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04 de mayo 2024

Juan Di Loreto

EL PAÍS DE LAS ÚLTIMAS COSAS

Tiempo de lectura: 5 minutos

Somos los deudos de un país, de unas costumbres, de unos consumos que ya no existen. O peor: existen en esa isla desierta a la que creemos pertenecer. “Se acabó el país”, “Fin de la Argentina”… la elegía interminable en esta parte del algoritmo ante la media sanción de la Ley de Bases. “Cómo nos vendieron…” Mientras tenemos la vida absolutamente privatizada, nos indignamos por lo que votaron el martes los diputados. La separación entre lo que somos, lo que hacemos y los valores que profesamos tienen la distancia de lo inalcanzable. Queremos lo público, esa palabra que nos suena lindo cada vez que la escuchamos, que nos hace ser más del pueblo, pero estamos esperando en la guardia de la clínica privada.

No es un juicio moral, pero probablemente seamos más liberales y menos garantistas de lo que decimos que somos. Un chofer de Cabify (si nos hubieran visto defender a los tacheros cuando llegó Uber, mirá ahora), cuenta que dejó de trabajar de noche porque la ciudad está más insegura. “Extraño a Larreta, mirá lo que te digo”, dice. Relata los últimos episodios de inseguridad, el de la pizzería en Boedo, un café en San Telmo… antes no pasaba. Sigue el viaje. Me intriga muchísimo saber qué hacía antes de ser chofer de una aplicación. Le pregunto y cuenta que era supervisor de una textil: “Cinco locales en Buenos Aires y cuatro en Santa Fe”. Con la pandemia lo echaron, que no se podía en teoría, y ni siquiera le pagaron “la doble (indemnización)”. Todo en la Argentina del peronismo impotente que inauguró la década del 20.

Privatizados pero indignados, esa es la fisura de la que somos parte. El discurso público niega la práctica efectiva de las cosas. Pasó una y otra vez en la sesión maratónica de la Ley de Bases. Se despotricaba contra Milei y se votaba la ley (más dignidad tienen los legisladores que votaron por un interés concreto, al menos se llevan algo). Es, de alguna manera, como si el hiato entre discurso y acto nos salvaguardara de quedar presos de lo que decimos más que de lo que hacemos. El hacer nos desnuda en la acción. Ahí la disfrazamos, le ponemos ropa a lo que somos. No podemos vivir sin el velo de las cosas. Las cosas mismas son el horror. No queremos ver la verdad de la que formamos parte. Un gobierno peronista hubiera ido con propuestas similares a las de Milei en muchos aspectos, pero hubiera sido visto como una muestra de lo pragmático que somos.

Queremos lo público, esa palabra que nos suena lindo cada vez que la escuchamos, que nos hace ser más del pueblo, pero estamos esperando en la guardia de la clínica privada.

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Nos pasa a todos y cada uno. Decir y hacer, asunto separado. Queremos ser ciudadanos de Palermo o Belgrano donde las cosas pasen lejos. La inseguridad, la sequía, el trabajo de sol a sol, las pestes… lejos pero cercano en las redes. Ahí sí vamos a todas las marchas y nos apropiamos de todos los reclamos. Tener la miseria cerca también es tenernos que hacer cargo, dejar de ser turistas sociales. Hagamos el ejercicio de ir a las 5 de la mañana al hospital a ver cómo nos va.    

Sorprendernos ahora cuando todo ya está roto; “roto” es la negación que nos sale de adentro. La misma noción de “roto” daña la práctica política. Hay lobby, acuerdo, intereses, algunas ideas, no muchas, conveniencia, mucha conveniencia. Decir que algo está roto también es decir que estaba arreglado. Y eso sabemos que no es así. Desde que reprimieron tarifas y pusieron el cepo la economía entró en un cono de distorsión tendiente al infinito. Y en política tuvo su correlato con una ex presidente eligiendo (mal) a un presidente. Claramente, ya veníamos normalizando cualquier jugarreta política. 

Ves conocidos en las redes indignadísimos luego del episodio de la Ley de bases; es lo que nos sale y está bien, no se elige qué sentir en un momento. Somos parte de una cultura, de un sector social. Otros que dicen: “Nunca tuve tantas ganas de irme a la mierda del país”. Eso en el fondo no es por Milei, sino que hay una oposición derrotada y con la brújula imantada. Pero que lo dicho mil veces es también cierto: el germen de este abismo fue construido con el paso de los años. La ausencia de una autocrítica real (que tiene que ser de hecho y de palabras) la está haciendo la sociedad con el rechazo al bloque de Unión por la Patria. La marcha universitaria mostró bastante eso. Era una marcha transversal que no quería banderías partidarias. El kirchnerismo sigue tan automatizado en sus prácticas que no percibe su derrota, el rechazo social y, peor, la pérdida de sentido del lenguaje político que utilizan (el punto cúlmine de ese sin sentido era aquel muchacho que estaba de acuerdo con la “justicia social”, que era, para él, salir a cazar un chorro que había robado en el barrio).

Todavía no hay síntesis ni conducción. La interna feroz hay que jugarla ahora, que no es tarde. Mientras, una teoría dice que el radicalismo, el macrismo y el kirchnerismo están dejando que Milei haga el trabajo sucio de ordenar un sistema que no tiene una solución, sino que necesita de reformas gruesas y que no se puede sostener con la emisión ni con las exportaciones. Tampoco hay tiempo para el revoque fino. A mazazos como al principio de una obra. La misma teoría dice que parte del sistema político compró como solución el modelo peruano. Suerte de estabilidad perpetua sin ascenso social (un capitalismo de castas), un refrito de los 90, como tanto nos gusta decir.  

Ahí radica la gran diferencia con el modelo peruano. Si la cosa se endereza, el sistema se estabiliza, puede haber un verdadero nuevo poder político. Porque, aunque no nos guste (ahora, este poder), siempre es mejor que exista un gobierno fuerte a la anarquía

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Pero el sistema peruano no es reproducible en Argentina porque carece de estabilidad política. Todos los presidentes sufren el vacío verdadero de poder; ni siquiera se llega a los tercios. En Argentina la política goza de buena salud, impugnada y todo. Si te ponés a revisar los discursos de tu amigo el antiperonista, vas a ver que se siente muy a gusto con Milei. Capaz lo critica, pero llegado el caso, y con el peronismo enfrente, no dudaría un segundo en votarlo. El Pro ya forma parte de las filas de la libertad, no orgánicamente pero casi. El radicalismo, el flatus vocis hecho partido político, va detrás de las encuestas y hace seguidismo. En última instancia, en Diputados se vieron las caras los polos de siempre, sí, pero Milei logra juntar voluntades a pesar de su estilo. El “se estaban peleando, pero en realidad se están reproduciendo” les salió a ellos. 

Ahí radica la gran diferencia con el modelo peruano. Si la cosa se endereza, el sistema se estabiliza, puede haber un verdadero nuevo poder político. Porque, aunque no nos guste (ahora, este poder), siempre es mejor que exista un gobierno fuerte a la anarquía. Eso te da coordenadas, reordena el mapa político de verdad. Milei como Menem tiene la potencia de reordenar el panorama, definir rivales, hacer que la oposición construya una identidad (que no puede basarse siempre en la nostalgia del Néstor del primer mandato, eso no es política, es otra cosa).

Del lado de los derrotados, como se ve cada día, en cada acto, hay que trabajar mucho, muchísimo. Con dirigentes, egos y una base fuerte pero desencantada no se llega lejos. Ampliar el movimiento, construir un proyecto realista, sustentable y que no patee los problemas para adelante. Es difícil hacer política en El país de las últimas cosas porque, como en el relato de Paul Auster, “cuando caminas por las calles […] debes dar sólo un paso por vez. De lo contrario, la caída se hace inevitable. Tus ojos deben estar siempre abiertos, mirando hacia arriba, hacia abajo, adelante, atrás; pendientes de otros seres, en guardia ante lo imprevisible. Chocar con alguien puede ser fatal; cuando dos personas chocan comienzan a golpearse con los puños o, en su lugar, se dejan caer y no intentan levantarse nunca más. Antes o después llega el momento en que uno ya no intenta levantarse. El cuerpo duele, ya ves, no existe ningún remedio contra esto y aquí resulta mucho más terrible que en cualquier otro sitio”. 

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