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ERDOGAN Y EL ESPEJO DEL TERREMOTO

Tiempo de lectura: 6 minutos

El devastador terremoto en Turquía que dejó irreconocible a muchas de las ciudades del norte del país, y según cifras provisorias se cobró la vida de más de 49 mil personas en Turquía y Siria, también hizo crujir a la política. La tragedia coincide con un año político que puede ser una bisagra; en las próximas elecciones, el presidente, Recep Tayyip Erdogan, que gobierna el país desde hace 20 años, se juega su continuidad en el poder. Las especulaciones acerca de un posible atraso en el calendario electoral (luego de que un adelanto de las elecciones fuera anunciado por el presidente hace algunas semanas) ya comenzaron a circular.

No es la primera vez que en Turquía un terremoto puede marcar el pulso de una elección. El propio Erdogan se proyectó a nivel nacional luego del terremoto de 1999 que arrasó el norte del país y dejó 17 mil muertos.

El entonces primer ministro, Bülen Ecevit, recibió una lluvia de críticas de la oposición por no haber atendido con rapidez la situación de crisis. Erdogan, que ya había sido alcalde de Estambul entre 1994 y 1998, ganó las elecciones de 2002 con promesas de campaña relacionadas con mejorar la seguridad frente a los desastres naturales y la implementación de un impuesto especial denominado “impuesto al terremoto”. El AKP (partido de la Justicia y el Desarrollo) logró una mayoría calificada en un sistema que aún era parlamentario. El terremoto de 1999 y la crisis económica del 2000 enterraron a los partidos tradicionales que habían gobernado hasta el momento y abrió el periodo de reinado de Erdogan y su islamismo moderado

La tragedia coincide con un año político que puede ser una bisagra; en las próximas elecciones, el presidente, Recep Tayyip Erdogan, que gobierna el país desde hace 20 años, se juega su continuidad en el poder.

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La pregunta que recorre el escenario político turco, con más fuerza después del terremoto, es si las elecciones de este año abrirán un nuevo ciclo. Los comicios estaban originalmente programados para el 18 de junio, pero fueron adelantados por el presidente para el 14 de mayo. Una fecha con una enorme carga simbólica, ya que se conmemora el triunfo de Adnan Menderes, figura emblemática de la derecha conservadora turca, que puso fin al unipartidismo de Senderes Mustafa Kemal “Atatürk”, padre de la Turquía moderna.  

Más allá de lo simbólico, la premura del gobierno por adelantar las elecciones buscó presionar a la mesa de los seis partidos de la oposición, una alianza encabezada por el socialdemócrata Partido Republicano del Pueblo (CHP), para que defina su candidatura. La situación del Partido democrático de los Pueblos (HDP), la tercera fuerza en el parlamento socialista y pro kurda, es también un tema a resolver. El HDP enfrenta un proceso de ilegalización, en que se pide la inhabilitación de los principales dirigentes kurdos. Si bien, el HDP no es parte de la “Mesa de los seis”, es una pieza clave en la estrategia opositora para derrotar a Erdogan, aunque es resistido por los sectores más nacionalistas del frente opositor, que incluso pueden llegar a avalar su inhabilitación.

El principal objetivo de la coalición opositora es desmantelar cuanto antes el sistema presidencialista, que rige en Turquía desde 2017, mediante una reforma en el parlamento a propuesta del poder ejecutivo, que luego fue ratificada en un referéndum donde el sí ganó por el 51.3%. Después de meses de negociaciones embarradas, el bloque opositor finalmente anunció que su candidato será Kemal Kiliçdaroglu, el presidente del CHP. El segundo socio de la coalición, el nacionalista IYI, quinta fuerza en el Parlamento, presionó hasta último momento para que la candidatura se definiera entre los alcaldes de Estambul, Eklem Imamoglu, y Ankara, Mansur Yavas, ambos socialdemócratas del CHP, pero con mayor intención de voto que el veterano Kiliçdaroglu.

El principal objetivo de la coalición opositora es desmantelar cuanto antes el sistema presidencialista, que rige desde 2017, mediante una reforma en el parlamento a propuesta del poder ejecutivo, que luego fue ratificada en un referéndum.

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Eklem Imamoglu, representante de la tradición kemalista, pero proveniente de una familia religiosa, fue elegido alcalde en 2019, en una segunda votación, después de que el AKP pidiera anular la primera que también le había dado por ganador. En diciembre del año pasado, Imamoglu fue condenado a dos años, siete meses y 15 días de cárcel y al mismo periodo de inhabilitación política por haberse referido a los miembros de la Junta Electoral como “estúpidos”. Si bien la sentencia es apelable, con Imamoglu fuera de la cancha la oposición se ve obligada a buscar otra alternativa.

Por su parte, Mansur Yavas no logró reunir los apoyos suficientes ya genera desconfianza en sectores de centroizquierda de la coalición, por haber sido miembro de un movimiento nacionalista de ultraderecha. Aunque es parte del CHP desde 2014, es una figura dura alrededor de la cual generar un consenso. Es cierto que Kiliçdaroglu tiene un historial de fracasos electorales personales, sin embargo, como presidente del CHP coordinó la campaña de 2019 en la que consiguió arrebatarle al AKP las ciudades de Ankara y Estambul. Dos cuestiones preocupan hoy a un sector de la oposición que no está conforme con la elección. En primer lugar, la falta del carisma de Kiliçdaroglu, y, en segundo lugar, su origen kurdo y aleví, -una rama disidente del islam suní-, lo cual complicaría la estrategia de ganar el apoyo de los suníes que están desilusionados con el gobierno del AKP.

Por otra parte, la candidatura de Erdogan (que oficialmente no fue confirmada) se enfrenta con un obstáculo legal; la Constitución no permite reelección una vez cumplidos los dos mandatos. Es por eso que adelantar las elecciones abre al menos la posibilidad de disputar legalmente su derecho a presentarse, bajo el argumento de que “el segundo mandato no ha sido completado”. También el presidente busca aprovechar la centralidad que consiguió en el plano internacional, como mediador en la guerra entre Rusia y Ucrania. Erdogan apela a sentimientos nacionalistas y utiliza la capacidad de bloquear el ingreso a la OTAN de Finlandia y Suecia como un activo para su política doméstica.

La candidatura de Erdogan (que oficialmente no fue confirmada) se enfrenta con un obstáculo legal; la Constitución no permite reelección una vez cumplidos los dos mandatos

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El terremoto vino a transformar el escenario que metódicamente había estado diseñando Erdogan en estos últimos meses. Los dos principales desafíos que enfrenta el gobierno del AKP se agravaron a partir de la tragedia. Por un lado, la reconstrucción del país puede profundizar la crisis económica que carcome día a día el salario de los sectores populares, que son su base electoral; por el otro, el sentimiento de rechazo hacia los más de 3.6 millones de refugiados sirios que acoge Turquía, puede crecer en tiempos de crisis.

A esto se suman las acusaciones por un mal manejo gubernamental en la entrega de amnistías a empresas constructoras que no habían cumplido con estándares antisísmicos. El boom inmobiliario contribuyó al crecimiento económico, y colaboró para resolver rápidamente la creciente demanda de viviendas que provocó la llegada de los refugiados sirios a partir de 2016. Pero estuvo acompañado de un relajamiento en las medidas de control.

El presidente busca aprovechar la centralidad que consiguió como mediador en la guerra entre Rusia y Ucrania y utiliza la capacidad de bloquear el ingreso a la OTAN de Finlandia y Suecia como un activo para su política doméstica.

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Las críticas sobre la falta de estructura, demoras e improvisación en el rescate se profundizaron con la decisión del gobierno de limitar el acceso a la información y ejercer la censura para tapar las denuncias en su contra.

Las miradas se posan hoy sobre el Estado de emergencia decretado por el gobierno, para acelerar la reconstrucción del país. Una situación que puede profundizar aún más el descontento y hacer que quizás sea, al igual que en 1999, la tragedia la que termine de abrir la puerta a la nueva etapa política en Turquía.