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04 de noviembre 2021

Manuel Esnaola

EL ROCK HA MUERTO: ¿OTRA VEZ?

Tiempo de lectura: 8 minutos

UNO

Esta bala es antigua. En 1976, la disparó un muchacho de Baltimore, Maryland, llamado Frank Vincent Zappa. Dijo: “Básicamente, lo que la gente quiere oír en una canción es: yo te quiero, vos me querés, yo estoy bien, vos estás bien, las hojas se vuelven amarillas (…) hizo frío, llovió, dejó de llover, te fuiste, mi corazón se rompió, volviste y mi corazón está bien otra vez”. Permítanme la licencia de pensar que cerró la reflexión más o menos así: la gente busca a un showman para escaparse, quieren un entertainer, lo entiendo, todo liso,  pero no lo acepto. Yo compongo para dar un mensaje, aunque el mensaje entre como un benzetacil y esa espesura no fluya por el culo de la industria.  

Cuatro años antes, en Argentina, y luego de ser vitoreados en el Festival Beat de la Canción Internacional de Mar del Plata, el mismo proyectil hirió a la banda de rock popular Arco Iris, por obra criminal o mágica de un latiguillo que habría de repetirse hasta el hartazgo a lo largo de la historia: el rock ha muerto. Y entonces todos corearon: ¿Qué es este engendro de disco llamado “Sudamérica o el regreso a la aurora”, que trasviste al rock con géneros folclóricos, jazz y ritmos andinos?

Antes la bala fue otras cosas. Fue la tecla rota en el bandoneón de Piazzolla, que con su Un-dos-tres-Un-dos-tres-Un-dos despeinó a más de un peluquín engominado en las pulperías del Río de la Plata, mientras los señores del tango rezongaban la tradición contra una tapia que ya no existía. Fue, entre sus infinitas manifestaciones, el desdén de Pappo al recién nacido dúo Sui Generis, cuando los tildó de “pelotuditos con una flauta y una guitarra acústica que vienen a ablandar la milanesa”. Fue el “Artaud” intempestivo y sideral de L.A. Spinetta, las novias androides que Charly trajo de New York en su “Modern Cilx”, y fue también todas las bagualas, las milongas, las chacareras, las zambas brasileras y los valsecitos destruidos por un tal Fito Paez, aquel adolescente espástico que en su metabolismo extraño, acabó convirtiendo la tradición en una cosa nueva, hermosa e innombrable.

Hace poco, la bala fue un hashtag que de tanto repetirse se convirtió en el paraguas de un género difuso. Alguien dijo que había una #NuevaGeneración en la música pop y vos, Esnaola, refunfuñaste a priori, con esa resistencia al cambio que caracteriza a todos los seres de este planeta, refunfuñaste, sin haber escuchado una sola canción de esa música que en gran medida venía de Córdoba, de tu provincia, lugar de donde salió muy poco en el rock -la descomunal banda Proceso a Ricutti, Los Navarros, Posdata-, una nueva generación, ahora mismo, explotando. ¿Es joda?, ponele play, Esnaola, desde Córdoba para el mundo: ¡no bombardeen Buenos Aires, loco! Pero bien, eh.

Se va la primera: En el alba del tiempo –la bala– fue el eco de los tambores retumbando en las cavernas y será muchas cosas que hoy ni siquiera imaginamos y que podrán concluir con el rock y con su prodigioso y frágil destino. 

"Refunfuñaste, sin haber escuchado una sola canción de esa música que en gran medida venía de Córdoba, de tu provincia, lugar de donde salió muy poco en el rock -la descomunal banda Proceso a Ricutti, Los Navarros, Posdata-, una nueva generación, ahora mismo, explotando. ¿Es joda?, ponele play, Esnaola"

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DOS

A propósito de todo esto, del rock y su eterna muerte anunciada –aunque nunca consumada del todo–, de las nuevas bandas que, arropadas con la cobija interminable del Pop, fusionan estilos, rompen tradiciones, se desmarcan de los géneros sin saber -o sabiéndolo- que repiten un mismo cuento ya contado mil veces, escombro sobre escombro, edifican una nueva ruina -una ruina presupone, siempre, algún esplendor-; digamos, hablando un poco de estas cosas, mi amigo “el Polaco”, detrás del humo blanco que le deformaba la cara, fumando con bronca, como si despreciara la vida en cada soplo, dijo: “Lo que la obra nos dice depende de las preguntas que se le hacen”. Y después volvió a fumar, parado contra el poste de la esquina de Chile e Ituzaingó, mirando la noche que se depositaba sobre el barrio Nueva Córdoba como un inmenso bloque negro, impenetrable.

Llamemos a las cosas por su nombre. En Córdoba, esta #NuevaGeneración no es tan nueva. Muchos de los artistas que se inscriben (o los inscriben) ahí -Hipnótica, Juan Ingaramo, Rayos Láser, Telescopios, Sir Hope, De la Rivera, Francisca y los Exploradores, Valdés- vienen tocando en el underground desde hace más de diez años.

 Como todas las generaciones, la mayoría de ellos germinaron en un mismo compost: el sello “Discos del bosque” fue ese líquido amniótico donde muchos encontraron una especie de familia adquirida, esa que compatibiliza grupos sanguíneos imposibles que nada tienen que ver con los padres y madres. En el abasto, a orillas del río Suquía, encontraron templos donde conjurar su credo: allí también hubo una Cueva, un Roxy, un Prix D´Ami -ese lugar mitológico que va mudando de calle según quién cuente la historia-. La cosa es que esta New Generation no es tan nueva. Pero ahora parece que finalmente está explotando en Buenos Aires. 

¿Cuáles son las preguntas que le hacemos a esta obra? Como la bala que hirió a Arco Iris, a Zappa… como todo loop de las vanguardias que vienen a romper con un género, esta generación se pretende “des-generada”. Y en esto, hay que decirlo, está muy a tono con el espíritu de la época. Pero el “des-género” en la historia del arte es un objeto imposible: los géneros discursivos son correas de transmisión entre la historia de la sociedad y la historia de la lengua. Todo género nuevo es, siempre, una respuesta. Habla con otros enunciados, los refuta, los confirma, los completa, se basa en ellos para tejer su pullover de lana en el verano.  ¿Con qué enunciados dialoga esta nueva generación? ¿El de los padres? Sí, en gran parte mamaron a todos los íconos de nuestro rock-pop. Pero también recuperan la tradición de la música urbana, el trap, el rap y hasta el cuarteto, la cumbia y la música centroamericana.

TRES

            Una cosa quisiera decir. Además del contenido-objeto de una obra, todo género posee también su propia concepción del destinatario. La obra, por más que se intente negarlo, se caracteriza por “estar dirigida”. Entonces el mandato del rock, ese aullido (¿añejo?), el de “la buena piedra, nadie le gana”, debería dejar de centrar sus indirectas sólo al artista y considerar también al oyente. En toda acción comunicativa hay dos o más partes que buscan entenderse, sino sería un bullicio de sordos tratando de decirse ninguna cosa. En el año 1984, cuando recién aparecía el walkman, los cronistas de la época hablaban de que aquel invento había creado una nueva categoría de compradores “(…) gente que, a partir de la adquisición de su walkman, se convirtió en compulsiva compradora de casetes y, especialmente, de hits”. La cita es horrorosamente actual. Traspolable a las plataformas de streaming, donde los algoritmos agrupan nuestras preferencias y clasifican el gusto musical bajo rótulos deterministas como: “Argentina top 50”, “Asadito”, “Indie-pop argentino”, “Tardes al sol”, “Friend de semana”. Somos compulsivos consumidores de hits y acaso escuchar un disco completo nos resulta una tarea casi imposible. No sólo por el hastío que provoca pensar en esa espesura –acrecentada por la mala experiencia de usuario de las plataformas respecto al “consumo de discos completos” –, sino también por un cambio de concepción en la forma de escuchar el catálogo de nuestras preferencias: veneramos cuánto saben de nosotros mismos los cracks que digitan el algoritmo, en lugar de enfrentarnos contra el espejo que nos devuelve el propio rostro, deformado, ojeroso, real. Volvamos a lo nuestro, Esnaola, dejá de divagar. Ok, vamos al cuarto y último track.

CUATRO

            Cierto sector tradicionalista acusa a esta Nueva generación por su carácter soft-light. La historia ya ocurrió mil veces antes. Sui Generis que ablandó la milanesa, como para empezar. Se objeta -y también se celebra, seguramente en mayor medida- el menú de estilos que, por ejemplo, Juan Ingaramo fusiona en sus canciones. Va desde rock-pop-canción (discos como Pop Nacional, Best Seller), al reggaeton, la bachata “cordobesa”, el merengue-cuarteto (su último disco) donde se cansa de guiñarle el ojo a artistas emblemáticos como el centroamericano Jean Carlos o las bandas cuarteteras Banda XXI, Banda Express y, claro, su homenaje -que en algún sentido fue una resurrección en Buenos Aires- al “potro” Rodrigo.

Ingaramo canta: “bailo para olvidar la pena / tengo la noche entera / quiero pasarla bien.” Led Zeppelin, en Going California,  canta: “Pasé mis días con una mujer cruel / se fumaba mi hierba y tomaba mi vino / decidí comenzar nuevamente / yendo a California con el corazón destrozado.” Frank Zappa, allá por los 70´, decía: “lo que la gente quiere oír en una canción es: yo te quiero, vos me querés, yo estoy bien, vos estás bien”.  ¿Cuál es la diferencia? Muchos escritores de la generación del 90 ́ encontraron la forma de escribir sobre política, no escribiendo sobre política. Entonces vinieron los poemas sobre el baño de una estación de servicio, el neo-objetivismo, la resurrección del anti-poema. Supongo que le pedimos a esta nueva generación musical una profundidad que ni siquiera nosotros tenemos. Y eso es lo más conservador que puede existir: el rock y su aristocracia del procedimiento y la ilusión intelectual que se separa de la vida. ¿Qué es ser profundo? L.A. Spinetta -a quien nadie podría calificar de superficial, si es que tal cosa es definible- cantó: “Aunque me fuercen / yo nunca voy a decir / que todo tiempo por pasado fue mejor / ¡mañana es mejor!”.

De algún modo hemos perdido de vista esa invitación a la apertura. En el primer número de la revista “Pelo” (1970), su director Osvaldo Daniel Ripoll ya lo advertía: “(…) es necesario el decantamiento de la música pop argentina. La etapa parece iniciarse con la aparición de tres importantes longplays: el de los Gatos, Almendra y Manal (…)  premonitorios de la alborada de una música pop más honesta, a pesar de la inevitable comercialización”. Ya en la génesis andaba comiendo los cables el cobayo del mercado.

"En Córdoba, esta #NuevaGeneración no es tan nueva. Muchos de los artistas que se inscriben (o los inscriben) ahí -Hipnótica, Juan Ingaramo, Rayos Láser, Telescopios, Sir Hope, De la Rivera, Francisca y los Exploradores, Valdés- vienen tocando en el underground desde hace más de diez años."

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Vamos cerrando. A finales de los 80, el boom de Los Pericos fue defenestrado por los guardianes argentos del reggae: “sintieron que su ritual era violado, invadido y denigrado al nivel de fiesta popular”. En 1988, Michael Hutchence, vocalista y líder de INXS, en medio de un vaho internacional que proclamaba que el mito de la banda clásica de rock-pop se había perdido para siempre, dijo: “En Sidney, que es donde vivimos nosotros, el rock siempre fue una cuestión de diversión, de música al sol, de guitarra y barbacoa.” ¿Y entonces? ¿Será hora de dar vuelta la página y soltar el cuchillito castrador? De Córdoba al mundo, papá. En “El fenómeno del mambo”, entre brasses colocados magistralmente por Nico Cotton, el muchacho Ingaramo canta: “yo quiero perseguir esta ilusión / yo quiero que me des todo tu amor”. Y la city porteña ya se lo dio, como también a casi toda la “segunda ola” cordobesa de pop-rock (hace unos meses el dúo Hipnótica –que acaba de sacar un disco “Mixto” que es una obra magistral de fusión y talento– la rompió toda en el Teatro Vorterix).

Ya sé que Charly cantó “presiento que algo va a pasar / las plumas del pavo real / oscurecen hasta el sol” y Fito cantó: “los elefantes locos, el vestido, el ajuar / caminando en la neblina que disipa el corazón / los milagros en tu cuerpo ya serán”. Pero como decía el cieguillo, esas músicas no nos podrán salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Esto es ya pura conserva, Esnaola, conserva y nostalgia. Envasalo y dejalo ir. Entregate de lleno a esta fusión, a esta ilusión de libertad.   

Perdón si llegaste hasta acá buscando respuestas, pero apenas me alcanza para sembrar algunas dudas. Sólo puedo decir una cosa sobre la muerte del rock y sus sucesores (y ni siquiera lo digo yo): “en la lucha con su padre, el nieto acaba por parecerse a su abuelo”.

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