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27 de abril 2024

Lorena Álvarez

EL MUNDO ES UN PAÑUELO

Tiempo de lectura: 7 minutos

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Esta semana el show de imitaciones de Javier Milei en el discurso brindado en la cena de la Fundación Libertad dejó en claro que a veces el pasado marca de manera indeleble el devenir del futuro y forja hasta los gustos.

Luego de la multitudinaria marcha llevada a cabo el martes, donde una amplia fracción de la clase media salió a defender la educación pública, el presidente mostró que antiguos consumos culturales de otro sector de la misma clase seguían vivos y coleando. Dos performances en pugna, demostraron que la estética, otra vez, precede a la política.

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Viendo el show presidencial de las voces y gestos, y compartiendo generación con él, no pude dejar de suponer que aquella guerra cultural de los ochenta no le fue ajena, sorprendida además porque siendo un presidente que siempre parece distanciado de la vida mundana, por un instante sentí compartir un pasado.

Esa galería de personajes que intentó emular frente a la creme de la creme del poder, me hizo recordar la influencia que tuvo para los niños y púberes de los 80 “Las mil y una de Sapag”, uno de los programas más exitosos de la tele en los albores democráticos y en el cual las imitaciones del actor Mario Sapag marcaron la época.

Un éxito televisivo que además le sirvió de plataforma a ese pintoresco gobernador riojano llamado Carlos Saúl Menem, que merced a arrastrar las erres y sus exóticas y pobladas patillas se constituyó como uno de los hits del envío.

Y como detalle para sumar rarezas del destino: en el sketch donde se parodiaba a Menem participaba un periodista muy serio y prestigioso de la época, Daniel Mendoza, fallecido hace más de treinta años pero que de estar vivo hoy sería ni más ni menos que el suegro del ministro de economía Luis Toto Caputo. Su hija Ximena, es la mujer del Messi de las finanzas, además de ser la primogénita de Virginia Hanglin, la única mujer del equipo de “Semanario Insólito”, programa de humor y periodismo que funcionó de antesala para “La noticia rebelde”, otro de los éxitos emblemáticos de la época. El mundo siempre es un pañuelo cuando se une la política y el espectáculo.

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Allá lejos y hace tiempo, un par de años antes que llegará la democracia, la televisión de la dictadura encontró la llave del éxito a través de dos conductores que con disímiles programas apuntaron al entretenimiento popular, ese que muchas veces era tildado de “mersa o grasa”. Quique Dapiaggi y Sergio Velasco Ferrero, eran las caras del éxito.

Dapiaggi llevaba años al frente de un programa musical basado en el folklore, sumó humoristas de distintas provincias para que hicieran sus gracias, muchísimo antes que Marcelo Tinelli tuviera su “Show del chiste” en Showmatch.

Entre el dream team de humoristas e imitadores de “Son… risas Once” sobresalían el Soldado Chamamé, que años más tarde sería funcionario en el gobierno menemista y Jorge Corona, un cómico de lengua filosa y chistes picantes que era furor en pequeños reductos. Sus cassette con chistes de alto voltaje también eran un éxito en esos años donde el humor se escuchaba en estéreo.

El mundo siempre es un pañuelo cuando se une la política y el espectáculo

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Por su parte el locutor Sergio Velasco Ferrero tenía dos programas: uno diario llamado “La gran ocasión” (un programa de que retrataba la crisis económica haciendo parecer simpáticos los trueque, casi 20 años antes de la crisis del 2001), es que por el estudio desfilaba gente que podía llevar una licuadora y cambiarla con otro participante por una rueda o un bastón en desuso podía ser trocado por un juego de tazas (los años de la dictadura donde la crisis era televisada); y a su vez Velasco Ferrero, los sábados engalanaba la noche con un concurso de baile en el que distintas parejas del público se sacaban chispas al son de distintos ritmos. Del tango a la chacarera pasando por el rocanrol o el pasodoble. “Venga a bailar” era la versión coreográfica de lo que otrora había sido “Si lo sabe cante” el exitoso envío setentista de Roberto Galán.

La gran revista política de esos años, Humor, solía ser muy crítica con ese aluvión zoológico que había llegado a la televisión para divertirse. Aunque el rating no leía recomendaciones y se mantenía en alto. Pero cuando llegó la democracia, y la televisión se plegó a los vientos de cambio, surgió una gran disputa estética: productos de calidad queriendo hacer de la caja boba algo menos superflua versus tele considerada chata y mediocre. Si bien parte de la programación que venía de la dictadura continuó como si nada, caso “No toca botón”, otros programas fueron levantados.

Entre ellos los de la factoría Dapiaggi-Velasco Ferrero, despertando el encono de los conductores y acusando a las nuevas autoridades de armar listas negras, ya no por temas políticos, sino por asuntos estéticos. Acusaban a los radicales de ser “la patota cultural” que venía a censurar los consumos masivos en nombre del buen gusto. Fue Velasco Ferrero quién apodó a los nuevos funcionarios como “la patota cultural”. Un sello distintivo de la etapa que como todo en este país, pasó al olvido. No así el fondo del asunto. La grieta cultural.

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En 1984, se le volvió a adjudicar la licencia de canal 9 a Alejandro Romay, emisora que había sido intervenida en 1974 dejando al apodado Zar de la televisión sin su exitosa creación.

Así pues en el 84 volvió a tomar las riendas del canal haciendo del mismo un  una fuente inagotable de éxitos con una clara impronta popular. En ese emprendimiento privado no había ninguna patota cultural que midiera el aceite estético de la programación. Haciendo del mismo el refugio de una tele que mezclaba telenovelas osadas con decorados de madera balsa con series americanas recientemente estrenadas.

Fue en ese canal a comienzos del 84 que se puso al aire “Las mil y una de Sapag” compitiendo los martes a las 21 con el estreno en canal 13, de la que se imaginaba sería la telecomedia del año: “Aquí la jungla” una historia costumbrista que mezclaba los dilemas de la nueva sociedad argentina y el humor. El padre de la familia y protagonista de la comedia era interpretado Rodolfo Ranni, que por esos años era un sello de calidad actoral ya que brillaba en el cine, pero que sin embargó cayó derrotado frente a las máscaras y las voces de Mario Sapag, un actor que hasta el momento siempre era parte de la tropilla de cómicos que secundaban a las estrellas de la época como Jorge Porcel o Juan Carlos Altavista pero que ante una pelea con el productor Gerardo Sofovich, su jefe de entonces y la propuesta de Romay de encabezar cambiaría su suerte de eterno segundo transformándose en el rey de la audiencia.

La tele cultural sufría el primer golpe asestado por la tele popular.

Fue Velasco Ferrero quién apodó a los nuevos funcionarios como “la patota cultural”. Un sello distintivo de la etapa que como todo en este país, pasó al olvido. No así el fondo del asunto. La grieta cultural.

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Ver a Javier Milei mucho antes de convertirse en presidente imitando en el programa de Guido Kaczka a Leonardo Favio de manera más que solvente quizás haya sido otra señal de sus preferencias infantiles. En los 80 mientras que canal 13 ponía al aire todos los sábados con “Badía y compañía”, un programa que mezclaba música, humor y entrevistas, un emblema de calidad por el cual desfilaban durante sus ochos largas horas artistas de los más prestigiosas figuras de entonces: de Charly García al pop de Virus pasando por la gran Mercedes Sosa o el bolerista Daniel Riolobos. El 9 le competía con su propio ómnibus con artistas de raigambre más popular, en esos años llamados grasas, una etiqueta el tiempo ha borrado. Por suerte. De Valeria Lynch a Dyango o de Paloma San Basilio al mismísimo Leonardo Favio de pañuelo en la cabeza y canciones melodramáticas, un Favio anterior a la reivindicación de los 2000 como el gran artista popular que ha sido.

Badía y compañía, indudablemente fue un gran programa, pero “Sábado de la bondad”, que más de una vez le ganaba en el rating, nunca ha sido tomado con la seriedad que ameritaba. La gran creadora de buena parte de los placeres culposos que durante años muchos tardaron en confesar. ¿Quién no ha cantado a los gritos “¡Mentira! Tu vida siempre ha sido una mentira / Una vulgar y estúpida mentira”? Culpa que se nota Javier no ha tenido.

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Carlos Menem, además de no cumplir con las promesas de campaña que lo llevaron a ganar las elecciones adelantadas de 1989, también fue macerando el encono de buena parte de la clase media que no toleró desde el comienzo ese mix de estética dorada corrupta con un modelo económico que dejaba afuera a miles de compatriotas.

El “peronismo blanco”, como lo había bautizado el renovador Carlos Grosso al sector más progresista de su partido, sumado a los radicales golpeados por la derrota y ex Pi perdidos en la confusión general, fueron uniendo a través de la estética puntos en común para ir forjando un anti menemismo furibundo. Sin mucho en común ni políticos que se llevaran ese descontento a sus arcas, fueron los gustos los que pudieron amalgamar las diferencias.

Los años donde se lloraba con películas como “Un lugar en el mundo” de Adolfo Aristarian o se disfrutaba de la calidad de un programa como “Atreverse”, el unitario donde un prestigioso grupo de actores que iban desde Bárbara Mújica a Alicia Bruzzo o de Miguel Ángel Solá y Arturo Puig, los jueves a las 22 se llevaban los aplausos y la emoción de la audiencia. Dirigidos por Alejandro Doria, su elenco les ponía el cuerpo a historias de grandes dramaturgos nacionales.

“Alta en el cielo” fue la primera exitosa emisión. Basada en una obra de Nelly Fernández Tiscornia, la autora de esa obra inoxidable llamada “Made in Lanús”, la historia trataba sobre la educación pública. Justo en el año en donde todo estaba en la mira del recorte y la privatización. Ese capítulo fue nominado al Martín Fierro. “No, permanecer y transcurrir / no es perdurar, no es existir ni honrar la vida. / Hay tantas maneras de no ser / tanta conciencia sin saber adormecida.”

La canción de Eladia Blázquez que sonaba al inicio de “Atreverse” terminó siendo un inesperado hit. La canción que bien podría haber sonado en la marcha de este martes donde treinta años después otra vez buena parte de la clase media se encuentra desunida, desorganizada y sin políticos que capitalizan el descontento. Aferrada a sus símbolos, esos que empezarán a jugar fuerte a medida que no lleguen los éxitos prometidos por Milei. No hay moda que dure cien años.

Continuará…

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