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La ultraderecha no arrasó como se esperaba, pero sí tuvo un crecimiento que puede complicar los debates más importantes en la Eurocámara. La extrema derecha quedó como primera fuerza en cinco países Europeos ( Francia, Italia, Austria, Hungría y Bélgica) y crece en otros tantos. En Alemania, el partido AfD llegó a segunda fuerza. El bloque europeísta tradicional formado por conservadores, liberales y socialistas logró retener una mayoría ajustada.

En el reparto de bancas el nuevo parlamento estará conformado de la siguiente manera: de los 720 diputados (15 más que los 705 de esta legislatura) la familia de los Populares Europeos se quedan con 185 (suman 3 bancas respecto a 2019), 137 para los Socialistas (17 menos en relación a 2019), 80 los liberales (pierden 28 bancas, la debacle se explica por la derrota del partido de Macron), 52 los verdes (pierden 22). El grupo de los Conservadores y Reformistas liderados por Georgia Meloni, tendrá 73 bancas (11 más que en 2019). El otro grupo de la familia de ultraderecha, Identidad y Democracia, liderado por Marine Le Pen, alcanza 58 escaños. Los parlamentarios no inscriptos suman 46 (17 pertenecen a Alternativa por Alemania que antes estaban en el bloque de Le Pen hasta que fueron expulsados) y el grupo de La Izquierda, 36 (5 menos que en 2019).

Ursula Von der Leyen, la candidata de la derecha tradicional, sigue manteniendo la ambigüedad discursiva que tuvo en campaña respecto a los apoyos que buscará en la Eurocámara para conseguir un nuevo mandato como presidenta de la Comisión Europea. Volvió a reforzar la idea de que las fuerzas “proeuropeas, pro-Ucrania y pro-estado de derecho” son bienvenidas, dejando, una vez más, la puerta abierta a Giorgia Meloni.

Es verdad que con los resultados obtenidos los europeístas respiran, por el momento, pero se preparan para enfrentar el movimiento político que estas elecciones provocaron en cada uno de sus países

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Meloni fue, junto con Marine Le Pen, la gran ganadora de la jornada, su partido Fratelli d’Italia logró el 28,8% de los votos (contra 26 que había alcanzado en 2019). Meloni construyó un perfil europeísta desde que ganó las elecciones italianas en 2022, contrariamente a lo que se esperaba de una líder de extrema derecha se posicionó a favor de Ucrania en la guerra, alejándose de las posiciones pro Putin que tienen muchos de sus aliados. Se muestra como una líder pragmática que sabe perfectamente que la supervivencia económica de Italia depende de la UE. Ahora, con esta nueva composición parlamentaria habrá que ver cuánto resistirá las presiones para unificar las dos grandes alianzas de extrema derecha presentes en el parlamento europeo, Conservadores y Reformistas Europeos (ECR) e Identidad y Democracia (ID), después del triunfo de Marine Le Pen en Francia.

Por su parte, los socialistas se mantienen firmes en que para reeditar la alianza de 2019 tiene que permanecer el cordón sanitario hacia la ultraderecha y volver a pactar con los verdes. Es verdad que con los resultados obtenidos los europeístas respiran, por el momento, pero se preparan para enfrentar el movimiento político que estas elecciones provocaron en cada uno de sus países.

El sacudón más grande fue en Francia, donde Emmanuel Macron decidió disolver la Asamblea Nacional y llamar a elecciones parlamentarias anticipadas frente al triunfo de Marine Le Pen y su Agrupación Nacional que arrasó como primera fuerza duplicando a los liberales de Renaissance. Es una propuesta para ratificar o cambiar el rumbo del gobierno, ya que en el sistema político francés el primer ministro y el gabinete deben ser de la fuerza política que tenga mayoría en la Asamblea Nacional.

Esto no compromete a la figura del presidente que es elegido por el voto popular cada 5 años, las elecciones del 2022 le dieron el triunfo a Macron y aún le quedan 3 años más de mandato. Esta jugada busca reforzar la legitimidad del gobierno, es la forma (arriesgada) en la que Macron le dice a los franceses “los escuché”. Para lograrlo busca reforzar el frente republicano francés, una alianza que va desde los socialistas hasta la derecha moderada de Los Republicanos.

Meloni construyó un perfil europeísta desde que ganó las elecciones italianas en 2022, contrariamente a lo que se esperaba de una líder de extrema derecha se posicionó a favor de Ucrania en la guerra, alejándose de las posiciones pro Putin que tienen muchos de sus aliados

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Macron se arriesga porque elecciones europeas son vistas como una posibilidad de ejercer el voto castigo contra el gobierno, y confía en que su capacidad de persuasión frente al peligro que representa la extrema derecha para Francia volverá a ser efectiva.

El presidente se enfrenta a la posibilidad de la “cohabitación”, un término que en la política francesa designa a la convivencia de un presidente y un primer ministro de distinto signo político. Francia tuvo durante la V República tres gobiernos de este tipo, el último fue entre 1997 y 2002, durante la presidencia del derechista Jacques Chirac, quien tenía como primer ministro al socialista Lionel Jospin.

Las elecciones se van a llevar a cabo en dos días, el 30 de junio y el 7 de julio. Se ponen en juego las 577 bancas que integran la Asamblea Nacional.  El 16 de junio es la fecha límite para el cierre de listas. Los “macronistas” tienen actualmente 250 diputados y los “lepenistas” 88.

La gran pregunta es qué hará la izquierda francesa si volverá a reeditar la alianza que conformó en el 2022, bajo el nombre Nueva Unión progresista ecologista y social (NUPES), este frente agrupó desde los socialdemócratas hasta los anticapitalistas. Las diferentes posiciones sobre temas como la edad jubilatoria o la guerra en Ucrania pueden hacer que la alianza entre los socialistas y la izquierda de la Francia Insumisa liderada por Jean-Luc Melenchón no sea posible de reeditar.

Tres escenarios pueden surgir del 7 de Julio. El primero, que el presidente logre una nueva mayoría de su partido o una alianza con la derecha moderada que le permita seguir gobernando, no está claro quién sería el primer ministro. La segunda opción es una Asamblea fragmentada lo cual complicaría la gobernabilidad y las alianzas. El tercer escenario es el de una Asamblea liderada por el partido Agrupación Nacional, que obligaría a la cohabitación con la extrema derecha. En ese caso el primer ministro sería Jordan Bardella, el joven de 28 años que encabezó la lista de las europeas y renovó el partido de Le Pen.

Las elecciones europeas dejaron en situación de alerta a varios países, pero la gran pregunta es hasta qué punto el europeísmo tradicional va a poder sobrevivir si, cada vez más, se acopla a los marcos de la extrema derecha, si cede y se apropia parte de su agenda para “contenerla”. Y a la vez, no ataca las causas que generan el malestar de sus votantes.

Otra lección que dejaron estos comicios, es lo lejos que quedó la efervescencia por un euroescepticismo de izquierda que hace diez años se presentaba como una alternativa más igualitaria para Europa. Ya no consiguen que los puntos centrales de su discurso interpelen al electorado y pierden cada vez más escaños, muchos de ellos en favor de la extrema derecha.