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16 de marzo 2022

Martín Prieto

Escritor, profesor de Literatura argentina en la Universidad Nacional de Rosario.

EN UNA LIBRERÍA DE VIEJO

Tiempo de lectura: 7 minutos

Interesado vivamente por el asunto y, tal vez, prejuiciosamente, un poco menos por el autor, y habiendo comprobado en internet que del título se habían publicado una pila de ediciones populares, me fui a la librería de usados de acá a la vuelta, seguro de que iría a encontrar algún ejemplar a buen precio de las Baladas y canciones del Paraná, de Rafael Alberti. Al entrar, se me vino encima el encanto evocado en los versos de Raúl González Tuñón: “catedral de los ritos bibliómanos/ del librero de viejo que convoca/ zaquizamíes y chamarilleros,/ puestos descoloridos de muelles y recovas,/ mercados de las pulgas, compraventas, cabeceras del rastro…”.

Poco después de revisar los anaqueles más bajos, al ras del piso, manifestación simbólica y material del lugar que ocupa el género desde hace muchos años, apareció un ejemplar del libro. Una edición de Losada del año 1999 que revisé allí mismo, medio de refilón, para comprobar que pese a que se trataba de un bastante monótono repertorio de poemas paranaenses (inspirados por el río a la altura de San Pedro, donde el célebre autor de Marinero en tierra pasaba algunos días de ocio y melancolía en sus años de exilio en la Argentina) en alguno de todos ellos irían a emerger, esplendentemente, juntos, percepción, inspiración, técnica y oficio:

Los barcos pasan tan cerca/ de la orilla,/ que bien pudieran llevarse/ una rama de los sauces/ de la orilla.// Está tan cerca la orilla/ que si los barcos quisieran/ también pudieran llevarse/ un caballo de la orilla.// ¡Qué bien estar a la orilla/ de esta orilla/ en donde pueden los barcos,/ si es que los barcos quisieran,/ llevarse al mar un caballo,/ una rama de los sauces/ y la orilla!

Actuar indiferencia y despreocupación a la hora del pago para que el librero no sospeche que nos estamos llevando del negocio algo que, para nosotros, vale más que el mismo local

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Una linda combinación de versos de arte menor en una canción que pareciera manifestar el deseo de que el barco se llevara al mar no solo al caballo, al sauce y a la orilla, sino al mismo poeta observador, imaginamos que sentado en esa misma orilla y atado al deseo recurrente y a veces único de todo exiliado: volver.

Nicolás Dodero, Raúl González Tuñón y Juan L. Ortiz, 1969.

Como comprendí, pese a que ya había encontrado lo que había ido a buscar, que me sería dificultoso recuperar de modo inmediato la posición vertical, y que, por lo tanto, una vez de pie tardaría un tiempo, meses tal vez, en volver a acuclillarme en busca de las casi siempre relevantes aunque espaciadas noticias que ofrece la sección de usados de poesía de toda librería, de la que se han alimentado las partes más vibrantes de nuestras bibliotecas, me quedé ahí abajo un rato más, pasando revista, en este caso a lo mismo de siempre. Saltó, sin embargo, en la revisión, la antología de González Tuñón que preparó Héctor Yánover y que me puse a ojear por el gusto, en toda circunstancia, de leer alguno de sus poemas. Mejor, algunas partes de sus poemas, que a veces valen un poema y un libro entero:

Yo conozco una calle que hay en cualquier ciudad,/ una calle que nadie conoce ni transita./ Sólo voy yo por ella con mi dolor desnudo,/ solo con el recuerdo de una mujer querida./Está en un puerto. ¿Un puerto? Yo he conocido un puerto./ Decir yo he conocido es decir: algo ha muerto.

Una linda combinación de versos de arte menor en una canción que pareciera manifestar el deseo de que el barco se llevara al mar no solo al caballo, al sauce y a la orilla, sino al mismo poeta observador

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Pero en esta oportunidad no fueron los poemas (que ya conocía) ni el libro (que ya tenía) lo que imprevistamente me puso un poco nervioso, como sucede cada vez que en una librería de viejo se revela una maravilla, una joya que tal vez sólo nosotros sepamos calibrar y a la que sin embargo le damos en ese instante valor universal, absoluto, al punto de, muchas veces, tener que actuar indiferencia y despreocupación a la hora del pago para que el librero no sospeche que nos estamos llevando del negocio algo que, para nosotros, vale más que el mismo local con toda su mercadería adentro. Así que ahí estaba yo desplegando, recién extraído de entre las páginas del libro de Yánover, el recorte de un diario del domingo 27 de abril de 1969 que anunciaba que había sido entregado el Gran Premio de Honor 1968 de la Fundación Argentina para la Poesía. El acto –leía yo, a las apuradas– se había realizado en la galería Nexo de Buenos Aires y los ganadores del premio habían sido Juan L. Ortiz y Raúl González Tuñón. En la velada, Héctor Alterio había leído dos poemas de Tuñón –“Domingo Ferreiro” y “El poeta murió al amanecer”– y “Ella iba de pana azul”, de Juan L. Y Tuñón agradeció que cuarenta años después “de aquel modesto segundo galardón del concurso municipal de poesía”, que había obtenido en 1926 por su libro El violín del diablo, alguien se acordara de él y de Ortiz y les adjudicaran un premio “no cocinado y totalmente inesperado”. Pero en el recorte se destacaba, principalmente, la foto. A la izquierda, el presidente de la Fundación, Nicolás Dodero. Al centro, “de corbata y espíritu canalla”, como se había autofigurado en “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”, Raúl González Tuñón. Y a la derecha, con una singular bandana en el pelo, tal vez, pienso, debido a que, estando en Buenos Aires, parando en un hotel, no habría tenido ni tiempo ni oportunidad de ordenar su mitológica cabellera batida hacia arriba para parecer más alto, Juan L. Ortiz. Probablemente –un momento material en la vida del poeta etéreo– con un cheque en la mano. Una imponente foto en la que yo veía, por primera vez, juntos, a Tuñón y Juan L. Ortiz. Me acordé de una historia que contó Saer cuando, en 1964, se hizo un congreso de la SADE en Paraná. Los invitados llegaban al puerto en un vapor. Entre ellos, González Tuñón. Y Juan L. lo esperaba en el muelle: “Fue una cosa magnífica porque lo fue a esperar vestido con su traje blanco y un sombrero de paja y a algunos tilingos de Buenos Aires les pareció ridículo”. Me acordé de una entrevista que le hizo Juana Bignozzi a Juan L. en 1968 y cuando le preguntó “quién da para usted la imagen del poeta”, Ortiz le dijo: “Raúl, ah, sí, siempre me ha parecido. Raúl, González Tuñón”. Qué bien Juanita sosteniendo el impulso oral de la respuesta de Juan L: la reafirmación de lo mismo, para él y para los demás, montando una palabra encima de la otra: Raul/ ah, sí/ siempre/ Raúl/ González Tuñón. Y me acordé de Ana Teresa Fabani. La poeta malograda. La muerta joven. Y de un hermoso y delicado poema suyo, el de alguien que sabe que se muere antes:

Si nada te quedara, cuerpo mío,/ ni la sombra ni el paso… Si ni el alma/ te pudiera quedar!… Y en esa calma/ de no ser nada más, siguieras mío…// Si nada te quedara y no sintieras/ más el tiempo que pasa, ni el hastío;/ si al besarte unos labios no sufrieras/ un agudo dolor… Y aún fueras mío…// Si nada te quedara y, sin embargo,/ el viento se estrellara todavía/ contra ti, como en árbol fino y largo…/ Y al dejarte te oyera decir: mía…// Si no fueras ya más, ni más yo fuera,/ y quieto este equilibrio, cuerpo mío,/ entre tu ser y yo, se nos muriera;/ ¿sentirías después que has sido mío?

Qué bien Juanita sosteniendo el impulso oral de la respuesta de Juan L: la reafirmación de lo mismo, para él y para los demás, montando una palabra encima de la otra: Raul/ ah, sí/ siempre/ Raúl/ González Tuñón

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Y si me acordé de Ana Teresa Fabani fue porque Tuñón y Ortiz le habían dedicado, cada uno, un poema a su memoria, inmediatamente después de su muerte. El de Tuñón, “Las mariposas mueren jóvenes” parece más un poema “en general”, posiblemente debido a que la fuerza, pero también la convención de la figura de las mariposas, que van hacia el fuego y mueren (“atontadas por el humo y las chispas”) le dan un tal vez deseable carácter universal y simbólico a la muerte de Teresita, como la llamaban sus amigos. Pero por lo mismo le quita proximidad y dolor específico. Ortiz abre su libro La mano infinita, que trae dos de sus mayores poemas, de esos que siempre vale la pena volver a leer –“El aguaribay florecido” y “Ella iba de pana azul”–con uno dedicado “a Teresita Fabani”, que empieza así:

La sombra, al fin, la sombra en que ya casi flotabas,/ te cubrió, frágil niña, con la ola temida/ que golpeaba contra tu cabecera en el desvelo visionario./ Ah, la luz del alba celeste en las cortinas, qué vana,/ qué vana la franja de oro desvaído en la pieza,/ y qué vanas las flores, y qué vano el gesto largo de tus brazos,/ llamando, ay, llamando sobre tu cabellera ya medio anegada.

La estrofa parece el recuerdo lírico, con la “frágil niña” ya muerta, ya cubierta por las sombras, por la “ola temida”, de una específica visita al hospital. El poeta antirrealista nos concede la gracia de nombrar no solo una “pieza” sino también sus “cortinas”. Y de contarnos que alguien (él, tal vez) había llevado flores. Y que todo fue en vano: la esperanzadora luz del alba, la franja de oro del sol entrando por la ventana, las flores. Y, sobre todo, el gesto de los brazos (“los finos brazos de cera” dice en otra estrofa) de la moribunda encima de su cabeza, imaginamos, rezando, rogando, implorando lo que pide todo joven que sabe que se va a morir: un rato más. Otra vuelta. Y en cuanto al adjetivo “anegada” para calificar la cabellera de la mujer agonizante: podríamos pensar que Ortiz estaba utilizando su significado antiguo, en desuso: muerta. La cabellera medio muerta. Pero también, dado el carácter paisajístico y fluvial de buena parte de la obra de Ortiz, y también de la de Fabani, nacida en Concepción del Uruguay y autora de un canto dedicado al río Uruguay, en su sentido más usual: tapada de agua, a punto de desaparecer, de ser, como finalmente sucedió, cubierta por la ola.

Ana Teresa Fabani, archivo Editorial de la Universidad de Entre Ríos (EDUNER).

BIBLIOGRAFIA

Raúl González Tuñón. “Poemas en la muerte de una librería de lance y un librero”. A la sombra de los barrios amados. Lautaro, Buenos Aires, 1957.

Rafael Alberti. Baladas y canciones del Paraná. Losada, Buenos Aires, 1999.

Héctor Yánover. Raúl González Tuñón. Antología.Ediciones Culturales Argentinas, Buenos Aires, 1962.

Raúl González Tuñón. “Escrito sobre una mesa de Montparnasse”. La calle del agujero en la media. M.Gleizer Editor, Buenos Aires, 1930.

Juan José Saer. Una forma más real que la del mundo. Conversaciones compiladas. Mansalva, Espacio Santafesino Ediciones, Buenos Aires, 2016.

Juana Bignozzi. “Testimonio”. Juanele. Poemas. Carlos Pérez Editor, Buenos Aires, 1969.

Ana Teresa Fabani. Nada tiene nombre y otros poemas. Editorial Entre Ríos. Colección Homenajes, Paraná, 1999.

Raúl González Tuñón. “Las mariposas mueren jóvenes”. Hay alguien que está esperando. Carabelas, Buenos Aires, 1952.

Juan L. Ortiz. “A Teresita Fabani”. Obra completa. UNL, Santa Fe, 1996.

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