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25 de mayo 2021

Tartu

GOMAZO, BÁJATE

Tiempo de lectura: 5 minutos

Como en cualquier película de catálogo del espacio de Netflix, donde erran por el espacio en viajes largos y los congelan con una mezcla de ácido hialurónico, Marcelo Tinelli despertó 5 minutos antes de aterrizar, otra vez en un estudio de televisión. Canchero, con los años de oficio desde que Juan Alberto Badía le diera espacio para que jugara, pensó que todo iba a ser igual. Pero no. Las coordenadas del lugar cambiaron: ahora está en Don Torcuato. Y lo peor: las coordenadas de tiempo también cambiaron. Siempre es hoy pero, pobre, Tinelli aterrizó atrasado en tiempo y perdido en espacio.

La primera sensación, la primera hipótesis sería que Marcelo se quedó en los 90. Pero no. Los 90 son una mentira que, encima, duró poco. Es más un trauma que una era. Hablando de la cocaína, hay una frase: quien dice que se acuerda de los 90 es porque no los vivió.

Ojo, lo mismo pasa con el 1 a 1. La memoria selectiva banca a Cavallo y elige obliterar su desempleo feroz, la carestía de vida a pesar de la inflación baja, los excluidos del sistema, la corrupción rampante. Cuando la memoria de la tele dice Menem está hablando de Cavallo. Pero hasta llegar a los contratos millonarios tipo Hollywood de 1992 la tele pasó por las dos hiperinflaciones del 89 y 90 y después sufrió la crisis del Efecto Tequila, por lo que el menemismo como sinónimo de los 90 en la tevé duró apenas 5 años. Por eso decimos que Tinelli no volvió a aterrizar en los 90, cuando jugaba con Poison o Kiss o Xuxa: ahora ni siquiera tiene a Marcela Feudale, que después de 27 años, se quedó en la casa.

Tinelli aterrizó atrasado en tiempo y perdido en espacio

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Tampoco aterrizó en los años finales de la convertibilidad, donde se permitió, por única vez en su vida, ofrecer una mirada crítica con riesgo artístico como fueron Los Raporteros, algunas canciones de Los Reclutas y particularmente un injustamente olvidado Turco Naim como un afiladísimo El Enviado.

Esta semana, Marcelo aterrizó después de un año y medio de Argentina en pandemia en los años del plomazo del Bailando, su zona de confort y música para NO volar. Quizás, lo habrá confundido la soja a 500 usd como en el cristinismo anterior. Lo cierto es que en apenas cinco días su otrora rating poderoso se ha transformado en pedestre como el de cualquiera en la tele. Ha perdido su diferencial. Ha perdido su aura.

A Marcelo le afectó muchísimo acercarse a la política y tomó lo peor de la política que es el discurso endogámico que reza: “Nosotros somos diferentes“. El hecho de haber prestado su plateau para que Menem cerrara su campaña en 1995 o que De la Rúa chocara contra sus paredes como en un flipper descangayado o que cediera el cierre de campaña presidencial a Scioli haciendo un bypass a Macri en 2015 le otorgó a Marcelo un soft power que se encargó de robustecer en el gym de la política.

Haber participado de la fundación del peronismo republicano vía Alternativa Federal o de la mesa del hambre llegando a la reunión en una Porsche Panamera, o del poroteo dirigencial para llegar a la presidencia en la AFA, hizo que se enamorara de la rosca. Pero así como nunca hay que tomar más de tres martini, tampoco hay que asumir que porque uno está en la rosca automáticamente tiene garantizada la ventaja.

le afectó muchísimo acercarse a la política y tomó lo peor de la política que es el discurso endogámico que reza: “Nosotros somos diferentes“

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Con una contaminación política 100% en sangre, Tinelli ya lo había tomado de punto a Macri el día que se sentó en la verdadera Casa Rosada -que es la Quinta de Olivos- y le cambió la cara en Snapchat, es decir, le cambió la cara a un presidente porque Marcelo hasta la pandemia tuvo genuina conexión con su público, aquel a quien entiende como nadie. Un multitarget que incluye a las señoras de barrios cerrado con nombres tipo Marquesado de Pontevedra pero cuyo core y masa crítica son los estratos C3, D y E. En jóvenes de 16 a 29 años y en el segmento C3/D/E, es decir, los pobres de cualquier formación económica social, Tinelli surfeaba fresco como Aquaman con niveles de aprobación del 52% cuando la política lo medía para saber si traía algún cuchillo debajo del poncho.

Porque los consultores argentinos de la política (no así los catalanes y ecuatorianos) saben que la bronca de la gente con la política mete dentro de la bolsa a cualquiera que juegue a la política. Si en su momento Tinelli hubiera querido ser candidato lo sabio hubiera sido acordar todo bajo cuerda y mostrarse una semana antes del cierre de lista para no padecer el desencanto de aquellos que ven a alguien a quien quieren (Tinelli) en una actividad que denostan (la política). Por eso, es posible colegir que Marcelo nunca será candidato en las urnas. Pero nada le impide a Marcelo abrazar a los desposeídos entre los 300.000 habitantes de Pilar, los olvidados entre los 580.000 de Quilmes, los desangelados entre los 620.000 de Mar del Plata, los quebrados entre los 500.000 de San Martín y decirles con una voz que se cuela desde la infancia: “No era ésto, amigos, no era ésto”.

Más que barón del conurbano, Tinelli podría haber sido varón del conurbano. Porque la sensibilidad la tuvo. En una ocasión, y esto es algo que no se sabe, Tinelli volvía desde los bosques de Palermo a su piso 41 en Le Parc cuando en un semáforo un chico le pidió monedas y Marcelo registró que el niño estaba descalzo. Llegó a su casa, juntó todos las zapatillas de sus hijos y se las llevó al chiquito que le había pedido monedas. Y al día siguiente, gracias a un llamado a las marcas que lo acompañan, llenó el baúl de su camioneta con cajas y cajas de zapatillas nuevas y las repartió entre los chicos indigentes que daban vueltas por los bosques de Palermo.

así como nunca hay que tomar más de tres martini, tampoco hay que asumir que porque uno está en la rosca automáticamente tiene garantizada la ventaja

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Pero también es cierto que cuando el covid19 asustó, Marcelo viajó en avión privado a su mansión frente al lago de Esquel, lejos de la circulación comunitaria en los extramuros del GBA, tan bien retratados en el comic Culebrón Timbal. Seguramente en el iphone 12 que escuchaba en el avioncito su playlist estuviera hecho y rehecho con Luis Miguel y Los Palmeras y Abel Pintos y Lali y María Becerra: Tinelli tiene la traducción de lo que pasa en el campo de lo popular vía sus hijos, que ya son grandes y como ya se sabe, uno deja de escuchar música nueva a los treinta y pico. No suenan L-Gante ni Naiky Unic ni cualquiera de ésos artistas desposeídos que cuando van a grabar a un estudio genérico dicen: “Que lindas las paredes, están lisitas!”. Tinelli, o lo que Marcelo encarne, supo de paredes con revoque grueso y hoy por hoy tiene que bailar una canción nueva. Quizás en lugar de ofrecer un soporífero Bailando remixado, que sólo se sostiene por la lucha de mujeres en el barro y los conatos de agresión en el jurado, quizás hubiera estado mejor un Ritmo de la noche con canciones viejas que ya que no pueden ser nuevas.

Gomazo, súbete. Pum para arriba y otra vez.

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Comentarios

  1. Del rompan todo al que nunca estalle - elobservadorpolitico.com

    el 31/05/2021

    […] una convertibilidad cuyos costos acercaban su factura. El menemismo duró cinco años, dice Tartu acá. Una época es un sueño que se sueña despierto para que no te despierten. Pero te despiertan […]

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