3 de Diciembre de 2022 •

16:16

Buenos Aires, AR
26°
cielo claro
49% humidity
wind: 4m/s ENE
H 28 • L 25
25°
Sat
29°
Sun
30°
Mon
31°
Tue
28°
Wed
Weather from OpenWeatherMap
TW IG FB

12 de febrero 2022

Juan Di Loreto

ES SENTIR DE VERDAD

Tiempo de lectura: 3 minutos

“¿Qué otorga “vida” a la vida?”

Hofmannsthal en La muerte de Tiziano

Un día cualquiera de un verano cualquiera, de esos días largos y aburridos en los que todo queda suspendido en el aire; porque no se te pasa más. Das vueltas como un gato sin poder acomodarte en el trabajo; en ese trabajo insufrible, repetitivo, insustancial, funcional anda a saber a qué. Estás ahí, más aburrido que chupar un clavo (antes se decía eso cuando estabas muy aburrido).

Pero algo te llama la atención. Acabás de ver una vieja publicidad de Coca Cola. Y un pensamiento ocurre: los ochenta sonaban distintos. No es alegría, pero hay un optimismo extraordinario en la publicidad. Algo que hace que hoy no sea verosímil producir una pieza así (salvo desde ese cinismo resignado que nos domina). Es un poco como aquellos musicales viejos donde la gente se ponía a bailar sin mucho sentido. Simplemente bailan, se toman esa Coca en vidrio riquísima que hacían antes, en la época que se guardaban las chapitas, incluso las latas. Porque lo que te vendían era una Coca-Cola.

En la era del cinismo estamos acostumbrados a esta nostalgia que te agarra un 24 de diciembre a la tardecita, cuando tomaste algo. Te acordás de cosas, le escribís a ese amigo que nunca ves, pero querés mucho. Qué nos queda en un mundo sin salida: la reminiscencia, el querido pasado. Piglia decía que releía el diario de su vida cuando no estaba bien; y algo de eso hay. Cuando una época no está bien o cuando uno no está bien con la época.

Cuenta George Steiner que Miguel Ángel estaba obsesionado con el mármol antes del cincel. Porque, se puede suponer, el mármol es pura posibilidad: no está leído, no está tallado (¿escrito?)

Compartir:

Y todo nos ratifica que ya no somos iguales. Se perdió esa música, que ya no escuchamos en ningún lado, pero que siempre estamos buscando. Por eso nos gustan esos bares viejos color café con leche; o Montevideo, que parece guardarnos en muchas de sus calles una imagen antigua de Buenos Aires, un poquito más horizontal, con más cielo y el río cerca.

Todo es ilusión o recuerdo. ¿Y entonces? ¿Cómo recuperar esa música, ese hálito, ese sabor de una época que cada vez queda más lejos, como quedará, también, esta época, que será añorada por los jóvenes de hoy? Solo hay UNA respuesta. Pero una respuesta que abre tantos caminos como hombres y mujeres erramos por la Tierra: la creación. Diremos: el futuro sirve para soñar, el pasado sirve para crear.

Hace poco HBO max estrenó una miniserie maravillosa: Station Eleven, una obra sobre el fin del mundo y de los mundos que se crean con su fin. Es decir, salvo un cataclismo, ningún mundo se termina. Evito, como invitación a verla, una sinopsis de la miniserie, porque de lo que se trata es de subrayar que el otro lado del derrumbe y la muerte y la soledad es la creación de cosas. En la serie, una compañía itinerante de actores da vida a Shakespeare. Son los que llevan humanidad a un mundo devastado. Los que hacen que la zoe, la vida desnuda, común a todos los seres del mundo, se transforme en bios, en la verdadera vida del hombre.

Creatividad: qué hacemos con lo que tenemos. Walter Benjamin había anotado en apuntes para su Tesis de filosofía de la historia: “El método histórico es un método filológico y a ese método subyace el libro de la vida”. Y a continuación citaba al poeta Hofmannsthal: “Leer lo que nunca fue escrito”. Es decir, la historia (y todo en el ser humano) es una creación. Leer es el reverso de escribir. Leer para escribir lo no dicho, lo no creado. Pero no es una creación ex nihilo, de la nada, sino del caos a partir de eso que llamamos “realidad”. De esa piedra gigante sin forma que tenemos delante nuestro a diario. Cuenta George Steiner que Miguel Ángel estaba obsesionado con el mármol antes del cincel. Porque, se puede suponer, el mármol es pura posibilidad: no está leído, no está tallado (¿escrito?). Y en la destrucción del mármol, de su muerte, de ahí surge la creación: con lo viejo, construir lo nuevo y así ad infinitum.