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09 de julio 2022

Juan Di Loreto

ESCRIBIR, UN EJERCICIO IMPOSIBLE

Tiempo de lectura: 4 minutos

No es que el escritor se sienta especial, pero tiene una tarea particular en el mundo y muy trabajosa. Como todas las tareas, claro. Comparemos odiosamente: la modista te arregla la botamanga, el frutero de la esquina te tira azares y un programador escribe una línea de comando en Python. La modista, el frutero o el programador pueden vivir angustiados pero su tarea los llena de sentido. Está determinada y no hay mucha vuelta. El escritor, el tipo o la chica que escribe, pasa los días al calor de una doble angustia. Ya de por sí la vida cotidiana es brava para sumarle una tarea con un altísimo grado de incertidumbre. Estás ahí dando vueltas como perro que ha volteao la olla (el dicho es de Landriscina), y una hoja que espera todo de vos. Porque en los textos uno deja todo.

Y no solo es un yeite mental. En la escritura hay un trabajo físico innegable. Los copistas de la Edad Media se quedaban entre ciegos y encorvados realizando ese trabajo preñado de futuro. Gracias a ellos nos llegaron las obras que construirían Occidente. Reproducían los manuscritos del Filósofo (porque a Aristóteles era como el Maradona de la Filosofía, no se lo nombraba sino como “el Filósofo”) o los poemas clásicos de la Antigüedad. Era un trabajo para otras generaciones. Y después se habla con facilidad de la oscura Edad Media. Los copistas pensaban en el futuro sin tener noción de futuro. Ahora bien, súmele a esa tarea ingrata la (sin sonar arrogante) CREACIÓN, mejor dicho la composición, la narración de unos sucesos, la descripción de unos personajes. Una locura. Debería estar directamente prohibido escribir, ya que es una tarea, como se ve, imposible de llevar a cabo. De hecho, es más factible convencer a los Reyes Católicos para realizar una expedición en busca de otro camino a las Indias que conseguir el respaldo para un proyecto de escritura. Repitamos: escribir es imposible.

Los copistas de la Edad Media se quedaban entre ciegos y encorvados realizando ese trabajo preñado de futuro. Gracias a ellos nos llegaron las obras que construirían Occidente

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Volvamos. Empresa imposible. Cómo bancar a los escritores y escritoras. Porque para sentarse a escribir hay que tener tiempo o una pulsión extraordinaria que rompa el cansancio propio, la inercia misma del ser humano o, mejor dicho: la vagancia propia del escritor. Digámoslo de una vez, el escritor es un experto en vagancia (esta idea es muy de Osvaldo Soriano). Qué otra clase de gente se sentaría a fabular o, peor, a jugar con el lenguaje rompiendo los esquemas establecidos por el canon, mancillando temáticas, dándose al libertinaje del juego espúreo del significante cual Saussure pasado de copas, con tal de no agarrar la pala, como se dice en la feria.

Pero aunque no salgan en los titulares de los noticieros de la noche como “La tragedia de los escritores”, la vida de los mismos está sumida en un profundísimo drama. Por ellos, por los escritores de toda talla, deberían emitirse miles de millones de pesos agigantando el déficit fiscal y ejerciendo presión sobre el tipo de cambio, para que el paquidérmico Estado Nacional de curso a la implementación no de una comisión o una secretaría, sino una oficina con rango ministerial de Asistencia al Escritor. En un verdadero call center, docentes, profesores eméritos, expertos, eruditos, falsos influyentes y lobbistas de trasnacionales de la pasta de celulosa afincados a la vera del Río Paraná, ayudarán a los y las escritoras que necesiten ayuda las 24 horas del días y los 362 días del año (no trabajarían 24 y 31 de diciembre y el primero de mayo).

Es más factible convencer a los Reyes Católicos para realizar una expedición en busca de otro camino a las Indias que conseguir el respaldo para un proyecto de escritura

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Lo dicho hasta acá no revela nada, pero dice mucho. Escribir da mucho trabajo, pero es un oficio que no muestra una utilidad o una conveniencia de primera mano. Se resalta esto porque es un mundo de utilidad, donde todo tiene que tener una función o servir para algo. En ese nudo absurdo se cifra un poco eso que llamamos “escritura”. Por eso se dice aquí: escribir es una tarea imposible que sin embargo sucede. Pero que además se le suma un altísimo grado de incertidumbre. Dolina contó que vivía atormentado escribiendo su última novela. Vas por la mitad de la novela y te quedaste en blanco: no hay Elon Musk que pueda comprar la inspiración o el temple para terminarla. Con eso se vive a cuestas. George Bataille, un escritor un poco maldito, pensó una literatura mártir, que se aniquilaba en su mismo acto. Bataille había pensado algo similar cuando tenía el berretín por la antropología y dio con la noción de “gasto improductivo”. Esos actos irracionales en medio de la lógica que siempre busca la tasa mayor de ganancia. Según dice Jacques Bersani en La literatura en Francia después de 1945, Bataille no busca nada en la escritura. Es la más estricta ambigüedad: la escritura le fascina y le exaspera al mismo tiempo.

¿Entonces por qué escribimos? Un ejercicio inútil pero que necesita músculos de hierro. El escritor no tiene una tabla de salvación. Eterna deriva. Pero aquí importa la metáfora futbolística, siempre errada, aunque más bella. Escribir es como un partido de fútbol. La novela, el cuento, la poesía se escriben jugando. No hay previa posible que prefigure el texto. Quizás la rutina de escribir es lo que te salve y dar vueltas y vueltas sobre una frase, borrar, discurrir, hasta que llega ese momento en que el milagro sucede, aunque no te lo puedo decir, porque no tiene sentido.