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08 de febrero 2022

Marcelo Ohienart

¿FÚTBOL? FÚTBOL ERA EL DE ANTES

Tiempo de lectura: 8 minutos

1.

El abuelo Américo nació en 1907 y vivió hasta casarse en Zañartú 1081, a diez cuadras del Parque Chacabuco. Apenas dos años después de haber nacido, el Club Atlético Atlanta instala su cancha en las esquinas de Polvorín y Campana, hoy Emilio Mitre y Eva Perón. Permanece en ese “field” hasta 1918, razón por demás evidente de por qué el abuelo eligió de purrete ser hincha “Bohemio”. Solía recordar que cuando tenía 11 años, más precisamente el sábado 22 de junio de 1918, nevó sobre la ciudad de Buenos Aires. Fue la nevada más notable sobre la ciudad, incluso mucho mayor de la que pudimos disfrutar en el 2007. Al amanecer del domingo recién se retiraba la nieve y aunque la mayoría de los partidos se habían suspendido, igual fue a la cancha a ver el juego que disputaron Atlanta y San Isidro Club, que sin dudas debió haberse suspendido porque la cancha era un barrial infernal. Y como lo único que no se puede cambiar es la pasión, a pesar de los distintos derroteros de sedes, el abuelo siguió siendo fiel hincha bohemio hasta el final de sus días.

Solía cargarme -hasta que de grande descubrí la verdad- diciéndome que la gira de 1925 de Boca Juniors a Europa, fue posible porque Atlanta le cedió medio equipo a Boca, así que, les debíamos a ellos ser el primer grande en recorrer el viejo mundo. En rigor de verdad, el plantel de Boca contaba con cuatro jugadores que habían jugado en Atlanta: Ramón Mutis, Ángel Medici, Mario Busso y Domingo Tarasconi, sin embargo algo de cierto había, porque los jugadores Seoane, Onzari, Vaccaro, Díaz y Cochrane, fueron prestados por sus respectivos clubes para reforzar al equipo de la ribera.

Para 1930, Américo contaba con jóvenes 23 años, y si bien ya se había casado hacía un año, ello no fue impedimento para que viajara al mundial de 1930 disputado en Uruguay. Con el paso del tiempo, y descubriendo nuevos datos sobre la familia, supe que su papá, mi bisabuelo Marcelino, era nativo de Montevideo, y que quizás el abuelo viajó más entusiasmado en la posibilidad de conocer a sus abuelos que a la selección, pero es una conjetura sin respuesta. Lo que sí es cierto es lo que mi memoria recuerda de sus relatos sobre lo que fue cruzar el charco. “Unos mil hinchas viajamos a ver la selección, se fletaron paquebotes de Dodero o Mihanovich, no me acuerdo bien, a vapor por supuesto, nos fuimos con lo puesto y sin entradas, ¡había una niebla tremenda! Eso sí había “pesquisas” en cada barco, y cuando llegamos a Montevideo hubo muchachos que habían llevado revólveres y cachiporras… Todas les fueron incautadas”.

“Cuando llegamos, algunos nos fuimos para el Hotel La Barra, en la otra punta de Montevideo (el barrio Santiago Vázquez a unos 20 kilómetros del puerto) a ver a los muchachos de la selección para conseguir entradas, yo tuve suerte y conseguí pero algunos tuvieron que ir a comprarlas al centro de Montevideo, por la calle Sarandí, dónde estaban algunos dirigentes que revendían”

“La cancha era un polvorín, cuando terminó el primer tiempo y ganábamos 2 a 1, nos preguntábamos si saldríamos vivos, al final perdimos 4 a 2… todo iba bien hasta que yendo para el puerto por la avenida 18 de Julio, los uruguayos llevaban un cajón con la bandera nuestra, ahí se armó una batalla campal, tuvimos que disparar a las corridas para el puerto después de las piñas porque cada vez eran más, encima, nos perseguían, ni te imaginas cuantos tuvimos que tirarnos al agua y abordar los buques con ayuda de escaleras y sogas, nos querían matar a todos”

Si la anécdota fue cierta, nunca lo sabré, pero cuando le preguntaba a la abuela, siempre me contestaba; “eso, preguntále a tu abuelo”. ¿Será qué nunca le perdono ir al mundial a un año de casados?

Todo iba bien hasta que yendo para el puerto por la avenida 18 de Julio, los uruguayos llevaban un cajón con la bandera nuestra, ahí se armó una batalla campal, tuvimos que disparar a las corridas para el puerto después de las piñas

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2.

De aquella selección, Américo tenía admiración por tres jugadores: Stábile, Varallo y Tarasconi. Los cuatro eran casi de la misma edad, Guillermo era del 5, Pancho del 10 y Tarasca del 3. Todos delanteros, calculo que el abuelo, que era diestro, habrá jugado de “centroforward”.

Guillermo “el filtrador” Stábile, dirigió la selección argentina durante 19 años, el oriundo de Parque Patricios, ídolo del club Huracán, tiene el récord de haber conquistado 7 títulos con la selección nacional como entrenador y ser el técnico más ganador de la historia de Racing: 4 títulos.

Francisco “cañoncito” Varallo, nacido en La Plata, fue el máximo goleador de la historia de Boca hasta el 2008 cuando el récord se lo arrebató Martín Palermo. Dejó el fútbol en 1940, intentó como entrenador pero, según él mismo lo manifestó, no tenía carácter para esa función. Su amigo Juan Carlos Parodi, Director General de la Secretaría de Trabajo y Previsión durante el secretariado del Coronel Perón, esposo de Delia Parodi, le dio conchabo al compañero Varallo en la secretaria, en la que permaneció durante cinco años, yendo a Perú 190 a trabajar todos los días.

Sin embargo, para Américo, el mejor y el preferido fue Domingo “tarasca” Tarasconi, seguramente por su paso en Atlanta. Cuarto goleador en la historia de Boca, conquistando 10 títulos. Goleador en los Olímpicos de Ámsterdam del ’28 con 11 tantos, máximo artillero argentino durante 4 temporadas y 2 veces campeón de América con el seleccionado argentino.

Francisco “cañoncito” Varallo, nacido en La Plata, fue el máximo goleador de la historia de Boca hasta el 2008 cuando el récord se lo arrebató Martín Palermo

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3.

Recorrer la historia de Tarasconi encierra algunas y pintorescas anécdotas. Podría ser considerado el creador del “Bilardismo” o, para mejor decir, de las mañas de aquel Estudiantes de Zubeldía. Cuenta la revista El Gráfico que cuando jugaron argentinos y egipcios en las olimpíadas de los Países Bajos en el ’28, cuando Tarasca salió al campo de juego saludó con un abrazo a cada uno de sus rivales, y si bien era un jugador correcto, la verdad es que en cada abrazo les dejaba en sus cuellos ‘pica-pica’, que fue lo que previamente se puso en sus manos, ocasionando que al rato los jugadores egipcios no dejaran de rascarse sus cuellos.

El tango también se ocupo de él. Por caso, “Tarasca solo” grabado por la  orquesta típica de Osvaldo Fresedo, con sólo un estribillo cantado por Antonio Buglione, y con letra y música de José De Grandis y Bernardo Germino, respectivamente dice así: Mientras en tierra lejana hacía tantas proezas,/ cuántas veces con terneza nuestra Patria te evocó./ Llevó un nombre sagrado que alivió los corazones,/ fue su nombre Tarasconi y el que más nos conmovió.

Carlos Gardel, que supo visitar a la selección en la disputa de la copa del ’30 en Montevideo, grabó el tango de tinte humorístico “Patadura” con música y letra de José López Ares y Enrique Carrera Sotelo, que en su primera estrofa dice así:

Piantáte de la cancha, dejále el puesto a otro
de puro patadura estás siempre en orsay;
jamás cachás pelota, la vas de figurita
y no servís siquiera para patear un hands.
Querés jugar de forward y ser como Seoane
y hacer como Tarasca de media cancha un gol.
Burlar a la defensa con pases y gambetas
y ser como Ochoíta el crack de la afición.

“Tarasca” ganaba en Boca cuando se profesionalizó en 1931 $500 moneda nacional, los que sumados a los $300 que cobraba como empleado administrativo en Obras Públicas redondeaba una linda cifra. ¿Cuánto costaba la vida en 1931? Por caso, un capataz de obra cobraba $215; un almuerzo o cena en restaurant elegante con vino francés o alemán se pagaba unos $5 por comensal; un sombrero Maxera, que todo hombre portaba en esos años, se pagaba entre $6 y 12; un lote de terreno en la calle García del Río se podía adquirir por unos $2.300 y por una casa modesta de dos dormitorios había que desembolsar unos $8.000, por eso, cuando se retiro en 1936 jugando para Argentino Juniors, debió seguir trabajando. Fue técnico de Velez Sarfield, sucedido por el gran Victorio Spinetto.

“Tarasca” ganaba en Boca cuando se profesionalizó en 1931 $500 moneda nacional, los que sumados a los $300 que cobraba como empleado administrativo en Obras Públicas redondeaba una linda cifra. ¿Cuánto costaba la vida en 1931? Por caso, un capataz de obra cobraba $215

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En sus años mozos, vivía en un departamento en la calle Corrientes y Uruguay, eran años explosivos de la calle que nunca duerme. Así que café, tango y ‘escolazo’, no le fueron esquivos. Solía parar en el Café Marzotto de Corrientes 1124 y a veces en el Botafogo de Lavalle y Suipacha. El Marzotto funcionó en un local de forma alargada, que tenía una división que separaba al salón general del “sector de familias”, en el que un varón sólo podía permanecer si estaba acompañado por una dama. Al fondo, un pequeño escenario por dónde pasó lo más granado de la noche porteña: Ángel Vargas, Atilio Stampone con apenas 15 años, Alfredo De Angelis, Osmar Maderna, Fiorentino, Piazzolla, y otros tantos. A su cierre, funciono durante muchos años el famoso restorán Arturito, actualmente hay un restorán parrilla.

Sobre el café y “Tarasca” nos cuenta la Revista El Gráfico: “De carácter casi infantil, Tarasconi es agradable desde que estira la mano para saludar (cuenta una nota de 1930). Jamás se molesta. Ni ante la broma más pesada se le notará un gesto de disgusto. El que quiera, puede ir al café Marzotto, de noche, y desafiarlo a jugar por un café a la escoba de 15. Sólo un café, porque plata no se sabe que haya jugado nunca. Tarasca se pondrá contento. Su adversario puede contar por seguro que perderá el café. ¿Cómo lo perdió?, es claro, no lo sabrá nunca, si no se lo dice el propio detentor del secreto, mostrándole las cuatro cartas de una baraja inventada por él. Y podemos afirmar que el ganar un café de este modo le causa a Tarasca tanta satisfacción como meterle un gol a Fossati o a Boigues”.

Por esos años, a alguien se le ocurrió que sería un buen negocio editar una revista que llevara simplemente por nombre su apellido. El emprendimiento apostaba a que por lo menos unos diez mil hinchas de la afición xeneixe comprarían la revista del ídolo. Sin embargo, el dejar el fútbol lo llevó un estado melancólico y sus notas no eran tan buenas, como sí eran necesarios sus goles en el club de la ribera. La especulación del apoyo de los hinchas no resultó tal.

Se radicó en una casona de Baldomero Fernández Moreno al 2500 en el barrio de Flores y pasaba sus días atendiendo su mueblería en el mismo barrio. En una declaración suya de 1982, que rescató el periodista Martín Estévez dijo: “Se pretende atacar con dos forwards. No hay cabeceadores ni remates de media distancia. ¿Y cómo va a haber cabeceadores si no hay centros, si no hay wines? A Maradona se le hubiera hecho más difícil jugar en la época nuestra”. Américo que vio jugar a José M. Moreno, Alfredo Di Stéfano, Omar Sivori, e incluso al Maradona que despuntaba en Argentinos Juniors y que ya se había consagrado en el juvenil de Japón del ‘79, pensaba como Tarasca.

El 30 de junio de 1991, el Boca del Maestro Óscar Tabárez vencía a Platense por 3 a 0 consiguiendo el Torneo Clausura de manera invicta. El Boca de esos años consagró un nuevo goleador: Alfredo Graciani, puesto 12 en el historial, con 83 goles. Tres días después, fallecía a los 87 años Tarasconi. Uno quiere creer que sus últimos momentos fueron de felicidad.