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26 de febrero 2022

Juan Di Loreto

¿EN QUÉ CREEN LOS QUE CREEN DEMASIADO?

Tiempo de lectura: 3 minutos

“Muero porque no muero”, había dicho Santa Teresa de Jesús. Y se puede reformular esa frase como: “Creo porque no creo”. Desde la aparición de una filosofía como la de Nietzsche se dio por finalizado el régimen de Dios como rector de la vida común del hombre. El pasaje a la Modernidad marcó el ocaso de una deidad única como centro y comenzó a ser el Estado y las mercancías del incipiente mercado.

Pero claro, se puede matar a Dios, o ignorarlo al menos, pero no el acto de creer. Dios es invisible y su creencia es ciega. El creer no necesita de pruebas y, al final, tampoco requiere de objeto. El creyente cree. Es un acto injustificado como la vida y el sentido de las palabras. Si Dostoievski había escrito: “Dios está muerto, todo está permitido”. Se podría sumar: “Dios está muerto, toda creencia está permitida”. La caída del cristianismo como dominador de la fe en occidente tiene efectos que hoy seguimos viendo.

Volvamos a la frase: “Creo porque no creo”. Creer no es el camino de lo fácil. Como quería Miguel de Unamuno, el hombre es una discordia consigo mismo. Lo que nos une a todos es la contradicción, no la paz. La paz se encuentra al final del camino, con la muerte, cuando ya no queda nada por hacer. Así, un poco desgarrados por todos lados, vamos repartiendo nuestras creencias. Hacemos tripa corazón y nos metemos a escribir una novela, que es una empresa incierta y arriesgadísima en lo que poco hemos de ganar, como temía Dolina; nos entregamos a un matrimonio o una pareja, una carrera, una fe, unos dioses, una amistad, un algoritmo (la enumeración es arbitraria, como todo).

Si Dostoievski había escrito: “Dios está muerto, todo está permitido”. Se podría sumar: “Dios está muerto, toda creencia está permitida”.

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Podrá no ser Dios el objeto, pero siempre hay una creencia por delante. Así como no existe lo no ideológico, tampoco existe alguien sin creencias. Un poco lo que pensaba Charles Sanders Peirce: creer como el “establecimiento de un hábito”. En el mismo sentido, Althusser decía que primero el hombre comenzaba por persignarse antes de creer. Andar por la vida es el mayor acto de fe que puede ejecutar un ser humano. Se puede ser un filósofo escéptico en lo teórico, pero la vida práctica necesita que creamos en un sinfín de cosas. Es, sin ser pretenciosos, un fundamento de lo que somos. El conocimiento científico mismo necesita de la creencia como un punto de partida.

Pero, ¿a qué viene todo esto de las creencias? ¿Por qué es pertinente abordar este tema en un mundo que creemos más cínico y descreído que nunca? Porque quizás el mundo dejó de creer en un Dios único y monolítico, pero multiplicó sus creencias por mil. Y en este punto entra otro factor: no hay creencia sin espera, es decir, no se cree sin anhelo o ambición de algo. Hay un pragmatismo en el hombre de fe, porque creer sirve. Y entonces uno se pregunta si las últimas ficciones como El estafador de Tinder, Inventing Anna y el “Caso Zoe” no tienen que ver con un exceso de creencia. Mejor: con una creencia que tiene un plus epocal. Hay fe, hay ambición, deseos de reconocimiento, la religiosidad (en sentido estricto de re-ligar, de unir en una causa a personas), aceleracionismo financiero (un rendimiento in-creíble del dinero), la tecnología mitificada, la puesta en escena.

Si Umberto Eco se había preguntado: “¿En qué creen los que no creen?”, el siglo XXI parece no ahorrar en ofertas para los creyentes. Hay una frase extraordinaria de San Pablo que puede unir y resumir épocas del hombre sobre el tema. En Hebreos 11.1, San Pablo dice que la creencia es “la sustancia de las cosas que se esperan y que nos convence de las que no poder ver”. La creencia es el futuro. Sin ella no hay planes ni proyectos.

Althusser decía que primero el hombre comenzaba por persignarse antes de creer. Andar por la vida es el mayor acto de fe que puede ejecutar un ser humano

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Pero no todo es tan simple. Así como creemos, a veces nos invade el absurdo, un aire existencial, donde nada tiene mucho sentido y ni siquiera la fe en algo es una opción, porque no es algo que se elige, está, uno, con una sensibilidad, un algo, una cosa, que no se va con nada y flota, sí, en el aire y habita todos los lugares y parecemos Vladimir y Estragón, los personajes de Beckett en Esperando a Godot. Simplemente estamos ahí, esperando, pero nada tiene mucho sentido. Hay un estar mas que un creer. Y cierra Beckett:

ESTRAGÓN: Didi.

VLADIMIR: Sí.

ESTRAGÓN: No puedo seguir así.

VLADIMIR: Eso es un decir.

ESTRAGÓN: ¿Y si nos separásemos? Quizá sería lo mejor.

VLADIMIR: Nos ahorcaremos mañana. (Pausa) A menos que venga Godot.

ESTRAGÓN: ¿Y si viene?

VLADIMIR: Nos habremos salvado.

(Vladimir se quita el sombrero -el de Lucky-, mira el interior, pasa la mano por dentro, lo sacudo se lo cala)

ESTRAGÓN: ¿Qué? ¿Nos vamos?

VLADIMIR: Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN: ¿Cómo?

VLADIMIR: Súbete los pantalones.

ESTRAGÓN: ¿Qué me quite los pantalones?

VLADIMIR: Súbete los pantalones.

ESTRAGON: Ah, sí, es cierto.

(Se sube los pantalones. Silencio)

VLADIMIR: ¿Qué? ¿Nos vamos?

ESTRAGÓN: Vamos.

(No se mueven)