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Es común que los gobiernos se enojen con los periodistas, con las empresas de medios, con las voces de quienes reciben críticas. Pasa acá, y pasa en Chile, España o Estados Unidos. Los gobiernos debaten con los medios. No es anti democrático. Es una parte de la democracia ese ruido. Todas las presidencias tuvieron esos disgustos. Pero estos días hubo algo más. Hubo “una de más”, que en realidad fueron varias de más. Vimos en el presidente Milei un plus de saña que debería llamarnos la atención. Estos días que pasaron hizo mucho ruido el presidente descalificando a periodistas, celebrando posibles quiebras de diarios, vanagloriándose del ajuste de las pautas, prácticamente festejando la posible ruina de las que, en definitiva, son voces críticas de su gestión.

Por supuesto que no todo es igual. Estamos en condiciones todos y tenemos derecho a distinguir el buen periodismo del malo. Hay crítica mordaz, agresiva, punzante… y que también es honesta. Si igualamos crítica a operación nos vamos a volver locos. Hay crítica que duele a los políticos (el presidente es hoy el político principal) y es a la vez edificante para la sociedad. Hay periodistas e intelectuales honestos en los medios, como lo era el querido Mario Wainfeld, como Eduardo van der Kooy, Beatriz Sarlo, Joaquín Morales Solá, Diego Genoud, Carlos Pagni, Ernesto Tenembaum, Irina Hauser, Mauro Federico, Fernando Rosso, Pablo Ibáñez, Jorge Fontevecchia, María O’Donnell, Joaquín Mugica Díaz, María Laura Santillán, Ricardo Roa, Alejandro Bercovich, Jorge Fernández Díaz, Ismael Bermúdez, Romina Manguel, Francisco Olivera, los añorados Julio Blanck (que era mi amigo) y Marcelo Zlotowiagzda (que no era mi amigo pero lo quería mucho), los propios muchachos que componen la revista en la que publico estas líneas, y podría hacer una lista aún más larga, porque, si bien los listados son injustos, trato de retratar en estos nombres a personas y modos plurales que inciden, penetran, critican y también mejoran la política. Ninguno de los que nombro me doró la píldora, con muchos tuve y tendré discusiones. Pero leerlos permite comprender la política.

Los gobiernos debaten con los medios. No es anti democrático. Es una parte de la democracia ese ruido. Todas las presidencias tuvieron esos disgustos. Pero estos días hubo algo más. Hubo “una de más”

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Pero hay periodistas que no. Que son mercenarios, que trafican influencias, que hacen lobby, que basan su prestigio en dañar la verdad y la política. Y obviamente que no están solos. Los acompañan en esa “tarea” entusiastamente políticos, empresarios, religiosos, gremialistas, lobbystas de toda extirpe.

Tengo también la impresión de que Milei se pelea con los que lo inventaron. O, para decirlo mejor: con mucho de ese periodismo que con las mismas reglas que él discute ahora, lo proyectó. Ya sé que a Milei lo votaron millones, que formó un partido para gobernarnos, y un largo etcétera. Pero él viene de la televisión, fue panelista también, le gustó el show descalificatorio de los otros. Frente a las cámaras, bajo el favor de muchos periodistas y sus reglas, armó este personaje que más tarde lo convirtió en el político (y el presidente) que es.   

Quizás deberíamos, como hace mi hijo cuando anda mal, “reiniciar la computadora”. No está de moda pedir racionalidad, como no está de moda pedir consensos, en un tiempo en el que todos compiten por ser disruptivos. Hablo de algún modo desde la experiencia pasada de mi partido. Nosotros ya probamos con poner en primer plano el debate sobre el periodismo, el rol de los medios y terminamos en un callejón sin salida. Dicho en criollo: no hay democracia sin medios que te rompan las pelotas.  

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