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10 de septiembre 2023

Martín Rodríguez

EL SARGENTO PIMIENTA

Tiempo de lectura: 11 minutos

Uno

Dylan de viejo conoció Liverpool. Fue a la casa natal de Lennon. Recorrió el mapa encantado de los cuatro que inventaron el futuro hablando de su pasado. Dijo Dylan: “Strawberry Field se encuentra justo detrás de su casa. No sabía eso. Evidentemente él se crió con su tía. En un parque llamado Strawberry Field que no estaba vallado. Si has crecido en Inglaterra, ronda sobre ti toda su historia de ahorcamientos y degollamientos. Quiero decir que, si eres británico, creces sabiendo eso. Nunca tuve claro qué quería decir con el verso sobre colgarse, ‘Nothing to get hung about’ (‘Nada por lo que me cuelguen’, verso de Strawberry Fields forever). Bueno, los tiempos cambiaban, y creí entender que podría significar ‘preocuparse’; nada por lo que preocuparse. Pero él estaba hablando literalmente. ‘¿Qué quieres decir con esa frase, John?’. ‘No te preocupes, mamá, no hay nada por lo que me vayan a colgar, no hay nada por lo que puedan colgarme’. Me parece muy interesante”.

-¿Tiene hora? -Diez y veinte, le responde. Duerme el linyera. Despierta. -¿Tiene hora? -Diez y veintidós. Sale disparado. Cruza a un pastor, o algo así, en la misma plaza, con poncho y megáfono, que grita: “¡hermanos, verdaderamente sin piedad no se puede vivir!”

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Dos

La biografía de Philip Norman menciona el último reencuentro que Lennon forzó con su padre Freddie. Lo llevó a vivir con él, con Cynthia, con Julian y la corte que lo rodeaba. Dice Norman: “Padre e hijo consiguieron charlar por fin con el corazón en la mano y Freddie le reiteró que él no había querido desaparecer de la vida de John en 1946 y tuvo la sensación de que le creía. Se sintió lo bastante seguro como para regañar a John por haber aceptado la Orden del Imperio Británico porque, para un viejo liverpooliano de izquierdas como él, eso significaba doblegarse de un modo imperdonable ante el Sistema”.

En el 68 la versión de los Beatles sobre la “Revolución” resultó, para los agitadores, decepcionante. Un manual de instrucciones sobre lo que la revolución dejaba afuera. Los Beatles optaban por construir en vez de destruir, por cambiar uno mismo y después cambiar a los demás, por el desdén hacia el picnic universitario en el que se agitaban banderas de Mao. Ellos agregaban una pizca de introspección a una generación que, más que cambiarse a sí misma, deseaba huir de sí misma. La historia es conocida. Pipo Lernoud le relucía un matiz, también “interesante”, una trampita de último momento (cuando cantaba “pero si hablas de destrucción, no cuentes conmigo…”, más tarde, de lejos, Lennon gritaba “¡o sí!”). Los Beatles construyeron un mundo tan propio que les costó volver al de afuera.

Lennon después entró de lleno. Devolvió la medalla de la Orden por la intervención británica en Biafra y puso la sartén en el fuego (cama de la paz, amistad con las panteras negras, canciones a la suerte de los irlandeses, vida fértil en la gran manzana). El viaje fue caótico, empachado, así lo documenta el “libro rojo” de su entrevista con Tariq Alí. Por supuesto, como el arte y la política tienen equilibrios sutiles, ponderamos, como Dylan, más pólvora proletaria en ese verso de los ahorcados (nada por lo que me cuelguen) que en las intenciones socialistas de Imagine u otros himnos. Más tarde, entra Lennon en el fin de semana salvaje (que duró año y pico, demoliendo hoteles), del 73 al 74, lejos de Yoko y cerca de las drogas, y fue también la liberación de todo aquello, del “Lennon Versus Nixon”. Una década antes, Dylan vivió esa misma “deconstrucción” de cantante-profeta-político a un artista real. Escribió en su My back pages: “Dije mentiras como que la vida es blanco o negro, soñé románticamente con mosqueteros, pero me di cuenta de que me vuelvo mi propio enemigo en el momento en que empiezo a predicar”.

Lennon cantaba bajo la lluvia y se dejaba mojar. Sus zigzagueos quizás muestran una personalidad contradictoria y el secreto de toda vitalidad: ir un poco roto e imperfecto por el mundo. En esta canción del 66 (“Rain”) hace puente con quienes lo oyen (¿qué hacía Lennon sino puentes en las canciones?), y si Dylan dijo que una lluvia fuerte iba a caer, Lennon propuso que la lluvia “es solo un estado de ánimo”. “Si puedes escucharme”, canta.    

Tres

“Le tengo miedo a los salvadores sin historia. Cuando viene un salvador sin historia, sospechá”, dijo el Papa Francisco.

Cuatro

Carlos Melconian es un clásico: liberales que son economistas con calle. Pum pum, taca taca. Se ha dicho. Las cuevas, las financieras, los bancos, la bolsa, los cafés, el Florida Garden, el Kavanagh, las galerías de locales con vidrieras de camperas de cuero que venden dólar blue. Una ciudad de ahorristas, ventajeros, inversores, brokers y servicios. Pongo, saco, pongo. Bicicletear es la primera bicisenda de la “ciudad libre” que dejó el Proceso y la democracia, comprar dólares, reales, euros, y básicamente cómo se habla la economía. El ajuste será impopular, pero los economistas que lo piden tienen ese vozarrón de café al paso en una GNC: te lo explico en cinco minutos. En los anteojos ahumados del memorable Osvaldo Granados, en las picardías de Doña Rosa, en el reloj parado de Juan Carlos de Pablo, la economía es como una casa a la que volver. Siempre al borde de tragarse el personaje, Melconian se ubicó en el centro. Si Bullrich le ganó a Larreta siendo ella misma, después de que Horacio gastara fortunas en una maquinaria electoral que se lo tragó, ahora es Bullrich quien no termina de saber qué personaje interpretar. La política al límite. La casta al límite. En las lágrimas de Melconian (quien para muchos hasta hace dos minutos era el paredón por “derecha”) habla una época, sus límites, sus artificios. Hay gente que hizo el negocio de odiarse (¿qué fue la década perdida de la grieta sino el negocio del país dividido?) que ya luce espalda con espalda ante una sociedad que le reclama “¿por qué la mía nunca está?” y ante un candidato que polarizó a los polarizados. Melconian, a quien recibió Cristina, está “del lado de adentro” de la civilización que nos trajo hasta acá: una democracia. El tipo se fue aplaudido por los empleados del Banco Nación, hizo buenas migas con el sindicato, aunque ese gobierno, su gobierno, se fue al tacho. Podrán decir que soy un soñador, pero no soy el único que cree que todos los coucheos se rompieron. Massa quiere volver a parecerse a Massa. Y quiere picar en punta para entrar -segundo- al balotaje, ahora que Patricia está perdida. Están todos esperando el milagro, como canta Las Pelotas. Efecto Milei: ya nadie lleva maquillaje. O al menos: hoy el maquillaje es ya no llevarlo

‘¿Qué quieres decir con esa frase, John?’. ‘No te preocupes, mamá, no hay nada por lo que me vayan a colgar, no hay nada por lo que puedan colgarme’

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Las preguntas de siempre: ¿cuánto de pragmatismo y cuánto de principios? Si alguien usa todos sus principios se rompe el país. Si alguien usa todo su pragmatismo se rompe el político. Commodity de este tiempo: la autenticidad. Milei es el boom de la soja de la autenticidad. Cada pregunta especial (¿aprobás la venta de órganos?), el tipo no dice “no”, dice “a ver”. ¿Cree en la democracia? Aunque no lo deje claro, podemos decir que es un producto de ella. ¿Por qué ganó sin estructura, sin fiscales, sin punteros, sin el “territorio”? Porque hay un sistema. Los intendentes que supuestamente repartieron la doble boleta en tal caso corrieron detrás del votante. Duran Barba montó su pedagogía sobre el “elector libre”. Salten las tranqueras.

Cinco

Otra palabra de época – “intermediario”. Señala también, o algo así, usando a Javier Auyero, “zonas grises”. Los que están en los dos lados del mostrador. Los movimientos sociales, que se hacen Estado. Lo de siempre. La política en círculos de confianza, cadenas de favor, el Estado como un municipio de frontera. La democracia peronista y radical. Cuarenta años de soluciones malas, a medias, fracasos y dame una mano. Y salió tu expediente. Y cada tanto una ceremonia: una república perdida que se encuentra, un juicio, un turro en cana, una política que compensa algo. Democracia en la bandera de la UOCRA en cada obra. Un paréntesis al decadentismo automático, una buena cosecha, levanten las persianas. Cantamos una que sabemos todos. Y vuelta a caer. Y así. Pero esta campaña metió la efeméride de la democracia, no como homenaje, no con canciones de Gieco o especiales de Canal Encuentro, no con progresismo (que está justamente en la raíz de lo que se cuestiona), más bien como efeméride rota: cuarenta años y a discutir el piso. Se acabó esa solemnidad que te hacía feliz. No es el Bicentenario (organizar la “fiesta”), porque se está discutiendo el legado, el sedimento, 1985, la política de derechos vista como auditoría de gastos. Y eso también pudo ser por los pies de barros de una economía que viene haciendo agua después de haber probado prácticamente todas las fórmulas. Y como no hay oro la democracia armó una elite propensa no sólo a sus negocios sino a la simultánea búsqueda del bronce. Por eso, en un punto, son todos alfonsinistas: porque es mejor la posteridad que el presente. Todos quieren su juicio a las juntas, su ley de divorcio, su derecho de autor de un derecho nuevo, porque el dólar, el precio del asado, EL REMARCADOR, nos pasan por encima como alambre caído. ¡Si no hay oro que haya algún bronce! Y ahora tenemos de candidato estrella justo al que nombra la soga en la casa del ahorcado.  

La Iglesia mostró los dientes estos días. La excusa o razón está en los archivos de unas declaraciones de Milei contra el Papa. A Francisco lo atacaron en la zona más propia de Bergoglio: su discurso social, anclado en la Doctrina Social. Uno de los convocantes más lúcidos planteaba una arqueología de los leones: “¿Qué hacen los leones? Se comen a los más débiles”. El llamado en sí no tiene mucho margen de duda. “Voy a mantener los planes, pero voy a terminar con los intermediarios”, dice Milei separando la paja del trigo. La Iglesia reacciona como lo que terminó siendo con Francisco: la CGT de los nuevos pobres de la democracia. ¿Va a haber leña? Por lo pronto, ya sabemos para quiénes. Pero en un país con democracia de bronce y economía de barro qué es el Estado sino la larga intermediación. Un país de mesas de entradas.

Veamos. ¿Una intermediaria en su versión más romántica, intermediaria de intermediarios? Julia tiene 43 años y cinco chicos. Su hija más grande tiene 23 y el más pequeño 7. Ella es “referente” de un comedor que se llama “Todo por los niños” y que sirve 150 porciones por día en el barrio ACUBA de Lanús, pegado donde vivía Morena, la niña que mataron los motochorros camino a la escuela. “Una señora viene con una olla y te dice que es para ocho personas y le servís para ocho personas”, dice Julia. La orden viene de abajo. Del hambre. El comedor empezó en el año 2014, otro año de deslizamiento cambiario.

-¿Cómo empezaste a colaborar?

-Empecé en 2014 mirando la necesidad de los vecinos. Y ahora soy la coordinadora del comedor con muchas compañeras y compañeros. Nuestro Centro Comunitario que se llama “Todos por los niños”, y preparamos cena, merienda, y damos apoyo escolar. La comida llega en parte del municipio y de la Organización Social, “Somos Barrios de Pie”. Y la verdad a veces no alcanza, tratamos de pedir donaciones para llegar a fin de mes. También tenemos un centro de reciclado y una cuadrilla de limpieza porque el camión de la basura por acá no pasa. El barrio ACUBA es muy precario, la mayoría de los compañeros de acá son cartoneros y también vive de changas. Con esta crisis hay mucha gente sin trabajo, algunos no tienen cómo sostener la olla, y hay mucha gente que no sabe ni leer ni escribir y a esa gente se le hace más difícil todavía poder conseguir un trabajo, y entonces, imaginate como se deben sentir ellos, y más con esta crisis que estamos atravesando, hay más niños, más familias que vienen al comedor a retirar su comida y a veces no llegamos a sustentar a todos.

-Morena vivía cerca de tu comedor, en un barrio ahí nomás…

-Vivía en el barrio “Eva Perón”, lindero con el barrio ACUBA, están pegados los dos barrios. Cuando la mataron sentí que se me vino el mundo abajo. Tristeza, dolor, bronca, miedo. El papá de Morena es amigo desde la infancia de mi marido, nosotros como familia sentimos mucho dolor. ¿Cambiará algo? La verdad es que, así como van las cosas, no sé. Ojalá.

Seis

¿Estamos ya flasheando que viene noche larga? Y entonces, ¿qué se puede hacer salvo ver películas? No podemos soltar a los setenta. Nos tienen agarrados de las pelotas. Gracias a la querida compañera Elena M llegué a “¿Qué es el otoño?”, la película de David José Kohon que ella vio con otros compañeros, casi de pedo, en un cine porteño, clandestina, en una sala en el año 77. “La película hablaba de secuestros y teníamos miedo de que nos secuestren en la sala”. Claro, es que bien vista, desata preguntas aún hoy. ¿Qué es esto? ¿Cómo pasó el filtro una película así? ¿El censor se fue al baño y la película se traspapeló, “pasó”, la vio un pasante, un colimba? “No vi nada raro, che”, dijo al jefe y el jefe pasó a la que sigue. No se entiende, porque la película de Kohon cuenta los hechos mientras ocurren. No fue fácil, negociación dura con Tato, me informan por cucaracha. Claro, es hábil, terminó ubicando la historia en el 74 y la ubica perfecto: en la aurora boreal de la masacre que viene. La guerrilla y las tres a a los tiros. Una historia de amor que se va deshaciendo. Son dos: Alfredo Alcón, arquitecto prestigioso y frustrado, deambula sin rumbo, sin laburo; y Dora Baret, periodista, dos hijos, separada. Su mundo es el de cierta paquetería de clase media, fiestas con olor a happening aún, lesbianas, yiros, jipis residuales, universitarios, monólogos ideológicos, morales, abstractos en un living de avenida… Hay un personaje, el colmo de un intelectual, en una fiesta, rodeado un poco de boludones que le hacen la claque, que dice la palabra HOLOCAUSTO (“Lo que vendrá es un holocausto, avisa el personaje más discursivo de la película”, reseña acá Marcos Vieytes). Después, todo ocurre un poco en la perdición del protagonista (Alcón) que deambula de día por una ciudad soleada o de noche por el centro sórdido. “¡Lumpenproletarios!”, les grita a unos que le quieren afanar, navaja al cuello. Porque está todo, hasta Blackie, “personaje fascinante del crisol de razas del siglo XX Argentino”, como dice otro arquitecto, Mauricio Corbalan, fanático del film. Charlas con ideología en la punta de la lengua, asambleas en revistas que cierran, agitación universitaria. Buenos Aires de antesala. En Plaza Congreso, de pronto, el protagonista se sienta y comparte asiento con un linyera que cada dos minutos literales pregunta la hora. -¿Tiene hora? -Diez y veinte, le responde. Duerme el linyera. Despierta. -¿Tiene hora? -Diez y veintidós. Alcón sale disparado. Cruza a un pastor, o algo así, en la misma plaza, con poncho y megáfono, que grita a los que lo rodean: “¡hermanos, verdaderamente sin piedad no se puede vivir!”. Están todos perdidos en tiempos impiadosos.

Si alguien usa todos sus principios se rompe el país. Si alguien usa todo su pragmatismo se rompe el político

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Pero la escena central en “¿Qué es el otoño?” es otra. Un cruce de autos en Barracas. Unos autos que cruzan otro auto con un par de jóvenes. Los que los cruzan tienen pinta de lúmpenes parapoliciales. A uno lo revientan a tiros en el piso, y antes de eso, esa víctima (joven, blanca, estudiantil, bello), se agarra del auto en el que viaja Alcón, perplejo, encima va con los hijos de su novia atrás. Parecería una escena habitual de los días en que fue estrenada. Ocurre un detalle. Uno de los matones avisa que viene la cana, se escucha una sirena, suben y rajan. La gambeta de Kohon, consciente o no, está en esa sirena. Y la escena queda flotando en la mente del arquitecto. Tan así que en un momento, en el living de la casa de su novia, a pedido de los hijos de ella, recita un breve monólogo de Alicia en el país de las maravillas, en el que se enreda en la metáfora del espejo. Y ahí se le aparece el cuerpo del joven que balearon. Mirás la escena, la fecha del estreno, y Alfredo Alcón pareciera que le dicta desde ahí a Charly García la “Canción de Alicia en el país”. ¿No cuentes lo que viste en los jardines? ¿Será como un cuento de boca en boca? ¿Se lo van soplando al oído? ¿Si oís bien ya está todo escrito? Tras tantos años de la marmota, ahora la promesa renovada es que vamos a vivir en un país irreconocible. ¿Sí? ¿No? ¿Llanura de los chistes?

Siete

¿Cantar? Una canción para la fuga. Los setenta nos tienen agarrados de las pelotas, amamos el pasado (negociamos el futuro), y el presente es de Magoya. Soltemos, volemos. Dum, dum, de cara al cielo, al desierto, es lo mismo. Dejemos pasar el infinito del desierto de Atacama, decía Zurita. Tambora suave.

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