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09 de febrero 2024

Silvana Aiudi

ESCRIBIR PARA RESPIRAR

Tiempo de lectura: 8 minutos

Antes que anochezca

En una grabación que Reinaldo Arenas hace para la biblioteca de Washington en 1980, dice: «Mi situación como escritor en Cuba ha sido bastante difícil puesto que mi obra no ha sido una obra apologética a un sistema totalitario, sino que yo la interpretaría más bien como una obra experimental. En un sistema rígido y totalitario, no se permiten los experimentos y mucho menos los experimentos literarios y los experimentos con la libertad (…) Mi literatura no es una literatura obediente. Yo creo que la literatura, como toda obra de arte, debe ser irreverente. Y en un sistema totalitario, como es el sistema cubano actual, la irreverencia es castigada. Por eso yo recibí el castigo que me pertenecía de acuerdo con los cánones de ese sistema, es decir, fui condenado al olvido, al ostracismo y mi obra fue sencillamente ignorada».

Antes que anochezca es la autobiografía de Reinaldo Arenas. Son las memorias que empieza a escribir en Cuba, perseguido por contrarrevolucionario y homosexual, y escondido en un bosque en 1973.  Los diferentes manuscritos se pierden o caen en manos de Seguridad del Estado varias veces y desaparecen. El título Antes que anochezca se debe a que Reinaldo Arenas escribía su autobiografía en libretas que un amigo le llevaba mientras él estaba prófugo. Escribía antes de que llegara la noche, apurado antes de que oscureciera, antes de que lo encontraran y cayera preso nuevamente. Ya en el exilio, quince años después, deteriorado por la acción del SIDA, mecanografía y también dicta las memorias en una grabadora, antes de su suicidio en 1990, y «sin tener que pasar primero por el insulto de la vejez».

En la autobiografía, se puede notar la pulsión por la escritura. La necesidad corporal de escribir y reescribir. Y también la importancia de una escritura que nace en su infancia, como vínculo amoroso con su abuela, y se transforma en política. Un cuerpo, despojado de toda condición humana, pero que busca respirar y actuar a través de la palabra.

La abuela es omnipresente en toda la autobiografía: es su influencia literaria

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La abuela

Vivir en el campo o pasar la infancia en el campo, tiene algo de literario y tenebroso. Por las historias que circulan. Por la oscuridad y la naturaleza salvaje. Por escuchar a alguna abuela narrar el campo. La abuela tiene la sabiduría ancestral de contar y entender ese lugar. Siempre hay algo más allá de lo que se puede ver: algo que la luna ilumina y señala. Algo que el oído imagina escuchar. «Mi abuela podía encontrar a cualquier hora de la noche las estrellas más notables y hasta las menos conocidas. Ella, por puro instinto o por los años que llevaba escrutando el cielo, podía señalar rápidamente la posición de aquellas estrellas y sabía nombrarlas familiarmente con nombres que, seguramente, no eran los que manejan astrónomos: eran, por ejemplo, la Cruz de Mayo, el Arado, las Siete Cabrillas… Allí estaban en aquella inmensa noche, brillando para mi abuela, que me las señalaba y no solamente las enumeraba, sino que, de acuerdo con su posición y brillo, podía predecir el estado del tiempo presente y futuro», cuenta Reinaldo Arenas en Antes que anochezca.

La abuela es omnipresente en toda la autobiografía: es su influencia literaria. Ningún libro ni enseñanza, «desde el punto de vista mágico, desde el punto de vista del misterio, que es imprescindible para toda formación, mi infancia fue el momento literario de toda mi vida. Y eso se lo debo en gran medida a mi abuela». La abuela, que interrumpía las tareas domésticas para «ponerse a conversar con Dios». Esa abuela del campo, que conocía todas las hierbas para sus dolores de piernas, panza o curarle el empacho. Y también era la que le contaba historias de fantasmas, brujas que lloraban maldiciendo, los conjuros para que las brujas no hicieran daño; era la que conocía el monte como nadie. La abuela era, además, su vínculo afectivo: «Mi abuela podía darse el lujo de ser tierna, tal vez porque yo no era para ella la imagen de alguna frustración, ni el recuerdo de un fracaso; ella podía entregarme un cariño sin resentimientos ni vergüenza».

Reinaldo Arenas, a través de la figura de la abuela, muestra, a su vez, la reclusión de los cuerpos de las mujeres a las tareas domésticas y a la casa, al cuidado del marido, pero además el trabajo en el campo. La influencia de la abuela en la educación de sus hijos fue central porque ella obligó a todos a ir a la escuela y, a su vez, su hija, la madre de Reinaldo, fue quien le enseñó a él a escribir. Así que la escritura vino de las mujeres: de la abuela la imaginación y de la madre, la tarea de escribir. En Antes que anochezca, queda clara la desigualdad de las tareas entre el abuelo y la abuela como así sus creencias y cuidado. Pero, sobre todo, por la violencia que el abuelo ejercía sobre la abuela y que Reinaldo Arenas reconstruye, por medio de la escritura de su autobiografía en condición de prófugo en un bosque. Ese el contexto de su escritura y la figura de la abuela, lo acompaña durante los manuscritos que se pierden, durante las grabaciones de su autobiografía una vez exiliado.

Reinaldo Arenas escribe sobre su abuela y ella es parte de su cuerpo, es la sabiduría ancestral, es su compañera, es su unión con la naturaleza, con la tierra: «Mi infancia comenzó comiendo tierra, mi primera cuna fue un hueco de tierra hecho por mi abuela; metido en aquel hoyo, que me daba más arriba de la cintura, aprendí a ponerme de pie».

La abuela es su fuerza y también quien lo acompaña en la búsqueda de la libertad. Una libertad ligada al mar.

Perseguido por la policía de Batista, se queda en Velasco mientras visita a una tía, que le da de comer. Nunca participa en combates a los que califica, en su autobiografía, como «más míticos que reales»

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El mar

«El mar se traga a un hombre todos los días». Una frase que le dice la abuela y desde ese momento, Reinaldo tiene una necesidad irresistible de llegar al mar. Él y su familia vivían en Holguín, cerca del río, al que solía ir con su abuela. En Gibara, a cuarenta kilómetros del mar, vivía su tía que, a pesar de vivir cerca del mar, no lo conocía. El anhelo de una tía por conocer el mar y el temor de morir sin ver el mar hizo que Reinaldo no dejara de pensar en llegar. «¡Qué decir cuando por primera vez me vi junto al mar! Sería imposible describir ese instante; hay solo una palabra: el mar». El mar será símbolo de su libertad.

En 1958, Arenas, con sólo quince años, se va de Holguín; llega a un pueblo, Velasco; y, luego, se une al cuartel de los rebeldes contra la dictadura de Batista en Sierra Gibara. Ahí comienza su vida política y militante: colabora con la revolución cubana. Perseguido por la policía de Batista, se queda en Velasco mientras visita a una tía, que le da de comer. Nunca participa en combates a los que califica, en su autobiografía, como «más míticos que reales». En 1958, vuelve a Holguín ya transformado en un héroe de la Revolución. Sin entrar en los cánones de la masculinidad de los rebeldes, jóvenes y viriles, con barbas y «espléndida melena», Reinaldo Arenas recibe los honores del pueblo. En 1959, obtiene una beca en una escuela politécnica, ex campamento militar de Batista, y ahí empieza a percibir los prejuicios de una sociedad machista exaltados por la Revolución. La persecución a los homosexuales no iba con los cánones de virilidad de la revolución: «en la revolución no hay maricones», escribe. Ocultó su homosexualidad públicamente, estudió y se graduó.  Con el tiempo, al estar en contra de la ideología castrista, fue perseguido por disidente y acusado de contrarrevolucionario. Varias veces preso por homosexual en los años ’60, momento en que se desató su persecución mientras se exaltaba el machismo.

No quiero desviarme de la escritura y su vínculo con el sentido político de los manuscritos, de la necesidad de escribir, prófugo en el bosque, el contexto en el que las palabras y la intimidad se vuelven acción. Reinaldo Arenas escribe varias de sus novelas y las saca a Europa por medio de unos amigos. Mientras allá era traducido y considerado en gran escritor, en Cuba era encerrado y la necesidad de escribir se volvía imperiosa. Así, escribe Otra vez el mar, aunque sus manuscritos desaparecen a pesar de esconderlos.

Cuando cae preso por homosexual, va a una cárcel que tenía una puerta que daba al mar. De ahí se fuga y va nadando a la casa de un amigo, que lo ayuda para intentar irse del país nadando en una goma por el mar

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El mar es presente y también futuro. Futuro para su fuga. «La libertad era una cosa de la que se hablaba casi incesantemente pero no se ejercía; había libertad para decir que había libertad o para ensalzar al régimen, pero jamás para criticarlo», escribe Reinaldo Arenas en Antes que anochezca. La libertad que le va a dar el mar. La libertad de nadar. La libertad de sentir el agua en el cuerpo. La libertad de exiliarse por el mar.

Cuando cae preso por homosexual, va a una cárcel que tenía una puerta que daba al mar. De ahí se fuga y va nadando a la casa de un amigo, que lo ayuda para intentar irse del país nadando en una goma por el mar. Un mar que le había mostrado su abuela por primera vez: «A medida que me alejaba de la costa, el mar se hacía más violento; era ese oleaje tumultuoso de noviembre, que anuncia la llegada del invierno. Estuve alejándome toda la noche; a merced del oleaje, avanzaba lentamente». Reinaldo, finalmente, no puede escaparse. Permanece prófugo por el bosque y, después de unos días, logra llegar a Holguín. Allí ve a su familia y a su abuela: «Mi madre fue la que me abrió la puerta, dio un grito al verme y yo le dije que se callara. Comenzó a llorar bajito y mi abuela se tiró de rodillas y empezó a rezar, pidiéndole a Dios que me salvara (…) Nunca me sentí tan compenetrado con mi abuela; ella sabía que sólo un milagro podía salvarme». Luego de dos meses prófugo, en las peores condiciones, sin comida, en lugares llenos de suciedad, desprovisto de toda condición humana, perseguido por la seguridad del Estado, escribiendo el manuscrito de su autobiografía mientras lee la Ilíada, cae preso y lo llevan a La Habana. Ya en prisión en el Morro, ve al mar como algo remoto, detrás de unas rejas. Las ansias de libertad en medio del encierro de la peste y el calor.  

En 1976, llega su libertad tras cumplir con una serie de requisitos, como negar su ideología política, arrepentirse de sus textos y orientación sexual. Lo primero que desea es ir al mar, pero las playas para ese momento estaban controladas. En su autobiografía, cuenta que había que hacer inmensas colas, que comenzaban desde la madrugada, y desnudarse bajo vigilancia. Era una penitencia ir a nadar. En esos años, muere su abuela y para él muere un universo, desaparecía la sabiduría, una manera de mirar la vida. En Antes que anochezca escribe: «[Lezama Lima] me dijo que las abuelas nunca mueren, precisamente porque han tenido nietos; que mientras yo escribiera, ella estaría a mi lado».

En 1980, se exilia de Cuba en lo que se conoció como el Exilio de Mariel. Reinaldo Arenas, llega a Miami. Allí da una conferencia en la Universidad Internacional de la Florida que se llamó «El mar es nuestra selva y nuestra esperanza» porque el mar, después de todo, fue su libertad. En Nueva York, lugar donde fue feliz según su amigo René Cifuentes, escribe hacia el final de Antes que anochezca: «He soñado que en mi infancia el mar llegaba hasta mi casa; llegaba cruzando decenas de kilómetros y todo el patio se inundaba; era maravilloso flotar en aquellas aguas; yo nadaba y nadaba, mirando el techo de mi casa inundado, oliendo el olor del agua que seguía avanzando en una enorme corriente».

(Foto de portada: Reinaldo Arenas y Juan Abreu)