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28 de julio 2021

Juan Molina

Cura y teólogo. Licenciado en Ciencias Políticas de la UCA.

¿HACIA DÓNDE MIRA LA IGLESIA?

Tiempo de lectura: 4 minutos

La convocatoria a una Asamblea Eclesial en Latinoamérica -algo jamás realizado en la historia- muestra al mismo tiempo el modo de ejercer el poder de Francisco y el lugar de Iglesia católica de Latinoamérica dentro de la Iglesia mundial.

El (reducido) grupo de feligreses de la misa de domingo a las 8 de la mañana en Floresta nos obligan a repetir un diálogo. Sin importar interlocutores, desde unas semanas uno dice “qué frío” y otro responde “se viene el invierno”. Y con ese preludio empieza la misa. En medio de todo esto el sol siempre sale, pero la orientación del Templo hace que salga mucho más tarde sobre el atrio. Recién pasado el mediodía experimentamos que el sol empieza a calentar la calle que está delante nuestro. Propio de las construcciones anteriores al Concilio Vaticano II, el templo parroquial mira hacia el Oriente. La tradición indicaba que hacía allí debía mirar por la identificación de Cristo con el sol que nace desde el oriente. En una comprensión tal vez un tanto estricta de aquello, absolutamente todo debía orientarse hacia allá. ¿Orientarse viene de oriente? Me viene bien la exageración. Me suma el equívoco. Todo es metáfora para hablar de la realidad de la Iglesia en nuestra Latinoamérica querida… ¿hacia dónde mira la Iglesia hoy?

Hace casi un año hubo un encuentro que no tuvo la duración ni la agenda prevista. Todo se delimitó con un juicio determinante: el Papa Francisco rechazó de cuajo la posibilidad de otra Asamblea de la Conferencia Episcopal Latinoamericana como algunos obispos del continente habían propuesto siguiendo algún calendario. “Antes nos tenemos que preocupar de aplicar Aparecida”, fue la contrapropuesta del ahora Papa. Muchos señalan Aparecida como la ocasión en que Bergoglio se transformó en papable. No obstante, fue mucho más que eso. Fue la consolidación de un camino que la Iglesia en Latinoamérica venía recorriendo después del Concilio Vaticano II con encuentros más destacados -como Puebla o Medellín- y otros menos logrados -como Santo Domingo-. La consolidación de un modo de ser Iglesia, de ejercer el poder (y el servicio).

No es descabellado pensar que si el pasado de la Iglesia fue europeo y el futuro es asiático, el presente es latinoamericano

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Algunos pueden indicar una excesiva intromisión del Papa en cuestiones de la Iglesia latinoamericana. En realidad, la relación entre el papado y las Conferencias Episcopales o Iglesias locales viene de antes que Bergoglio fuera Papa (e incluso antes que Bergoglio fuera sacerdote). Más allá del debate de nicho, hay una realidad inobjetable: detrás del rechazo a una nueva asamblea de obispos hay una decisión política del pope de la Iglesia. Es que la Iglesia católica de Latinoamérica, con el 48% de los católicos del mundo, hoy tiene todas las luces de atención. Como el huevo y la gallina, también sumó la elección de Bergoglio como Papa (y no sólo por todo lo que él llevó a Roma). La apuesta por Latinoamérica es así una conciencia del momento histórico de esta Iglesia. Contrariamente a lo que comúnmente se suele pensar, en términos netos la Iglesia crece en el mundo. La peculiaridad de este crecimiento es que se da con fuerza en África y en Asia. De este modo, no es descabellado pensar que si el pasado de la Iglesia fue europeo y el futuro es asiático, el presente es latinoamericano.

Francisco en su visita a Paraguay.

Personalmente encuentro interesante la opción por Latinoamérica incluso desde la perspectiva sociológica. Hay ciertas dinámicas de construcción eclesial que parecen probarse en el continente de la esperanza. ¿De qué se trata la Asamblea Eclesial? Es un invento del mismo papa Francisco, sin antecedentes en la historia de la Iglesia, a través de la cual se llama a “laicos, hombres y mujeres, religiosas, religiosos, diáconos, sacerdotes, obispos y cardenales… a ser una Iglesia en salida para encontrar la vida plena en nuestro Señor Jesucristo”. Sin exageraciones, es la plasmación pragmática de la opción programática anunciada por Francisco al inicio de su pontificado. Es la democratización de la responsabilidad de la Iglesia, de su Iglesia. Su implementación comenzó hace algunos meses con una instancia de escucha a través de reuniones locales y formularios cargados en un sitio web. A finales de junio se llevaban recogidos cuarenta mil aportes. (¿Es mucho o poco?) 

De esta Asamblea Eclesial se espera trazar líneas para los próximos diez años. Como si fuera una instancia de configuración de la Iglesia del mañana, su (buen) desarrollo parece fundamental. Siguiendo a Francisco se trata de plasmar una construcción colectiva con una mayor participación del laicado en general y de las mujeres en particular. Favorece una Iglesia con menos protagonismo clerical y por la creatividad laical, espacio para la novedad. Una Iglesia que se descentre de sus temas -a menudo enfrascados en la moral o discusiones particulares- para poner atención en la realidad de mujeres y varones de hoy. En este sentido podemos pensar en una Iglesia más secular. Una Iglesia con un punto de partida claro -Jesucristo-, pero con más libertad para mirar el futuro, su futuro. Esa es la Iglesia de Francisco, la Iglesia del Concilio Vaticano II y de la cual me enorgullece ser parte.

La apuesta por Latinoamérica es así una conciencia del momento histórico de esta Iglesia

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Para evitar todo triunfalismo y mostrar la radicalidad del cambio que se empuja, habrá que superar algunas contradicciones intrínsecas. Primero, este proceso de construcción desde las bases y desde los cristianos de a pie es impulsado, comunicado y convocado por la jerarquía. Como prueba alcanza con mirar la página de presentación. ¿De qué modo los cristianos de a pie realmente pueden influir en la jerarquía? Segundo, este proceso sinodal se da en paralelo con otros procesos semejantes en territorios más pequeños lo cual ha puesto -y pone- a muchos en la disyuntiva de vivir con lo propio o mirar lo más amplio. En la ciudad de Buenos Aires es muy poco lo que se ha escuchado sobre la Asamblea Eclesial Latinoamericana. El chiste fácil es la justificación de que nosotros no somos americanos: descendemos de los barcos. El tercer desafío de fondo excede los límites de este espacio, pero bien vale considerar: ¿de qué modo se construye algo juntos en este agrietado continente?

¿Qué es más fácil poner a la parroquia de frente al sol para que el atrio tenga calor desde temprano o cambiar la orientación de la mirada de la Iglesia? Me consuela aquella máxima de Francisco: el tiempo es superior al espacio. Se trata de iniciar procesos antes que fijar resultados.

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