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11 de mayo 2024

Lorena Álvarez

GATOS NEGADORES SOBRE EL TEJADO CALIENTE

Tiempo de lectura: 5 minutos

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En la obra de Tennesse Williams, “La gata sobre el tejado caliente de zinc”, una familia muy tradicional y rica decide festejar el cumpleaños del patriarca de la familia ya que, se supone, además, no tiene una letal enfermedad como se creía. El festejo tendrá, así, un doble motivo. Pero a lo largo de la noche irrumpen vendavales de enconos desatados por la hipocresía, la codicia y los miedos, por lo cual cada integrante de la familia va desnudando sus miserias.

Maggie, la esposa del hijo menor del viejo pater, que se ha criado en la pobreza más absoluta, es quien al final de la desquiciada noche le espeta a su esposo: “siempre creí que eras fuerte que me ibas a dominar, pero yo soy más fuerte”.

Tal vez por ese miedo que ha dejado en claro esa noche (“ser pobre y ser viejo es lo peor que te puede pasar”), el personaje de Maggie hace lo que sea para que su destino no termine en el indefectible temor que la acecha. La que rompe la hipocresía reinante, pero necesita de una mentira final para que nada se quiebre. La obra gira, además, en torno a la homosexualidad nunca declarada de Brick, el esposo de Maggie, que prefiere aferrarse al alcohol antes de abrir el placard de su verdad.

Esta semana volví a ver esa joya en una versión de 1976 para la televisión inglesa protagonizada por Natalie Wood, Robert Wagner y Lawrence Olivier. Una obra, ganadora del premio Pulitzer en 1955, que al terminar de verla me dejó la angustia de estos nuevos viejos tiempos.

Bastó el triunfo de Javier Milei para que nos estallara en las urnas todo aquello que se negaba, pero existía en lo subterráneo: una nueva economía del emprendedurismo, un repensar el rol de la mujer en la casa, una mirada impiadosa hacia las mímicas estatales

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Quizás una nueva generación, en breve, conozca la desocupación y la deflación entre la caída del consumo, el aumento de despidos, que ya no se limitan solo al sector estatal, sino que empiezan a derramar sobre los privados, más algunas ofertas que no se pueden aprovechar porque la plata se desvía hacia los servicios -cuyo ascenso sin piedad empiezan a morder ahorros- y la comida, por lo cual se va armando un collage que se asemeja a una foto conocida. La polaroid de finales de los noventa y principio de este siglo. La imagen que muchos esperábamos no volver a ver. Porque ser viejo y ser pobre nos aterra como a Maggie.

Es que entre la inflación y la deflación pareciera que vamos atravesando el zigzag emocional que indefectiblemente nos dejará entre la angustia y la frustración. Por ahora, muchos aún esperan el milagro de ver la luz al final del túnel mientras otros planean cómo hacer para que la caída no duela tanto. Al menos emocionalmente. Pero todos sentimos el vértigo que genera el miedo al precipicio. Y a veces necesitamos negar para no ser el gato que se arroja desde el tejado caliente de zinc, porque si bien muchos creen tener siete vidas, otros sabemos que nos podemos quebrar, para siempre, en el camino.

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Bastó el triunfo de Javier Milei para que nos estallara en las urnas todo aquello que se negaba, pero existía en lo subterráneo: una nueva economía del emprendedurismo, un repensar el rol de la mujer en la casa, una mirada impiadosa hacia las mímicas estatales, como suele decirle Pablo Semán al rol del estado, o cierto humor que ya no se podía hacer en público (pero se consumía puertas adentro). Como el caso de Yayo Guridi, que hoy brilla en el canal de streaming Olga frente a un público sub 30 que, lejos de no reconocerlo, es fan gracias a Youtube y los años donde el humor se consumió vía grupos de guasap.

Ese cambio cultural que empezó hace años sin tener quien lo tomará en cuenta, hoy ya es la cultura oficial mientras se cocina por debajo una nueva ola. Ser oficialista tiene dos caras: el sabor del triunfo de tus máximas y la imperiosa necesidad de que esas mismas nos conduzcan al éxito.

El mileismo al igual que su meca de ensueño, el menemismo, ya nació con antimileismo. Férreos detractores que hoy ya se frotan las manos ante los nulos resultados de su gestión. O, mejor dicho, su impotencia frente a una realidad mucho más compleja que cuando en campaña se podía hacer un acting televisivo frente a una pizarra. “Esto ¡está afuera! Aquello ¡afuera”.

La polaroid de finales de los noventa y principio de este siglo. La imagen que muchos esperábamos no volver a ver. Porque ser viejo y ser pobre nos aterra como a Maggie.

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Sucede que cuando se gobierna se rompe la magia y lo que queda afuera también signa lo que queda adentro. Cuando hay que gobernar cuarenta y siete millones de almas te topás con que ninguna quiere ser el descarte de la otra parte. Lo cual trae nuevos movimientos subterráneos. Una nueva generación que empieza a plantear sus enconos no solo con el presente sino con el pasado. Los miembros más jóvenes de la familia antimileista que están buscando su destino, lejos de la idea de pasado perfecto e intentando acercar puentes con su generación para proponerles un futuro.

En discusión, esta vez, se pone sobre la mesa el progresismo y qué se entiende por tal, las viejas castas políticas, periodísticas y sindicales, se revé el feminismo y se entroniza el miedo a no tener una propuesta económica atractiva. Volver al Varela Varelita y disfrazarse de émulos de Chacho Álvarez o buscar un proyecto de futuro con las complejidades de la época. Desde las redes sociales complicando la comunicación, más que ayudando, hasta los deseos de ser tu propio jefe y ganar mucha plata rápido. Biblia y calefón que los más jóvenes deberán ordenar mientras lidian con el pasado que se niega a retirarse.

Un buen ejemplo ha sido esta semana con un paro contundente, pero con parados que tampoco se enamorarían del sindicalismo (pues también es parte de los problemas a resolver). La misma semana donde muchas facturas con aumentos desmedidos están serruchando los bolsillos y donde Cristina Kirchner reaparece negando su feminismo mientras decora el Instituto Patria con cuadros de mujeres icónicas de la historia que se bajaron de la Casa Rosada. Bajar cuadros, como guiños estéticos y políticos, parece ser lo que viene marcando el siglo de la performance. Que a esta altura ya no alcanzan ni como gesto. Ni oficial ni opositor. El cuadro que bajó Nestor, allá lejos y hace tiempo, venía con tasas chinas bajo el brazo.

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Así pues, mientras por ahora el gobierno goza del triunfo cultural, bajo tierra los gatos se reproducen. Jóvenes morenistas que le dicen progre como insulto hasta a la madre, pasando por jóvenes radicales reagrupándose sin saber en nombre de qué o quién, hasta auto bautizados como “gordos duhaldistas” que intentan reivindicar los años de Eduardo Duhalde, el siempre olvidado de los últimos años a la hora de contar el ciclo. En este periodo los “gordos duhaldistas” reclaman su memoria completa. Sin olvidarnos de los progresistas clásicos, el feminismo intentando volver a interpelar y hasta los mayores que quieren un espacio para la autocrítica.

El streaming como plataforma para sus voces que van desde “los rosarinos”, un dueto que ya mereció su columna acá, hasta la gente de El Ceibo desde el corazón de la porteñidad. Sin olvidarnos de los streamer más famosos que también marcan el pulso opositor. Gatos que, como bien dice la frase, hoy se pelean pero que quizás en unos años necesiten reconciliarse para que se garantice la reproducción. Imponiendo desde el subsuelo el devenir de los próximos años. Porque de fracasar este sueño mileista va a ser necesaria mucha reconciliación para juntarse a proyectar un futuro. La alianza demostró que siempre se puede fracasar más. Y no tenemos siete vidas.

Maggie lo sabía.

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