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EL SUEÑO DE ESCUCHAR A JULIO IGLESIAS SIN CULPA

Tiempo de lectura: 6 minutos

Alguna vez, de las tantas, que renegué contra Julio Iglesias una gran cantante popular me dijo: “todo lo que vos quieras pero afina como los dioses”. Luego me enteré que un muy prestigioso crítico musical era fanático suyo y tenía su colección completa. Nada de esto pasó inadvertido y sabía que tarde o temprano terminaría escribiendo del asunto. Y se sumaba otra razón: buena parte de mi banda de sonido está poblada de sus discos.

Rememorar aquellas siestas ventosas con las calles vacías no es posible sin Julio Iglesias cantando “Por el amor de esa mujer” en LU11, la emisora de la zona (Tres Lomas). Sin embargo, el despegue total y absoluto llegó en 1975 con el LP “El Amor”. En la tapa, Julio aparece sentado en un sillón de mimbre y contiene himnos como “Abrázame”, “A veces tu, a veces yo”, la rotunda “Quiero”, “Candilejas” y hasta una digna versión de “Mi dulce señor”, de George Harrison. En aquellos tiempos su arreglador era Rafael Ferro, un tipo que conocía al dedillo los secretos de la fabricación de sonidos aptos tanto para un niño como un adulto de setenta pirulos. Ferro tuvo muy claro desde el primer momento que en sus trabajo con Julio la figura era el cantante y que todo lo que él pudiera hacer se remitía a sostenerlo. Y eso no era algo fácil de conseguir en un universo de músicos que no entienden aquello que Aníbal Troilo le decía a su orquesta: “Cuando el cantor agarra el micrófono los músicos hacen cuerpo a tierra”. Pobre Ferro, cierta vez ingresando a Miami mientras el personal de migraciones revisaba sus papeles se puso a decir un montón de sandeces sobre esos funcionarios sin observar que uno de ellos conocía el castellano a la perfección, motivo por el que se le impidió el ingreso con una inscripción en su pasaporte que lo inhabilitaría de por vida para ingresar a USA, tal situación llevó a Julio Iglesias a llamar a su amigo Ronald Reagan y solicitarle el indulto para Ferro, cosa que fue consentida por el cowboy.

¿Qué misterio envuelve su éxito? Julio fue y es una personalidad internacional, penetró en prácticamente todos los mercados, aún los lejanos como el mercado chino. No todo es soporte industrial, no todo es consecuencia de un gran “aparato de promoción”, ni de mendrugos lanzados a musicalizadores para que programaran al ex arquero del Madrid. No, hay algo que lo distingue y lo eleva varios cuerpos por sobre sus pares de España y el mundo de habla hispana. Algo difícil de divisar pero que existió con un poder expansivo entre los años setenta y el comienzo de este siglo, algo difícil de descifrar. Pensémoslo así: es impensable bajar de un bondi de larga distancia en medio de la ruta y que en el boliche no suene Julio Iglesias o hacer zapping por radios zonales y que no aparezca al rato con sus canciones, con ese sonido tan característico de coros femeninos montados sobre las cuerdas en estribillos simples y pegadizos para que luego irrumpa su voz con un tono amable, para nada rebuscado, contando historias que buena parte el mundo hispano conoce de memoria. Quizá ahí radica uno de sus secretos, cantar lo que la gente conoce, cantar lo que a la gente le gustó y por eso siempre le gustará. También un talento especial para irrumpir con temas que a poco de andar se transformarán en éxitos fabulosos como “Me olvidé de vivir”, una canción bellísima grabada originalmente por Johnny Halliday en 1977 que él hizo explotar un año después. Otro tanque de esos que estuvieron en los cassettes con selección hecha a gusto por los camioneros fue “Manuela”, esa obra de un indispensable de la balada española del insigne Manuel Alejandro quien inexorablemente aparece atrás de cada canción exitosa o artista altamente taquillero.

Su principal virtud es sonar en segundo plano, escuchar a Julio Iglesias no requiere demasiada atención

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Cuando entre mediados y fines de la década del setenta explotó el boom de los cassettes piratas con selecciones hechas por pedido explícito del comprador, Julio Iglesias era algo recurrente. Los tipos llegaban con un papel escrito a mano con los títulos de las canciones del momento que les interesaba escuchar en el auto o el camión (el camionero es un gran consumidor de música en soledad), yo vendía esos cassettes, y cuando no sabían el título me decían “esa de Julio Iglesias que dice…” y ahí tarareaban a la perfección el estribillo de un tema suyo. Otra de las grandes virtudes: estribillos muy pegadizos y fácilmente recordables. Recuerdo tardes enteras grabando del derecho y el revés los LPS suyos, en esa época ponía el lado A y me iba al club a tomar un café, regresaba a poner el B en una rutina inacabable. Julio Iglesias no sólo es, por lejos, el artista que más pirateé, sino que tengo varios discos suyos que más de una vez los escucho en el auto así como “en secreto”…

En una nota publicada en El Mundo donde se lo compara con Raphael podemos leer: “Raphael es la verticalidad -el brazo alzado, apretando bombillas; el agudo de niño del coro; el triunfo de la baja estatura sobre la ley de la gravedad-, mientras que Julio es pura horizontalidad -el micro que se le cae tórax abajo buscando la ingle, su reconocida eficiencia en el lecho extraconyugal, esos discos que vende hasta en Camboya-.” La nota incluye una suerte de encuesta donde se pregunta a quién prefieren las mujeres maduras y por supuesto Julio derrota al gran Raphael. Dice: “De la encuesta nos quedamos con varios datos interesantes. El primero, las mujeres son más de Julio -normal, muchas han tenido un hijo suyo-, y su imperio se afianza a medida que sube la franja de edad: por encima de los 65 años, el 57,7% está con él a hierro, mientras que Raphael domina ligeramente entre los jóvenes, a pesar de que no tiene tantos memes circulando por internet.”

Supongo que su principal virtud es sonar en segundo plano, escuchar a Julio Iglesias no requiere demasiada atención, jamás uno se ponía a leer las letras de sus canciones mientras las escuchaba, algo muy usual, por ejemplo, con los discos de Serrat. Por el contrario, Julio vivía en segundo plano, un artista nacido para ser esa especie de música funcional en viajes, salas de espera, pizzerías. Jamás agrede el oído, y ahí encontramos una virtud nada desdeñable. Hispanoamérica ha dado pilas de figuras de la canción gastronómica y los que se han colado en el olimpo tienen con qué: Sandro, Roberto Carlos, Raphael, Camilo Sesto, el malogrado Nino Bravo, José Luis Perales y Julio Iglesias, por citar los nombres pesados del negocio. Pero la diferencia es que Julio llegó más lejos, a países insospechados. En cualquier disquería que preguntaras sobre lo más vendido él estaba inexorablemente en la punta.

Ese sonido tan característico de coros femeninos montados sobre las cuerdas en estribillos simples y pegadizos para que luego irrumpa su voz con un tono amable

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Julio Iglesias es la música de la tarde del sábado en la peluquería de Betty De Valerio, donde las señoras pasaban horas con la cabeza dentro de esos secadores inmensos hojeando la vieja revista Para Ti y de parroquianos discutiendo de fútbol en una peluquería de Boedo, mientras Julio les cantaba sin cesar, y su sonido se confundía con el ruido de la calle. Estaba sin estar como en ese telo de Avenida Díaz Vélez. Nadie se daba cuenta que estaba sonando pero todos advertían cuando se callaba, en un punto es el antecedente de FM Aspen.

Una tarde lluviosa Jaime Roos me dijo: “Hay política en las canciones de amor, porque una canción de amor cantada por el flaco Spinetta será siempre de izquierda mientras que una cantada por Julio iglesias estará teñida por su escala de valores que inexorablemente la hará de derecha”. Y puede ser cierta esta definición pero de todos modos no hace más que llover sobre mojado. Nunca nadie dijo que Julio fuera progre o de izquierda, no es necesario rascarse mucho la cabeza para deducir que estamos hablando de un hombre “de derecha”. Famoso, multimillonario, conservador y global. Su ideología no les importó a los millones que lo amaron, ni a quienes amaron con él como música de fondo y lo bailaron apretaditos, a todos los que vivieron su tiempo de oro. Uno ignora su ideología pero no la propia. Le leo a mi esposa las primeras líneas de esta nota, se levantar de la silla y me dice el mejor remate posible: “mi sueño es escuchar a Julio Iglesias sin culpa”.

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