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11 de diciembre 2023

Martín Rodríguez

ESTALLIDO DE ESTADO

Tiempo de lectura: 8 minutos

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Escribo antes de los anuncios económicos que aún no llegan. Es lunes con sabor a feriado cambiario. Todos quietos, el que se mueve pierde. Escribo algo que sin dudas ocurre en el pasado. Llegó Milei. Primer día. Hasta el camino más largo tiene un primer paso, dice un proverbio chino. Acá, entre el ruido, se distingue a aquellos que imaginan que su excepción será corta. “No se parece a nada de lo que conocemos”, pero lo votó el 56%. “No se parece a nada de lo que conocemos”, pero ya lo conocemos. “Es Milei o la democracia”, pero Milei es un hijo de la democracia (provincias en las que literalmente no tuvo fiscales, ganó). “Al final la convocatoria de ayer fue floja”, pero así es el sufragio universal: las plazas no son votos. “No se parece a nada de lo que conocemos”, pero en la Argentina de fronteras abiertas, de diaguitas, calabreses, gallegos, gauchos judíos y tenderos, raza fiera de la indiada negra o blanca del “una mano atrás y otra adelante”, ¿cuánto tarda algo en ser ya una nueva marca argentina? Poco y nada. Nada. Milei juntó una plaza, le contaron las costillas, más/menos gente, pero la coreografía le salió. Sus ideas de serrucho rodeadas de pueblo. Una fiesta extraña, religiosa, colgaba Barrabás. “El pueblo pide sangre”, decía Serú García. La bomba que agita con la mecha encendida por la plaza del pueblo le puede estallar en la cara.

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En política existe el que arma su pueblo. Armá tu partido, armá tu populismo. Milei lo amasó lento en el frenesí de dos años y pico. Ni doscientas crónicas y veinte dossiers de revistas pudieron obturarlo. A su gente la hizo rugir sobre el canto del ajuste y de un orden deseado. Milei quiere poner fin a los veintidós años de esta “segunda transición”. La que nació en 2001, la que parió al kirchnerismo y al macrismo, con el mandato de no estallar, la Moncloa intuitiva de una clase política que tenía la respiración en la nuca de las plazas del 19 y 20 de diciembre de 2001, las dos almas decembristas, la plaza de las constituciones en la mano y la plaza del piquete y cacerola. Ese viejo argentinazo enjabonado -que no se podía agarrar solo por izquierda- y del que nació este orden de veinte años de disyuntor, de manta corta, de retenciones y subsidios, de representación, pobreza y planes, de grieta y decadencia controlada, de universidades nuevas, sequías y buenas cosechas. Del Estado te salva para que al final la mayoría vote contra los salvados del Estado. Ahora tienen a uno de los suyos subido al techo. Que estalle, que estalle. El macrismo se metió bajo ese poncho. Los radicales -como muchos católicos- votaron por uno que los odia. Andrés Malamud razonó que era votar al que te odia o votar al que te usa. El kirchnerismo, ya con el boleto picado, “quiso armar -como hacía Franja Morada en su decadencia- su agrupación con antifaz, y la llamó: el consenso alfonsinista”, dice Pablo Touzon. Democracia o Milei. Pero Milei es la estatización del estallido. Milei es un producto de una impaciencia que, como nadie desde 1983, nos pide paciencia para el dolor. Cuarenta años de democracia y “el loco” mete los dedos en el enchufe del tabú ideológico del ajuste: tenemos derechos, te podés casar con un oso hormiguero, pero no te podés comprar un monoambiente en Once. ¿Y mi patrimonio?, se preguntó Florencia Angilletta en el newsletter sobre la democracia en Panamá. La mención de Alfonsín que eligió Milei fue la mención de la híper. Milei habla con el bolsillo porque en el bolsillo llevamos el corazón (y el reloj). Ese Alfonsín recobrado como un réquiem, en su Cadillac, rodeado de papelitos por avenida de Mayo, Milei lo reversiona como la salida tumultuosa del primer civil. ¿Qué son esos papelitos en el aire que rodean su caravana? Los billetes del austral. Todo lo sólido se disuelve en el aire: tenemos democracia, pero seguimos sin moneda.

“Es Milei o la democracia”, pero Milei es un hijo de la democracia (provincias en las que literalmente no tuvo fiscales, ganó). “Al final la convocatoria de ayer fue floja”, pero así es el sufragio universal: las plazas no son votos

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Este 2023 también dialoga con el 2015. Cuando existía la preminencia al menos de que en su retirada el kirchnerismo controlaba un cierto mínimo orden económico, pese a su agotamiento político, y que entonces el “desvío” macrista de tarifazos y endeudamiento se podía corregir simplemente volviendo a ese cauce. “Encender la economía”, de hecho, era la consigna simplista del 2019 en el retorno al poder. Macri fueron solo cuatro años de desierto. Y en su fracaso un atajo que permitía no revisar el pasado y creer que la gobernabilidad mínima era un “modelo”. Hoy, eso no parece dado: hay una mayoría que no quiere volver a ese cauce de orden kirchnerista. Esa constatación en las urnas hace más imperdonable, no que el peronismo “permita” un ajuste, sino que no lo haya hecho él. No hay economista serio que no haya reportado la necesidad de arreglos en la Macroeconomía, por empezar. Amén de todos los arrastres agotados (sostenimiento de la pelea con el sector exportador, supremacía de agenda progresista, tabú con el orden y el abrazo a una teoría populista contraria a la unidad nacional) con que el peronismo kirchnerista ancló e inhibió un nuevo giro necesario.

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Pero la economía también nos pone mimosos. Un presidente puede ser rockstar, hard, motosierra, vengativo, y, a la vez, de fondo, a la hora en que se barren los restos de su fiesta, la pregunta: ¿y qué va a distribuir? Porque algo deberá distribuir además de culpas. La democracia se rifa si es todo demagogia, pero sin ninguna demagogia tampoco existe. Perón llevó la clase obrera al paraíso (y luego, sí, propuso un gran plan de estabilización). Menem aplastó la híper con el 1 a 1. ¿Alguien vio alguna vez un dólar?, se preguntó Perón. Menem se los mostró a todos y dividió al pueblo entre ganadores y perdedores. ¿Dónde está la lata de almíbar de Milei, aunque sea para algunos? Cuando el diagnóstico va tan atrás, a la raíz de la organización nacional, a la generación del 37, a Sarmiento y Roca, toma tanta carrera que también el futuro que desprende como promesa de felicidad estira y estira su llegada. “No hay alternativa posible para el ajuste, ni opción entre shock o gradualismo”, dijo. (Macri aplaudía, aunque le hablaba a él.) El shock nos condena al éxito, quiso decir el presidente. Y no tenemos reputación para pedir prestado. No-hay-plata. No hay alternativa al ajuste. Habrá infierno. Habrá estanflación. Habrá dolor. Pero “es el último mal trago”, dice. ¿No habrá Juan Carr para este hambre? Lo dudo en principio: el gobierno saliente se comió las mesas del hambre, las “reservas morales”, la convocatoria a los sensibles de la colonia artística en esa mímica solemne hacia la nada. “Habrá luz al final del túnel”, pero, ¿cuánto dura el túnel? El ministerio de capital humano será el Pentágono de esta guerra civil en cuotas. La prueba a la que somete a los leones y corderos es dura. Si venimos de una “crisis de ingresos”, la salida de Milei casi basada en que de lo oscuro se sale por lo oscuro nos promete una “crisis de ingresos y de actividad”. El dolor necesario del pasaje de trabajadores pobres a crisis de empleo? Lo que la gente aplaude son los hits de su evangelio: que los privados sostienen a los públicos (los argentinos de bien a los planeros o a los de guante blanco de la patria subsidiada). Y aplauden los que mastican bronca anti Estado con su lema legítimo: “nadie nos regaló nada”. La pasta de la economía informal que se salió del pomo en la cuarentena, los que salían a ganarse el mango y estaban fuera de radar. La rebelión fiscal de la economía de Alberto. No hay que rebuscársela tanto ni esperar coordenadas mundiales para olfatear que esta “nueva sensibilidad” es el viejo odio al recaudador de impuestos… y al vigilante del quedate en casa. La lengua que habla Milei estaba ahí, a punto caramelo en la Pandemia. Pero esa separación social entre privados y estatales, entre pueblo y casta, es la separación de algo que, al final, la economía conecta por abajo. Diríamos: lo que la sociología separa la economía lo junta. Los efectos pueden ser democráticos porque la crisis joderá a todos. A los que aplauden la motosierra también. ¿Tuvo tiempo Milei para preparar, educar y entrenar a sus defensas sobre los efectos duros del ajuste? Dentro de la ley todo, fuera de la ley nada, bien podría ser la fórmula magra de la peor versión del radicalismo. Pero en el que las hace, las paga, en la guerra al delito, y en el orden de las calles libres y sin cortes, en esa prueba de las avenidas abiertas de América Latina se jugará, estimamos, lo primero que distribuirá el nuevo gobierno y que es un deseo popular. Orden. Devolver el monopolio de la fuerza al Estado en esa Rosario olvidada, que cometió un pecado geográfico que le impidió ser causa nacional: no quedar en el AMBA (y terminó rehén del narco). A la vez, previendo la dureza del ajuste que prometió el presidente, ¿cuánto dura volver a compatibilizar el quilombo económico con el quilombo en la calle? Porque, más allá de las culpas y el argumento histórico de las causas, la gente le toca el timbre al gobierno de turno. No hay presidencia más al desnudo que la que se aferra sólo a la formalidad de la ley y al monopolio de la fuerza.   

Ese viejo argentinazo enjabonado -que no se podía agarrar solo por izquierda- y del que nació este orden de veinte años de disyuntor, de manta corta, de retenciones y subsidios, de representación, pobreza y planes, de grieta y decadencia controlada

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Algo así decía el César Vallejo: no hay que escribir telégrafo sin hilos para ser moderno, hay que escribir con la ansiedad del que espera un mensaje telegráfico. Temblores nuevos. ¿Probaron hacer el riff de Smoke on the water con una guitarra criolla? Suena horrible. La democracia espiritual, el solemne festival siempre tenía algo de “Estudio país”, de Badía y Compañía y de ¡Todavía cantamos! ¿Alguien los vio en una misma pieza a Jairo y Terragno, a Patricio Echegaray y César Isella, a Baglietto y Lombardi? Cada político venía con su pájaro cantor. Pero se terminó el festival. Se acabó la canción. No hay una que sepamos todos. Música con el hacha en la mano. Decía Vallejo: “En la poesía verdaderamente nueva pueden faltar imágenes o ‘rapports’ nuevos, pero el creador goza o padece allí una vida en que las nuevas relaciones y ritmos de las cosas se han hecho sangre, célula, algo, en fin, que ha sido incorporado vitalmente en la sensibilidad”. La ceremonia no será transmitida.  

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Entre los conocidos que fueron a pispear, a entender, a mirar de cerca la plaza de ayer (con algo de menos gente de lo esperado), se repitió una descripción: la gente en la plaza con banderas argentinas replicaba algo del espíritu mundialista. Eduardo, docente con pasado militante en el peronismo, decía desde el lugar de los hechos: “Parece gente salida del festejo del mundial. Parece que nace algo nuevo y no alcanza con decir ‘el trumpismo argentino’. Veo gente esperanzada, cuando hablaba contra el Estado aplaudían. Gente pasando con la bandera de Israel, es muy raro todo”.

Sigue Lautaro, sociólogo, más joven y apunta lo mismo: “cuando daba el discurso la gente se callaba como en la época de Cristina, yo tenía un pibe al lado de shorcito, camiseta de Argentina trucha, negro como yo, zapatillas rotas, hacía con la cabeza el gesto de cada vez que el chabón decía ‘ajuste, gasto público, Roca’, y se abrazaba con su novia. Y cuando dijo ‘vamos a ajustar el Estado, vamos a cortar tantos puntos del PBI’, la gente estalló. Hay pibes y pibas más que nada clase media baja, un chabón disfrazado del zorro, con bombos, gente tomando birra, bolivianos con los sombreros bolivianos, gente de todo tipo, un poco como la que va a ver a la selección cuando juega las eliminatorias y que no es la misma que va a la cancha, como un tono de eso, mucha gente que no sabe cómo agarrar la bandera, pero la agarran igual.”

Lautaro cierra su transmisión con esta anécdota: “veo una pareja musulmana caminando por la plaza ya vacía del Congreso, él vestido normal, ella con la burka cubriéndole toda la cara y cabeza, y a 50 metros una mujer que parecía borracha, le grita ‘¡dejala ser Libre, viva la libertad, si se quiere ir con otro se va ir aunque le tapes la cara!’”.

Que sea lo que Dios quiera.

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