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08 de julio 2021

Lucas Paulinovich

EL PERONISTA QUE LE GUSTABA A LA GENTE

Tiempo de lectura: 5 minutos

Rutina de epitafios

Escribir sobre la vida de los muertos. En los últimos días, se fueron dos puntas exóticas del peronismo. Entrelazadas, de algún modo, en Santa Fe. Horacio González y Carlos Reutemann. En apariencia, distantes, hasta antagónicos. Pero, digámoslo, reversibles. 

Uno, montado al acto de la reflexión, de la retórica. Un peronista, tan así, infrecuente. Con pasaje académico, de reserva intelectual de la Nación. Respetado por todos. Más citado que leído. Clases, charlas, libros y reuniones. Pensamiento nacional aceptado por los impropios: un peronista para no peronistas. 

Y el otro. Un peronista, a su modo, atípico. Buen mozo y taciturno. Su irrupción en la política llevó los “signos rúnicos del silencio” de la pampa a una forma del poder. Tramó, desde ella, con la infinitud monocorde de la extensión. Así, ganó elecciones en los mismos lugares dónde más actuó su indolencia. Con una disposición atávica a la melancolía, como veía Carlos Astrada en los hombres de este rincón del mundo, combinaba al paisano y al playboy. Le gustaba a la gente.

Ambos amaron esta Provincia. Este territorio que supo ser excepción. 

"Con el triunfo de Menem en la interna, se aceleró la búsqueda de candidatos más cercanos a la gente. Había tres santafesinos entre los Doce Apóstoles de Carlos: Antonio Vanrell, Rubén Cardozo y Alberto Kohan."

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La solución por afuera

La derrota del 83 hundió al peronismo en una crisis de identidad, pero un pilar se sostuvo en Santa Fe. Con un candidato venido de las afueras: el contable José María Vernet. Encarnación joven de una representación posible, desde el sindicalismo, para la sociedad. Esa existencia de un justicialismo provincial poco lugar ocupó en las parrafadas intelectuales, que observaron el peronismo desde la hondura del fracaso. Y la solvencia del triunfo distrital desembocó en aislamiento primero y en desastre después. Acusaciones y persecuciones internas, sabiamente alimentadas por las emergentes filas del honestismo, dejaron en añicos el armado del peronismo santafesino. Es en ese contexto cuando Vernet concibe su teorema, que en una provincia sin reelección tiene peso de dogma: “es tan torpe estar contra un gobierno los primeros dos años, como estar junto a él en los últimos dos”.

La década se despidió con otro gobierno peronista. El de Reviglio fue un gobierno que era de todos y no era de nadie. Un acto más ceremonial que efectivo para levantar restos de la Mesa Unificadora Ortodoxa y demás experimentos de un saber político con polillas. 

Con el triunfo de Menem en la interna, se aceleró la búsqueda de candidatos más cercanos a la gente. Había tres santafesinos entre los Doce Apóstoles de Carlos: Antonio Vanrell, Rubén Cardozo y Alberto Kohan. Los primeros con presencia provincial. El último, sólo desde las nostalgias. Sabían que había que terminar con la interna, que había pasado de diferencia política a guerra judicial. Hiperinflación, saqueos y levantamientos, se agregaban al paisaje ruinoso de la autoridad perdida. Con un vicegobernador enjuiciado y las dos principales ciudades perdidas, no había más que ir en busca de un extrapartidario.

En 1989, Menem supo ordenar el partido situándose por fuera de éste. Con ese gesto, rescató una nación a la deriva. A escala provincial, parió a la política a Carlos Alberto Reutemann.  

Más que portador, intérprete

Resultante de la Operación Empresario Exitoso encabezada por el vicepresidente Duhalde, el Lole expresó una transformación de método. Entendió en qué medida la pérdida de la estructura productiva, y con ella la de la fuerza sindical, golpeaba al pueblo santafesino. La decadencia del Cordón Industrial, y la nueva demografía del Gran Rosario, ponían en crisis lo que se había subrayado como atributo distintivo del ejercicio del poder. La caída en la ciudad de Santa Fe y Rosario frente a partidos que eran más morales que políticos, exigía un recambio generacional. Uno que creyera con menemista pasión en la Reforma del Estado.

Sintonizó así con la modernización productiva del sector agropecuario en los años 90s, que fue un auge crecido desde el Interior hacia fuera. Con su tesón por lo inexplicable, Reutemann promovió la política gringa. Sus vectores eran: campo y automovilismo. No era el puerto, la profusión. Era la llanura. Discreción y trabajo. Vecino del pueblo de Carlos Sylvestre Begnis, que fue un desarrollista aliado del peronismo, el Lole creó un nuevo vagón en el tren del peronismo. En el que hoy viajan las provincias del centro, Santa Fe y Córdoba, gobernadas por dos “gringos”. 

Reutemann llegó a la Fórmula 1 apadrinado por el magnate Bernie Ecclestone. Ahí había aprendido a sobrevivir con el trabajo ajeno. Dejar la mecánica a los mecánicos. Y si algo anda mal, no criticar y a seguir. Su peronismo suizo, hecho de soledad y dureza, encontró desenvolvimiento en posteriores experiencias. El último tiempo, opaco, Reutemann fue el personaje que nada trae, que nada se acuerda. Una expresión del peronismo que no dice nada. Previsible, con su sonrisa neutra. La Historia quiso que su último gobierno terminase en una tormenta: saqueos, represión e inundación. Acaso por una ley de compensación. Pero el Lole, desafiante, en el final de su vida se obstinó en los modos zen. Hasta el paroxismo. Recluido monacalmente en el Senado, profundizó su parquedad: de la simplificación del discurso llegó a la erradicación de la palabra. 

"el Lole expresó una transformación de método. Entendió en qué medida la pérdida de la estructura productiva, y con ella la de la fuerza sindical, golpeaba al pueblo santafesino. La decadencia del Cordón Industrial, y la nueva demografía del Gran Rosario, ponían en crisis lo que se había subrayado como atributo distintivo del ejercicio del poder."

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A Reutemann lo sucedió, en las dos ocasiones en que fue gobernador, Jorge Obeid. En cierto sentido también fue otro de sus reversos. El Turco Obeid era amigo de Fidel Castro, entrador, esencialmente político. Pero cometió, como todos, un error. Prefirió jugar bien a ganar. Derogó la Ley de Lemas, que había permitido el triunfo ininterrumpido del peronismo, y el Partido Socialista se hizo con el poder. Pero el final del Lole se había sellado antes. 

El último gobierno provincial peronista, entre 2003 y 2007, se imbuyó de esa otra renovación que trajo el kirchnerismo. Reutemann ya era olvido. La victoria socialista del 2007 completó la transversalidad del kirchnerismo. Y gozó una comodidad de consentimientos recíprocos con un progresismo del justo medio. Los autoconvocados “por el campo” le lanzaban huevos efusivamente a Agustín Rossi, asimilado al Gobierno peronista, que era el Gobierno Central. El Lole, con su Peronismo Federal, buscó una alianza diplomática con el PRO. También esa opción le terminó saliendo mal. Entre 2008 y 2015, el peronismo santafesino adoptó una actitud de derrota, y deambuló entre odios que únicamente se organizaron a partir de la figura, distante, de Reutemann.

"Su peronismo suizo, hecho de soledad y dureza, encontró desenvolvimiento en posteriores experiencias. El último tiempo, opaco, Reutemann fue el personaje que nada trae, que nada se acuerda. Una expresión del peronismo que no dice nada."

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Músculo duerme, ambición descansa

En las derivaciones del relato histórico, Reutemann quedó marcado para siempre por no actuar. Elegir no ser, y tampoco explicar por qué. Temió ante la inmensidad de Buenos Aires, y eso sintetiza su irreparable destino santafesino. No ser: quedarse sin nafta. Ver cosas y bajarse. 

En plena crisis del 2002, ante una nueva convocatoria de Duhalde, resignó la carrera para que Santa Fe tomara el mando nacional. Como aquella vez, ante Perón, en el autódromo de Buenos Aires. Segundo malentendido para el frustrado intento de proyecto nacional desde Santa Fe. 

Niki Lauda, con el que el Lole tuvo un enfrentamiento interno en Ferrari, dejó una definición: era bueno, pero nunca fue sensacional. Como su Provincia, pudo ser, pero se quedó en el camino.

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