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10 de agosto 2021

Ignacio Hutin

ERASE UNA VEZ UN PAIS ANARQUISTA EN EUROPA

Tiempo de lectura: 7 minutos

A esta altura del siglo XXI la bandera ha sido olvidada y muchos de los nombres se han perdido. No hay monumentos que recuerden a los que lideraron a tantos hombres y a tantas mujeres, casi no existen recuerdos de quienes fueron héroes y hoy, si alguien los menciona, son apenas un asterisco en la historia o un personaje de reparto para un relato mayor. Ahora el color negro fue reemplazado por el más famoso y marketinero símbolo de la letra A rodeada por un círculo, tan fácil de grafitear en cualquier pared, de hacer remera, poster o tapa de disco punk. Y eso no quiere decir que los movimientos anarquistas no existan más, ni siquiera que no haya pequeñas comunidades y experimentos sociales en sintonía con las ideas de este movimiento. Pero los proyectos a gran escala parecen cosa de un pasado lejano, de cuando las primeras revoluciones obreras daban lugar a nuevos gobiernos y a países con estructuras inéditas. Como aquel territorio que se declaró anarquista alguna vez, el mayor proyecto de este tipo de la historia. Fue un pedazo de tierra entre dos imperios decadentes, entre varias revoluciones y con el trasfondo de una guerra mundial interrumpida por una guerra civil. Se llamó Territorio Libre y también Majnovia, en honor a su creador y héroe de esta aventura.

Para fines del siglo XIX, la actual Ucrania era una zona netamente rural y con bajísima densidad poblacional, tan parecida a casi todo el resto de la Rusia Zarista. Allí, en una pequeña aldea predominantemente cosaca, nació un tal Néstor Majnó. Como tantos otros por esa época y en esa zona, era extremadamente pobre, así que no tuvo más alternativa que comenzar a trabajar a los siete años y abandonar la escuela a los 12. Muy pronto se vio influenciado por los nacientes movimientos socialistas y anarquistas que irrumpieron en un país con profundas diferencias de clase, en donde la aristocracia rusa hablaba francés y menos del 20% de los campesinos sabía leer. Entonces llegó la revolución. No, no la famosa revolución de octubre del 17 sino su preludio en 1905 y la masacre de 15 mil personas a manos del régimen de Nicolás II.

Para fines del siglo XIX, la actual Ucrania era una zona netamente rural y con bajísima densidad poblacional, tan parecida a casi todo el resto de la Rusia Zarista. Allí, en una pequeña aldea predominantemente cosaca, nació un tal Néstor Majnó

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Para el joven Majnó fue una revelación el ver a la fuerza del Estado contra su propio pueblo, lo interpretó como una prueba irrefutable de que ya no podía confiar no sólo en el Zar, sino en ningún otro gobernante. Pronto se incorporó al pequeño grupo anarquista de su pueblo y pasó  algunos años entrando y saliendo de prisiones, hasta que eventualmente fue condenado a la horca en 1908. Tenía 20 años.

Revoluciones contrarrevolucionarias

Es curioso imaginar cómo hubiera sido la vida de Majnó tan sólo algunas décadas antes, sin revolución de 1905, con un zarismo más fuerte y sin bolcheviques golpeando a las puertas de una nueva Rusia. Porque el contexto llevó a que su sentencia fuera reducida de pena de muerte a prisión perpetua. Los ocho años que pasó en un calabozo de Moscú fueron duros, pero le dejaron algunas lecciones de historia, política, literatura, además de algunos contactos y de un profundo resentimiento hacia la autoridad y el sistema penitenciario en general. Fue liberado durante la revolución de febrero de 1917, cuando Nicolás II abdicó al trono y comenzó un escueto periodo de poder dual que colapsaría a los pocos meses con la revolución de octubre.

Majnó regresó a su aldea en medio de una guerra civil entre bolcheviques y zaristas, entre el Ejército Rojo y el Ejército Blanco, y con una guerra mundial que no había terminado. Pronto se convirtió en una figura de renombre, en el profeta en su propia tierra que volvía del infierno de Moscú para traer cambios a las masas hambreadas. Y lo escucharon, claro que lo escucharon. Especialmente cuando organizó a los campesinos y forzó a los terratenientes a entregar sus propiedades.

Lo que siguió a la revolución fue caos: Ucrania se declaró independiente como República Popular de la mano de austríacos, alemanes y otomanos, pero apenas tres meses después hubo un golpe de estado por parte de un general cosaco zarista que creó un Estado conocido como Hetmanato e implantó una fuerte represión a toda disidencia. Como respuesta, Majnó conformó grupos guerrilleros que serían el inicio del Ejército Revolucionario Insurgente de Ucrania, fuerza de más de cien mil hombres que no combatía bajo bandera roja, como los bolcheviques, ni blanca, como los zaristas, sino negra. Un ejército anarquista, tan revolucionario como contrarrevolucionario.

Majnó quería distinguirse, pero no pretendía quedar solo frente a un gobierno ucraniano que contaba con apoyo político y militar alemán. Así que en junio de 1918 viajó a Moscú y se reunió con Vladimir Lenin. “Los anarquistas son ciegos y fanáticos”, le dijo el bolchevique, “dejan escapar el presente por un futuro lejano”. Majnó le respondió que esa idea se debía a que en Moscú estaban muy mal informados de la realidad en Ucrania, “y porque están aún peor informados sobre el papel que nosotros jugamos en la misma”.

Majnó conformó grupos guerrilleros que serían el inicio del Ejército Revolucionario Insurgente de Ucrania, fuerza que no combatía bajo bandera roja, como los bolcheviques, ni blanca, como los zaristas, sino negra. Un ejército anarquista, tan revolucionario como contrarrevolucionario

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Si de algo sirvieron aquellas conversaciones con Lenin fue para corroborar que el anarquismo eventualmente se quedaría solo y que la revolución no podía más que bifurcarse. Mientras Alemania se rendía y el Hetmanato comenzaba a extinguirse, el nuevo líder del campesinado guió a sus tropas y avanzó tomando ciudades y pueblos del sudeste ucraniano. Había nacido el Territorio Libre.

La bandera negra

Majnovia llegó a contar con alrededor de 7 millones de habitantes y a controlar aproximadamente un tercio de la actual Ucrania. La capital de facto se encontraba en la pequeña Guliaipole natal de Majnó, desde donde se comandó la lucha frente a alemanes, al Ejército Blanco zarista y, más tarde, al Ejército Rojo. Si bien Majnó lideraba el Ejército Negro, la idea era vivir sin un poder político central, sin patria y sin Estado. En el Territorio Libre se suspendió la actividad de todo partido político y también desaparecieron la policía y las prisiones, al tiempo que se bregó por la libertad de prensa, de expresión y de reunión. El campesinado se organizó en comunas de trabajo autogestionadas a través de Consejos (soviéts) de trabajadores y buena parte del intercambio comercial se realizaba a través del trueque, tanto de productos agrícolas y manufacturados, como de servicios. Se celebraron además tres Congresos Regionales que funcionaban como una suerte de parlamento para toda Majnovia, como un espacio de debate y consolidación de las políticas internas y de organización de la defensa frente a las fuerzas zaristas.

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En el cuasi país se rechazaba la dictadura del proletariado que promovían los bolcheviques, pero también el llamado “periodo de transición”, un camino hacia el comunismo inaugurado con la revolución de 1917. Anarquistas y bolcheviques tenían enemigos en común, pero Majnó acusaba a los bolcheviques de déspotas, de pretender coartar la libertad de los trabajadores a través de la imposición de una dictadura, por más que fuera del proletariado. No es casual entonces que la bandera de Majnovia fuera negra y exhibiera una calavera junto a la leyenda “muerte a todos los que se entrometan en la obtención de libertad del pueblo trabajador”. La gente de Majnó no se andaba con vueltas.

Majnovia llegó a contar con alrededor de 7 millones de habitantes y a controlar aproximadamente un tercio de la actual Ucrania. La capital de facto se encontraba en la pequeña Guliaipole, desde donde se comandó la lucha frente a alemanes, al Ejército Blanco zarista y, más tarde, al Ejército Rojo

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El enemigo del enemigo

Para 1919 Ucrania seguía siendo un gigantesco campo de batalla, un territorio en disputa por muchas, demasiadas facciones. Aún cuando la Primera Guerra Mundial hubiera concluido en noviembre del año anterior, allí continuaban enfrentándose zaristas, bolcheviques, anarquistas, seguidores del Hetmanato y partidarios de la República Popular Ucraniana. A comienzos de año los ejércitos Rojo y Negro combatieron codo a codo, pero esto no duró mucho porque simplemente no existía confianza mutua. Eran dos grupos que decían representar a los mismos trabajadores pero con revoluciones que apuntaban a destinos casi contrapuestos. Para abril Majnovia estaba rodeada y en junio la pequeña capital de Guliaipole fue tomada por el Ejército Blanco. La respuesta bolchevique fue ambigua: envió soldados en apoyo a Majnó al tiempo que ordenó su captura. En un escenario complejo, el enemigo del enemigo seguía siendo un amigo, pero no del todo.

Los zaristas lograron importantes avances entre 1919 y 1920, a medida que los ejércitos Rojo y Negro se replegaban. Pero en noviembre de 1920 una nueva y brevísima alianza entre anarquistas y comunistas llevó a la derrota de las fuerzas imperiales rusas. Ya sin aquel enemigo en común que garantizaba al menos la posibilidad de una colaboración, los bolcheviques volvieron las armas hacia la gente de Majnó. La mayor parte de sus seguidores fueron detenidos o asesinados, mientras que unos 350 mil soldados destruían cualquier rastro del Territorio Libre y del movimiento majnovista. El Ejército Negro desapareció en agosto de 1921 cuando Majnó, herido y agotado, fue expulsado a Rumania junto a sus últimos 77 hombres. De allí pasó a Polonia, en donde nació su hija, luego a Alemania y finalmente a París.

El final de la historia Majnó es casi tan curioso como el resto de su vida: murió en 1934 de tuberculosis y lo sucedieron su esposa, Galina, y su hija. Ambas fueron enviadas a Alemania durante la Segunda Guerra Mundial y, en 1946, arrestadas por las autoridades soviéticas y condenadas a 8 y 5 años de trabajos forzosos en un gulag. Se las acusaba de colaboracionismo y actividades contrarrevolucionarias. Como si la familia de Majnó nunca hubiera podido quitarse de encima el karma del Ejército Rojo. Ni siquiera lo logró en 2017, cuando se cumplió el 100° aniversario de la Revolución de Octubre. Ese año el Ministerio de Cultura ruso financió la producción de la miniserie Peregrinación por los caminos del dolor, basada en la trilogía homónima de Alekséi Tolstói y que sigue la historia de dos hermanas desde 1914 a 1919. Majnó aparece allí como un criminal violento, salvaje, que roba a civiles, viola y ejecuta sin miramientos. Un siglo después el líder anarquista aún es para Moscú lo que fue siempre: poco más que un personaje de reparto, poco más que un villano útil.

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