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03 de julio 2024

Santiago Craig

ESTÁS MIRANDO SUPERHÉROES

Tiempo de lectura: 7 minutos

ORÍGENES

No hay un planeta que explota. No es el fin de una civilización que acopió en mármoles y cristales el conocimiento entero del universo. Literalmente, quiero decir: nada se rompe. No hay una estrella que deja de darle su luz al pozo negro del espacio. No hay, entonces, una cápsula que viaja surfeando el cosmos sideral, no hay un redentor que llega del cielo. No hay el que viene a salvarnos. No hay tampoco un acto injusto y trágico que vuelca al hombre común (bueno y millonario) a convertirse en vengador de todos y en héroe. A dejar de lado sus negocios y su vida disipada para entregar el cuerpo al altruismo. No hay mutaciones genéticas extraordinarias que surjan de un cambio súbito en la evolución, no hay esa nueva era. No hay superarañas que pican y transforman. No hay en el origen de estos héroes el hecho extraordinario.

En The Boys, la serie que estoy viendo y que me dio ganas de escribir esta nota, los superhéroes tienen detrás otra cosa. Una corporación oscura. Bueno, una corporación. A los superhéroes los inventaron y ahora los venden. Tienen un jefe que tiene un jefe que tiene un jefe. Tienen focus groups y equipos de márketing. Tienen presentes y pasados y misiones que escriben guionistas, que arman con montajes, tienen perfiles en redes sociales y afán por los fans, tienen carpetas llenas de cosas que los comprometen y que los jefes de los jefes de los jefes guardan en sus cajones con llave. Pero, chito, podrían sacar. 

De los superhéroes hay muñecos y caretas; hay remeras y películas y memes retocados en los que todo es limpio y liso y sin arrugas

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Los superhéroes de la corporación venden porque son poderosos, pero también porque son patéticos y raros. Nadie sabe que los hicieron, en realidad, que no nacieron así. Nadie nace de esa forma. Pero a la gente le gusta creer. En esta serie. Y creen. No en esos rumores bobos de que estos tipos disfrazados antes eran nenes, chicos y chicas encerrados en habitaciones, que tomaban una sopa que le daban, que miraban unos libros y unas pelis que les pasaban, que fueron expuestos a los estímulos necesarios.

Un poquito se nota que la cosa no es de verdad. Quiero decir, la gente parece darse cuenta. Alguna. Pero ay ay ay cómo nos pueden esas botas de caña y esos muslos al aire, esa capa que flamea encima de los edificios.

SUPER CONOCIDOS DEL TRABAJO

Es que amigos amigos no son estos Súper. Son compañeros de trabajo. Y se llevan hasta ahí. Los vínculos que más circulan entre ellos son la envidia y el temor. Como en cualquier otra oficina promedio. Una banda variopinta de gente dañada. Está el que corre rápido y no puede parar con la cafeína, la chica preciosa de los ojos que queman y hieren y rompen, la sombra que no habla, pero se escabulle y opera desde su lugar de silencio oscuro, el chico húmedo y pringoso que, anfibio, puede moverse cómodo acá y allá. Pero, sobre todo, está Homelander. El uno. El Jefe. Este sí. Abajo de los tipos con saco y corbata de la corporación en el organigrama, pero en la cancha, el dueño de la pelota.

Homelander es Superman dado vuelta, pasado de rosca, inmoral y demente. Homelander es lo opuesto de lo que estábamos acostumbrados a ver. La suma de todos los poderes, la suma de todos los miedos. Homelander, o sea, el nacido y criado, el hijo de su lugar y de su época, el vecino de al lado, el hombre de bien y común, no el superhombre extraterrestre. Homelander el que dice “nosotros” cuando les habla a las masas que lo vitorean y los piensa “cucarachas” cuando, en la intimidad, advierte y sabe que él está por encima de todos. No tiene amigos Homelander, eso sí. Ni super ni de los otros. A veces, por cosas así, Homelander sufre. Y, cuando sufre, se enoja. Y, cuando se enoja, alguien caga fuego.

NO HAY PROBLEMA

En lo que vi hasta ahora. Quiero decir, en lo que va de serie, estos supers no solucionaron un solo quilombo llano. A eso no se dedican. Como podríamos dar por obvio habiendo visto a los Avengers o a la Liga de la Justicia. Bueno, estos no. No resuelven los problemas de la gente. De la people, nada. No se cae un puente y salvan a un bebé al borde del abismo, no frenan las explosiones planeadas por un demente tirano, no le sirven sopa a los desamparados. Los únicos problemas que tienen estos superhéroes son los suyos. Y los problemas de sus jefes. Claro. Les entran, casi todos, en el teléfono.

Homelander es Superman dado vuelta, pasado de rosca, inmoral y demente. Homelander es lo opuesto de lo que estábamos acostumbrados a ver

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CABEZAS EXPLOTADAS

Lo que sí pasa mucho es que la gente explota. Literalmente. Vuelan cabezas, se desarman de un golpe los abdómenes y embarran de sangre el suelo las entrañas. Sesos en las paredes. Un enchastre. Eso le hacen en The Boys a los cuerpos. Y nos dejan ver la sangre hasta que la sangre no importa. Con brazos que se estiran, rayos de calor o superfuerza los tipos destrozan y avanzan. Esos cuerpos que explotan y se deshacen en partes están más bien en las sombras. Lo vemos nosotros, pero no la gente de ahí, de esa realidad en la que eso en efecto pasa. De los superhéroes hay muñecos y caretas; hay remeras y películas y memes retocados en los que todo es limpio y liso y sin arrugas.

Cuando se filtra alguna barrabasada, la tapan con otras quince. Si un celular captura a uno de los tipitos con capa en alguna de estas movidas de desguace, la corporación que los hizo y los ampara (Vought International se llama, no había dicho) pone a laburar a los trolls que meten en el medio un revoltijo de otras imágenes y conversaciones y videos de lo mismo distinto. O arman un guión que niega o se arrepiente o dobla la apuesta o acusa o hace una pregunta al éter impersonal que es ese flujo constante de likes y corazones que importa, una pregunta que cierra abriendo: ¿Ustedes no hubieran hecho lo mismo?

LA VERDAD QUE NO

Hay una cosa que pasa. Que le pasa a Homelander. Y si le pasa a Homelander, nos pasa a todos. Lo que hasta ahí se sostenía, con esa cosa que le pasa, cambia. Lo que creía que era cierto, intocable, lo que detrás del barullo iba sosteniendo el pacto colectivo de una realidad más o menos compartida, se cae. La verdad que todos los días se esforzaban por sostener, inventar, maquillar, empaquetar y vender parece dejar de ser necesaria. Y lo que pasa es que Homelander enfrente de las cámaras de la tele y, peor, de los celulares, en la mitad de un discurso componedor y todo sonrisas abrazando a su hijito le larga una mirada de rayos láser a un civil alborotado que le tira una lata a su primogénito. Le vuela la cabeza, claro. La sangre del manifestante muerto mancha las pancartas de los suyos y las de los otros, las de los que están ahí para apoyar a Homelander. Y esos, aunque dudan un segundo, enseguida aplauden, gritan, levantan el puño. Homelander no puede más, la cara se le hace toda entera una mueca de felicidad. Entonces, no hacía falta esconder y tapar y no decir y no mostrar. Entonces, puede hacer lo que hace. Porque lo que hace a la gente le gusta. Y si a la gente le gusta, lo que hace es justo y bueno. Entonces, la verdad es suya. Entonces, tiene razón.

¿Y qué pasaría si fueran superhéroes de verdad?, propone el líder. ¿Qué tal si, en vez de seguir tratando de agradar y sumar likes y vender, se dedicaran a rearmar esos puentes, salvar a esos bebés, capturar a esos villanos?

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EL DÍA QUE ME QUIERAS

Homelander tiene un solo punto débil: quiere que lo quieran. Y la verdad que el tipo, pobre, es inquerible. Le tienen miedo, lástima, lo rodea el interés. Pero cariño cariño, no pareciera que le genere a nadie. Ese es su punto débil y, según se dice en la serie, su lado humano. No es un hecho residual, no es una circunstancia que apareció. Como todo parece ser en el mundo paranoide de Vought International es algo planeado. A Homelander le dejaron plantado un inconsciente; lo rellenaron de traumas como a una piñata, lo privaron de afecto para que fuera a buscar amor y aprobación y la palmada en la capa. Por ese lado, los jefes y los jefes de los jefes creen poder controlarlo. Es bueno que Homelander esté así de loco, dicen esos jefes, aunque parezca una locura, porque sin esa parte rota, Homelander sería nada más una fuerza bruta que avanza y come y rompe y no necesita para existir a nadie que no sea él en el mundo.

En esa tensión, los que manejan el mundo en The Boys pretenden sostener el bienestar de sus días de abundancia. No parece, según avanzan los capítulos, que el plan maestro sea tan maestro, que lo que en la teoría cerraba, cierre en esta realidad de gente que le aplaude al bichito que inventaron las voladuras de cabezas públicas. 

LOS PIBES DE MI CUADRA

Los Boys, o sea, Los Pibes, son la contraparte. Diríamos: la resistencia. No son santos. Ni puros. Ni están limpios. Los que se resisten, no tienen buena madera. No son gente que quiere lo mejor para todos, solamente quiere lo peor para los otros. Revancha. Dos chicas-súper arrepentidas, tres dementes asesinos y un pibe al que un superhéroe le partió en dos a la novia. Como grupo son mucho menos atractivos que los otros, los malos malos. Estos son los malos buenos. No porque haya en ellos un fondo altruista. Pero, rascando la olla, al final, se puede ver que, si ganaran, sería menos malo para la gente, la people, la que aplaude y sabe a medias y sirve café y carga nafta y, de vez en cuando, vuela por el aire. En ese mundo, así como está, son lo mejor que nos queda.  

ACORDARSE DE LO QUE VA A PASAR

Escribo mientras las cosas pasan. Escribo de este lado del asunto. La serie está en progreso. Pongamos que en el capítulo cinco de la tercera temporada. Escribo en el domingo que se alarga, sin diario del lunes. Así que de lo que va a pasar todavía no me acuerdo. Pero acá, en la parte en la que estoy, hay una ventana grande por la que se ve Nueva York y, Nueva York, todos sabemos, en las películas de superhéroes significa el mundo occidental entero. Homelander, su hijo y los Súper están reunidos en la punta de la torre más alta, desde ahí miran a Nueva York, miran al mundo. ¿Y qué pasaría si fueran superhéroes de verdad?, propone el líder. ¿Qué tal si, en vez de seguir tratando de agradar y sumar likes y vender, se dedicaran a rearmar esos puentes, salvar a esos bebés, capturar a esos villanos?

El resto no parece entender por dónde va la cosa, pero, como siempre y por las dudas, todo que sí. Dale, Homelander, salvemos a esta subespecie. Lo que vos quieras. No es promisorio lo que se puede ver, porque para empezar a salvarnos lo primero que hacen es moler a palos a un periodista amordazado. Pero no quiero tampoco aplacar toda esperanza, como dije: estoy a mitad de la serie, estoy mirando superhéroes, superstars, no sé nada de lo que va a pasar.