde la más elevada ciencia, explicaba la decadencia del mundo moderno.

La muerte es un miedo primario, nos enseñó Freud, y su pensamiento en esos años volaba sobre cada trigal europeo. Para un discípulo mejor leído de lo que aparentaba como Céline, eso se traducía en que las elites políticas reemplazaran el miedo primario por un bien mayor: la patria. Se pelea por no morir y por las razones por las que ya murió su antepasado. Una neurosis-motor. Así es como Céline entiende todo como una gran farsa, en la que marxismo y liberalismo se reparten fichas para crear un enemigo externo.

"El escritor que se representó a sí mismo como un outsider y dio pocos indicios de su pasado pequeño burgués, creyó en sus dos ensayos políticos de finales que los ’30, que la paz se conseguía sobre una Francia que se encerrara sobre sí misma."

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El escritor que se representó a sí mismo como un outsider y dio pocos indicios de su pasado pequeño burgués, creyó en sus dos ensayos políticos de finales que los ’30, que la paz se conseguía sobre una Francia que se encerrara sobre sí misma. Frente al liberalismo democrático que llevó a la guerra, la paz se conseguí limpiando al país del elemento impuro: el judío siempre errante, siempre buscando una forma de encontrar dinero entre los escombros. Un nacionalismo biologicista más parecido al alemán que el francés. De hecho, esto y cierto posicionamiento de anarquista de derecha hizo que su figura no cuadrara jamás en la nueva derecha partidaria.

Céline, frente a la pregunta si sus dos panfletos políticos cambiaban su forma de escribir, esgrimió la “representación emotiva” como manera de ocultar sus prejuicios en la ficción. Así, en La banda de Guignol (1944) dos personajes judíos son aliados del protagonista que vuelve a llamarse Ferdinand y la narración, estratégicamente vueltos a situar en los años de la Gran Guerra. Luego del éxito de Viaje, el pasado fue un refugio para limitar la polémica. Pero mientras mantenía la ficción en un plano ambiguo, sus dos panfletos antisemitas de finales de los treinta son tan virulentos como apartados de la estilización.

 El fascismo como elemento anti desunión. Particular visión si la comparamos con la de otro filofascista (que nunca adscribió al nazismo) como Ernst Jünger, que nos dice en Tormenta de acero (1920) que la guerra es un bien per se, con independencia de sus casusas. Una cantera de donde sale la amalgama nacional que la democracia liberal no logra construir. 

La soledad de la generación de Ferdinand se hace carne en uno de los tantos logrados párrafosde su gran novela: “Siempre había temido no tener una palabra, razón seria alguna para existir. Ahora ante la evidencia de los hechos, estaba bien convencido de mi nulidad personal”. La liberación de Francia provocó el exilio de Céline en Dinamarca. En 1950 fue condenado a un año de cárcel in absentia, para luego ser amnistiado y volver a vivir junto a su esposa en un suburbio parisino. Aunque fue una influencia reconocida en vida por autores como William S. Burroughs y Allen Ginsberg, el brillante misántropo murió pareciéndose más a su alter ego y homónimo narrativo de lo que seguramente hubiera deseado.  

Drieu La Rochelle: la fuerza como medida de todas las cosas

Si Pierre Drieu La Rochelle no hubiese decidido suicidarse en 1945, la iniciativa de terminar con su vida hubiese quedado en manos de la Cuarta República. El autor de Gilles (1939), El Fuego Fatuo (1931) e Historias Acerbas (póstumo) fue lo que hoy llamaríamos un intelectual orgánico del fascismo francés que, como tantos otros, devino en colaboracionista de la ocupación alemana. También un sobreviviente de la Gran Guerra que cargaba con dos heridas de bala y una visión decadentista de Europa. Antisemita y místico, pero también un hombre que a diferencia de Céline, atravesó todas las tertulias intelectuales de París antes de recaer en el mundo estructurado de Partido Popular Francés.

Lo unió a Céline la idea de que todo estaba roto pero su camino fue distinto. Tuvo un coqueteo fugaz por el surrealismo, pero se alejó de él cuando los miembros del movimiento suscribieron al marxismo. Profundamente antimaterialista, La Rochelle estaba convencido de que, si la decadencia europea era moral, la revolución debía tener las mismas características. Así, en sus ensayos Drieu tendía a marcar más la falta de “voluntad” o “espíritu” que el estado del desarrollo económico o militar de una nación. En La Medida de Francia (1922) sostuvo que la Gran Guerra fue, más allá de su resultado final, la prueba de la superioridad espiritual de Alemania sobre Francia.

Drieu fue ambivalente frente a la imagen que le devolvían sus ex compañeros de trinchera. Pero en general los representó como jóvenes arrastrados por una debacle moral que los excedía y a la vez los envolvía. Gran parte de sus personajes eran vagabundos que en su recorrido por ese mundo inmoral se desmasculinizaban. Promiscuidad, homosexualidad, alcoholismo y drogas rodeaban a sus antihéroes.  Pero el giro se da en Gilles, la novela en la que uno de sus protagonistas encuentra la redención sumándose a la eclosión fascista del seis de febrero de 1934. Su joven Gilles no era otra cosa que una representación de sí mismo. Drieu creyó estar frente a una caldera en la que ardían todos los males de un sistema corrupto. Dos años después se une al Partido Popular Francés, liderado Jacques Doriot, Luego de años de haber criticado el racismo de éste, así como la noción de nacionalismo integral de Charles Maurras.

"Fascismo socialista” fue un concepto que desarrolló en un ensayo homónimo, pero Drieu tenía poco de un fascista de izquierda, como supo haber muchos en los primeros años del mussolinismo. De hecho, a diferencia de Céline, la empatía con las clases populares no era algo que caracterizara al autor de Gilles."

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“Fascismo socialista” fue un concepto que desarrolló en un ensayo homónimo, pero Drieu tenía poco de un fascista de izquierda, como supo haber muchos en los primeros años del mussolinismo. De hecho, a diferencia de Céline, la empatía con las clases populares no era algo que caracterizara al autor de Gilles. Desdeñaba de la idea de lucha de clases y consideraba que el mundo se movía reemplazando una elite por otra en cada cambio de régimen. Detentar el poder económico es secundario frente a las técnicas de control político. Un tipo de pensamiento que termina por dar vuelta el concepto de estructura y superestructura de Marx. Si bien hizo muchas diatribas contra el sistema capitalista, la responsabilidad de la revolución moral la dejaba en manos de la pequeña burguesía, de la que debía salir una aristocracia natural, que le diera la movilidad y virilidad a una Francia debilitada espiritualmente por el hedonismo y el materialismo.

Frente al nacionalismo, Drieu siempre optó por el europeísmo. Esto hace difícil entender cómo llegó a ser tan cercano a partidos ultra. Pero Drieu consideraba que el nacionalismo era una cuestión estadual, un momento para acrecentar fuerzas frente a otras naciones. Más tarde, ante la ocupación alemana, más que un acto de oportunismo suicida, La Rochelle racionalizó su propio ser. El panorama le devolvía razones para abrazar una filosofía de la fuerza

Este último concepto, explica Robert Soucy en su amplio trabajo sobre La Rochelle, fue una herramienta teórica y personal que el novelista francés utilizó para explicarse a sí mismo y a los demás cómo la revolución triunfó en Alemania. También que este triunfo tenía profundas raíces en el pensamiento europeo. Creía que Hitler supo llevar a las masas sus ideales y así asestarle un golpe certero al iluminismo, introducir un nuevo realismo y el virilismo en la política. Nietzsche, Darwin, Spencer, d´Anunzio, Barrès, Sorel y tantos otros escritores habían hecho su aporte para que tal cosa ocurra. La expansión alemana era un triunfo de toda Europa.

Ahora, retomemos el concepto de fuerza y volvamos al escritor de ficción. Es curioso que un hombre fascinado por la fortaleza pudiese mostrarse tan vulnerable. A diferencia de Jünger y su tendencia a mostrarse casi como una razón bélica sin objeciones mentales, o incluso un Malaparte que siempre parecía cínicamente por encima de todo, a Drieu le quedaba mal el papel de héroe espartano. En La Noche de Navidad, relato incluido en Historias Acerbas, Annie es una amante platónica que logra conmover a un hombre que a su vez es incapaz de excitarse con un cuerpo femenino que carga una joroba. Esa mujer rota completa el alma del narrador. Ella no es una amante corriente sino una necesidad del espíritu. En la vida de La Rochelle esa mujer fue su primera esposa. Una judía a la que años después de su divorcio, él salvó de la Gestapo y ella luego escondió de las fuerzas estatales de la post liberación. Una prometida judía y las vicisitudes que eso supuestamente debía implicar, también es parte de la narración de Gilles.

"Era un místico antisemita sin concepciones biologicistas que buscaba lo eterno pero que solo se sintió completo en el tangible sexo de una mujer. La muerte no pareció haberlo encontrado escapando de la justicia sino como el recorrido obligatorio de quien ya dio todo y falló ."

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Mientras que André Malroux, su amigo de izquierda, construyó una imagen de escritor héroe, La Rochelle se sabía un hombre limitado. Buscaba la fuerza en la política no en la construcción de su imagen. Era un místico antisemita sin concepciones biologicistas que buscaba lo eterno pero que solo se sintió completo en el tangible sexo de una mujer. La muerte no pareció haberlo encontrado escapando de la justicia sino como el recorrido obligatorio de quien ya dio todo y falló. Lo eterno, la juventud a la que apeló tantas veces como sinónimo de vitalidad y virilismo, se reveló como algo que le resultaba vedado. Muchos intelectuales y artistas que lo conocieron coinciden en que siempre estuvo al tanto de tal cosa.

Walter Benjamin en Experiencia y Pobreza (1918) escribió: Entonces se pudo constatar que las gentes volvían mudas del campo de batalla. No enriquecidas, sino más pobres en cuanto a experiencia comunicable. Y agregó: Una generación que había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos, se encontró indefensa en un paisaje en el que todo menos las nubes habían cambiado. Cuatro años de un horror no antes conocido, donde el avance técnico comenzaba a ensordecer la naturaleza con el ruido de metales chocando entre sí. Difícil escuchar una voz doliente en ese contexto.

Esa “generación perdida” que volvía de Verdun o Somme no se componía de hombre que conformaban una flecha unidireccional. Mientras que Remarque escribió para que nada vuelva a suceder, otros quisieron no perder jamás ese mundo virilista de las trincheras. Sin poder en la palabra articulada pero capaces de estallar en un grito de guerra, intentaron que el mundo que conocieron lo cubra todo. Unos y otros, a la larga fallaron.

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