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24 de septiembre 2022

Juan Di Loreto

EL OBJETO ES QUIEN RECUERDA

Tiempo de lectura: 3 minutos

A veces lo pequeño contiene al universo. Hay memorias mudas de la sociedad que no llegan a expresarse en arte y en la literatura. Recordábamos en una charla de lo que dejan los que se van para siempre. Los ceniceros de la casa del abuelo: piezas de bronce que no existen más o esos gigantes de aluminio que decían Cinzano o Americano Gancia. Alguien recordó los que te armaban en menos de cinco segundos en Mc Donalds. Porque si, antes se fumaba en la Facultad, en los locales de comida rápida… Un regalo habitual que se hacía en otra época era que los chicos en la escuela tallaran un cenicero en un jabón Federal: lo pintaban y se lo regalaban a sus padres. Los ceniceros son testimonios que van desapareciendo porque se fueron retirando de la vida pública.

La gente siguió fumando, claro, pero se perdió un vehículo de memoria. O mejor: se construyó una memoria encima (recordar es también una forma de olvido) Las cajas de cigarrillos, las viejas publicidades de Derby, la del vaquero norteamericano de Marlboro. El fumador y su mundo desaparecieron como representación, como modelo público. ¿Quién no quería ser Humprey Bogart? Pero también eran parte de otras historias, el cine más social argentino. Me quedó tatuado ver en El arreglo a Federico Luppi fumando Jockey (los rojos, comunes, un espanto de cigarrillo) desde el minuto uno de la película. Una época en que se fumaba sin darte cuenta.

Conservar y perder. Recordar y olvidar. No son actos de la voluntad o no parecen serlo del todo

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El objeto es quien recuerda. ¿Qué otras cosas se están perdiendo y no nos damos cuenta? ¿Qué memoria se nos viene encima para olvidar qué? Porque todo se va por ese río infinito que es el tiempo. Los objetos, las cosas se gastan, se tiran, pero tienen una paciencia que nosotros no tenemos. Somos todo urgencia. Nuestras cosas también dicen adiós: cada tanto pasa, al menos en Buenos Aires, que vas caminando y te cruzás con una montaña de fotos, cartas, libros, los papeles de alguien. Eso que guardaste toda tu vida, que significó algo, termina al lado de un montón de basura. Pero lo que resta, lo que queda, necesita de alguien que lo conserve para trazar un cierto hilo entre los que mueren y los que lo sobreviven. Alguien que, a tiempo, se encargue de anotar quién era ese bigotudo que estaba al lado del abuelo en una foto.

Conservar y perder. Recordar y olvidar. No son actos de la voluntad o no parecen serlo del todo. Como decía Eduardo Grüner, este tiempo parece pergeñado por un astuto ser anti Freud: “Recuerden… recuerden… pero no perciban”. Podríamos reformular: recuerden representaciones de fumadores del pasado pero no de los actuales. Como si a la sociedad le molestara no el hecho del fumar (que sí, es muy molesto), sino su representación. Si el fumador está contextualizado en una serie histórica, por caso, está desactivado en el presente. Pero quién haría hoy una serie un personaje bonachón, por ejemplo, pero muy fumador. Es mas: un protagonista que bebe alcohol sería aceptado y el fumador no probablemente.

Como decía Eduardo Grüner, este tiempo parece pergeñado por un astuto ser anti Freud: “Recuerden… recuerden... pero no perciban”

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Lo que se quiere mostrar es como las representaciones, es decir, lo que se produce culturalmente es tal vez una suerte de velo; o quizás funcione como un fetiche. Por eso los objetos conservan cierto hechizo: los vemos, podemos preguntar para qué servían, los activamos en el presente. Pero su representación no. Se la hace desaparecer o se la recontextualiza para inutilizarla. No se dice que se muestre gente fumando, pero es algo que existe, gente que fuma, y que está expulsada de nuestra percepción. Porque al fin y al cabo, y más en esta sociedad de la imagen, como decía el viejo Berkeley: “Ser es ser percibido”.