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04 de septiembre 2021

Juan Di Loreto

ESTO NO ES UN ZOMBIE

Tiempo de lectura: 3 minutos

He aquí unos muertos cuyo huesos no blanqueará la

lluvia…

Por eso es que sus muertes son los esperados rostros

de nuestra vida

Olga Orozco

A Hobbes, aquel filósofo que había dicho: “el hombre es el lobo del hombre”, le hubieran gustado las películas de zombies. En primer lugar porque el mundo de los zombies recrean un poco ese “estado de naturaleza” que planteaban los filósofos del contrato social. Imaginaban un estadío salvaje del hombre, de todos contra todos, para luego justificar la existencia del Estado.

Las películas de zombies (casi) siempre comienzan con un hecho que hace que la institucionalidad social se deshaga en el aire. De alguna forma esas ficciones necesitan dejar a sus protagonistas solos, reducidos a la unidad mínima de lo social: la familia. El hombre como un lobo solitario, arma en mano, que se las arregla como puede. A primera vista parecen responder a un imaginario propio de los Estados Unidos, ese mito del sheriff de la vida, del conquistador del desierto. Solo contra todos, ese mundo de zombies se parece a la fantasía del entrepreneur contemporáneo en busca de mercados.

El verdadero zombie que tenemos atado en el patio es la inflación y la disparada del dólar. Es la metáfora que funciona desde la Dictadura del ‘76 a esta parte. Un enemigo que se multiplica, incontrolable, que no sabemos a dónde dispararle

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Pero no es solo eso. Una imagen que se repite una y otra vez, es el momento en que los protagonistas de estos filmes irrumpen en un supermercado y llenan con desesperación el carrito. Para un mundo empobrecido y precarizado, esta parece ser una verdadera fantasía. Simplemente ir y tomar. La memoria social argentina está lejos de proyectarse hacia esa imagen del consumismo norteamericano o el adormecimiento de vivir en una cultura agotada. Nuestros sentidos se disparan hacia el 2001 o las imágenes del 89. El verdadero zombie que tenemos atado en el patio es la inflación y la disparada del dólar. Es la metáfora que funciona desde la Dictadura del ‘76 a esta parte. Un enemigo que se multiplica, incontrolable, que no sabemos a dónde dispararle.

Más allá de lo económico, las películas de zombies con sus comienzos siempre apocalípticos nos actualizan una vieja pregunta: ¿qué mantiene unida la sociedad? En el caos inicial la realidad del ser humano se vuelve individual, como se dijo, sin conexión con otra cosa que no sea la supervivencia. La respuesta a qué mantiene unido “todo esto” la trae Castoriadis con la contundencia de lo simple: “la institución de la sociedad como un todo”, dice el filósofo. Esto se traduce como lenguaje, valores, modos de hacer, etc. Porque el zombie se puede comer al hombre particular, de carne y hueso, pero no puede comerse al hombre simbólico.

Una verdadera invasión zombie que acabe con la humanidad debería abolir la facultad del hombre de crear cultura. Pero dentro de la cultura, que son muchas cosas, la posibilidad de crear o, mejor, de habitar metáforas. La vida sin metáforas no es nada. Es decir, es la vida simple del animal, la nuda vida, no la bios, la vida política del hombre.  Por eso, cuando una cultura parece apegarse a lo literal, cuando aparecen cancelaciones anulando el debate público, como dice Alexandra Kohan, o cuando se pierde un poco el sentido del humor, mejor dicho: cuando se pierde la capacidad de ver que todo es una metáfora, que el sentido literal no existe, salvo que uno esté leyendo la cultura como se leen las instrucciones de una licuadora. Todo esto nos acerca a cierta pérdida de humanidad. De eso que tiene el ser humano de convertir a las cosas en símbolos, de hacer temblar el mundo de los objetos.

Y eso nos puede convertir en zombies literales.

O sea metafóricos.

Ustedes entienden.

El zombie se puede comer al hombre particular, de carne y hueso, pero no puede comerse al hombre simbólico

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