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19 de noviembre 2022

Juan Di Loreto

EL ÚLTIMO CICLISTA

Tiempo de lectura: 3 minutos

Apenas unas horas. No falta nada y arranca un mes que va a trastocar todos nuestros hábitos. “En cada rincón del país, en cada radio prendida, la pasión del fútbol está…”. Una música única nos madrugará a todos. Es el Mundial, que por algo se llama así, ¿no? Porque recorre el globo de punta… bueno, no hay puntas, pero si dibuja una esfera, la forma perfecta como creían los griegos, como perfecta es la pelota que tendremos por obsesión.

Todo cambiará su fisonomía. Las ciudades permanecerán vacías en las primeras horas del día cuando a Argentina le toque jugar a las 7 de la mañana. Veremos al último ciclista llegar a la entrada del bar para ver el partido de costado. “A la cancha la (albi) Celeste, al boliche de la esquina, cerca del televisor”, como cantaba Jaime Roos. Porque la preocupación de tener una pantalla cerca (ya no hay televisores, hay pantallas, vio) y rogar al altísimo que, si lo ves en el teléfono, en la última garita del peaje, que no te canten los goles antes.

Lejos de los que creen que un campeonato puede favorecer a un gobierno, nunca hay que olvidar que los diciembres son más largos y calurosos cuando tenés el bolsillo flaco

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Al desierto matutino le sucederán muchedumbres yendo al trabajo. Suena a la publicidad de cerveza (esa marca que hace buenas publicidades pero que nadie toma por gusto), pero ese día te vas con algo de Argentina a trabajar, aunque sea la camiseta en la mochila, una figurita pegada en el tupper. Entre sirenas y vuvuzelas perdidas la ciudad irá retomando su ritmo. Pero el rum rum, el telón de fondo no se apagará en todo el mes: las oficinas que todavía existen, los chats de los trabajos remotos y en los negocios comentarán la jornada con el apasionamiento que la hora necesita. 

El Mundial es un tiempo de esperanzas para los argentinos, porque creemos que algo de este destino torcido se puede enderezar. Pero además es un tiempo donde todo un poco se suspende en el aire. La música que llevamos a cuestas es un poco ese “nananana…” que se entona en lugar del himno. Bendiciendo el lugar común diremos que nada importa ya en esta tierra sin imaginación radical que no sea el Mundial. Contra el muro del absurdo, la falta de sentido golpea una y otra vez una pelota. Porque lejos de arrastrarnos a lo irracional, el fútbol nos devuelve el humanismo tan preciado que perdemos en otros ámbitos de la vida. Porque el fútbol es como lo que pensaba Borges de las palabras: símbolos para recuerdos compartidos.

Bendiciendo el lugar común diremos que nada importa ya en esta tierra sin imaginación radical que no sea el Mundial

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La posibilidad tan vedada en política de juntarse y compartir con cualquier persona, en el fútbol se da naturalmente. Lejos de los que creen que un campeonato puede favorecer a un gobierno, nunca hay que olvidar que los diciembres son más largos y calurosos cuando tenés el bolsillo flaco. El malhumor social, así se lo llama, se olvidará cuando veamos asomar del túnel a la Selección. Pero solo por un rato. La vida es corta, pero el porvenir es largo y los fines de mes se están haciendo muy cuesta arriba para todos.

Pero así y todo, hoy, ahora, en estas horas vertiginosas, todos “elegiremos creer”, aunque parezca un oxímoron, porque la creencia no es un acto de la razón (aunque pueda encontrar razones luego), es un salto de fe. Y ese acto se llama “Leonel Messi”. Recordaba cómo el escritor Martín Kohan describía la gambeta del número diez: “No esconde nada, porque no viene con nada pensado. Resuelve en el momento, haciendo algo que el defensor que lo enfrenta no sabía, pero que él tampoco sabía ni precisaba saber. Se frena o engancha o desborda o patea, elige el arco del pie o el empeine para ir hacia un lado o hacia el otro, sacando las mayores ventajas del don de la repentización: brillar con el destello sorprendente de la decisión del instante”. Messi cree y nosotros creemos con él.

Y encima, a poco de empezar el Mundial, cuando estén jugando Qatar contra Senegal, recordaremos al jugador más grande de todos los tiempos. El torneo ya empieza con una basurita en el ojo al recordar a Diego Armando Maradona. Un hueco en la tribuna y en nuestros corazones. Es que el mundial es eso. Como todo en la vida, nos traerá esa emoción y esa tristeza pero de forma colectiva. Algo que no sucede tan a menudo como uno piensa. No hay hecho que cree una comunidad de sentido tan grande. Porque todo, por acción u omisión, remite al Mundial. Ahí no hay lugar para indiferentes, cuando con el puño apretado gritemos: “¡Messi gooool….!

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